La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE TÚNELES Y SUPERVIVIENTES #2
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DE TÚNELES Y SUPERVIVIENTES #2

Cora le dio la espalda y susurró:

—Tengo un mal presentimiento desde que entré en este sitio.

Vyx empezó a atusarse el pelo con los dedos. Cuando alzó la vista, comprobó que Cora había avanzado los pasos que las separaban solo para decirle con tono rotundo y mirándola a los ojos:

—Hay algo aquí, Vyx. ¿No lo notas?

—¿Aquí…? ¿Aquí en plan…? Te refieres a…, en la casa.

La ascendida pestañeó y frunció el ceño, justificadamente confundida.

—¿A qué iba a referirme sino? Deberíamos separarnos y hacer un registro —sugirió pensativa—. Hipólita, Elara y las demás superarán el hechizo y llegarán en cualquier momento.

Lo primero que hizo Vyx fue llenarse el pecho de aire. Lo segundo fue soltarlo. Se preguntaba por qué no era capaz de estar cerca de Cora sin parecer, citando sus propios pensamientos, una completa imbécil . Ella no era así. No balbuceaba ni se ruborizaba delante de una chica. Al final dijo:

—Estoy contigo en lo de hacer un registro, pero no me termina de convencer lo de…

Un estrépito hizo que Cora se diera la vuelta y que Vyx apretara más los dedos en torno a la empuñadura del arco.

A la guerrera que había estado en esa casa hace muchos años en un sueño del todo inexplicable se le erizó el vello de la nuca.

Era como si una parte de ella se hubiera quedado anclada a ese momento desde que lo recordó.

Casi podía oler la sangre u oír los salmos.

Vyx asintió a la muda orden de Cora y las dos se movieron con el sigilo esperado de su rango.

Se detuvieron cerca del umbral, donde la pared les hizo de cobertura.

Fue Cora quien miró con sumo cuidado hacia el salón, asomando apenas la cabeza, y retrocedió rápidamente después.

Vyx vio que levantaba un dedo. Interpretó que había un hostil y asintió.

Cora ni siquiera se lo pensó. Bajó el arco, sacó una de las dagas sagradas del cinto y salió de la cobertura para lanzarla, y Vyx oyó un golpe brusco seguido de un espeluznante gorgoteo.

Avanzaron juntas hacia el brujo de túnica negra que agonizaba en el suelo, cerciorándose de que no había otra inminente amenaza.

—¿De dónde ha salido? —preguntó Cora con escalofriante apatía, como si no hubiera un cuerpo a sus pies con una daga que le atravesaba la yugular y que se ahogaba en su propia sangre—. He registrado esta zona antes. No había nadie.

—La casa es grande —señaló Vyx, mirándola.

—Y tú sugieres que el aquelarre se ha escondido en los armarios, ¿no?

A eso Vyx no supo qué decir. Se mordió los carrillos, inquieta, y empezó a merodear por el salón y a mirar con recelo todas las esquinas.

Si bien no quería compartir con Cora lo de la extraña visión, ansiaba poder darle algún sentido.

¿Por qué esa casa? ¿Por qué ese sueño? ¿Cuál era el propósito de haber visto a Andrómeda sacrificar a un pobre desgraciado?

Cora chascó la lengua y dijo fastidiada:

—Me he precipitado. Debería haber apuntado a la rodilla. Ahora podríamos interrogarlo.

—Naaaa, estos cabrones no cantan. —Vyx seguía merodeando por el oscuro salón—.

Ese brujo que capturamos en el templo después del asedio se hizo un harakiri mágico para no contarnos nada.

Estoy segura de que este también se habría cortado la lengua, después de escupir, metafóricamente, en todos nuestros muertos, claro.

Cora observó atónita cómo Vyx abría un armario que estaba vacío y luego se giraba hacia ella y señalaba dentro.

Interpretó que se estaría burlando de que, en efecto, no había hacedores de magia escondidos en ellos.

La primera elegida de esa nueva generación de ascendidas ladeó la cabeza, se agachó para recuperar la daga del cadáver y limpió la hoja en sus ropas.

—Me gustaría decirte lo que estoy pensando, pero creo que sería incómodo —confesó Cora.

—Pues no me lo digas. ¡Ala! Mira qué fácil.

La otra guerrera daba la impresión de estar exasperada cuando enfundó la daga en el cinto.

—No sé si tendré oportunidad de decírtelo en otro momento y… es importante.

Vyx decidió no contestar, aferrándose a la esperanza de que habría conseguido zanjar la conversación con un escueto encogimiento de hombros.

Estaba angustiada por muchas razones. Tenía un sueño profético bailando en los recuerdos, las palabras de su versión más malvada clavadas en el corazón y un frío desagradable en la nuca porque ellas eran las únicas que, por el momento, parecían haber superado el retorcido hechizo de Kyrian Lykaios.

No necesitaba que Cora le abriera las puertas de su alma, si es que era eso lo que pensaba hacer.

