DE UNA NUEVA ERA #3
—Pues… ¿Supongo que sí? Aunque es un poco más complejo que eso. Quiero buscar a esa gente. Quiero hacerlo más fácil para ellos. Quiero que sientan que pueden ser libres y…
—Permiso concedido.
La de la chaqueta tejana y ojos ámbar alzó las cejas.
—¿Así de fácil? ¿No tienes que debatirlo en un Consejo o algo así?
—No. —Vyx encogió los hombros—. Qué pereza.
No me hace falta la aprobación de unas viejas jurásicas para esto.
Te conozco. Eres la persona más maravillosa del mundo.
Si alguien puede conseguirlo, esa eres tú.
Astrid Lykaios, salvadora de los casos per…
Eh, Astrid. Pero no llores, joder, que no sé qué hacer cuando lloras.
De hecho, lo único que se le ocurrió hacer fue levantarse de la silla, rodear la mesa y ponerse en cuclillas a su lado.
—Madre mía. —Astrid lloraba y se reía a la vez—. Qué mal lo hicimos, Vyx.
—De puta pena. Toda la razón. Pero no deberías decirlo en plural. Las dos sabemos que…
—¿Que fuiste una egoísta y una cobarde? Sí. Pero también me has dado momentos preciosos. Puede que tú no supieras quererme bien, y puede que yo no supiera quererte bien a ti, pero te he querido muchísimo. Y sé que tú me has querido muchísimo a mí.
—Más de lo que nunca te he dicho. ¿Puedes parar de llorar, por favor? O me muero, eh.
Astrid volvió a reírse. Se enjugó las lágrimas, cogió aire y miró a Vyx a los ojos. Acercó las manos a las mejillas de su amor imposible y le acarició los pómulos con los pulgares.
—No te vas a morir. Sobrevivir es lo que mejor se te da.
—Me estás matando, joder. Eres despiadada. Quieres que llore.
—Te sacarías los ojos antes de permitirte llorar delante de mí. —Astrid siguió dejando la huella de sus pulgares en la piel de Vyx—. Voy a echarte muchísimo de menos.
Vyx se llenó el pecho de aire y dejó caer la cabeza sobre las piernas cruzadas de Astrid.
—Y yo seguiré echándote de menos a ti.
Después de todo, llevaba mucho tiempo haciéndolo.
Fue una despedida desgarradora, el peor y el más sincero adiós de todos los que se habían dicho; la clase de adiós que dejó a Vyx con media botella de vino, una silla vacía y muchas definiciones distintas de absolución.
Afortunadamente, también se quedó con un hilo de esperanza del que tirar.
Mientras bebía sola y en silencio, pensaba que tal vez, algún día, Astrid y ella podrían alzar un nuevo imperio de las cenizas que habían quedado de su amor.
Dos horas más tarde, la adalid de la Orden seguía en el mismo sitio, con el móvil en la mano.
—¿Quieres otra botella?
Vyx alzó la vista y parpadeó. Frente a ella, una joven de sinuosas curvas, tez bronceada y larga melena de color pajizo recogida en una tensa coleta, la miraba con unos ojos de un brillante color jade. La adalid se quedó con la boca seca, las manos electrizadas y el cerebro embotado.
—Claro —atinó a decir Vyx al cabo de los segundos. Luego sonrió con exagerada simpatía y guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta—. Pero ¿por qué no te sientas conmigo y la compartimos? Me harías un favor. Así la gente no pensará que estoy ahogando las penas sola.
La risa de la camarera pronunció aún más la sonrisa de la recién nombrada adalid.
—El señor Lucian ha olvidado mencionar que eres muy graciosa. Me temo que no puedo. Hay una cláusula en mi contrato que me prohíbe relacionarme con los clientes...
—Así que tu contrato tiene prohibiciones, ¿eh? Eso lo hace mucho más interesante…
—Bajo amenaza de que me convierta en un animal, a elegir por el señor Lucian. Te traeré esa botella, pero no voy a poder hacer nada por tu reputación de alcohólica mujeriega.
