La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE RODEOS Y NO-MUERTOS
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DE RODEOS Y NO-MUERTOS

DE RODEOS Y NO-MUERTOS

A las afueras de Volos, más allá de la antigua Iglesia de Agios Dimitrios y sus catacumbas y al otro lado de los campos donde no podía oírse el fragor de las naves industriales, en el corazón de un bosque había una casa que toda la región de Tesalia había olvidado.

La casa, oscura, destartalada e intimidante como pocas otras, se alzaba detrás de un pozo seco. La madera de la fachada estaba podrida y las ventanas rotas, y las ramas de los árboles que la cercaban se inclinaban sobre el tejado en un abrazo, protegiéndola… o escondiéndola.

En el terreno no soplaba ni la más leve de las brisas, y es bien sabido que los animales no se atrevían a pisarlo, como si hubieran nacido ya con la advertencia de que la casa estaba maldita.

Puedo asegurarte que, en realidad, no había nada inquietante tras las paredes corroídas.

Eso a lo que hasta la luna temía y que en su día ahuyentó a las dríades de la zona, se escondía debajo de los cimientos.

Pero eso ni Vyx ni el grupo de guerreras que la acompañaban lo sabían.

Eran diez las adeptas que avanzaban prudentemente entre los árboles en plena noche.

Todas, sin excepción, llevaban los arcos por delante, las aljabas llenas y el silencio como un mantra, y no era precisamente fácil cuando su presencia era en apariencia la única del bosque.

En definitiva, Vyx tenía un mal presentimiento y estaba convencida de que no era la única.

No le gustaba el plan de Hipólita. Dividirlas en grupos para cercar la propiedad desde todos los flancos podría ser una gran estrategia si supieran a qué se enfrentaban, pero ese no era precisamente el caso.

Lo único que Giulia les había dicho era que Kyrian había convocado al aquelarre en esas coordenadas.

Tampoco le hacía especial gracia que fuera una de las ascendidas destinada a las islas la que estaba al mando del pintoresco pelotón, y mucho menos que esa fuera la sexta vez que oía el crack de una rama y el “ay” que venía después.

Vyx cerró los dedos en la pala inferior del arco y se dio la vuelta, encontrando la indiscutible expresión de disculpa de…

Lo cierto es que Vyx ni siquiera sabía cómo se llamaba esa adolescente.

Lo que sí sabía era que no debía hacer mucho desde que superó el Pankrátion.

Tendría a lo sumo diecisiete años y un miedo voraz.

Retomaron la marcha en completo silencio.

Calculando la distancia ya recorrida, Vyx intuía que no estarían lejos de la linde del bosque, desde donde deberían poder ver la parte de atrás de la propiedad abandonada.

Intranquila, Vyx alzó la mirada en busca de la luna, solo para descubrir que las densas copas de los árboles bloqueaban el cielo.

Se frotó la nariz varias veces antes de darse cuenta de que lo que le molestaba era el principio de un olor nauseabundo.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar un joder muy sincero, y otro mayor aún para no apuntar con el arco a la cabeza de la torpe adolescente en cuanto oyó el crack .

Se giró una vez más para fulminar a la novata con la mirada. Para su sorpresa, esta vez no vio expresión de disculpa alguna; solo vio miedo.

—No he sido yo —susurró la joven adepta.

Nasia, la ascendida al mando del pelotón, se detuvo y levantó la mano en una muda orden en cuanto el segundo crack vibró en el bosque.

Vyx tensó los hombros, apretó más los dedos en torno a la pala inferior del arco y miró alrededor sin moverse ni un ápice.

Pudo apreciar cómo se le erizaba lentamente el vello de la nuca, y estudió en qué dirección soplaba el viento que apenas removía las hojas secas del suelo.

Crack. Crack. Crack . Nasia y Vyx intercambiaron una mirada de advertencia, pues el hedor era a esas alturas inconfundible: en el bosque olía a muerto.

Fue el alarido estrangulado de la novata lo que hizo que Vyx sacase una flecha de la aljaba, apuntara hacia ella y se preparara para disparar.

Pero no lo hizo. La adolescente había caído de espaldas al suelo y temblaba de miedo, pues entre los retorcidos troncos de dos árboles emergió una sombra, y a la derecha de esa sombra se manifestaron dos más.

Pronto, las guerreras de Artemisa se vieron rodeadas por un ejército de espectros que se movían dando tumbos, como si no pudieran tirar de sí mismos.

Eran lentos y torpes. Al mirarlos bien, Vyx pensó: «Claro que se mueven así.

Están muertos». Le hubiese gustado que Cora estuviera a su lado para poder soltar una referencia a cualquier película de terror de los noventa sin miedo a que el silencio fuera la única respuesta.

Pero Cora estaba muy lejos de allí. Concretamente, al otro lado de ese bosque por el que los muertos campaban a sus anchas.

Ninguna de las guerreras sabía qué esperar de ese enemigo.

