LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Había un resto de alcohol en el fondo, naranja deshecha, hielo cada vez más chico.

La violeta en su cadera le dolió apenas al cambiar de posición.

Recordó, sin querer, una mano desconocida sujetándola en una escalera del hostel para que no tropezara.

Recordó que no todos los contactos tenían historia, pero algunos dejaban marca.

—¿Seguiste mirando? —preguntó.

Lety no respondió enseguida.

Ahí estuvo.

Una sombra.

No en la cara. En la respiración.

—Todos seguimos mirando —dijo.

—No así.

Lety pasó un dedo por el borde del vaso. La uña produjo un sonido mínimo.

—No trabajo más igual que antes.

—¿Te fuiste?

—No. Cambié de turno. Cambié de edificio. Cambié de excusas.

—Eso no es irse.

—No dije que me hubiera ido.

Inés sintió una incomodidad vieja, casi familiar.

La sala. Las pantallas. Vigía Sur. El ojo pequeño del tótem.

La voz de Lety entrando a las tres y doce con café, perfume y una frase demasiado certera.

Todo eso parecía pertenecer a otra mujer.

Una mujer que había creído que su deseo era un accidente técnico.

—¿Y Martín? —preguntó Lety.

El nombre cayó sin ruido, pero cayó.

—Martín escribe.

—Martín siempre escribió como si estuviera parado en una puerta.

—Lo conocés.

—Conozco el tipo.

—No es un tipo.

—Todos son un tipo hasta que una decide arruinarse la vida dándoles matices.

Inés sonrió.

—Estás insoportable.

—Estoy útil.

—No siempre es lo mismo.

—Casi.

El bar empezó a llenarse.

Entró un grupo de mujeres de unos cuarenta años, tal vez más, riéndose con una libertad de despedida o de divorcio reciente.

Dos hombres discutían frente a la barra sobre un partido que nadie miraba.

Una pareja joven se besaba junto al baño con esa urgencia torpe de quienes todavía creen que el deseo necesita demostración pública para existir.

En una mesa cerca de la ventana, una mujer mayor bebía sola y escribía algo en una libreta. Nadie la miraba.

Inés sí.

Lety siguió la dirección de sus ojos.

—¿Qué ves?

—No sé.

—Mentira.

Inés respiró hondo.

—Está esperando a alguien.

—¿La de la libreta?

—Sí.

—Puede estar escribiendo.

—No escribe para escribir. Escribe para no mirar la puerta.

Lety se quedó observándola.

—Eso hacés.

—¿Qué?

—Convertís a la gente en escenas.

Inés sintió el golpe.

No fue brusco.

Fue peor: justo.

—Antes me pagaban por eso.

—No. Antes te pagaban por abrir puertas.

Inés no contestó.

Lety se inclinó un poco.

—Mirar lo hacías gratis.

El calor le subió a la cara. No por vergüenza solamente. También por irritación. También por algo parecido al alivio. Había verdades que dolían menos cuando alguien las decía sin pedir perdón.

—¿Para eso querías verme? —preguntó Inés—. ¿Para recordarme lo que hice?

—No.

—¿Entonces?

Lety tomó el vaso y bebió lo que quedaba.

—Quería ver si todavía estabas del otro lado.

Inés la miró.

—¿Del otro lado de qué?

—De la pantalla.

La música cambió. Ahora sonaba algo más lento, con bajo, una voz femenina repitiendo una frase en inglés que Inés no alcanzaba a entender. El bar se había vuelto más oscuro sin que apagaran ninguna luz. O quizá sus ojos se habían acostumbrado.

Lety apoyó una mano sobre la mesa.

No tocó a Inés.

La dejó cerca.

Muy cerca.

—Y no sé —dijo.

—¿No sabés?

—No. A veces parecés acá. A veces parecés mirando desde arriba.

Inés bajó la vista hacia la mano de Lety.

Los dedos eran largos. Tenía una pequeña cicatriz cerca del pulgar. Nunca la había notado. O nunca había estado lo bastante cerca para poder decir que la había visto de verdad.

—En la playa no había cámaras —dijo Inés.

—¿Y?

—No sé si eso me alivió o me dejó sin coartada.

Lety movió apenas la mano.

El dedo índice rozó el borde del posavasos.

Nada más.

Inés sintió el gesto como si le hubiera tocado la muñeca.

—Capaz viniste a buscar otra coartada —dijo Lety.

—¿Cuál?

