LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

VELARIA

Velaria no tenía cartel.

Eso fue lo primero que Inés entendió.

No se llegaba a Velaria como se llega a un bar, a una discoteca o a una dirección escrita en un mensaje.

Se llegaba por error o por invitación. Por cansancio.

Por una deuda con el cuerpo. Por seguir a alguien que caminaba delante con la seguridad de quien sabía dónde terminaban las calles visibles y dónde empezaban las otras.

Lety dobló por una calle lateral sin mirar atrás.

Inés la siguió.

El Centro había cambiado de temperatura.

Atrás quedaban las mesas en la vereda, las luces bajas, los vasos con hielo derritiéndose, la puerta verde del bar.

Delante, la ciudad se volvía más angosta.

Las persianas metálicas estaban bajas. Los contenedores olían a fruta podrida, cerveza seca y lluvia vieja.

Una moto pasó demasiado cerca de la vereda.

En una ventana alta, alguien fumaba con el torso desnudo, iluminado apenas por la pantalla azul de un televisor.

A esa hora, Sandoval no dormía.

Fingía.

Lety caminaba medio paso adelante. No apuraba.

Tampoco esperaba. Cada tanto el vestido negro aparecía y desaparecía bajo la campera, como si la noche lo mostrara por fragmentos.

Inés miraba sus piernas, después el suelo, después las fachadas, después otra vez a Lety.

Se dio cuenta de que no sabía caminar detrás de alguien sin convertir ese cuerpo en una pregunta.

—¿Siempre traés gente? —preguntó.

Lety no se detuvo.

—No.

—¿Por qué a mí?

—Porque no sos gente.

Inés soltó una risa breve.

—Eso puede ser insulto o diagnóstico.

—En tu caso, ambas.

Cruzaron una avenida casi vacía. El semáforo peatonal estaba en rojo, pero Lety cruzó igual. Inés dudó un segundo y la siguió. Un taxi frenó lejos, sin tocar bocina. El conductor las miró pasar con la resignación de quien llevaba años viendo a la noche hacer cosas contra el reglamento.

Del otro lado, la ciudad olía distinto.

Más húmeda.

Más baja.

Los edificios no eran peores que en otras calles, pero parecían guardar peor sus secretos.

Balcones con ropa colgada. Ventanas con cortinas mal cerradas.

Una farmacia de guardia iluminada como una pecera.

Dos hombres discutiendo en la puerta de un autoservicio cerrado.

Una mujer sentada en el cordón, descalza, hablando por teléfono con una tranquilidad que no coincidía con el rímel corrido sobre la mejilla.

Inés miró.

Lety chasqueó los dedos una vez, suave.

—No empieces.

—¿Qué?

—A trabajar.

Inés sintió la frase como un tirón en la nuca.

—No estoy trabajando.

—Entonces mirá menos como si fueras a hacer un informe.

Inés quiso responder, pero no encontró nada que no sonara defensivo. Era cierto. Todavía miraba como si cada gesto debiera ordenarse: quién espera, quién miente, quién desea, quién finge no desear, quién está por irse, quién quiere que lo sigan, quién se rompió antes de llegar.

—No sé mirar de otra forma —dijo.

Lety bajó un poco la velocidad.

—Sí sabés.

—No.

—Te da miedo.

—Eso no es lo mismo.

—Casi siempre sí.

Llegaron frente a una puerta gris entre una casa de repuestos eléctricos y un local vacío con el vidrio pintado de blanco. No había música afuera. No había fila. No había seguridad visible. Solo un timbre negro pegado junto al marco y una cámara pequeña apuntando hacia la vereda.

Inés la vio de inmediato.

Una cámara.

Casi sonrió.

—No tiene cartel, pero tiene ojo.

—Todos los lugares tienen ojo.

—Dijiste que acá no había nombres escritos.

—No dije que no hubiera vigilancia.

Lety tocó el timbre dos veces.

Una pausa.

Una tercera vez.

Desde adentro, un zumbido.

La puerta cedió.

No se abrió sola. Apenas quedó liberada, como si el lugar aceptara que una entrara pero se negara a invitarla con entusiasmo.

Lety empujó.

Una escalera bajaba.

Inés miró el hueco.

El olor subió primero: humedad, alcohol, perfume dulce, pared vieja, cigarrillo aunque supuestamente ya no se fumara adentro, desodorante de baño, cuerpo.

La música no se oía desde la calle porque estaba enterrada abajo.

Allí, al borde de la escalera, era apenas una vibración en el aire, un pulso bajo que no parecía venir de parlantes sino del edificio.

—¿Bajás? —preguntó Lety.

Inés miró la cámara del marco.

Después a Lety.

—¿Quién mira eso?

—Depende de la noche.

—Qué tranquilizador.

—Si querías tranquilidad, no tendrías que haber salido conmigo.

Lety bajó.

Inés la siguió.

La escalera era estrecha, de paredes pintadas de rojo oscuro.

No un rojo elegante. Un rojo de humedad cubierta, de pintura puesta encima de otra pintura, de una herida que alguien decidió decorar.

En el segundo escalón, Inés apoyó la mano en la pared.

Estaba fría. En el cuarto, el pulso de la música le tocó el pecho.

En el sexto, sintió otra vez la punzada detrás del ojo derecho.

Mínima.

Como una aguja recordando que existía.

Se detuvo.

Lety, dos escalones abajo, giró.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Inés.

—Se me cruzó una luz.

—¿La cabeza?

—La luz.

Lety subió un escalón.

No la tocó.

La miró.

