DE UNA NUEVA ERA #2
Vyx tragó saliva. Había algo en la rotundidad de esa promesa que le causaba infinito pavor. Puede que estuviera a punto de convertirse en una leyenda, pero había ciertos muros a los que no estaba dispuesta a renunciar. Así que, ante esa confesión trascendental, Vyx sonrió y dijo:
—Puedes dejar de flirtear conmigo, Cora. Ya nos hemos comido la boca dos veces.
La adepta volvió a ruborizarse, soltó las manos de Vyx y se cruzó de brazos, como si de repente se sintiera desnuda en cuerpo y alma.
—¿Qué? No estaba…
—Va, que hemos superado esa fase. Podemos pasar a la siguiente.
—¿Siguiente? —Cora volvía a tener esa voz de pajarillo.
—La de empotrarnos, quitarnos la ropa, mordernos, comernos…
Nunca admitiría que poner nerviosa a Cora la hacía inmensamente feliz.
—Por todos los dioses. Eres lo peor. —Hizo una pausa. Se encogió un poco en sí misma y fijó la mirada en un punto distante de la pared—. No estoy segura de que podamos hacer eso.
—Y una mierda que no. ¿De verdad crees que Hipólita no se ha acostado con nadie en años?
Cora parecía estar a punto de explotar.
—¿Estás diciendo que…?
—¿Que tu mamá era lesbiana? Sí. Lesbianísima. Cuando le pusieron la tiara en la cabeza dijo: pues ya está, ahora soy la venerada e indiscutible reina de las lesbianas. Temedme y adoradme.
—Vyx. —Estaba aterrada—. ¿Qué tienes en la cabeza para pensar en esas cosas?
—Estoy hecha de un montón de hormonas que flotan alrededor de un agujero negro.
Se miraron a los ojos en silencio durante unos buenos segundos.
Al final, y para satisfacción de Vyx, la adepta rompió a reír.
Nunca antes había visto Vyx a Cora reírse así, como si se hubiera quitado toneladas de ciega devoción y miedo de encima.
La adepta se enjugó las lágrimas, miró a su futura líder con una sonrisa en la cara, se puso en pie de un salto y le tendió la mano.
—Vamos. No puedes escapar de esto. Esta vez no.
La guerrera aceptó la ayuda y cuando Cora tiró de ella para levantarla, o bien Vyx no opuso mucha resistencia o la adepta tiró con demasiado ímpetu, porque acabaron tan pegadas que era muy difícil decir dónde empezaba una y dónde acababa la otra.
Vyx tuvo que inclinar la cabeza para mirarla directamente a los ojos.
—¿Y si lo hago mal?
—No me cabe duda de que vas a hacerlo mal.
—Estoy recibiendo señales muy confusas ahora mismo. Ten piedad.
—Lo harás fatal —insistió Cora—, al principio. Pero no estarás sola.
—¿Y qué pasa con las viejas del Círculo, eh? No aprueban la decisión de Hipólita. Vinieron a la enfermería con sus caras de estreñidas y su discursito ensayado, pero…
—Oh, no van a ponértelo fácil —convino—.
Eso seguro. Te mirarán con lupa y leerán el Código hasta quedarse sin ojos, deseando encontrar un solo argumento para sustituirte.
Pero hoy estás a salvo. —Una vez más, Cora ajustó la tela de la túnica de Vyx y después la miró con ese irrefutable sentimiento de aprobación—. ¿Preparada para una nueva era?
—Mejor no te digo para lo que estoy preparada.
—¿Puedes centrarte por un solo se…?
Vyx tomó el rostro de Cora entre las manos y volvió a probarla en un beso prohibido e inesperado, dulce como la miel y peligroso como un arma de fuego sin seguro.
La besó como si Cora fuera la personificación del futuro que la esperaba y cupieran en esos labios todos los miedos, las inseguridades, las crueldades y las injusticias del mundo.
Con ese beso hizo las paces con su desconcertante final y abrió las puertas a otro asombroso y terrorífico principio.
Cuando se separaron, Cora parecía la princesa de una torre que acaba de despertar de un prolongado sueño. Vyx sonrió y le susurró:
—Gracias por venir a por mí. Ahora sí. Estoy preparada.
O tan preparada como había estado para cualquier futuro sin Rose desde el día que la perdió.
La coronación fue tan incómoda y abrumadora como Vyx había previsto.
Para ser alguien a quien se le daba tan bien ser el centro de atención, no supo gestionar que hubiera tantos ojos puestos en ella en el que, sin duda, fue el momento más trascendental de su vida.
Por fortuna, hizo el juramento sin obviar ni pronunciar incorrectamente ninguna palabra del griego antiguo.
Vyx les admitió a Cora y Elara durante el festín de celebración que sentir la rabia y los celos de Thalia cuando Lysandra le entregó la tiara y la nombró frente al conjunto de adeptas Vyx, primera de su nombre, venerada sacerdotisa y adalid de la Orden Arktoi , lo había hecho todo un poco más fácil y, definitivamente, mucho más gratificante.
En cualquier caso, entregarse al principio de una nueva era implicaba poner punto final a otras relaciones; personas a las que todavía no estaba preparada para dejar marchar.
Vyx empezaba a entender que tenía la personalidad de un parásito.
Se le daba bien aferrarse a la gente. Se le daba mejor que a nadie saltar de una obsesión a otra.