Lety miró alrededor.

El bar. Los cuerpos. La puerta del baño. La mujer de la libreta. Los hombres que mentían frente a la barra. Las mujeres que reían demasiado fuerte. La ciudad abriéndose en capas detrás de la puerta verde.

—La noche.

Inés sintió un dolor breve detrás del ojo derecho.

Una punzada.

Pequeña.

Brutal.

Se quedó quieta.

El bar se alejó un segundo. Las voces se hundieron en una especie de agua espesa. La luz sobre la barra se partió en dos líneas. Inés cerró los ojos.

—¿Estás bien? —preguntó Lety.

Demasiado rápido.

Inés abrió los ojos.

Todo volvió.

La música.

El vaso.

La boca de Lety.

El olor a vermut y tabaco.

—Sí.

—No.

—Fue nada.

—Otra vez esa palabra.

—Me dolió la cabeza. Se me pasó.

Lety no le creyó.

Pero tampoco insistió.

Eso, más que cualquier pregunta, la asustó un poco.

—¿Comiste? —preguntó.

Inés pensó.

—No mucho.

—Perfecto. La mística de morirse de hambre no combina con el vermut.

—No estoy muriéndome de hambre.

Lety la miró.

La frase quedó suspendida de una forma extraña.

Morirme.

Inés desvió la vista primero.

—Pedí algo —dijo.

Lety levantó la mano hacia el mozo.

Pidieron papas, aceitunas, pan tostado con algo que el menú llamaba crema de berenjenas y ninguna de las dos pensaba nombrar en voz alta. Mientras esperaban, Lety habló de un lugar.

No dijo “boliche”.

No dijo “fiesta”.

Dijo lugar.

—Hay un sótano en la calle Durazno.

—Eso suena a amenaza.

—Lo es un poco.

—¿Qué hay?

—Depende de la noche.

—Lety.

—Música. Gente. Algunas habitaciones arriba. Un patio horrible que a las tres de la mañana parece París para personas arruinadas. Una barra donde nadie pide nombres verdaderos. Un baño donde siempre hay alguien llorando o besándose o las dos cosas.

—Muy turístico.

—No es para turistas.

—¿Y para quién es?

Lety apoyó la espalda contra la silla.

—Para gente que quiere que la ciudad la mire distinto.

Inés sintió que esa frase abría una puerta.

No una puerta elegante.

Una puerta lateral.

Mala luz.

Columna.

Punto ciego.

—No sé si quiero eso.

—Sí sabés.

—No.

—Entonces no vengas.

La facilidad con que Lety dijo eso la desarmó.

No había presión.

No había súplica.

No había promesa.

Lety no la estaba seduciendo como se seduce en las historias pobres. No le decía que sería especial, ni que la cuidaría, ni que la noche iba a cambiarle la vida. Le ofrecía una entrada y le dejaba intacta la posibilidad de no cruzarla.

Eso era lo más peligroso.

El mozo dejó la comida.

Inés tomó una aceituna. La sal le golpeó la lengua. No sabía que tenía hambre hasta que tragó. Comió otra. Después pan. Después bebió un poco de agua. El dolor detrás del ojo había desaparecido, pero dejó una sombra, una memoria mínima en la cabeza.

Lety la observó comer.

—¿Qué? —preguntó Inés.

—Nada.

—En este trabajo, “nada” suele ser lo único interesante.

Lety sonrió.

—Me robaste una frase.

—La dejaste tirada.

—No. Te la dejé.

Inés se limpió los dedos con una servilleta.

La servilleta era de papel barato y se deshizo un poco contra la humedad de la aceituna. Pensó en cosas que se deshacían con muy poco. El papel. La vergüenza. La prudencia. Un diagnóstico cuando una todavía no quería escucharlo.

—No quiero volver a ser la de antes —dijo.

No había planeado decirlo.

Lety no se movió.

—Nadie vuelve exactamente.

—Yo sí podría.

—Sí.

La respuesta fue tan honesta que Inés la odió un segundo.

—Gracias.

—Podrías volver a esconderte en una explicación prolija. En un médico. En Martín. En Juan. En el trabajo. En la culpa. En cualquier cosa que tenga horario.

—¿Y vos qué proponés?

Lety miró hacia la puerta.

Afuera, la noche seguía acumulándose sobre la calle.

—Que esta noche no expliques.

Inés soltó una risa baja.

—Eso es todo.

—Eso es muchísimo para vos.

Tenía razón.