DE TÚNELES Y SUPERVIVIENTES
DE TÚNELES Y SUPERVIVIENTES
H oras antes de que Vyx se adentrara en la casa del bosque, las ascendidas se habían reunido en el despacho de Hipólita la Segunda.
Formaban alrededor del majestuoso escritorio, revisando una serie de documentos e informes datados en fechas que Vyx difícilmente olvidaría, pues fue por esos tiempos que la venerada sacerdotisa de la Orden se las llevó a ella y a Rose del orfanato.
En la mesa había también un mapa desplegado junto a varias fotografías, de cuestionable calidad, de una solitaria propiedad en el claro de un bosque.
Elara ojeaba un informe con gesto contraído cuando dijo:
—Creía que la Orden habría cerrado estos casos la noche que acabasteis con Andrómeda.
—Nada nos hubiera gustado más —lamentó la adalid—. Después de que Cleta confirmara que el aquelarre del lobo estaba detrás de las desapariciones y de los asesinatos…
—Y después de que Andrómeda la matara al descubrirla —añadió Vyx en voz baja.
El susurro no debió pasar desapercibido por Hipólita, pues la adalid miró a su aprendiz un momento, ceñuda, antes de continuar:
—Llevé a las guerreras al monte Licabeto con el objetivo de eliminar la amenaza y poder dar un digno entierro a todas las criaturas que habían sacrificado para robarles sus esencias. Cuando la batalla terminó, peinamos la zona durante días, pero no encontramos ni un solo cadáver.
Thalia alzó la mirada, sorprendida.
—¿Os equivocasteis de aquelarre?
—No —aseveró su maestra—. Pero comprendimos que tenían un segundo altar.
—¿Y crees que ese segundo altar está en esas coordenadas? —preguntó Cora.
—El Círculo se ha remontado más de doscientos años para la búsqueda en los registros y han descubierto que el primer propietario de la casa se hacía llamar Noild Kaysiol.
Thalia, Cora y Elara se inclinaron hacia la mesa cuando la adalid se acercó una hoja y una pluma. Vyx le dijo a Iris en un susurro:
—Hipo está escribiendo el nombre por si no sabemos deletrearlo.
La ascendida disimuló como buenamente pudo la sonrisa y respondió:
—Gracias, Vyx.
—¿Y qué sabemos de ese tío? —preguntó Elara.
—Sí. —Thalia cruzó los brazos, escéptica—. ¿Y qué tiene que ver con el aquelarre del lobo?
—Todo. —Hipólita escribió una vez más sobre el papel mientras decía—: Si cambiamos el orden de las letras, tenemos…
A Vyx se le hizo un nudo en la garganta y se le cayó el alma a los pies.
—Es un anagrama —observó Cora fascinada—. ¿Dilon Lykaios?
—En la Orden se le conocía como Dilon el nigromante —zanjó la venerada sacerdotisa.
Por supuesto, inmediatamente después se hizo un silencio absoluto.
Vyx dio las gracias por que nadie hubiese notado que tenía la cara empapada de sudor, aunque le hubiese gustado que Hipólita le devolviera la mirada para que supiera así la rabia que sentía en ese momento.
¿Por qué no se lo dijo cuando le confesó todo lo que había hecho?
¿No le pareció oportuno mencionar que Dilon el nigromante era el antepasado de Andrómeda y que la misma sangre corría por las venas de Kyrian y Astrid?
¿Cuántas atrocidades podían llegar a caber en un solo apellido?
—Dilon fue en su juventud un valioso aliado de la Orden —explicó la adalid—.
El hechizo que da acceso al Archivo únicamente a la suma sacerdotisa y a las ascendidas fue, de hecho, obra suya.
Pero con el paso de los años empezó a demostrar un preocupante interés por la magia prohibida.
Al tiempo, desapareció y nadie volvió a saber nada más de él.
—¿Y qué pasa con el diario? —preguntó Vyx—. Estaba en el Archivo.
—Esa es, me temo, información clasificada.
Como bien había prometido, Vyx maldijo a los dioses al entrar en la casa, aunque no fue por la razón que cabría esperar. La puerta había hecho demasiado ruido al cerrarse y la madera crujió exageradamente bajo sus pies.
Cuando la luz de la linterna reveló que se encontraba en una cocina desvencijada donde capas y capas de polvo cubrían los deslucidos muebles, se quitó la linterna de la boca y protestó.
—Información clasificada mis cojones.
La estancia despedía un olor de lo más desagradable y difícil de identificar, pero que por algún motivo le resultaba vagamente familiar.
Antes de dar otro paso, Vyx decidió asegurarse de que no era ella la que desprendía ese tufo vomitivo y se acercó el brazo a la nariz.
Como era de esperar, puso cara de asco y se encogió como si acabara de padecer un terrible escalofrío.
Luego siguió avanzando con la sensación de que acababa de meterse en la boca del lobo sin apoyo alguno.
Se detuvo a la altura del umbral de la séptica cocina y puso oído.
Seguía sin escucharse ni un misero suspiro.
Fue al asomar la cabeza al corto pasillo que Vyx tuvo un pálpito arrollador.
Volvió a esconderse, pegándose desesperadamente a la pared.
