DE HÉROES Y NIGROMANTES
DE HÉROES Y NIGROMANTES
V yx deambulaba por los pasadizos sumamente perturbada.
Tenía la sensación de que se le había licuado el cerebro y de que ahora solo quedaba de sus sesos una masa acuosa de nombres y recuerdos.
No era fácil estar determinada a seguir cuando se sentía tan profundamente perdida.
Mucho menos fácil era correr hacia el final y convencerse de que sobreviviría mientras evitaba a toda costa pensar en Cora.
Como era de esperar, varios brujos habían salido al encuentro de Vyx.
Todos habían muerto. Algunos, de hecho, y la arktoi no lo pasó por alto ni una sola vez, ya estaban más muertos que vivos cuando se propusieron detenerla.
Había aprendido que los enemigos fáciles siempre eran los más jóvenes, esos hacedores de magia que habían encontrado en las palabras de Kyrian Lykaios promesas de poder y grandeza que su supremo jamás albergó intención de cumplir.
A esos pocos, Vyx se había esforzado en dejarlos con vida, aunque no fue posible todas las veces.
En ocasiones, Vyx se detenía para recuperar el aliento y contaba las flechas que quedaban en la aljaba, que a esas alturas ya no eran muchas.
Había intentado rescatar todas las que había utilizado, pero las puntas de algunas se habían deteriorado al atravesar la dureza de los huesos y de nada volverían a servir.
La última vez llegó a contar solamente diez saetas.
Es importante mencionar que hacía un frío invernal en los túneles, de la clase de frío que cala los huesos y estremece el alma.
A ella le hubiese dado igual el dichoso frío si no supiera que era del todo sobrenatural, del que augura cosas terribles y acompaña siempre a la muerte.
Vyx se quedó unos momentos quieta en uno de esos cruces de caminos subterráneos y tenebrosos.
Luego de tanto deambular, y seguramente gracias a los dones de la ascensión, los ojos azules de la guerrera se habían acostumbrado a la oscuridad y era capaz de ver con relativa claridad las paredes, los símbolos que las pintaban y, ahora mismo, contemplar la calavera que le devolvía la mirada, dibujada con alguna sustancia dorada en el muro de piedra gris.
La guerrera cerró los ojos y se concentró.
A los pocos segundos empezó a percibir el repiqueteo del acero, las exhalaciones distantes de Cora o los gritos amortiguados de los brujos.
Estaba lejos de la lucha de su hermana de credo y estaba cerca al mismo tiempo.
Puso más atención, aislando el silencio del ruido.
Al principio solo oyó un vago murmullo, un bla bla bla serpenteante, frío y remoto, pero cuanto más se concentraba, más fácil le resultaba deducir la procedencia.
Abrió los ojos, echó a andar y dobló decidida a la derecha en la bifurcación.
Debería haber salido del trance místico, pero todos los sentidos de Vyx vibraban con una lucidez excepcional, como si estuviera más cerca que nunca de la Osa.
Avanzó más despacio al girar la última esquina.
Al final del túnel más largo que había visto hasta el momento había una puerta de piedra entreabierta.
Por la abertura se filtraba una luz azafranada y una conversación que, aunque acalorada, se desarrollaba a varios niveles de susurros.
Vyx echó mano a la aljaba y sacó una flecha.
Luego dio un paso y colocó la saeta en el reposaflechas.
—Me da igual —decía esa voz que, de acuerdo con Vyx, sería por siempre la más bonita del mundo entero.
Sintió un alivio tan grande que por un momento pensó que iba a echarse a reír de felicidad—.
¿Te ha dado la impresión alguna vez de que a mí me importan un rábano nuestros ancestros?
¿Te ha parecido alguna vez que yo quiero más poder? Es increíble. Es horrible.
—No estás razonando. Es nuestra herencia, nuestro único legado. Nos mutilaron.
—¡Por los dioses! No te reconozco. ¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está el que me leía por las noches y me arropaba antes de dormir? No solo eres un monstruo, sino que me has convertido en uno. Es espantoso. —Astrid no podía sonar más afligida—. Te habría ayudado.
Hubo un breve silencio. El corazón de la guerrera empezó a latir como si se le acabara el tiempo. Se detuvo a solo un metro de la puerta cuando Kyrian aseveró:
—Mientes.
—Cómo te atreves. Era mi madre también. Tu sangre es mi sangre.
—La odiabas. Siempre la odiaste, a ella y a lo que podíamos hacer. Nunca llegaste a pisar el santuario. Cada vez que mamá sugería que asistieras a los rituales te hacías un ovillo en un rincón. La magia no era para ti, y lo que pretendo hacer esta noche te queda muy grande.
—He hecho cosas maravillosas con mi magia, Kyrian, y te diré que no me ha hecho falta degollar a nadie para conseguirlas. Quiero explicaciones y las quiero ahora mismo, empezando por dónde estamos. O mejor. Dime qué hiciste con ella.
