La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE REFLEJOS Y MALAS COSTUMBRES
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DE REFLEJOS Y MALAS COSTUMBRES

DE REFLEJOS Y MALAS COSTUMbrES

S i hubiera alguien acompañándola, Vyx, que avanzaba con incuestionable sigilo por el bosque al amparo de la noche, hubiese hecho el comentario de que todavía apestaba a vertedero de cadáveres.

La razón era, en efecto, que tenía fracciones de sesos adheridas al pelo y el uniforme pringado de jugos ácidos e infectos.

Ten por seguro que otra guerrera hubiese invertido ni que fuera un segundo de su tiempo en lustrar el acero de las dagas.

Claro que cualquier otra guerrera no tendría tanta prisa por llegar a la propiedad abandonada como ella.

Puede que Vyx estuviera dejándose llevar por el corazón al seguir adelante sin el pelotón, pero es que el miedo de llegar demasiado tarde la carcomía por dentro.

Nunca había imaginado que tendría que salvar a Astrid de las garras de su propio hermano.

Cada vez que pensaba en ello apretaba el arco con fuerza, como si esa fuera la única manera de controlar la rabia que sentía.

Estaba a punto de llegar a la linde del bosque y, de hecho, la fachada de la destartalada casa ya se adivinaba detrás los árboles, cuando al dar otro paso el suelo empezó a irradiar una luz violácea de lo más extraña.

Vyx bajó la mirada y siguió la línea borrosa y fulgente que se extendía a derecha e izquierda de su posición y más allá de la vista.

La luz empezó a difuminarse y quedaron solamente los turbios trazos centelleantes de los símbolos más abstractos y espeluznantes que la guerrera había visto en la vida.

A decir verdad, pensó Vyx, ese truco de magia ya lo había visto antes, ¿verdad?

Concretamente, y salvando las mínimas diferencias, en la entrada del Archivo.

Esperó con un brazo tenso y una mano cerca de la aljaba a lo que fuera que tuviera que pasar, pero ni salieron muertos de entre los árboles ni parecía haber nadie acechándola desde las sombras.

No pasó absolutamente nada. Hasta que un grito desgarrador que se parecía mucho a la voz de Elara reverberó el nombre de Cora.

Vyx se preguntó con la garganta helada y el corazón encogido de dónde procedía la voz y hacia dónde debería echar a correr.

El eco de esa desesperación se le había clavado en los tímpanos y no se apagaba, y el viento tampoco dejaba de aullar.

Le resultaba incomprensible cómo había pasado de estar a solo unos metros de la meta a quedarse completamente paralizada.

Había algo peor que un lamento y algo más temible que el silbido del viento, pero eso solo lo supo cuando oyó el repentino y sarcástico aplauso a sus espaldas. Tensa como una cuerda, Vyx se volvió y enfrentó a la figura que se movía con soltura por el pequeño claro.

—Joder —dijo la sombra con una euforia nada creíble. Se detuvo, y a Vyx se le heló la sangre al comprender que esa voz era la suya—. En tu puta línea, ¿eh? Para qué hacer las cosas bien cuando puedes hacerlas mal primero y arrepentirte después. Malas costumbres, ¿no?

Vyx había visto cosas imposibles desde los diez años, y muchas más de las que seguramente había tenido el derecho de presenciar estos últimos meses, pero ninguna excentricidad previa estaba a la altura de ese momento en el que una figura idéntica a ella avanzó un paso, dejando las sombras atrás, y la miró con los mismos ojos azules que un día vieron a Rose morir.

La enigmática copia de la guerrera era fiel hasta el último de los detalles e iba tan armada como la original. El arco y la aljaba a la espalda; la lanza y las dagas sagradas en el cinto de cuero.

A Vyx solo se le ocurrió decir:

—¿Pero qué cojones…? —Y señaló exageradamente con el dedo—. ¿El pelo me queda así?

La otra sonrió, y creo que a Vyx le resultó de lo más turbio ver su propia sonrisa y odiarla.

—Vas a morir esta noche.

Vyx hizo algo mucho más sensato que replicar y empuñó las dagas.

Había descartado ya varias teorías para poder barajar ahora una sola posibilidad: la línea violácea que había cruzado habría activado alguna especie de hechizo retorcido y el reflejo que tenía delante era la manifestación de esa magia.

