La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

L a joven frente a mí ha entrelazado las manos en el regazo y tiene el ceño ligeramente fruncido, como si no estuviera segura de tener permiso para demostrar su disconformidad.

Nunca hubo garantías de que esto fuera a funcionar; lo apostamos todo a un salto de fe.

Pero aquí está. Vuelve a ser ella. Las facciones más marcadas, el pelo más largo, y los ojos tan verdes como la más bella esmeralda y más vivos que nunca, aunque evita mirarme a toda costa.

—Rota, sí, pero viva —repito, a pesar de que sé que me ha escuchado perfectamente la primera vez que he puesto punto final a la historia.

La verdad es que los intentos de Phyr por mirarla de reojo sin llegar a establecer contacto visual me parecen de lo más tiernos.

Es innegable que el desprecio que su madre le ha inculcado hacia los mortales se tambalea.

Está confundido, y con razón, porque esta mortal en concreto pone en jaque su estricta educación.

Me gustaría contarle la verdad, poder decirle que esta joven es mucho más que una cara de porcelana y el inmejorable resultado de un intenso entrenamiento arktoi.

Me gustaría decirle que esa mirada confundida esconde el veneno que acabará con nuestros enemigos.

Pero no puedo olvidar la rotunda negativa de Apolo; hay demasiadas cosas en juego como para confiar en un muchacho de lánguida mirada y hombros caídos, cuya única definición de diversión es entretenerse con las desdichas de las almas condenadas.

—Me has mentido.

Me lleva un segundo comprender que esa voz cantarina se parece más al afilado pico de los pájaros. No me había dado cuenta de lo mucho que he echado de menos ese sonido: el de la inocencia rompiéndose en pedazos.

—Me dijiste que era una historia de amor.

—Es una historia del amor más puro que existe —asevero—. El amor fraternal.

Casi puedo visualizar las conexiones que se forman en su mente, hilando los recuerdos que una vez perdió. Al contrario que su hermana, mantiene la compostura y simplemente ladea la cabeza con pesar.

—El amor que Vyx sentía por mí.

—El amor que Vyx siente por ti —corrijo.

Phyr nos lanza esa mirada de alguien que considerara que nuestra conversación es del todo absurda.

Imagino que él también esperaba una explosión de rabia, un terremoto de frustración.

Las almas que recuperan sus recuerdos no suelen conservar la calma; pierden la poca lucidez que han recuperado unos segundos después de que se les revele su pasado.

—¿Por qué has tenido que hacerla sufrir tanto?

—pregunta tan repentinamente que el ciervo a mis pies se levanta a toda prisa y echa a correr, perdiéndose entre los árboles—.

Podrías haberlo evitado. Te damos nuestras vidas, todo lo que somos, cuando Hipólita se presenta ante nosotras.

Solo tenías que chasquear los dedos y borrar su pesar…

—Rose. —Llevo tanto tiempo deseando pronunciar su nombre que me permito unos segundos de más para saborearlo—. ¿Consideras que soy la culpable del sufrimiento de Vyx?

Durante unos segundos, el silencio se abalanza sobre nosotras como la calma antes de la tormenta.

Lo veo en la chispa que se enciende en sus ojos, en esa mecha que hace arder la punta de su lengua.

Se pone en pie a toda prisa, con las manos cerradas en sendos puños y camina descalza por la hierba.

Abre la boca, dispuesta a soltar serpientes de cabezas retorcidas, pero enseguida vuelve a cerrarla y se cruza de brazos.

La curiosidad que siente es más acuciante que la necesidad de insultarme.

Y no puedo reprochárselo, ¿verdad? Yo también querría respuestas.

—Podrías haberte ahorrado el bucle —señala.

—El bucle era un regalo. Una manera de que pudiera revivir sus últimos momentos contigo.

—¿Y se supone que eso tiene que hacerme sentir mejor? —Veo cómo se le encienden las mejillas a medida que su voz se torna más acusadora—. ¿Es que tus guerreras te importan tan poco como para lanzarlas a su muerte y no evitar que se caigan por el precipicio?

—Las arktoi saben perfectamente a qué riesgos se someten cuando me juran lealtad.

—¿Es eso lo que te dices a ti misma en tu bonito palacio de cristal? —Los ojos le brillan de pura cólera—. ¿Era eso mismo lo que te decías cuando exhalé mi último aliento?

—Tú eres diferente. Tú destino es mucho más grande de lo que otras solo podrían soñar.

—¿Qué destino? —Derrocha sarcasmo—. ¿No te has dado cuenta? Estoy muerta.

—Estás muerta porque eso era precisamente lo que tenía que pasar. Pero no te engañes, querida, moriste porque todo estaba planeado para que tú y yo acabáramos aquí.

Parpadea, enfadada, pero con la misma curiosidad que segundos antes de su estallido de furia.

—¿Acabar aquí para qué?

Este es el momento que he estado esperando. Este es el momento por el que he bajado hasta el Tártaro a pesar de que me desagrada todo lo que este lugar representa.

—Necesito a una guerrera capaz de hacer lo que sea necesario a favor de un propósito mayor. Necesito a alguien que escoge luchar por voluntad. Porque es lo correcto.

Sé que tengo toda su atención y también sé que reconoce estas mismas palabras, porque ya las pronuncié delante de otra persona.

—¿Y si me niego?

—No es decisión tuya.

La voz de Phyr nos sorprende a ambas. El muchacho se ha mantenido al margen en todo momento y, de hecho, Rose alza una ceja y se abraza un poco más a sí misma. Estoy segura de que se había olvidado completamente de su presencia.

—Artemisa solo está informándote de lo que ya está escrito —añade él, con la espalda contra el tronco del árbol y una pierna flexionada.

Apoya el brazo en la rodilla—. Puedes dejar que tus sentimientos te desborden y gritar todo cuanto quieras.

Puedes entregarte a la desazón y maldecir a Los Doce.

Puedes correr por los Campos Elíseos en busca de un escondite en el que, por unos segundos, consigas creer que no te encontraremos.

—Una sutil sonrisa le curva los labios. Supongo que está imaginando ese preciso momento en el que Rose intentase desafiarnos—.

Sin embargo, eso no cambiará el hecho de que nunca fuiste la dueña de tu vida, y mucho menos serás la dueña de tu muerte.

Rose deja caer los brazos abatida. Entonces, en lugar de soltar un insulto como haría su hermana y oponer una resistencia que no la llevará a ninguna parte, me pregunta en un susurro:

—¿Por qué yo?

Me pongo en pie con cuidado. La tormenta se ha disipado. Por ahora.

—Oh, querida. Eso es el principio de otra historia.