—Eso da lo mismo, aunque es un tema del que podríamos hablar largo y tendido. Qué ingenua has sido. Pensabas que podías tener un cachorrito y que nunca iba a enseñarte los dientes. ¡Pensabas que podías amansar a una perra rabiosa a base de caricias!
Vyx alzó las cejas de pura estupefacción cuando oyó lo que, sin duda, había sido el estallido de una bofetada. No pudo evitar pensar que a Astrid le encantaba dar bofetadas. Al cabo de unos segundos de incómodo silencio, oyó un exasperado suspiro y a Kyrian decir:
—Está claro que despertarte ha sido un error. No tenemos tiempo para esto. Me gustaría que entres en razón, que lo entiendas, que luches conmigo… Pero resulta que tenemos compañía.
Lo primero que pensó Vyx cuando presenció cómo la puerta se abría lentamente y por arte de magia fue: menudo pretencioso de mierda.
Siguió pensando lo mismo al ver a Kyrian Lykaios esperando al otro lado del umbral, con los brazos cruzados a la espalda y el mentón en alto.
Tenía lo que tú y yo podríamos considerar un gesto de rotunda superioridad.
El brujo vestía una túnica completamente negra e inmaculada que no casaba con su aspecto deplorable.
Tenía la piel más pálida que la de un difunto y las cuencas hundidas.
Lo único que daba color a ese rostro de prominentes pómulos y barba descuidada eran los ojos, que brillaban como dos canicas de color malva envueltas en llamas.
Vyx no se abstuvo ni de alzar el arco ni de poner la expresión más agria que había en su ser.
Al entornar un poco los ojos encontró la mirada más dorada de toda Grecia.
Sin duda, Astrid era capaz de tener buena cara hasta en el peor de los días.
Vyx sintió un indescriptible alivio al saber que no estaba herida.
—Te lo dije antes y vuelvo a decírtelo —dijo Kyrian. Y añadió—: Deberías estar muerta.
—Qué quieres que te diga. Soy una rebelde sin causa.
Ninguno de los hermanos movió un solo dedo cuando Vyx cruzó el umbral.
Tenía la sensación de que había vuelto al templo maldito de Hécate: las paredes eran de piedras protuberantes grises y la estancia cabía en un círculo amplio.
Por fortuna, no había seis esqueletos que fueran a cobrar vida de un momento a otro.
Por desgracia, había un altar. Al moverse unos pasos hacia la derecha y mirar por el rabillo del ojo, la guerrera vio que el grimorio de Hécate descansaba sobre ese altar, entre un conjunto de velas apagadas rojas, moradas y negras, además de otros elementos que ella se sabía demasiado ignorante para identificar.
Vyx sopesó sus posibilidades. Ya se había enfrentado sin ayuda a Kyrian una vez y el recuerdo de las dos puñaladas todavía le estremecía todas y cada una las terminaciones nerviosas.
—Astrid, sal de aquí —ordenó Vyx.
Pero Astrid no salió de allí. De hecho, no se movió. Kyrian enarcó una ceja y preguntó:
—¿Ese es tu gran plan, héroe? ¿Pedirle a mi hermana que se vaya para que no haya testigos?
—Básicamente, pero como sigas poniendo ese tonito de gilipollas me la sudará si hay testigos. Astrid, sal de aquí o ponte detrás de mí, joder.
A Vyx no le gustaba nada la postura de Astrid.
Tenía un gesto rendido sin precedentes, con los brazos lánguidos a cada lado del cuerpo.
Parecía muy pequeña y vulnerable así, con los hombros hundidos, pero había también algo indudablemente poderoso en esos ojos ámbar capaz de convencer a Vyx de que ella era la villana de la historia y de que su hermano era un psicópata megalómano porque hace muchos años la Orden le robó injustamente a su madre.
—Baja el arco —dijo Astrid sin una pizca de emoción en la voz —. Por favor.
Era de esperar que la guerrera titubeara y que, producto del desconcierto, escupiera:
—Y una puta mierda. ¿Qué dices?
—Estás apuntando a mi hermano.
Vyx se mordió el labio con fuerza. Luego dijo:
—Estoy apuntando al asesino de Xanthe, al cobarde que me apuñaló dos veces, al repugnante intento de nigromante que ha levantado una puta horda de muertos, joder.
No era un buen momento para recordar que a Rose siempre le había hecho mucha gracia su don para utilizar la palabra joder unas veinte veces en menos de cinco minutos.
Una vez se dedicó a apuntar esos joder en una hoja de papel y se la enseñó horas más tarde para que viera lo poco que había tardado en quedarse sin espacio para escribir. Pero lo recordó.
Creo que Rose era ese refugio al que Vyx siempre volvía cuando estaba asustada.
En cualquier caso, Astrid había fruncido el ceño como única respuesta. La guerrera hubiese matado por saber qué estaba pensando, y también por borrarle a Kyrian esa odiosa sonrisa.