Lo que no tenía tan claro era hasta qué punto sería una proyección inofensiva.

—Es lo que quieres —añadió el reflejo. La misma voz que la suya—. Quieres morir. Has vuelto a vestir el negro y has venido hasta aquí porque quieres que este sea el final. No pretendes sobrevivir a los planes de Kyrian, solo esperas que cuando mueras, Astrid lo vea.

La guerrera tragó en seco. Aventurarse a lanzar estocadas contra una artimaña inexplicable hubiera sido más inteligente y práctico que dejar que esas palabras llegaran a calar demasiado hondo, pero por alguna razón, calaron, y Vyx no movió ni un músculo y tampoco medió palabra.

El truco de magia empezó a andar de derecha a izquierda con suma parsimonia.

—Nadie lo entendería, ¿verdad? Pero tiene todo el sentido del mundo para ti.

Morirías luchando y la Orden olvidaría todas y cada una de tus traiciones.

Morirías intentando salvar a Astrid y ella olvidaría que le has roto el corazón.

Todo ese rollo que te repites de que has dejado a Rose marchar es jodidamente conmovedor, pero… —Encogió los hombros—. No es cierto.

—Cállate.

Su reflejo se detuvo y volvieron a estar cara a cara.

—Solo has cambiado un deseo por otro. No puedes volver a tenerla en vida, así que ansías redimirte de tus pecados esta noche para que cuando muerdas el puto polvo, los dioses te abran las puertas de los Campos Elíseos y tu alma no se pudra en los apestosos rincones del Hades.

Vyx cerró los ojos con tanta fuerza que le dolieron los párpados.

Tenía una repentina sensación de vértigo y los cinco sentidos embotados.

Puede que empezara a dudar cuál de las dos era la auténtica y cuál era el resultado de una perversa argucia, pero Vyx, obcecada, apretó más los dedos en las empuñaduras de las dagas sagradas mientras respiraba esa brisa fría y viciada e intentó ir más allá de la densa neblina que la atontaba.

Al final, y si bien seguía temblando de pies a cabeza, la guerrera abrió los ojos, los clavó en su reflejo y dijo asqueada:

—Menuda zorra de mierda estás hecha. Me caes fatal.

Después, Vyx echó a correr hacia su vil copia con las dagas por delante.

Efectuó un poderoso salto para poder asestar dos tensas cuchilladas desde arriba hacia abajo, pero la otra desenfundó a tiempo y el violento choque del acero reverberó en el bosque.

En cuanto aterrizó, Vyx retrocedió con un juego de pies y una envidiable flexibilidad de cintura, esquivando un corte horizontal.

No había manera de comprender esa retorcida magia, ni tenía Vyx los medios o los conocimientos para saber cómo desactivarla.

Así pues, se limitó a lo único que podía hacer: luchar.

No tardó en descubrir que la impostora se movía con la misma agilidad que ella.

Cualquiera que tuviera la suerte de presenciar el combate diría que la arktoi estaba batiéndose contra un espejo.

A decir verdad, una de las dos luchaba con más rabia que la otra, y es que posiblemente haya ciertas emociones que no pueden reproducirse con fidelidad o que son intrínsecas al alma.

La furia y la vehemencia que Vyx demostraba con cada ofensiva no tenía parangón a la de una ilusión que podría convertirse en humo de un momento a otro, pero un mísero segundo de torpeza de Vyx le dio ventaja suficiente a la impostora para lanzar un cuchillazo q ue le dejó a la guerrera un profundo corte en la mejilla derecha.

Sangrando, Vyx puso distancia entre ambas. Apretó los dientes al ver a su otra yo sonreír con irritante soberbia. «No tiene sentido», pensaba Vyx. «No es real. No debería poder hacerme daño». Sin embargo, la sangre que caía gota a gota en ese suelo maldito probaba lo contrario.

—¿Por qué luchar? —preguntó el reflejo—. Te odias. Te odias tanto que te arrancarías la piel a tiras si no fueras una puta cobarde. No vales ni para morirte. Rose te dio un regalo y lo único que has hecho tú es arañar el envoltorio, abrirlo y escupir dentro.

—¡Cállate!