Empezó a sudar como si acabara de meter la cabeza en un horno y sostuvo el arco con una sola mano para poder hacerse presión en el pecho con la otra.
Cerró los ojos y negó con la cabeza, agitada. No podía ser verdad.
La noche que Vyx compartió con Rose ese escalofriante sueño solo tenía ocho años, así que era, como comprenderás, demasiado pequeña para entender que lo que había visto era real.
Quince años después, podía verse a sí misma recorriendo el estrecho pasillo.
Podía recordar al detalle la disposición de los encapuchados en el tenebroso salón, el tono de los salmos, el destello de una daga plateada y los gritos agónicos del sacrificio al que nadie salvó.
Vyx abrió los ojos con el recuerdo de un lobo de tres cabezas grabado en las retinas. Hace quince años, dos niñas vieron a Andrómeda Lykaios derramar sangre en esa misma casa.
—Me cago en la puta. Hostia. Joder.
No puedo explicar lo difícil que fue para Vyx abstraerse de destrozar los tablones de madera a base de patadas, y ella tampoco sabía explicarse por qué ese descubrimiento acababa de tirar por los suelos todo su acopio de valentía y determinación.
Supongo que se sentía como una mota de polvo que había estado siempre a merced del viento.
O puede que la idea de que hubiera estado destinada a acabar en el mismo sitio antes incluso de que la Orden las reclutara fuese más de lo que podía soportar.
No habían pasado ni dos horas desde que las adeptas bajaron de los vehículos y se adentraron en el bosque, pero Vyx tenía la sensación de que estaba siendo la noche más larga de su vida.
Se limpió el sudor con las mangas sucias del uniforme y al hacerlo despertó el escozor del corte que tenía en la mejilla.
Pensó que lo último que le faltaba era entender que, como el enfrentamiento con su doble había sido una alucinación, se había lacerado la mejilla ella sola.
Por fortuna y gracias a la ascensión, esa herida y los nudillos que tenía en carne viva no tardarían en sanar.
El eco de un chasquido puso a Vyx en alerta.
Se engulló la rabia y apagó la linterna para luego guardarla en el cinto y sacar una flecha de la aljaba.
Solo tuvo que abrirle las puertas a los dones de la ascensión para estar segura de que había alguien al otro lado del pasillo y, a juzgar por el sigilo con el que se movía, quien fuera ese alguien tenía la misma sospecha.
La guerrera contuvo el aliento, encajó el culatín de la saeta en el reposaflechas, tensó la cuerda y esperó.
Oyó que la madera volvía a crujir levemente.
Eligió ese momento para salir de la cobertura con un perfecto giro de pies y disparar contra la sombra, aunque tuvo que hacer una demostración de reflejos para esquivar otra flecha que cortó el aire en su dirección.
En cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Cora y Vyx, que habían acabado pegadas contra la misma pared, fruncieron el ceño como si fueran el reflejo de la otra.
Se señalaron al mismo tiempo.
—¡Casi me matas! —acusó Cora con un grito susurrado.
—¡Y tú a mí!
—¡Pues claro que sí!
—¡Joder!
Luego se quedaron en silencio y se miraron un buen rato.
Vyx observó que el uniforme de su hermana de credo estaba tan sucio como el suyo y que un profundo corte le había abierto la ceja izquierda en dos, pero era la palidez extrema lo que más la sobrecogió. Parecía que hubiese visto a un fantasma.
Bajaron los arcos al unísono y se acercaron la una a la otra. Cora fue la primera en hablar.
—No parece que haya nadie aquí.
—¿Y las demás?
Cora apretó tanto los labios que Vyx llegó a temer que no pudiera volver a separarlos.
—Nos ha atacado una horda de muertos —dijo Cora—. Estaban por todas partes.
—A nosotras también. —Sopló largo y tendido—. Un asco. Puaj. Apesto a cadáver.
La fiel adepta tragó en seco.
—¿Las demás están…?
—Algunas han caído, pero la mayoría están bien. Nasia ha decidido volver a la zona de extracción con las demás, la muy zorra. ¿Y tu pelotón?
Vio a Cora morderse el labio intentando disimular una sonrisa.
—Supongo que Nasia y yo somos igual de zorras.
—Vyx abrió los ojos como platos y deseó que la tierra se la tragara—.
Estaban heridas y yo era la única ascendida de mi pelotón, así que les ordené que volvieran.
Vyx, esta es la casa. ¿Dónde está el aquelarre?
Porque han estado aquí. Había una especie de línea mágica en el perímetro y…
—Ya. Eso. Ha sido Kyrian. Habló directamente conmigo porque tiene un complejo de villano que no se aguanta, el muy… —Cora murmuró: es que es un villano—. Y te apuesto todas las flechas de mi aljaba y la paga de un mes a que ese hechizo de mierda también es obra suya.
—Así que esa extraña magia también te ha afectado a ti.
Volvieron a mirarse en silencio durante unos segundos. Al final, fue Vyx quien preguntó:
—¿Qué has visto?
—La verdad es que prefiero no hablar del tema. ¿Y tú?
La aludida se encogió de hombros, se miró las botas y se rascó la zona de la nuca, todo a la vez. Agradeció que la adepta no la presionara para confesar lo inconfesable.