DE HÉROES Y NIGROMANTES #3
El grito hizo al brujo fruncir el ceño. Consternado, recuperó la daga sagrada de un tirón, con gesto frío y sin un atisbo de piedad.
Dejó que el cuerpo de Vyx cayera por su peso y se olvidó completamente de ella para darse la vuelta.
La visión del fuego despertó en él tanta incredulidad como la postura de Astrid, quien le devolvía la mirada con una mano en alto.
Los ojos de Astrid tenían el mismo color violáceo que los suyos y le seguía goteando sangre de la nariz.
En el altar, el grimorio de Hécate sucumbía a las llamas, y todos sus secretos ardían con él. Vyx no podía moverse del suelo. Había llevado a cabo dos pobres intentos de levantarse que le habían hecho un flaco favor a su dignidad.
—¿Qué has hecho? —preguntó el brujo con manifiesta apatía, como si acabaran de arrancarle el corazón y lo hubieran arrojado a los lobos que tan ciegamente veneraba—. ¿Por qué?
—Porque es lo correcto.
Finos hilos de sangre empezaron a manar de sus globos oculares y Vyx sabía bien por qué.
Astrid se había visto obligada a buscar en los recovecos de su ser algún retazo de poder para conseguir que el grimorio ardiera, y ese esfuerzo le estaba pasando factura.
En un acto de altruismo y de pura valentía, o puede que al fin y al cabo fuera sencillamente un gesto de amor, Astrid invirtió las fuerzas que le quedaban en el conjuro con el que lanzó a su hermano al otro extremo del santuario.
La violencia del golpe dejó al nigromante tendido como un manto sombrío e inmóvil.
Astrid se tambaleó, goteando sangre y lágrimas saladas, débil y desolada.
Podría haber buscado apoyo en una pared y seguir llorando o podría haberse tumbado en el suelo hasta convencerse de que de un momento a otro se despertaría de esa horrible pesadilla, pero se sacudió como si acabara de recordar algo capaz de romperle el corazón.
Vyx, que estaba pálida, perpleja y sudorosa, la vio acercarse a ella como buenamente podía.
Se movía como si fuera la primera vez que su mente y su cuerpo tomaban contacto.
Astrid se arrodilló delante de ella.
—Joder —soltó Vyx, atónita y a un suspiro de echarse a llorar—. ¿Estabas fingiendo?
—Lo siento. Lo siento mucho. No quería que llegara tan lejos… Dioses, Vyx. Tu pierna.
—Que le den a la puta pierna, Astrid. Casi me cago encima, ¿vale? Pensaba que… ¡Joder!
Ese último joder fue como protesta a que Astrid hiciera presión en la herida, si es que se podía considerar que era eso lo que estaba haciendo con las pocas fuerzas que tenía.
—Ya lo sé. Ya lo sé. Lo siento. Estás sangrando muchísimo.
—¿Yo? Tú pareces la mala de una peli de Tarantino. ¿Puedes parar de…?
Astrid negó con la cabeza y cambió de idea.
Con una habilidad que hizo a Vyx alzar las cejas, se rompió un trozo de tela del vestido y empezó a hacerle un torniquete.
No tenía las fuerzas necesarias para apretar el nudo, así que la guerrera le apartó las manos y lo hizo ella misma.
Astrid no había dejado de llorar lágrimas y sangre ni un solo segundo, ni siquiera cuando dijo:
—No lo sabía. Te juro que no lo sabía. No sé qué les pasa a mis poderes. No puedo…
—Ha sido Kyrian. Hablamos con Giulia y nos contó lo del ritual de sintonía. Os ha estado chupando la energía a todos desde el principio, Astrid, como si él fuera Hacienda y vosotros el…
Es difícil decir si Astrid sollozó o se rio por ese comentario.
—No acabas de hacer esa comparación.
—Sí, porque estás llorando sangre y me estoy acojonando.
Dudo que alguien pudiese culpar a Vyx por estar muerta de miedo, porque las manos de Astrid temblaban y temblaban y sus ojos lloraban y lloraban rojo.
A pesar de todo, Astrid sonrió como si volvieran a estar en el balcón del apartamento.
Sonrió como si impedir que Vyx se rompiera en mil pedazos dependiera solo de eso.
Déjame decirte que era absolutamente imposible que Astrid estuviera bien, pero fue exactamente eso lo que dijo:
—Estoy bien. Todo va a salir bien. ¿Puedes levantarte?
—Creo que sí.
—Vale. Pues vamos a probar.
Del grimorio solo quedaban cenizas y del fuego solo quedaba el humo gris que se había propagado por el santuario de piedra.
Vyx estaba a punto de pasar el brazo por los hombros de Astrid cuando la bruja sin poderes se convulsionó.
Azarada, la guerrera se inclinó para mirarla a los ojos y ella la miró más asustada, si cabe.
