LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Inés miró sus propias manos. Las uñas cortas.

Una pequeña mancha de tinta en el dedo medio.

No recordaba de dónde había salido. Había algo ridículo en esas manos.

Habían abierto sistemas, tocado teclados, sostenido teléfonos, apartado sábanas ajenas en habitaciones de hostel, guardado papeles médicos, escrito respuestas a hombres que no sabían mirar o miraban demasiado.

Ahora estaban sobre una mesa.

Cerca de las manos de Lety.

No hizo nada.

Lety tampoco.

Pero la distancia entre ambas empezó a tener temperatura.

—¿Qué pasa si voy? —preguntó Inés.

—Nada garantizado.

—Eso no ayuda.

—Ayuda más que una promesa.

—¿Va a haber gente que conozco?

—Puede.

—¿Martín?

Lety sonrió sin alegría.

—Martín conoce todos los lugares donde cree que puede encontrarte.

—Eso no responde.

—No.

Inés entendió.

Martín podía estar.

O podía aparecer.

O podía no hacerlo y estar igual en la cabeza de las dos, como una cámara apagada que una sigue creyendo encendida.

—¿Y vos? —preguntó Inés.

—Yo qué.

—Vas conmigo.

Lety la miró.

Ahí la noche cambió de peso.

No era lo mismo aceptar una invitación que pedir una compañía. Inés lo supo en cuanto terminó la frase. Lety también.

—Si querés —dijo Lety.

—No te estoy pidiendo que me cuides.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—No sé cuidar así.

—¿Así cómo?

Lety pasó la lengua por el labio inferior, apenas, como si retirara una gota de vermut o una palabra.

—Como esperan que una cuide.

Inés sintió una corriente baja en el vientre.

No era nueva.

Eso la sorprendió.

No era la primera vez que deseaba a Lety. Tal vez lo nuevo era no convertirlo enseguida en problema. No guardarlo en una carpeta mental. No etiquetarlo como error, cansancio, curiosidad o consecuencia de la noche.

Era deseo.

Eso solo.

Y no la mataba.

Todavía no.

Lety retiró la mano de la mesa.

La pérdida del calor posible fue casi física.

—Terminá el vaso —dijo.

—Me estás dando órdenes.

—Sí.

—No me gustan las órdenes.

—Mentira.

Inés levantó el vaso.

Bebió.

El vermut ya estaba aguado, pero igual le quemó un poco.

Cuando apoyó el vaso, la mujer de la libreta se levantó junto a la ventana. No había llegado nadie. Dejó dinero sobre la mesa, guardó la libreta en el bolso y salió sin mirar atrás.

Inés la siguió con los ojos.

Lety también.

—¿Ves? —dijo Lety.

—¿Qué?

—A veces nadie viene. Y una igual se va.

Inés no respondió.

La frase le pareció demasiado cerca del cuerpo.

Pagaron.

O Lety pagó antes de que Inés pudiera discutir. Salieron a la vereda. El aire de la noche estaba más frío que al entrar. La ciudad tenía ese olor mezclado de combustible, comida, humedad y perfume barato que aparece cuando las oficinas cierran y los bares empiezan a creer que mandan.

Inés se ajustó la campera.

Lety encendió un cigarrillo.

—Pensé que habías dejado.

—Dejé muchas veces.

—Eso no cuenta.

—Cuenta para la biografía.

Lety fumó mirando hacia la esquina.

El humo le salió lento por la boca. Inés observó la línea del cuello, el movimiento mínimo de la mandíbula, la marca junto al cuello otra vez. No era una picadura. Tampoco quería saber si era un beso.

O sí.

Un taxi pasó despacio. Desde adentro llegó un fragmento de radio, una voz masculina anunciando lluvia para la madrugada. Después se perdió.

—¿Vamos? —preguntó Lety.

Inés miró calle abajo.

No había nada extraordinario. Una farmacia cerrada. Un contenedor. Un hombre durmiendo en el umbral de un local vacío. Una pareja cruzando de la mano. Un repartidor en moto mirando el celular. Una ciudad cualquiera fingiendo que la noche no le cambiaba el nombre.

—¿Cómo se llama el lugar? —preguntó.

Lety apagó el cigarrillo contra el borde de una maceta.

—No tiene nombre en la puerta.

—Todos los lugares tienen nombre.

—Este también. Pero no está escrito.

—¿Y cuál es?

Lety empezó a caminar.

Inés la siguió.

—Velaria —dijo Lety.

La palabra quedó en la calle como una llave.

—¿Eso existe?

—Después de cierta hora, sí.

Caminaron juntas.

No se tocaron.

Todavía.

En la esquina, Inés se detuvo un segundo y miró hacia atrás. El bar seguía ahí, con su puerta verde, su luz baja, su mesa del fondo ocupada ahora por dos hombres que hablaban demasiado cerca. Todo seguía. Todo empezaba de nuevo para otros.

Lety notó que se había detenido.

—¿Qué mirás?

Inés pensó en decir nada.

Pensó en decir la costumbre.

Pensó en decir que por primera vez en mucho tiempo no sabía si estaba mirando para recordar o para despedirse.

No dijo nada de eso.

—La ciudad —respondió.

Lety volvió sobre sus pasos, se acercó lo suficiente para que Inés sintiera el calor de su cuerpo sin contacto.

—No la mires tanto desde afuera —dijo.

Después siguió caminando.

Inés la vio alejarse unos pasos.

El dolor detrás del ojo derecho volvió apenas, como una aguja mínima hundiéndose y saliendo enseguida. Esta vez no cerró los ojos. Esperó. Respiró. La punzada se fue.

La noche quedó intacta.

O pareció.

Inés caminó detrás de Lety hacia una calle más oscura.

No sabía si estaba entrando en una fiesta, en una ciudad o en una versión de sí misma que hasta entonces solo había podido espiar.

Por primera vez, no quiso saberlo antes.

Siguió.