Esa tarde, una semana después de su coronación, Vyx se sentía un poco más como ella misma y un poco menos como los hombros sobre los que recaía el peso de más de mil años de credo y tradición.
Pero, precisamente, ser ella misma siempre había sido el problema entre Vyx y la chica con los ojos más bonitos de toda Grecia.
Astrid y Vyx estaban sentadas en la zona más reservada del Cerberos. Había una botella de vino y un océano de reproches entre las dos. Vyx esperaba que también hubiera absolución.
—¿Puedes salir del templo siempre que quieras?
Era la primera pregunta que Astrid hacía desde que había acudido a la cita.
La adalid estaba inmensamente agradecida por que fuera ella quien rompía el hielo, porque si hubiese dependido de ella, habría empezado por preguntarle dónde estaban esas manchas blancas que tanto le gustaban.
De todas formas, Vyx sabía que esa era una buena señal.
Significaba que, más deprisa o más despacio, Astrid se estaba recuperando de todos los daños colaterales que habían sembrado las malas intenciones de Kyrian.
A decir verdad, Astrid estaba preciosa. También estaba desgarradoramente triste y distante.
—Siempre que quiera no —objetó—. Siempre que deba. Y esto es importante.
Astrid cruzó las manos sobre la mesa y empezó a entrelazar los dedos, inquieta.
—Supongo que lo es.
—Oye, esto no tiene por qué ser una despedida, ¿sabes? Quiero decir…
—Pero tiene que serlo, ¿no? —La miró a los ojos—. Siempre fuimos dos coches circulando por el mismo carril en dirección contraria. Siempre íbamos a chocar. Nos hemos hecho más daño de lo que hemos llegado a querernos. Fuimos dos cabezotas.
Vyx estaba acostumbrada al crack que hacía su corazón cuando se rompía, pero, ciertamente, le gustaría estar un poco menos familiarizada con el ruido que hacía el de Astrid al romperse también.
Cogió la botella de vino, sirvió en los vasos de cada una y alzó el suyo.
Qué otra cosa podía hacer que brindar por dos corazones rotos.
Era demasiado tarde para un amor inviable.
—Por las cabezotas, entonces —ofreció.
Astrid sonrió. Se acercó el vaso y lo alzó también.
—Por las cabezotas.
Bebieron las dos. Supongo que, cuando acordaron volver a verse, ninguna tuvo intención alguna de hablar sobre el grimorio de Hécate, de las vidas que se perdieron esa noche o del profundo dolor de un niño que nunca aprendió a vivir con la ausencia de su madre.
Vyx había perdido a Hipólita, Astrid había perdido a su único hermano, y ni todo el vino o todas las sonrisas del mundo podrían cambiar eso.
—Me gusta este sitio —dijo Astrid al cabo de unos segundos—. Rose me dijo muchas veces que un día me presentaría al amor de su vida. De haber sabido que regentaba esto, le habría insistido mucho más. Quiero decir, tiene su encanto.
—Es una cueva apestosa llena de renegados y repudiados. Es una puta pasada.
—Brindo por eso también.
Y brindaron. Después, Vyx dejó el vaso y durante un rato se dedicó a mirar a Astrid en silencio. Qué difícil era dejar marchar a alguien que la había hecho tan feliz.
—¿Vas a seguir con el herbolario?
—La verdad es que no —admitió Astrid con un mohín—. Lo he pensado mucho y… He decidido que voy a mudarme a Atenas.
Si bien Atenas estaba a la vuelta de la esquina, Vyx suspiró entrecortadamente. Dejar marchar a Astrid no iba a ser solo una heroicidad emocional. Se marchaba de verdad.
—¿Y qué se te ha perdido en Atenas?
—Bueno, es más bien lo que espero conseguir en Atenas.
Me hubiese gustado tener esta conversación con Hipólita.
Definitivamente hubiese sido un poco menos incómodo.
—Astrid miró a Vyx detenidamente. El pelo de siempre, el colgante sagrado, la camiseta blanca y la chaqueta de cuero—.
Sigo sin poder creerme que seas la nueva adalid.
—Ya. El morado no me pega nada.
—Estoy orgullosa de ti. —Dio la impresión de que Astrid estaba haciendo un gran esfuerzo por no echarse a llorar en ese momento—. Rose también lo estaría. Lo sabes, ¿verdad?
—No sé yo, eh. —Sonrió—. Le he robado el curro de sus sueños. Aunque no se hubiera perdido nada. De momento todo lo que he hecho es redecorar un poco y aprobar informes.
—Suena divertidísimo.
—Un fiestón, sí.
Astrid sonrió y le dio otro sorbo al vino. Luego cogió aire y dijo:
—Quiero formar mi propio aquelarre. Sé que después de todo lo que ha pasado podría parecer absurdo, pero siento que es mi responsabilidad redimirnos a nosotros, los hacedores de magia.
Volver al principio, cuando trabajábamos codo con codo con la Orden.
Los míos han estado solos y asustados durante mucho tiempo. Quiero intentar darles algo mejor.
La venerada sacerdotisa (y qué raro se le hacía a Vyx pensar en sí misma de esa manera) la escuchó mientras notaba cómo desbordaba admiración por los poros. No. Jamás, en ninguna vida, Vyx habría podido merecer a alguien como Astrid.
—¿Me estás pidiendo permiso para formar un aquelarre?
Astrid se removió en la silla.