La chica le guiñó un ojo, se dio la vuelta y se marchó, dejando a Vyx maldiciendo tanto a su amigo como a toda su estirpe. No gozó de mucho tiempo para maquinar una posible venganza, pues, de pronto, una enorme bola de pelo se subió al sofá y empezó a lamerle la cara.
—¿Qué coño…?
Era un perro. Un enorme perro mestizo de un pelaje gris, sucio y muy enredado, que parecía haber salido de esa película de Disney que tanto le gustaba a Rose y cuyo nombre Vyx era incapaz de recordar.
—Estás pensando en La Dama y El Vagabundo.
Lucian se dejó caer en el lado opuesto del sofá. Tenía un cigarrillo entre los labios y se limpiaba las manos con una servilleta. Vyx alzó las cejas y espetó:
—¿Ahora también tienes poderes telepáticos? No me jodas.
—¿Quién te dice que no los he tenido todo este tiempo, florecilla?
—Ah. Guau. Así que eres un yogur…
—Voyeur.
—Lo que sea. Uno de esos a los que les gusta ver a otra gente liándose. Tengo la mente muy sucia, así que seguro que te has puesto las botas viendo escenitas subidas de tono… —Calló y puso cara de asco cuando el perro volvió a lamerle la cara—. ¿Qué coño le pasa a tu perro?
—No es mi perro.
—Vale, pues qué coño le pasa a uno de tus enemigos transformado en perro.
—No transformo a mis enemigos en animales agradables a la vista.
—¿Este chucho pulgoso es agradable a la vista? —Escéptica, Vyx observó al animal que, a pesar de ese aspecto desaliñado, parecía estar bien alimentado—. Porque la verdad es que le vendría bien una buena ducha, colonia y, ya puestos, un buen cepillado…
—Pues no sé a qué estás esperando.
—¿Perdona?
—Como su dueña, te aconsejo que seas más cuidadosa con tu mascota.
—¡Pero si no es mi puto perro!
—¿Puedes, por una vez en tu vida, leer entre líneas y ver lo que estoy intentando hacer aquí?
Vyx frunció el ceño. Pasó la mirada de Lucian al perro, que tenía la lengua fuera.
Le dio la sensación de que estaba sonriendo.
Consternada, volvió a mirar a Lucian. Su amigo dio una profunda calada al cigarrillo.
¿Es que esperaba que se quedara con ese perro que no paraba de darle golpes con el hocico en la mano como si deseara desesperadamente una caricia?
—No tienes por qué regalarme nada —dijo, apartando la mano para no tocar al animal.
—Es un ser vivo, florecilla. En todo caso, te lo ofrezco para que lo adoptes.
—Ah, no. Ni de puta coña, vamos.
—¿Por qué no?
—Porque es un regalo. Y todo el mundo sabe que cuando haces un regalo, lo haces esperando que a la larga esa persona te haga uno a ti. Tú y yo sabemos que entre mis maravillosas cualidades no se encuentra la generosidad.
—¿Qué clase de pensamiento estúpido es ese? —preguntó Lucian, sin dar crédito a las palabras de Vyx—. Además, no es un regalo per se. En realidad, me estarías haciendo un favor si lo adoptas. Estoy incumpliendo unas veinte normas de sanidad solo por tenerlo en el local.
—¿Y esa pecera a reventar de bichos repugnantes no incumple nada?
—Puede ser tu primera adopción oficial como adalid.
—El hechicero dio una última calada al cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero que había sobre la mesa—.
Te hará compañía durante esos largos viajes por el Mediterráneo en busca de niñas a las que poder ofrecerles un hogar a cambio de una vida dedicada al servicio de una diosa de la que apenas han oído hablar.
—No insultes a la diosa a la que le rezo, ¿eh?