La actitud de su hermana de credo oscilaba constantemente entre el afecto y el desprecio, por lo que nunca estaba segura de si iba a decirle algo conmovedor o insultarla por solo los dioses sabrían qué razón.

La madera no había dejado de crujir al son de cada paso que Vyx daba, así que ambas se habían familiarizado con ese sonido exasperante y delator lo suficiente para notar que algo había cambiado con esa última pisada. Cora se acercó a su hermana aprisa.

Con la misma idea en mente, se agacharon y levantaron al unísono dos tablones de madera muy finos del suelo, revelando un hueco oscuro bajo ellos.

Vyx sacó la linterna, apuntó con la luz al vacío y ambas miraron abajo.

Había barrotes de hierro adheridos a una pared vertical y arenosa para un largo descenso.

—Ya sabemos de dónde ha salido el brujo —dijo Vyx—. ¿Soy yo o todo esto tiene de repente unas vibes a los Goonies que te cagas?

Cora no tenía ni idea de qué eran los Goonies , aunque de haberlo sabido tampoco hubiese dicho nada al respecto. En cambio, declaró:

—Esto es lo que buscábamos. Esperaremos a las demás.

—Ni de puta coña —repuso Vyx, que ya se había colocado el arco a la espalda y se disponía a bajar—. Quédate tú a esperarlas si quieres, pero yo voy a bajar. Kyrian y sus truquitos de mierda nos han retrasado y Astrid podría estar en peligro.

El gesto de Cora en ese momento era el de alguien que está pasando por un dilema moral del todo irreconciliable. Vyx ya tenía un pie en el primer barrote cuando Cora le dijo suplicante:

—Por favor.

—Tendrás mi arco y mi lealtad. Eso fue lo que dijiste.

—Sé lo que dije, ridícula adolescente suicida —protestó Cora, rabiosa.

—Tenemos la misma edad.

—Es cierto. Pero, sin duda, he aprovechado mi tiempo mejor que tú. —Dicho eso, Cora bufó y le dio la espalda, dando la impresión de que estaba dispuesta a ceder—. No respetas nada.

—No es verdad. A ti te respeto un montonazo. Eres mi adepta misteriosa y rarita favorita.

—Guarda silencio y mira dónde pones los pies.

—¡Sé bajar por una escalera!

Descendieron una muy cerca de la otra y sin mediar palabra.

Vyx había decidido no comentar nada sobre los inexplicables cambios en la densidad de la atmósfera y Cora se había propuesto no hablar sobre los accesos de arcadas que padecieron las dos durante el descenso.

El olor era tan intenso y desagradable que ningún olfato, por prodigioso que fuera, podría olvidarlo jamás.

Aterrizaron finalmente sobre un manto de tierra y entre dos polvorosas paredes.

La luz de la linterna reveló un estrecho y asfixiante pasadizo de superficies forradas con una piedra tan negra como el carbón.

Habiendo empuñado Vyx el arco y Cora una de las dagas, avanzaron a un paso prudente y observaron con recelo los símbolos ininteligibles que alguien había pintado en la piedra con una sustancia espesa y dorada.

Ninguna de las dos podría haber sabido el propósito de las inscripciones o entendido nada de lo que estaba escrito, aunque Vyx habría jurado que tanto la caligrafía como el alfabeto empleado le resultaban familiares.

No se habría equivocado. Después de todo, había tenido el diario de Dilon el nigromante en las manos.

Ese pasadizo era solo una de las incontables ramas de un árbol, el primero de una serie de profundos y oscuros desfiladeros que no parecían llevar a ninguna parte.

Era más preocupante todavía, si cabe, que nadie hubiera salido al encuentro de las guerreras.

Vyx había considerado oportuno guardar silencio durante un buen rato, pero ya empezaba a gorgotear y soltar ruidos de lo más irritantes, así que Cora acabó gruñendo.

Vyx se disculpó, aunque no lo sentía, y preguntó:

—¿Crees que Dilon cavó estos pasadizos él solo? Me imagino a ese tío levantándose a las cinco de la mañana, cogiendo la pala y…

—Este lugar lleva aquí mucho más de doscientos años, así que sería más lógico teorizar que el nigromante construyó la casa para ocultar lo que se hallaba bajo el terreno —aventuró Cora—.

Si la Orden desconocía la existencia de estos corredores subterráneos, me atrevo a deducir que quienes los construyeron lo hicieron con propósitos más bien oscuros.

Vyx asintió y luego dijo con tono infalible:

—Como el tráfico de bebés.

La adepta ladeó la cabeza para que Vyx no pudiera verla sonreír y decidió obviar, por una mera cuestión de compasión, que no se refería, en absoluto, a esa clase de propósitos oscuros.

Instantes después, una leve vibración en las paredes seguida de unos golpes rápidos y lejanos las puso en alerta.

Aunque estaban físicamente preparadas para una batalla, tragaron saliva como si acabaran de abrirse las puertas del Tártaro ante ellas.

El pasadizo en el que se encontraban era de los más anchos y cortos en los que habían estado, por lo que Vyx pensó que podría ser mucho peor y que al menos contaban con un buen margen de maniobra.

