LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 1
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LA ZONA OSCURA

LA ZONA OSCURA

Por SOREL ARDA

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CAPÍTULO 1

LA VUELTA

Inés llegó antes.

Eso ya decía algo.

Antes, cuando todavía trabajaba mirando pantallas, llegar antes era una forma de control.

Una manera discreta de ocupar el lugar antes de que el lugar pudiera ocuparla a ella.

Revisar la silla, la luz, la puerta, la salida, el baño, el espejo del fondo, el mozo que tardaba demasiado en acercarse, la pareja que discutía sin levantar la voz junto a la ventana.

Llegar antes era elegir desde dónde mirar.

Ahora no sabía si había elegido.

El bar quedaba en una esquina baja del Centro, en una calle que de día no prometía nada y de noche parecía haber sido inventada para esconder conversaciones.

No tenía cartel luminoso. Solo una puerta verde, dos mesas en la vereda y una hilera de botellas oscuras detrás de una barra angosta.

La música salía desde algún lugar invisible: un bolero viejo mezclado con el ruido de vasos, una risa demasiado cerca, el golpe seco de una moneda contra la madera.

Inés se sentó en una mesa del fondo.

No contra la pared.

Eso también decía algo.

Pidió un vermut con hielo aunque nunca había sido una mujer de vermut.

Le gustó la palabra más que la bebida. Vermut.

Tenía algo de noche ajena, de mujeres que no explicaban por qué estaban solas, de hombres que aprendían tarde a no preguntar.

Cuando el vaso llegó, lo sostuvo un momento entre los dedos.

El vidrio estaba frío. La rodaja de naranja flotaba como una cosa viva y agotada.

Miró el reloj.

Veintiuna cuarenta y tres.

Lety había dicho a las nueve y media.

Lety siempre llegaba tarde de una forma que parecía deliberada, aunque quizá era peor: quizá no lo era. Quizá su cuerpo funcionaba en otra escala, una donde los minutos no servían para medir obediencia sino ganas.

Inés bebió.

El primer trago fue amargo.

El segundo, menos.

Había vuelto a la ciudad hacía tres días.

La frase le parecía falsa.

Volver a una ciudad no era apoyar una valija en el suelo, abrir una ventana, prender el calefón, revisar si había facturas debajo de la puerta.

Volver era otra cosa. Era descubrir que el apartamento seguía oliendo a encierro aunque ella hubiera estado lejos.

Era encontrar una taza limpia en el escurridor y sentir que alguien muy parecido a ella la había dejado ahí antes de desaparecer.

Era abrir el placard y ver la ropa del trabajo, las camisas oscuras, los pantalones prácticos, los zapatos cómodos, todo ese uniforme civil de una mujer que durante años había aprendido a no llamar la atención mientras miraba demasiado.

Había vuelto de la playa con arena en el ruedo de una pollera, un golpe violeta en la cadera que no recordaba haberse hecho y una carpeta médica doblada en el fondo de la cartera.

No había vuelto descansada.

Tampoco castigada.

Había vuelto con una sensación más difícil de nombrar: como si algo en ella hubiera dejado de esperar permiso.

El médico había usado palabras limpias.

Control.

Estudios.

Repetir.

Derivar.

No adelantarse.

Inés había asentido con la misma docilidad con que antes habilitaba portones desde una oficina sin ventanas.

Sí, doctor. No, doctor. No tuve fiebre. No, no sangrados importantes.

Sí, cansancio. Sí, dolores de cabeza a veces.

No, no sé si más de lo normal. ¿Qué era normal en una mujer que dormía mal desde hacía años?

El médico le había dicho que no todo era ansiedad.

Ella había entendido que tampoco todo era vida.

Después guardó la orden de laboratorio y se fue.

No volvió.

O todavía no.

El celular vibró sobre la mesa.

Lety.

Estoy entrando. No te vayas.

Inés miró el mensaje.

Sonrió sin querer.

No te vayas.

La gente usaba esas frases como si fueran livianas. No te vayas. No desaparezcas. Avisá cuando llegues. Mandame ubicación. ¿Estás bien? Todas parecían preguntas de cuidado hasta que una aprendía a reconocer la cuerda escondida en algunas voces.

Con Lety era distinto.

O Inés quería creerlo.

No te vayas, escrito por Lety, no sonaba a control. Sonaba a juego. A desafío. A una mano sujetando apenas el borde de una manga.

La puerta verde se abrió.

Entró primero el ruido de la calle.

Después Lety.

No había cambiado tanto y, sin embargo, algo en ella parecía más nítido.

Llevaba el pelo suelto, una campera de cuero gastada y un vestido negro que no pedía permiso para existir debajo.

No era elegante en el sentido limpio de la palabra.

Era peor: tenía esa clase de presencia que convertía el desorden en una decisión.

El lápiz corrido bajo un ojo. La boca pintada de un rojo oscuro, casi marrón.

Un aro solo en una oreja. Las uñas cortas.

Una pequeña marca junto al cuello que podía ser una picadura, un beso viejo o ninguna de las dos cosas.

Inés la vio antes de que Lety la encontrara.

La vieja costumbre.

Ver primero.

Pero esta vez Lety levantó la cabeza de golpe, como si hubiera sentido la mirada.

La encontró.

Sonrió.

No con sorpresa.

Con confirmación.

Inés sintió algo bajo el pecho, una contracción mínima, tan ridícula como verdadera.

Lety caminó hacia la mesa sin apuro. El bar pareció inclinarse apenas para dejarla pasar. O tal vez Inés volvió a mirar de esa forma antigua en la que los cuerpos ajenos parecían organizar la habitación.