En ese momento, Vyx se abalanzó a por su doble con un estallido de rabia. El repiqueteo del acero habría sido la única solemne melodía del bosque si la guerrera no hubiese proferido un grito por cada embestida, cada uno más colérico que el anterior.

Siempre ha habido verdades que todo mortal debería poder enterrar en las profundidades de su ser.

Verdades que nadie debería tener que afrontar.

A esas alturas del camino, Vyx era dos partes guerrera y tres partes huérfana, y esa era una certeza de la que ni toda su buena voluntad ni miles de segundas oportunidades podrían librarla.

Vyx asestó el último golpe con tanta cólera que su adversaria no fue capaz de repelerlo y las dagas cayeron al suelo.

Antes de que la impostora pudiera pensar en contraatacar, la guerrera le dio un cabezazo en la frente, tumbándola en el acto.

Vyx no perdió ni un solo segundo y se puso a horcajadas sobre su reflejo.

Que no pensaba con claridad era de una evidencia apabullante, porque en lugar de atravesar el pecho de la vil copia de una vez por todas, Vyx soltó las dagas y descargó contra esa cara que era idéntica a la suya una sucesión de puñetazos que primero rompieron los huesos y después abrieron irremediablemente la piel.

—¡Cállate! —gritaba—. ¡Cállate!

Cegada por la ira y el odio a sí misma, Vyx no fue capaz de notar la sangre que le salpicaba las mejillas ni de darse cuenta de que, de un momento a otro, estaba arremetiendo solo contra el frío suelo.

Fue por ese calambre de dolor agudo que empezó a palpitar en los nudillos y le subió por los brazos que fue capaz de pestañear y volver en sí, o tan en sí misma como podría estar después de ese episodio de enajenación.

La guerrera empezó a jadear en cuanto comprendió que no había ningún cuerpo entre sus piernas.

Las manos le temblaban porque tenía los nudillos en carne viva y porque un reguero de sangre se colaba bajo los guantes maltrechos de cuero.

Cerró los ojos, angustiada. Aunque no iba a encontrar la dignidad que había perdido por mucho que se sumiera en la oscuridad, hacerlo la ayudó a normalizar la respiración y a entender que no se había equivocado: nada había sido real.

El bosque volvió a sucumbir al más absoluto silencio.

Nadie vio a la guerrera ponerse en pie o abrir y cerrar las manos varias veces hasta que se acostumbró al dolor.

Vyx recogió las armas mientras seguía esforzándose por dominar sus emociones.

Luego miró alrededor, enfundó las dagas en el cinturón y clavó los ojos en los árboles que ocultaban la propiedad abandonada.

No había otra cosa que Vyx pudiera hacer que ignorar la culpabilidad un día más, seguir adelante y pisar con cuidado cuando estuvo a la altura de esa inquietante línea mágica.

No hubo luces violáceas que dibujaran símbolos esta vez, así que se armó con el arco, cruzó la linde del bosque y continuó avanzando hacia la casa destartalada.

La primera impresión que tuvo al llegar fue que la propiedad iba a venirse abajo en un suspiro, aunque mucho más preocupante era que no se adivinara movimiento alguno al otro lado de las viejas paredes.

Sola como estaba, la sacudió el miedo de que ninguna otra guerrera hubiese logrado llegar hasta allí.

Recordó a Elara poniendo el nombre de Cora en un grito.

¿Habría sido real o parte del hechizo? ¿Y si Nasia tenía razón y lo más sensato habría sido volver al punto de extracción?

Se quedó a la sombra del caserón, mirando cómo la puerta mal encajada se abría y se cerraba al son del viento.

Vyx no sabría explicar la sensación que la embargaba contemplando esa casa o el hormigueo que notaba en las plantas de los pies.

Había algo en el aire, y ese algo le decía que saliera pitando de allí.

Pero, por supuesto, lo que hizo fue subir los tres escalones de un salto y pegar la oreja a la madera de la puerta entreabierta.

No se oía ni un ruido. Se mordió el labio mientras tanteaba con una sola mano el cinto hasta dar con la linterna.

—Como salga un bicho de la nada me voy a cagar en Los Doce —susurró.

Luego, se puso la linterna entre los dientes y sacó una flecha de la aljaba. Con el arco en alto, Vyx empujó la puerta valiéndose de la punta de la bota y entró en la casa.