Apagaron las luces de las linternas y se limitaron a esperar lo inevitable sumidas en la oscuridad, pues echar a correr no era y jamás había sido una opción.

El pulso de las guerreras se aceleró por la visión de unos destellos azulados e intermitentes.

Aparecieron entonces en el extremo del pasadizo dos figuras de túnicas negras, con las manos por delante y envueltas en lo que a simple vista parecían fuegos fatuos.

Uno de los encapuchados era alto y corpulento, mientras que la otra figura era delgada, de menor estatura y, a ojos de las guerreras, entre poco y nada intimidante.

Vyx sacó una flecha de la aljaba y se preparó para disparar mientras Cora se afanaba en empuñar las dagas sagradas con determinación.

Si los esbirros de Kyrian andaban cerca, entonces el altar no estaría lejos.

Fue el hacedor de magia más corpulento el que avanzó un paso.

—¿Últimas palabras antes de…?

La soberbia del brujo murió con él. Una de las dagas de Cora le había atravesado el ojo izquierdo tras lo que había sido un perfecto lanzamiento. El cuerpo cayó de espaldas con un ruido sordo, el fuego inocuo de sus manos se apagó y la segunda figura retrocedió un paso.

El exceso de arrogancia era la principal diferencia entre los hacedores de magia que seguían a Kyrian Lykaios y las guerreras de la Orden Arktoi, porque las segundas nunca daban por hecho que eran mejores que sus adversarios.

Y si lo hacían, procuraban que el enemigo estuviera muerto antes de que alguien pudiera descubrirlo.

Por esa misma razón había un brujo tendido a los pies de otro que no sabía cómo reaccionar.

Cora había aprendido en los libros que la mejor forma de enfrentar a un hacedor de magia era no permitiéndole usar su magia, mientras que Vyx lo había aprendido de la peor de las maneras.

En cuanto el encapuchado alzó las manos para conjurar, Vyx efectuó el disparo y la flecha lo abatió con un silencio letal.

Se puso el arco a la espalda y Cora declaró:

—Habrá más. Hay que encontrar el altar.

—Si vas a decir que nos…

—Será mejor que nos separemos. Estos túneles son un laberinto y estamos perdiendo tiempo.

Enfadada por motivos inexplicables pero seguramente caprichosos, Vyx le recordó:

—Antes no parecía importarte mucho el tiempo. Estabas dispuesta a esperar a las demás.

—No. Estaba dispuesta a comprometer la misión por protegerte. Y para eso debía esperar.

Cora recuperó la daga con un tirón y limpió la hoja de acero con la túnica de uno de los brujos caídos. Vyx volvió a pensar en la inverosimilitud de que Cora la pusiera a la misma altura que su fe o al mismo nivel de devoción que les profesaba a los dioses.

La adepta regresó inmutable junto a Vyx, quien guardaba un silencio autoimpuesto. No podía más y Cora estaba delante de ella; menuda, delicada, pálida e inmaculada. Así que le preguntó:

—¿Por qué me besaste?

—Porque quería besarte.

—Me pediste perdón.

—Sí. Porque quería besarte, pero no debería haberlo hecho.

—¿Por qué? ¿Es que va en contra del credo?

—Si te hubieras molestado en familiarizarte con el credo, pedazo de imbécil, sabrías que…

Solo había una manera de callar a Cora y solo había una manera de despedirse, aunque ese acto iría en contra de todo lo que se habían dicho en el gran salón del templo antes de partir.

Vyx tomó a la adepta por las mejillas y la besó sin otro propósito que volver a probarla, sin pensar en consecuencias ni pretextos y mucho menos en credos.

La besó porque quería besarla y porque, en el fondo de su inocente y egoísta corazón, deseaba creer que todavía quedaba alguien que quisiera besarla también.

Alguien que perdonaría sus graves errores.

En definitiva, besó a Cora como si supiera que ya no quedaba nadie más en el mundo que pudiera quererla y Cora le devolvió el beso como si supiera que era la única persona en el mundo que podría quererla.

A pesar de que las dos vestían el negro de maneras muy distintas.

A pesar de que Vyx era una noche escarlata y Cora un día gris.

Cuando se separaron, Vyx bajó las manos, cogió aire y se negó a mirar a la adepta a los ojos.

En cambio, echó un vistazo a ambos extremos del pasadizo, oscuro y negro como el carbón, resignada a seguir un plan que podría matarlas a las dos.

Empezó a alejarse mientras acariciaba con una mano el cinto y no acababa de saber qué hacer con la otra.

Cora la llamó, impaciente. Tenía las mejillas rojas y estaba obcecada en ocultar su desconcierto detrás de una expresión enigmática.

Pero Vyx la ignoró y solo se detuvo un momento para decir:

—Es una mierda cuando te besan porque quieren besarte y te piden perdón porque no deberían haberlo hecho. Así que yo voy a ahorrarme las disculpas, Cora, porque no lo siento.

Luego, Vyx enfiló el pasadizo y desapareció en la bifurcación.