Intentó llamar a Vyx por su nombre, pero estalló en sus labios un borbollón de sangre y, de repente, una fuerza poderosa e invisible arrastró a Astrid por el tobillo, arrancándola de los brazos de Vyx, que nada pudo hacer para impedirlo.
Una ventisca repentina e inexplicable disipó el humo del santuario hasta que se perdió por las grietas de las paredes. Junto al altar, Kyrian Lykaios se limpiaba con el dorso de la mano la sangre de la sien. Detrás de él yacía el cuerpo de Astrid, inconsciente y vulnerable.
—Debería haberlo sabido —dijo el nigromante—. Demasiado bonito para ser verdad.
De rodillas y cabizbaja, Vyx apretó los dientes hasta oírlos chirriar. Se sentía profundamente desamparada. ¿Dónde estaba la Orden? ¿Dónde estaban todas las guerreras que habían subido a los coches? ¿Acaso habían muerto? ¿Es que ella era la única que quedaba?
Empuñó la daga y se puso a duras penas en pie.
—Se acabó, Kyrian. El grimorio ha hecho puf . Deja que me lleve a Astrid de aquí, joder.
—Astrid ha tomado su decisión. Te ha elegido a ti.
Ella resopló, más cansada que cabreada.
—A ver. Las dos opciones eran una mierda. No se lo tengas en cuenta.
El nigromante la miró como si fuera el ser más despreciable del mundo y ella miró al nigromante como si acabara de evaporarse la última gota de paciencia que había en su ser.
Vyx estaba exhausta a niveles estratosféricos.
Apenas podía apoyar la pierna derecha, no tenía más arma que una daga y la estaba devorando por dentro una rabia inmensurable.
Después de un luto interminable, de traiciones, de ninfas y de esqueletos perversos, iba a morir.
El único alivio que encontraba en esa certeza era el de que nadie volvería a mirarla como si fuera un absurdo milagro con unas piernas muy largas, pelo desastroso y ojos muy azules y muy tristes.
Nadie volvería a pedirle que estuviera a la altura de las circunstancias y ella no tendría que volver a exigirse estar a la altura de Rose, a quien había puesto siempre por encima de los mismísimos dioses.
Vyx se hizo crujir el cuello y pensó en el hormigueo que recorría su cuerpo.
El proceso de regeneración ya había empezado, pero sabía a ciencia cierta que la herida no iba a cerrarse a tiempo.
Relajó los hombros y después resopló exageradamente.
Cuando ya se había hecho a la idea de que iba a morir en los próximos minutos, alzó la daga hacia Kyrian y preguntó:
—¿No vas a decir alguna gilipollez como… no sé, “ven a morir, patética arktoi”?
El brujo sonrió como toda respuesta. Vyx se llenó el pecho de aire y cerró más los dedos en la empuñadura. Hiciera lo que hiciera, saldría mal; pero al menos saldría mal a su manera.
—Bah. Yo te hubiese dicho: ven tú, comemierda. O algo así. Hoy no estoy muy inspirada.
Y Vyx lanzó la daga con todas sus fuerzas.
Sabía lo que iba a suceder, así que se anticipó como solo el haber casi muerto en las mismas circunstancias le permitía: echó a correr, ignorando las descargas de dolor en la pierna que, sin duda, hubiese preferido seguir siendo un montón de músculos desgarrados y convalecientes.
En el momento en que Kyrian contemplaba con gesto soberbio la daga que había detenido con sus poderes a centímetros de atravesarle la frente, Vyx saltó sobre el filo del altar, se impulsó hacia la izquierda y aprovechó la caída para darle un puñetazo a Kyrian desde arriba hacia abajo con todo el ímpetu de la ascensión.
El brujo giró la cara. Vyx aterrizó con la pierna buena, cogió la daga flotante por la empuñadura y empujó para hundírsela al brujo en el cráneo, pero por mucho esfuerzo que puso, la daga sagrada no se movió ni un mísero centímetro.
El nigromante miró a Vyx y la cogió por el cuello, alzándola a un palmo del suelo.
Un hilo de sangre manaba de un corte en la mejilla de Kyrian.
Sabía que algo tan nimio estaba muy lejos de parecerse a una victoria, pero Vyx sonrió.
De hecho, esa mirada azul suya brillaba de emoción, como la de la niña que ponía a salvo de la crueldad de los niños a todos los caracoles que encontraba en el orfanato, porque eran pequeños y lentos y no merecían morir aplastados solo porque a alguien le parecía de lo más divertido.
El brujo la miró con desdén y la lanzó como quien tira una bolsa de basura.
Tendida boca abajo, Vyx apoyó las manos en la piedra para darse impulso y levantarse, pero no pudo, porque el hueso radial de su brazo derecho se rompió con un horrible crack que hubiera helado la sangre de cualquiera.