—Al ver que Lucian arqueaba una ceja, Vyx sonrió y añadió—: He sonado convincente, ¿a que sí?
Lo peto. Estoy practicando para cuando lo tenga que decir en serio.
Elara sigue insistiendo en que lo que nosotras hacemos no es rezar, que eso está demasiado relacionado con el cristia…
—¿Qué nombre vas a ponerle?
Vyx desvió la mirada al perro. Este había decidido tumbarse en el sofá, derrotado por la falta de cariño.
La nueva adalid no pudo evitar pensar en Adonis.
Rose no tardó ni dos segundos en bautizarlo con ese nombre porque, según ella, era el perro más bonito del mundo.
Sin embargo, Vyx no pensaba darle un nombre griego; eso significaría caer en todo lo que repudiaba.
—Jägger.
No se había dado cuenta de que lo estaba acariciando entre las orejas.
—Es un buen nombre.
—¿No vas a decirme que debería ponerle algo más acorde con mi estatus de jefa suprema?
—No eres jefa suprema, solo adalid. —Vyx susurró: y venerada sacerdotisa—. Y no, me parece un buen nombre, en realidad. Una vez, mi mejor amigo le puso Mythos a su pantera.
—No sé qué me sorprende más: que tuvieras un mejor amigo o que él tuviera una pantera.
Lucian se rio. A Vyx le dio la impresión de que se le iluminaba la cara con un brillo sin precedentes. Rose tenía razón: Lucian era el hombre más apuesto del mundo.
—Te habría caído bien.
—¿Tu amigo o la pantera?
El hechicero se encogió de hombros, risueño.
Luego se acarició uno de los tatuajes que llevaba en el antebrazo izquierdo, pero Vyx fue incapaz de ver bien qué era.
Había tantas cosas que le gustaría preguntarle, tantas cosas que no sabía sobre él.
Por primera vez desde la ascensión, Vyx sentía sincera curiosidad por otro ser humano que no fuera ella misma.
Estaba a punto de abrir la boca cuando la camarera apareció de nuevo.
—Aquí está la prometida botella, y he traído dos vasos al verlo aquí sentado, señor Lucian.
—Gracias, Gabrielle. —Lucian hizo un movimiento con la cabeza y varios mechones de pelo le cubrieron la frente. La aludida le dedicó una sonrisa que a Vyx le provocó un cosquilleo entre las piernas antes de alejarse—. Imagino que ya la conoces…
—Sí, ya me ha contado lo de esa cláusula de mierda anti-ligues —bufó la joven mientras Jägger decidía apoyar la cabeza en su regazo para que continuara acariciándolo—. ¿Así es como me tratas después de todo lo que hemos vivido juntos?
—Así es como evito que Gabrielle te parta el corazón.
—¿Perdona?
—Gabrielle es una súcubo reinsertada en la sociedad.
—No me jodas. —Vyx miró automáticamente hacia la barra, donde Gabrielle estaba hablando con otros clientes—. Ahora entiendo ese magnetismo animal que desprende…
—Es bueno para el negocio, desde luego. Pero no es nada bueno para tu alma, así que, por favor, piensa más con la cabeza y menos con lo que tienes entre las piernas.
—No te prometo que lo intente —dijo con tono solemne—. Pero intentaré intentarlo.
Lucian negó con la cabeza a la par que Vyx destapaba la botella y servía vino en los dos vasos con una sonrisa en la cara y un perro en el regazo.
Todo empezó una noche de luna creciente, poco después de la caza de un basilisco, en un restaurante de carretera situado en los límites del norte de Zagora.
Y todo terminó una tarde otoñal, poco después de erradicar la amenaza de un hacedor de magia, en un bar de mala muerte situado en un barrio marginal de Atenas.
En la segunda mesa, en la zona más apartada y bajo la mirada de quien se había convertido en su mejor amigo, Vyx sonreía porque seguía viva. Rota, sí; pero viva.