La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE UNA NUEVA ERA
97%

DE UNA NUEVA ERA

DE UNA NUEVA ERA

N o quedaba nadie más en los dormitorios.

Las camas estaban hechas, las almohadas perfectamente colocadas sobre las mantas inmaculadas.

El silencio que imperaba allí dentro era el mismo que reinaba en el gran salón y en todos los pasillos del templo.

Las paredes parecían tristes, las estancias huecas, y la guerrera que había sobrevivido dos veces a lo imposible decidió hacerse un ovillo en un rincón el día de su inesperada coronación.

Esa misma mañana, Vyx había abierto los ojos y se había quedado muy quieta bajo las sábanas, preguntándose cómo iba a afrontar otro luto cuando su corazón todavía no se había recuperado de los últimos.

Y, como cada mañana desde que despertó en la enfermería con una horrible cicatriz en la cara que no desaparecía solo los dioses sabrían por qué, repasó el catálogo de espantosos recuerdos de la noche en que asesinó a Kyrian Lykaios.

La misma noche que Hipólita la Segunda no volvió al templo.

No se había atrevido a preguntar cómo había muerto su maestra.

Las guerreras de la Orden jamás habían brillado precisamente por un exceso de empatía, y quien hubiese tenido la fortuna de contestar primero lo habría hecho narrando los hechos sin obviar ni el más horripilante detalle.

Vyx prefería imaginar que Hipólita había dado su vida por la de alguien como Aura.

Sí. Una muerte heroica. Cada vez que se sentía sobrepasada, paladeaba la misma palabra: heroica.

Bien es cierto que eso siempre la llevaba a preguntarse por qué, de todas las aspirantes y ascendidas, la venerada sacerdotisa había decidido que Vyx era la indicada para ocupar su lugar.

Cuando las tres sabias ancianas del Círculo se presentaron en la enfermería vistiendo sus impolutas túnicas blancas y miradas solemnes, Vyx les ladró que se marcharan.

Consideraba que ya era suficiente suplicio llorar cada vez que se miraba en el espejo.

Pero no se marcharon. En cambio, Lysandra le tendió un sobre con el sello del ciervo sagrado. En el anverso se leía:

Entregar a Vyx, glorificada ascendida de la Orden Arktoi

Ninguna de ellas verbalizó protesta alguna cuando Vyx guardó el sobre bajo la almohada sin molestarse en abrirlo antes. Entonces Lysandra anunció, y no precisamente ufana:

—En honor al código, redactado en la isla de Delos por la venerada sacerdotisa Asteria la Primera durante el tercer y cuarto año de la bendición, el Círculo consagra la decisión de Hipólita la Segunda en lo atinente a la sucesión de su cargo, proclamando a Vyx, primera de su nombre, suprema sacerdotisa de Artemisa; adalid y maestra de la Orden Arktoi.

Como comprenderás, Vyx se quedó pasmada. Aunque al principio no se quedó pasmada por lo que las palabras de Lysandra implicaban, sino porque…

—No he entendido una mierda.

Las ancianas hicieron un gran esfuerzo para no poner los ojos en blanco, y estoy convencida de que al menos una de ellas pensó que Hipólita las había condenado a todas a la extinción.

—Es protocolo que la sacerdotisa elija a su sucesora antes de morir —explicó Cassira, hablando muy despacio—. Hipólita decidió que su sucesora eres tú.

Vyx se echó a reír durante un buen rato, y luego, cuando recordó que las ancianas del Círculo eran tres viejas estoicas de la era del jurásico incapaces de hacer una broma, vomitó.

Dos días habían pasado desde que Hipólita la atase a la Orden para siempre con una responsabilidad que jamás había querido y para lo que no estaba preparada.

Mientras que la gran mayoría de las aspirantes, iniciadas y ascendidas aguardaban en los jardines, su legítima líder sucumbía a un ataque de pánico.

Engalanada con la túnica morada que nunca pensó que vestiría, Vyx estaba sentada en la esquina más oscura del dormitorio con una carta en las manos que todavía no se había atrevido a abrir.

Acababa de descubrir que acariciar el relieve del sello le daba una paz insospechada.

¿Qué podría haber escrito Hipólita en esa carta?

¿Qué podría haber visto su maestra en ella para llegar a creer que sería capaz de liderar a las generaciones venideras?

Oyó los pasos mucho antes de que la puerta se abriera. Cuando Cora entró en el dormitorio, Vyx ya había vuelto a esconder la carta bajo la túnica. Pálida, menuda e inmaculada como siempre, la adepta llevaba la túnica verde que le correspondía como ascendida.

Nada más verla, Vyx se preguntó si sus hermanas de credo habrían echado a suertes quién debía subir a buscarla.

Lo cierto es que, sentada en el rincón y tan triste como estaba, Vyx parecía una niña que se había quedado sin amigos para jugar en el recreo.

Cora se acercó en silencio y se sentó frente a ella.

Al cabo de unos segundos, Vyx dijo enfurruñada:

—No pienso bajar.

—Tienes que bajar.

—Pues no voy a bajar. Este color me queda fatal, joder. No me pega nada con el pelo.

—Es una tragedia que tengas que liderarnos tan mal conjuntada, sí.

La futura adalid miró a Cora a los ojos.

