DE RODEOS Y NO-MUERTOS #2
Sin cadáveres hostiles cerca, la guerrera se permitió comprobar cómo les iba a las demás.
Nasia destacaba sobre las más jóvenes, con la lanza desplegada en una mano y una daga arktoi en la otra.
Daba la impresión de que estaba más empeñada en proteger a las suyas que en poner atención a su retaguardia, porque un muerto la acechaba por la espalda y no había indicios de que lo supiera.
Rápida, Vyx cambió las dagas por el arco, sacó una flecha de la aljaba y apuntó bajo un silencio impuesto por sus dones y del todo artificial.
Disparó y sonrió en cuanto la saeta atravesó el cuello del cadáver, que se quedó ensartado en el tronco de un árbol.
Nasia miró primero al muerto y luego a Vyx. Le dio las gracias con un simple asentimiento.
—¡Dimitra!
El lamento de la novata puso en alerta a Vyx, pero cuando la guerrera la localizó y quiso reaccionar, fue demasiado tarde: Aura había iniciado la carrera hacia el montón de bultos gangrenados que se cernían sobre una joven guerrera, acorralada e insalvable, cuyos alaridos de agonía se impusieron al eco de los golpes, al siseo de la carne rasgada y a los bramidos de cólera.
Por un instante, la batalla se detuvo, y un segundo después Vyx echó a correr como si alcanzar la redención dependiera de un absurdo acto heroico.
Pero por mucho que ansiara llegar antes de que los muertos vivientes desgarraran a la adolescente que no debería haber salido del templo esa noche, tuvo que detenerse cuando un grupo de cuatro muertos le cortaron el paso.
Estaba preparada para luchar, y hubiera luchado si no hubiese algo de lo más extraño en el comportamiento de esos no muertos, que se habían quedado prácticamente quietos.
Se balanceaban como si sus pechos y sus espaldas estuvieran entre los polos opuestos de un imán.
Vyx se fijó por primera vez en que los ojos de los que todavía los conservaban eran negros como el ébano.
De hecho, el que estaba más adelantado la miró directamente y sonrió.
Pero lo que resultó más espeluznante fue su voz, grave y profunda como el Tártaro, cuando dijo:
—Admira mi obra, arktoi. ¿Las oyes gritar?
Vyx no sabía explicarse cómo ese engendro podrido conservaba aún las cuerdas vocales.
De hecho, hubiese jurado que la voz no procedía del cadáver; estaba en todas partes, y los gritos de Aura y Dimitra también.
Vyx pestañeó, sacó una flecha de la aljaba y se expuso al peligro al olvidarse de los muertos para intentar quitarle de encima a Aura aunque fuera solo a uno de ellos.
Pero antes de que pudiera disparar, el repugnante difunto la desarmó de un solo golpe y la cogió por el cuello con una fuerza y una determinación sobrecogedora, alzándola a un palmo de suelo.
La guerrera puso las manos en la muñeca ulcerosa del muerto y buscó aire al mismo tiempo.
—Deberías estar muerta.
Si hubo alguna duda, a ella ya no le quedaba ninguna.
Desconocía cómo, pero estaba claro que Kyrian Lykaios albergaba poder no solo para levantar a los muertos, sino también para controlarlos.
Vyx se mordió los carrillos hasta hacerlos sangrar, desesperada.
Era imposible aislarse de los gritos agónicos de sus hermanas de credo, especialmente de los aullidos de Aura, a quien buscó con la mirada desesperadamente.
Pero si quedaba algo de la joven adepta, estaba escondido bajo un montón de carne putrefacta.
Vyx dejó caer las manos, y los labios marchitos del renacido dibujaron una macabra sonrisa.
—¿Crees que no sabía que la Orden vendría a por mí? He preparado muchas sorpresas.
—Chachi —dijo Vyx con una notable afonía y los ojos rojos—. Me encantan las sorpresas.
Vyx, que había estado tanteando el cinto de cuero a ciegas, empuñó las dos dagas y las hundió con toda la rabia que había en su ser en el cráneo del renacido.
