CAPÍTULO 2 #3
Las miró.
Después miró el cielo.
—Va a llover —dijo.
Como si no hubiera visto nada.
O como si eso, precisamente, fuera una forma de cuidado.
Lety rió bajo.
Inés también.
La risa le salió temblorosa.
Mara se acercó al cenicero y apagó algo que no traía encendido.
—Abajo preguntan por vos —dijo a Lety.
—¿Quién?
—Uno que cree que te conoce mejor de lo que te conoce.
Lety endureció la mirada.
—Martín.
Mara se encogió de hombros.
—No dijo nombre. Tiene cara de Martín.
Inés sintió que la noche se enfriaba de golpe.
Lety la miró.
—No tenés que verlo.
La frase era cierta.
Y, al mismo tiempo, no.
Martín estaba abajo. O alguien parecido a Martín. Alguien que podía arrastrar la ciudad vieja dentro de esa ciudad nueva. Alguien que la había visto desde la oficina, desde los mensajes, desde el borde de la licencia. Alguien que podía convertir el beso en una prueba si ella se dejaba.
Inés respiró.
El dolor detrás del ojo no volvió.
Solo la presión.
Leve.
Persistente.
—Sí —dijo.
Lety frunció apenas el ceño.
—¿Sí qué?
Inés se separó de la pared.
Se acomodó la blusa.
Sintió la piel de la espalda todavía encendida donde Lety la había tocado.
—Sí tengo que verlo.
—No le debés nada.
—No es por deuda.
Mara observaba en silencio.
Lety no preguntó.
Esperó.
Inés miró hacia la puerta del patio, hacia la escalera, hacia el sótano que respiraba debajo de ellas.
—Es por saber si todavía puede sacarme de una habitación.
Lety sostuvo su mirada.
Después asintió.
Una vez.
No aprobaba.
No impedía.
Eso era nuevo.
Bajaron juntas.
La música volvió a rodearlas. El calor del sótano le pegó a Inés en la cara.
Las luces parecían más bajas que antes. Algunas personas bailaban.
Otras bebían. Una mujer lloraba sentada junto al baño mientras otra le sostenía el pelo sin decir nada.
En la barra, Mara pasó detrás de ellas y desapareció.
Martín estaba cerca de la columna.
Solo.
Camisa oscura. Barba de dos días. El cuerpo demasiado quieto para alguien que acababa de entrar a un lugar así. No miraba alrededor con curiosidad ni con pudor. Miraba como mira quien busca una pantalla conocida entre demasiadas imágenes nuevas.
Cuando vio a Inés, no pareció sorprendido.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
Después vio a Lety.
Después la distancia entre ambas.
Después la boca de Inés.
No dijo nada enseguida.
Ese fue su primer acierto.
—Te escribí —dijo al fin.
Inés pensó que algunas frases eran cárceles pequeñas.
Te escribí.
Como si escribir construyera derecho.
—Vi.
—No contestaste.
—No.
Martín miró a Lety.
—No sabía que estaban juntas.
La frase tuvo dos sentidos.
Los dos fueron intencionales.
Lety sonrió apenas.
—Hay muchas cosas que no sabés.
Martín no le respondió.
Siguió mirando a Inés.
—¿Estás bien?
La pregunta podía haber sido cuidado.
Podía haber sido vigilancia.
Podía ser ambas.
Inés sintió la presión en la cabeza. La música. La piel ardiendo donde Lety la había tocado. El sabor a humo en la boca. El alcohol. La noche. La posibilidad absurda de subir la escalera y no deberle explicación a nadie.
—No sé —dijo.
Martín pareció desconcertado.
Lety no.
—¿Qué significa eso? —preguntó él.
Inés sonrió apenas.
No de alegría.
De cansancio.
—Que por una vez no tengo ganas de traducirme para que estés tranquilo.
Martín bajó la mirada.
La frase le había pegado.
No lo suficiente para destruirlo.
Lo suficiente para mostrar que algo en él todavía era humano y, por eso mismo, más peligroso.
—Vine porque me preocupé —dijo.
—Viniste porque no sabías dónde poner la preocupación.
Martín la miró.
—¿Y este es el lugar?
Inés miró alrededor.
Velaria.
La barra.
Las puertas.
Los cuerpos.
Lety.
Mara.
El pasillo.
La cámara en la entrada.
La noche entera prometiendo no salvar a nadie.
—No sé —dijo—. Pero por ahora estoy acá.
Martín dio un paso.
Lety también.
Inés levantó una mano.
Los dos se detuvieron.
Ese gesto, mínimo, la atravesó.
No porque obedecieran.
Porque por primera vez no había sido una cámara, un sistema ni una puerta remota quien había marcado el límite.
Había sido ella.
—Voy al baño —dijo.
No necesitaba ir.
O sí.
No importaba.
Caminó hacia el pasillo sola.
No miró atrás.
El baño estaba al fondo. Una puerta con pintura descascarada. Adentro, tres lavamanos, dos cabinas, un espejo largo atravesado por una grieta diagonal. La luz era blanca, cruel. Después del rojo del sótano, parecía una sala de interrogatorio.
Inés apoyó las manos sobre el lavabo.
Se miró.
La boca algo roja.
Los ojos brillantes.
El pelo apenas desordenado.
Una mujer de treinta y nueve años que acababa de besar a otra mujer en un patio horrible y de decirle a un hombre que no quería traducirse.
Parecía ella.
No parecía ella.
Abrió la canilla.
Se mojó las muñecas.
El agua fría le devolvió un poco de orden.
Entonces vio, en el espejo, una línea oscura en la parte baja de su cuello.
No era sangre.
Era lápiz labial de Lety.
Una marca mínima, corrida, casi invisible si una no buscaba pruebas.
Inés la tocó con la yema de los dedos.
Pensó en limpiarla.
No lo hizo.
La puerta del baño se abrió.
Entró una mujer joven, llorando sin drama, como si llorar fuera parte del uso normal del lugar. Se miró en el espejo junto a Inés, se limpió debajo de los ojos y dijo:
—La primera vez siempre parece más importante de lo que es.
Inés la miró.
—¿Perdón?
La mujer abrió la cartera, sacó un delineador.
—Lo que sea que hayas hecho.
Inés no respondió.
La mujer se pintó mirando su propio reflejo.
—Después entendés que no era la primera vez. Era la primera vez que no pudiste seguir diciéndote que no.
La frase quedó en el baño como vapor.
La mujer cerró el delineador, le sonrió sin alegría y salió.
Inés se quedó sola otra vez.
La música seguía golpeando desde afuera.
El agua corría.
Cerró la canilla.
Miró la marca de Lety en el cuello.
Pensó en Martín.
Pensó en la orden médica.
Pensó en la cámara de la entrada.
Pensó en la playa, en el hostel, en el amanecer gris que había dejado atrás.
Después dejó de pensar.
Salió del baño sin limpiarse.
Velaria seguía abierta.
Y por primera vez desde su regreso, Inés no quiso encontrar la salida.