El hueco de la escalera las dejó demasiado cerca. Arriba, la puerta gris acababa de cerrarse. Abajo, la música respiraba. En el medio, el cuerpo de Inés hizo algo extraño: quiso apoyarse en la pared y en Lety al mismo tiempo.

No hizo ninguna de las dos cosas.

—Se me pasó —dijo.

—¿Seguro?

—No seas médica ahora.

—No soy médica. Soy pesada.

—Eso sí.

Lety siguió mirándola un segundo más. Después bajó.

—Si te caés, te levanto una vez. La segunda saco foto.

—Generosa.

—Práctica.

Bajaron.

Al final de la escalera había una cortina negra.

Lety la corrió.

Velaria empezó detrás.

No era grande.

Eso sorprendió a Inés.

Había imaginado algo más evidente, más obsceno, más teatral. En cambio encontró un sótano largo, de techo bajo, con una barra al fondo, mesas pegadas a las paredes y una zona despejada donde algunas

personas bailaban sin formar exactamente una pista. La luz era roja en algunos rincones, azul en otros, amarilla cerca de la barra. Ninguna luz alcanzaba para mostrar un rostro completo.

La música era lenta.

No bailable en el sentido fácil. Era un ritmo bajo, repetitivo, con una voz de mujer diciendo palabras que Inés no entendía.

Algunas parejas se movían juntas. Otras personas bailaban solas.

Una mujer con camisa blanca tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas en los hombros de otra mujer más alta.

Dos hombres se besaban junto a una columna con una calma casi doméstica.

En un sillón de cuero gastado, tres personas hablaban muy cerca, demasiado cerca para que una conversación justificara todas esas rodillas tocándose.

Nadie parecía sorprendido por nadie.

Eso fue lo que más inquietó a Inés.

No la libertad.

La naturalidad.

Como si allí los cuerpos hubieran firmado un acuerdo silencioso: no preguntar demasiado, no mirar como denuncia, no tocar sin leer antes, no fingir que el deseo era una emergencia.

Lety caminó hacia la barra.

Varias personas la saludaron.

Un gesto de cabeza. Una mano en la espalda. Una sonrisa. Un beso en la mejilla que demoró un segundo más de lo socialmente necesario. Lety respondía con una precisión distinta para cada una, como si tuviera un idioma privado para todos los cuerpos del lugar.

Inés la observó.

Y sintió algo que no era deseo solamente.

Era celos.

No de alguien.

De esa soltura.

De esa biografía nocturna que Lety había construido sin pedirle permiso a ninguna versión de Inés.

—No sabía que eras famosa —dijo.

Lety pidió dos bebidas sin consultar.

—No soy famosa. Soy reincidente.

—¿Hay diferencia?

—La fama exige público. La reincidencia solo memoria.

El hombre de la barra dejó dos vasos cortos. Bebida clara, hielo, limón, una hoja verde golpeada contra el vidrio. Lety le pasó uno.

—¿Qué es?

—Algo que parece suave y después no.

—Como vos.

Lety sonrió.

—Yo ni parezco suave.

Inés bebió.

Era dulce al principio. Después ácido. Después quemaba.

—Mentira —dijo.

—¿Qué?

—Sí parecés suave a veces.

Lety la miró de costado.

—Eso es porque mirás cuando bajo la guardia.

—¿La bajás?

—Con gente distraída.

—Yo no soy distraída.

—Por eso te traje.

Inés no supo qué hacer con esa frase. Bebió otra vez.

El alcohol le bajó por el cuerpo con una rapidez que la sorprendió. No estaba borracha. Ni cerca. Pero sintió cómo algo aflojaba en la parte alta de la espalda, en la mandíbula, en las manos. El sótano estaba caluroso. Se sacó la campera.

Lety la miró.

No a la ropa.

A la decisión.

—Bien —dijo.

—No hice nada.

—Exacto.

Inés dejó la campera sobre un taburete. Debajo llevaba una blusa negra sin mangas, demasiado sencilla para el lugar, demasiado ajustada para llamarla inocente. No recordaba haberla elegido con intención. O sí. Quizá algunas decisiones se toman antes de que una se atreva a firmarlas.

La música cambió.

Más baja.

Más cercana al pulso.

Una mujer se acercó a Lety. Tendría unos cincuenta años, tal vez más.

Pelo corto, plateado, camisa abierta en el cuello, labios sin pintar.

No tenía la belleza que los lugares jóvenes exigen, sino otra cosa: autoridad.

Parecía alguien que ya había dejado de negociar con el deseo propio y ahora lo llevaba como se lleva una cicatriz bien curada.

—Lety —dijo.

—Mara.

Se besaron en la mejilla.

Mara miró a Inés.

No de arriba abajo.

Peor: entera.

—¿Nueva?

Inés sintió ganas de decir que no, que nadie era nuevo a los treinta y nueve años, que una llega a cualquier lugar con demasiadas versiones usadas encima.

—Algo así —dijo.

Lety sonrió.

—Inés.

—Ah —dijo Mara.

Ese “ah” tuvo peso.

Inés miró a Lety.

—¿Ah?

Mara no respondió enseguida. Tomó el vaso de Lety, bebió un trago como si fuera suyo y se lo devolvió.

—La de las cámaras.

Inés sintió que el sótano se quedaba sin aire un segundo.

Lety endureció apenas la boca.

—Mara.

—¿Qué? No dije nada malo.

—Dijiste suficiente.

Mara miró a Inés sin disculparse.

—Acá todos venimos de algún lado. Algunos de una casa, otros de una cama, otros de un expediente. Vos venís de mirar. Es información, no condena.