La guerrera soltó un alarido mezcla de rabia y dolor.
Consiguió sin saber cómo girarse en el suelo, y durante unos agónicos segundos solo fue capaz de intentar enfocar el techo.
—No eres nada —declaró el nigromante, empuñando la daga arktoi—. La diosa a la que veneras te ha abandonado. Tu ascensión no es más que una patraña, una artimaña, una argucia.
—Joder —dijo Vyx entre sollozos—. Hasta yo sé que eso son sinónimos, gilipollas.
La respuesta de Kyrian fue un giro de muñeca.
La guerrera arqueó la espalda cuando el hueso de la clavícula se partió con otro horripilante crack .
Vyx tensó la mandíbula para no gritar. Desconozco de dónde sacó las fuerzas o la voluntad para ponerse de rodillas, ayudándose del brazo que no estaba inutilizado.
Si bien la herida de la pierna derecha había dejado de sangrar, Vyx sabía que no iba a ser capaz de ponerse en pie una vez más.
Y lo odiaba. Le hubiese gustado morir de otra manera, y no arrodillada frente al nigromante que se acercaba a ella a paso lento.
—Mírame —exigió Kyrian.
—Que te jodan.
El brujo cogió a Vyx por el pelo y dio un tirón, obligándola a que lo mirara a los ojos.
—He dicho que me mires. Puede que no me convierta en un dios, pero vuestro ciervo es un aperitivo para nuestro lobo. Soy discípulo de Hécate. Su poder es mío.
Por un momento dio la impresión de que la guerrera se estaba ahogando en su propia saliva, pero lo que hizo fue escupirle a Kyrian en la cara.
El nigromante cerró lentamente los ojos. Se limpió con la manga de la túnica, que ya no parecía tan inmaculada, y después puso la hoja de la daga contra la mejilla de Vyx.
—¿Cuántas veces crees que podrás regenerarte?
¿Uhm? —Hizo presión con el filo de la daga a la altura de la ceja de la guerrera, que gruñó como respuesta.
El nigromante realizaba el corte de arriba a abajo, como si estuviera imaginando una cicatriz que nunca se borraría.
La sangre empezó a fluir por el pómulo y por la barbilla—.
Tu diosa no está aquí. Vas a morir sola.
Vyx sintió el frío de la daga en el cuello y se preparó para morir sola.
Pero no murió. Oyó una exhalación y abrió los ojos al mismo tiempo que la daga caía con un repiqueteo agudo en la piedra. Una flecha le atravesaba el omoplato derecho al nigromante, que soltó a la guerrera y se giró a duras penas.
A Vyx se le llenó el pecho de confeti al ver a Cora. Cruzaron el umbral Elara, Iris y Thalia.
—No está sola —dijo Cora.
No cabía duda de que las fieles adeptas de la Orden habían vivido días mejores.
Pareciera que un globo de sangre les hubiese explotado en la cara, y donde el uniforme negro estaba rasgado se podían apreciar cortes y quemaduras.
Pero seguían en pie, que ya era más de lo que Vyx podía presumir.
Cora bajó el arco al tiempo que Kyrian se desplomaba de rodillas.
Pero la pesadilla no había acabado. El brujo empezó a murmurar palabras ininteligibles y, como consecuencia, se originó un temblor que no tardó en propagarse por las paredes y el techo.
Las ascendidas alzaron los arcos y echaron mano a las aljabas, pero cuando el nigromante gritó en un estallido de rabia, una grieta abrió la piedra del suelo en dos y una ráfaga de viento arrasó con lo que quedaba en el altar y lanzó a las guerreras contra las paredes.
Vyx contuvo el aliento. Cora no se movía.
Iris, en cambio, rodaba para evitar que la grieta zigzagueante se la tragara, mientras que Thalia ya se había puesto de rodillas y tiraba del brazo de Elara, ayudándola a incorporarse.
Daba la impresión de que el brujo había dominado el elemento del aire, pues viento, polvo y ceniza se arremolinaban a su alrededor, como si se hubiera convertido en el centro de un implacable huracán.
En pleno caos de magia iracunda y destrucción, Vyx vio la daga sagrada que vibraba en la piedra a causa de los temblores con un suave repiqueteo.
Tenía más sangre que piel en la cara, la clavícula y el brazo roto, y la pierna derecha solo era un zurcido de carne desgarrada.
Sabía que Kyrian era una bomba nuclear hecha de poderes robados y que ella estaba eligiendo el peor momento de todos para honrar el credo, pero tenía claro que prefería morir así.
La arktoi recogió la daga, se dio impulso con la pierna buena y se lanzó hacia el huracán. Nadie pudo oír su grito cuando miles de cortes le abrieron la piel.
Pese a todo, Vyx hundió el acero en el cráneo de Kyrian Lykaios.