DE HÉROES Y NIGROMANTES #2
—Crees que has venido por venganza —dijo el brujo, impasible—, pero solo has venido a morir por segunda vez.
No tienes nada más que un arco, unas flechas y dos dagas que no pueden tocarme.
Vuestra divina ascensión no es rival para mí.
He destrozado tu templo sin poner un pie dentro.
He visto cómo los muertos les sacaban los intestinos a tus hermanas.
He visto a vuestras mejores adeptas sucumbir a sus peores miedos. Todo, desde aquí.
Me es imposible describir el esfuerzo titánico que tuvo que hacer Vyx para no desatar una lluvia de flechas contra el nigromante.
Los dedos le temblaban en la empuñadura del arco y se le habían llenado los ojos de lágrimas que solo se debían a la rabia que sentía.
Debería haber sido más fácil, pensaba. No debería tener que elegir entre honrar a la Orden o no volver a romperle a Astrid el corazón.
Un dilema como ese nunca debería recaer en alguien que se había propuesto esa noche hacer lo correcto por primera vez en toda su vida.
Sin lugar a duda, ser la villana había sido infinitas veces más fácil que ponerse un disfraz de héroe.
Completamente desolada, Vyx miró a Astrid y le dijo con todo el pesar de su corazón:
—Lo siento.
Y mucho más lo hubiese sentido de haber logrado su cometido, pero cuando soltó la flecha que debería haber atravesado el pecho de Kyrian Lykaios, la saeta se quedó suspendida a unos veinte centímetros del objetivo.
Que el brujo estuviera tan sorprendido como la guerrera fue más desconcertante que el truco de magia.
Vyx bajó el arco y miró atónita a Astrid, que ya no daba la impresión de ser tan vulnerable.
Astrid, su Astrid, tenía el brazo extendido, la mano temblorosa, sangre en la nariz y miraba a Vyx con los ojos bañados de un color violeta que había arrasado, sin piedad, el dorado más bonito de toda Grecia.
La flecha cayó y repiqueteó en la piedra. A la guerrera se le olvidó cómo respirar, así que dejó de hacerlo. No sabía qué hacer. ¿Había algo que pudiera hacer?
—Es mi hermano —dijo Astrid. Y luego—: Por favor. Vete.
Qué horrible e injustamente doloroso era que la guerrera tuviera que decir:
—Me cago en la puta, joder. —Sollozó—. Tú no.
Vyx había vestido el negro esa noche y se había repetido como si de un mantra se tratara que lucharía con y por la Orden.
Pero la verdad era mucho más humana, bastante menos devota y nada en absoluto heroica: estaba allí por ella.
Todo lo demás serían galardones inmerecidos o párrafos muy largos de pergaminos que acabarían en el Archivo.
De todas formas, a Kyrian le daba igual si Vyx tenía el corazón roto o una crisis de fe y se propuso acabar lo que empezó en el herbolario.
Dio un paso hacia Vyx y la guerrera retrocedió otro, demasiado conmocionada para darse cuenta de que un arco en alto no es un arma letal por sí solo.
—No me toques —advirtió.
—¿Tocarte? No me hace falta.
Y lo demostró. El cuerpo de Vyx salió despedido como tantas otras veces en los últimos meses y la zona posterior de su cabeza se llevó la peor parte del impacto.
Empezó a sangrar en el acto, antes incluso de que la guerrera cayera al suelo con todo su peso muerto.
Vyx intentó mantener los ojos abiertos, pero le costó mucho más que escupir un borbotón de sangre.
Apoyó las manos en la piedra por instinto y lloró, o creyó que iba a hacerlo; una de las dos cosas.
Había perdido el arco, tenía náuseas, estaba mareada y, sobre todo, frustrada por no ser capaz de oír sin las interrupciones de esos agónicos pitidos la conversación entre Astrid y el nuevo nigromante.
—...que matarla.
—Claro que… acabará… confía…
—Sabes que la quie…
Vyx se palpó la brecha de la cabeza. Si bien notó cómo los dedos y la palma de la mano se mojaban, no era capaz de entender que estaba sangrando.
Parpadeó lentamente hasta conseguir entornar los ojos y ver los borrones que eran Astrid y Kyrian.
El pitido intermitente cesó de pronto, como si todo su organismo estuviera volcado en una desesperada regeneración.
—Es la única manera de salir de aquí. He tomado precauciones. La gran mayoría de guerreras de la Orden no han cruzado el perímetro y el Aquelarre custodia los túneles. Astrid, cuando realice el ritual, nada podrá hacernos daño nunca más. ¿Me crees?
El brujo tomó el rostro de su hermana con delicadeza y la guerrera humillada volvió a tener ganas de vomitar, aunque no tantas como cuando Astrid respondió:
—Siempre te he creído.
—Qué hija de puta.
A Vyx le salió del alma decir eso y también reírse.
Luego escupió otro coágulo de sangre, se puso en pie y le crujieron todos los huesos al hacerlo.