—Volviste —dijo Lety.

No la saludó con un beso.

Primero dijo eso.

Volviste.

Después sí se inclinó y le rozó la mejilla. El perfume llegó tarde: humo, jabón caro o imitación de jabón caro, y debajo una nota tibia, personal, algo que no pertenecía a ningún frasco.

Inés no se movió enseguida.

—Eso parece.

Lety se sentó frente a ella.

—No pareces convencida.

—Todavía estoy probando.

—¿La ciudad?

—La vuelta.

Lety llamó al mozo levantando dos dedos, sin girarse del todo. El gesto tuvo una seguridad que Inés le envidió de inmediato. No era soberbia. Era una forma física de estar. Como si Lety nunca hubiera tenido que pedir disculpas por ocupar una silla, una noche o una mirada.

—Lo mismo que ella —dijo Lety, señalando el vaso de Inés.

El mozo asintió.

Cuando se fue, Lety apoyó los codos sobre la mesa y la miró mejor.

—Tenés otra cara.

—Gracias.

—No dije mejor.

—Por eso.

Lety soltó una risa baja.

Inés había olvidado esa risa. O había querido olvidarla. No era una risa alegre. Lety no se reía como quien celebra. Se reía como quien encuentra una grieta por donde escapar dos segundos.

—¿Cómo estuvo la playa? —preguntó.

Inés tomó el vaso.

El hielo chocó contra el vidrio.

—Había mar.

—Gran informe turístico.

—Hostel. Gente joven. Gente no tan joven intentando parecer joven. Un baño que siempre estaba mojado. Un tipo que hacía panqueques mal. Una terraza. Un accidente. Una guardia.

Lety levantó apenas las cejas.

—¿Guardia?

—Nada grave.

—Cuando alguien dice “nada grave”, casi siempre ya decidió qué parte no va a contar.

Inés bebió.

El vermut le dejó una línea amarga en la lengua.

—Fui por otra persona.

—¿Y después?

—Después me atendieron a mí.

Lety no hizo la pregunta enseguida.

Eso fue lo que a Inés le molestó.

La paciencia.

—¿Qué pasó? —dijo al fin.

—Me mareé.

—¿Solo eso?

—Me mareé, me faltó el aire, me dolía la cabeza. Todo lo que le pasa a cualquier mujer que duerme poco, toma mal y se acostumbra a vivir con el cuerpo apretado.

—Inés.

La forma en que dijo su nombre la tocó más que una mano.

Lety no tenía una voz dulce. Tenía una voz algo ronca, como si siempre acabara de salir de un lugar con humo o de una cama donde se había hablado demasiado cerca. Pero al decir su nombre lo bajó un poco. No lo volvió tierno. Lo volvió exacto.

—¿Qué te dijeron?

Inés miró hacia la barra.

Un hombre de camisa blanca le hablaba al oído a una mujer con alianza. La mujer no se apartaba. Tampoco se acercaba. Sostenía la copa con las dos manos, como si necesitara una excusa para no tocarlo.

—Que hiciera estudios.

—¿Los hiciste?

—No todavía.

Lety apoyó la espalda contra la silla.

—Claro.

—No empieces.

—No empecé.

—Ese “claro” ya era una habitación entera.

—Entonces entrá y sentate.

Inés la miró.

Lety sostuvo la mirada.

No había burla ahí. Eso era lo peligroso. La burla permitía defenderse. La seriedad, no.

Llegó el segundo vermut.

Lety tomó el vaso, lo levantó apenas y dijo:

—Por la vuelta.

Inés chocó el suyo.

—Por no haber vuelto del todo.

Lety bebió.

—Eso me gusta más.

Durante un rato hablaron de cosas pequeñas.

El hostel. La playa. Un hombre llamado Leo que parecía demasiado joven para saber mirar sin apuro.

Valeria. Gabriel. Una fiesta en una terraza.

Una mujer que había bailado descalza sobre baldosas frías.

Martín escribiendo mensajes desde la ciudad como si todavía pudiera saber en qué lugar de la noche estaba Inés.

Juan pidiendo recibos viejos como si el matrimonio no hubiera terminado sino cambiado de archivo.

Lety escuchaba.

No como escuchaba la gente educada.

Escuchaba con el cuerpo. Con los ojos. Con una mano alrededor del vaso. Con los hombros apenas inclinados hacia adelante. De vez en cuando hacía una pregunta breve, no para ordenar el relato, sino para abrirlo por donde más dolía.

—¿Te acostaste con él? —preguntó en un momento.

Inés no fingió no entender.

—No.

—¿Querías?

La respuesta estaba demasiado cerca.

—No sé.

Lety sonrió apenas.

—Eso suele ser sí, pero con miedo a la biografía.

Inés soltó una risa seca.

—¿Y vos? ¿Siempre sabés?

—No.

—Mentira.

—Sé después. Durante, casi nadie sabe.

Esa frase quedó entre las dos.

Durante, casi nadie sabe.

Inés pensó en la mujer del zapato. En la pareja del hostel. En Leo. En Martín. En Juan apagando sin violencia todo lo que ella no sabía cómo pedir. Pensó en sí misma sentada frente a pantallas, creyendo que mirar de lejos le permitía entender mejor a los cuerpos.

No entendía nada.

Quizá eso era lo nuevo.

—¿Y vos? —preguntó Inés.

Lety ladeó la cabeza.

—¿Yo qué?

—Qué hiciste todo este tiempo.

—Trabajar.

—No te pregunté eso.

—Entonces preguntá mejor.

Inés apoyó el vaso sobre la mesa.