Los tenía rasgados, marrones y bonitos. Por un momento, Vyx consideró pedirle que no volviera a vestir el negro; que dejaran el credo, las responsabilidades y el juramento de servicio eterno atrás y no volvieran nunca más.

Pero en lugar de decir algo que hubiese estado completamente fuera de su personaje, murmuró:

—No tiene sentido. Es un error. Un error de mierda. Sé que tú también lo piensas.

Cora suspiró como respuesta. Después se inclinó hacia delante para ajustar correctamente las costuras de la túnica de Vyx, quien se quedó tan quieta que no parecía ni estar respirando.

—Lo que yo piense o deje de pensar es irrelevante —dijo la adepta—. Sé que estás asustada.

—¿Asustada? Eso es un eutenismo.

—Eufemismo —corrigió Cora en voz baja.

Vyx se llevó las manos a la cabeza, desesperada y avergonzada.

—¿Lo ves? ¿Cómo voy a ser yo la maestra de nadie? Ni siquiera he leído el Código.

—Nadie ha leído el código, solo fragmentos.

—Soy un puto desastre. Soy la peor adepta que ha visto la Orden desde las guerreras que se paseaban en falda por la isla de Delos.

—Puede, pero Hipólita te eligió a ti. ¿Recuerdas lo que te dije cuando…? —Carraspeó—. ¿Recuerdas lo que te dije la noche que tomamos unas copas en el Cerberos?

Como respuesta a esa pregunta, Vyx dejó caer los brazos y dijo con tono perspicaz:

—La noche que me besaste.

Cora se ruborizó e hizo un mohín que se parecía mucho a una sonrisa.

—Te dije que no te entendía, y la verdad es que sigo sin entenderte.

A veces me da la sensación de que todas estamos hechas a partir del mismo molde, ¿sabes?

Llevamos el credo como una armadura de plata.

Pero tú no. Y puede que tengas razón, puede que Thalia siempre haya tenido todas las aptitudes para convertirse en la próxima adalid… Todas salvo una.

—Yo te podría mencionar más de una —apuntó Vyx con la boca pequeña.

—A Thalia le sobra fe y le falta pasión. Es dura y tenaz, pero también es fría. Todas lo somos. Crecimos tan obsesionadas con ser las mejores que olvidamos lo que realmente importa.

—¿Ahora vas a ponerme la mano en el corazón o algo así?

Cora volvió a sonreír y encogió los hombros.

—Sé que parece algo muy cursi, pero sí, eso es exactamente lo que intento decir.

Si yo lo he visto, Hipólita lo habrá visto también.

—Bajó la mirada y entrelazó los dedos con los de Vyx, que se puso roja como la grana—.

Ifigenia te adora, y no porque seas la mejor con el arco o porque hayas incumplido todas y cada una de las leyes del código y le encante todo ese rollo tuyo de rebelde sin causa.

No. Te adora porque cuando está contigo siente que es mucho más que una futura guerrera que pasará por aquí sin pena ni gloria.

Las aspirantes son el futuro, Vyx, y nadie ha sabido querer a ese futuro como si fueran algo más que sus juramentos y sus flechas.

Vyx acariciaba los nudillos de Cora con el pulgar cuando dijo, tan triste como enfadada:

—Son crías, joder. Tienen que divertirse. Me cabrea que cumplan dieciséis años sin haber jugado al póker o sin haber visto ni una sola peli de Tim Burton.

—Estoy casi segura de que los menores no deberían jugar al póker.

—Y yo estoy casi segura de que los menores no deberían lanzar cuchillos, no te jode.

En lugar de ofenderse, Cora sonrió.

—Eres el corazón de la Orden, Vyx. Las instructoras pueden ofrecerles a las nuevas generaciones los conocimientos y las habilidades, pero ninguna de ellas se sentará con una niña que está llorando para decirle alguna chorrada y hacerla reír.

—Vale, Hipólita me ha elegido porque tengo un rollo guay y porque soy una payasa. Genial. Ahora me siento mucho mejor.

Resultaba imposible para Vyx abrir su corazón a la posibilidad de que siempre hubiera estado donde debía estar.

Sin mencionar que una parte de ella sentía que iba a cometer la más vil de las traiciones cuando se postrara frente al altar para ser coronada con la tiara sagrada.

Ese honor no debía ser suyo. Ese honor había sido el gran sueño de su hermana mayor.

—Debería haber sido Rose —confesó en voz baja—. Era su sueño, ¿sabes? Trabajó muy duro para ganarse el derecho de llevar esa tiara. Y yo no he hecho otra cosa que escupir a todo en lo que ella creía desde que tengo memoria. ¿No te parece injusto? ¿No te parece… cruel?

Era injusto. Y era cruel. Puede que las dos lo supieran, y puede que solo una hubiera aceptado que así eran siempre las cosas. Que así era la vida. Cruel e injusta.

Cora acarició las cuentas de color esmeralda de la pulsera de Vyx y al cabo de un rato dijo:

—Te di mi arco y mi lealtad antes de que llevaras esa túnica. He desnudado mis dudas frente a ti y has visto la fragilidad de mi honor. —La miró a los ojos—. Estaré contigo hasta el final. Lleves o no lleves la tiara sagrada, siempre serás mi familia. Nunca te abandonaré.