Los ojos del no muerto cambiaron del negro al blanco y del blanco al negro, y solo cuando Vyx recuperó las dagas con dos tirones al unísono, la mano que la estrangulaba se quedó lánguida y el cuerpo revivido se precipitó en redondo.
Una vez liberada y ya con los pies en el suelo, Vyx se dobló hacia delante e inhaló tanto aire como los pulmones le permitieron.
No me cabe duda de que hubiese reducido el cadáver a meros fragmentos óseos si los otros tres que quedaban no se hubieran sacudido como si acabaran de despertar.
Dagas en manos, la guerrera descargó toda su rabia contra ellos.
Esquivó el inútil manotazo de uno y éndose de rodillas al suelo.
Desde abajo, asestó cortes a derecha e izquierda, cercenando los ligamentos colaterales de los muertos, que se desmoronaron en el acto sobre las rodillas.
Los remató hundiendo las dagas en las respectivas sienes.
Antes de que pudiera pensar en cómo deshacerse del último, presenció como una flecha lo abatía.
Vyx se puso en pie de un salto y se dio la vuelta para ver a Nasia bajando el arco.
Al parecer, acababa de devolverle el favor.
Y Vyx le hubiera dado las gracias si no tuviera un nudo en el pecho y las marcas de unos dedos podridos en el cuello.
Miró acongojada al conjunto de muertos que continuaban rasgando y despedazando a las jóvenes adeptas que ya nunca volverían a casa y agachó la cabeza, incapaz de asimilarlo.
La inesperada calma que de un momento a otro se había instalado en el bosque les revolvía las entrañas a las seis guerreras supervivientes.
Aún cabizbaja, Vyx enfundó las dagas, recogió el arco del suelo y sacó una flecha de la aljaba.
Como pudo, hizo acopio de frialdad y apuntó al cúmulo de muertos.
Cuando notó la presencia de Nasia a su derecha, cogió aire.
Las ascendidas dispararon a la vez, y repitieron la acción hasta que ningún muerto volvió a moverse.
El bosque acababa de convertirse en un segundo cementerio para decenas de cuerpos.
—Escuchadme todas bien —Nasia le dio la espalda a Vyx para dirigirse a las demás guerreras—. Hemos perdido a cuatro hermanas y no podemos saber qué otros peligros nos aguardan, así que este es el plan: vamos a volver a la zona de extracción.
El corazón de Vyx dio un vuelco y se afanó en rodear a la ascendida para mirarla de frente.
—¿De qué coño estás hablando? No vamos a volver.
Si Nasia estaba sorprendida por la insubordinación de su igual, no lo demostró.
—Creo recordar que Hipólita me ha puesto al mando de…
—Ninguno de los otros grupos habrá retrocedido —interrumpió Vyx—. Tenemos que seguir.
—Asumes que han sobrevivido.
—Joder que sí.
Nasia se llenó el pecho de aire, dio un paso hacia Vyx y le dijo, bajando la voz:
—No me gusta que me cuestionen.
—Dejaré de cuestionarte cuando dejes de equivocarte.
Por supuesto, la ascendida al mando cuadró los hombros y avanzó otro paso, seguramente esperando que Vyx retrocediera, cosa que no sucedió ni iba a suceder.
Vyx había oído a su peor enemigo hablar con los labios de un cadáver y había presenciado la desagradable muerte de una adepta que jamás estuvo preparada para afrontar el desafío de esa misión.
Lo último que la guerrera en busca de redención pensaba hacer era retirarse y esperar a que cualquier otra de sus hermanas apareciera con la cabeza de Kyrian Lykaios bajo el brazo.
—He dicho que volvemos al punto de extracción —espetó Nasia.
—Te he oído perfectamente. La respuesta sigue siendo no.
—Tengo cuatro guerreras muertas y dos heridas —susurró impaciente—. La prioridad es…
Vyx no se quedó para oír el discurso. Se puso el arco a la espalda, se dio la vuelta y echó a andar en cuanto recuperó el sentido de la orientación. No parecía importarle lo más mínimo el hecho de que se dirigiría a la linde del bosque completamente sola.
Exasperada e incrédula a partes iguales, Nasia bramó:
—¡Te he dado una orden, arktoi!
—Y yo la he ignorado. Malas costumbres.