El carcaj le bailaba en la espalda, resquebrajado y casi descolgado.
Se deshizo de la inútil aljaba y empuñó las dagas sagradas de acero.
No podía ganar, pero miró al brujo y a la bruja como si pudiera.
—Sé que te hice daño, pero ¿esto? He venido hasta aquí por ti, joder. Solo por ti. ¿Y vas a decirme que ya está? ¿Hasta aquí llega tu ética y tu bondad y toda esa mierda filosófica?
Astrid la miró. Tenía el ceño fruncido y el dorado volvía a brillar en sus ojos.
—¿Qué creías que iba a pasar? ¿Qué habrías hecho tú, Vyx? Dime. ¿Qué habrías hecho si alguien intentara matar a…?
—No digas ese nombre porque te juro que se me olvida lo mucho que te quiero. Mi hermana no era un puto pirado ni parecía un patético Ken de imitación. Mi hermana nunca estuvo en estos túneles de mierda para hacer un ritual y convertirse en un dios. No me jodas.
—Así que es eso —dijo Astrid—. Tú puedes elegir a tu hermana por encima de todo y yo no.
El nigromante miraba a Vyx con gesto impasible.
Alzó las manos y unió despacio las yemas de los dedos.
Como consecuencia, la guerrera sintió un súbito dolor en cada fibra de su ser.
Era más consciente que nunca de su cuerpo.
Podía percibir cómo la sangre que manaba de la cabeza chorreaba por la nuca y empapaba la piel de la espalda, pero al mismo tiempo estaba completamente desligada de sus extremidades, casi como si su sistema nervioso hubiese colapsado del todo y las neuronas agonizaran, desprovistas de oxígeno.
No pudo moverse ni hacer nada cuando Kyrian se acercó a ella, la miró desde arriba con esos ojos fríos de color malva y sombras doradas y le dijo, rebosante de odio:
—Podría hacer que te explotaran los órganos como si fueran palomitas. Podría hacer que escupieras los sesos por la nariz. Pero Astrid me ha pedido que no sufras… —El brujo sonrió, cogió a Vyx por la barbilla y añadió en voz baja—: Mucho.
Kyrian lanzó a la guerrera. Lo hizo con una parte de su propia fuerza y con otra gran parte de ese poder que llevaba meses robando, incluido el de su hermana.
El cuerpo de Vyx quedó pegado a la pared como un cuadro sucio y sangrante, y la piel de su espalda se resintió como si acabaran de clavarle mil agujas.
Intentó respirar y mirarse las manos, pues todavía se aferraba a las dagas.
Las paredes se estremecían con una vibración sobrenatural y todo en lo que Vyx podía pensar era que necesitaba mover los dedos.
Necesitaba liberarse de esa fuerza. Necesitaba luchar.
Pero por mucho que lo intentaba, no lo conseguía.
El brujo se acercó. Vyx tuvo que contemplar, rabiosa e impotente, cómo el nigromante le robaba la daga que empuñaba con la mano izquierda y luego miraba la hoja con detenimiento.
—Lucha contra mí, cobarde de mierda —dijo ella, y él la miró.
—Oh, pero no sería una pelea justa si estás en estas condiciones.
Y antes de que Vyx pudiera entender a qué se refería, Kyrian le clavó la daga en el muslo.
Lo hizo despacio, empleando la fuerza justa.
La tela del uniforme se rasgó primero y después se abrió la piel y se desgarraron las primeras capas del músculo.
La sangre empezó a brotar como pétalos rojos de un capullo que florece en el agua.
Cuanto más hundía la hoja el nigromante, más le costaba a ella no gritar, y solo sabía evitarlo mordiéndose los carrillos.
El dolor se propagó por todos los receptores y se manifestó incluso en las pestañas de Vyx, que se agitaban y pesaban como hilos de cemento.
Podría haber sucumbido al calvario físico.
La totalidad de su entereza siempre había dependido de una frágil estabilidad emocional, y en ese momento se sentía despiadadamente sola, traicionada e impotente.
Llegó a la conclusión de que no era nada, solo un cúmulo de huesos y tendones dolientes.
Podía ver la revelación de lo insignificante que era su existencia en los ojos de Kyrian, inyectados con un odio cárdeno y desmesurado.
El brujo no se daba cuenta de que su organismo contenía más poder del que jamás debió haber albergado y de que por esa razón la piel de su cara y de sus brazos era cada vez más fina, pálida y diáfana.
Si Vyx tuviera fuerzas para hablar, le diría a esa aberración de nigromante que era demasiado humano para convertirse en un dios.
La guerrera estaba a punto de poner los ojos en blanco por el abrumador éxtasis del dolor cuando le llegó un olor inconfundible.
Olía a humo. Hizo un sacrificio desmedido por mantener los ojos abiertos y miró por encima del hombro de Kyrian.
Tenía claro lo que veía, aunque no estaba segura de poder entenderlo: había un baile de llamas en el altar del santuario.
—¡Kyrian!