Los había de todas las edades y los había en todas las fases de descomposición.

A algunos la piel se les había deshecho como si estuviera hecha de cera, y en otros, los restos de piel eran colgajos de tejidos adheridos a huesos carcomidos.

Cuando Nasia consiguió salir de su estupor, gritó con el arco en alto:

—¡Abatid a todo lo que se mueva!

Vyx fue la primera en disparar. La flecha atravesó el hueso frontal de un muerto enjuto que dio un giro involuntario sobre sí mismo antes de desplomarse.

Aura, la novata a la que Vyx se la tenía jurada, se arrastraba mientras tanto para alejarse de la horda de cadáveres andantes que se le echaba encima.

Los muertos entonaban sonidos apáticos y fijaban sus objetivos al azar, como si cualquiera de las que vestían el negro fuera un digno bocado.

Las flechas cortaron el aire y los cuerpos putrefactos fueron cayendo, pero la superioridad de los enemigos que avanzaban sin temor a las represalias obligó a las guerreras a empuñar las dagas y batirse cuerpo a cuerpo.

Vyx no dudó en bajar la guardia, acercarse a Aura, levantarla de un fuerte tirón y ordenarle:

—No te separes de mí.

Mientras se afanaba en abatir a golpe de flecha a los bultos descompuestos, Vyx pensaba que la manera que tenían de moverse le recordaba a las renacidas del templo maldito de Hécate.

No parecían razonar y se movían por un instinto forzado y ajeno, como si no fueran más que títeres pendiendo de unos hilos mal atados.

—¡Detrás de ti! —gritó Aura.

La arktoi apretó los dientes y bajó el arco.

Atisbó que dos muertos se le echaban encima por la retaguardia.

Vyx se hizo con una de las dagas sagradas del cinturón, se giró con decisión, apartó a la joven adepta de un empujón y lanzó un golpe con la pala del arco a uno de los cadáveres, partiéndole la mandíbula.

Luego, atravesó con la daga desde abajo hacia arriba la carne y el hueso maxilar del segundo.

Dio un rápido tirón para recuperar el arma y tumbó al amasijo de carne infecta de una patada.

Cuando recuperó el aliento, hizo un barrido visual de la alarmante situación: los cadáveres andantes se multiplicaban.

¿De dónde salían? ¿Qué los movía? ¿Y qué clase de poder hacía falta para sacar a los muertos de sus tumbas?

Exasperada, Vyx decidió que no había tiempo para discursos motivadores con la nueva, quien seguía presa del pánico, así que eligió la vía más rápida: se giró y le dio una bofetada para espabilarla.

Aura, por supuesto, se quedó unos instantes absorta, con los ojos muy abiertos y más pálida de lo normal.

Antes de que pudiera preguntar nada, Vyx le robó la lanza retráctil que colgaba del cinturón, se la puso contra el pecho de malas maneras, empujón incluido, y le dijo:

—Esta noche no estás en el templo. ¡Si no quieres morir, espabila!

—¡Son cadáveres! ¿Cómo se mata a lo que ya está muerto?

Y Vyx pensó que no le faltaba razón. Soltó un insulto por lo bajo y puso en pausa sus divagaciones para apartar de una patada a dos enemigos antes de que se les echaran encima. Luego, miró a la adolescente a los ojos, grandes y marrones.

—¿Has visto Juego de Tronos?

—¿Q-qué?

—¿Sabes eso que dicen en la segunda temporada? «Lo que está muerto no puede morir».

Aura tragó saliva y negó con la cabeza. Vyx bufó.

—Tengo que enseñaros muchas cosas. —Frunció considerablemente el ceño y añadió—: Que les cortes la cabeza y les dejes los sesos como puré.

La adolescente, quizá más empeñada en demostrar su valía que en seguir órdenes, aunque bien la habían preparado para hacer ambas cosas, se tragó el miedo, aferró la lanza con decisión, activó el mecanismo y se puso espalda contra espalda con Vyx.

Contrariamente a lo que cualquiera de la Orden pudiera pensar, los motivos de Vyx para rehusar trabajar en equipo desde que Rose se marchó tenían mucho más que ver con ese buen corazón suyo que con la reticencia a obedecer.

Pero si Cora tenía razón, si la Orden era el templo y las hermanas de credo eran el hogar, entonces ¿qué otra cosa podía hacer que tener un ojo en el enemigo y otro en la adepta asustadiza?

Para su sorpresa, a Aura solo le había hecho falta una pizca de confianza para demostrar su valía, y su valía no era poca, pues acababa de ensartar la lanza en las cabezas de dos cadáveres de un solo movimiento.

A pesar de que a Vyx le hubiera gustado comentar que se le daba bien preparar pinchos de fiambres , se lo guardó para otro momento y avanzó decidida hacia los dos muertos que la amenazaban de frente.

Esquivó primero el torpe embate de uno, al que luego derribó con una zancadilla.

Clavó las dagas en las sienes del otro con violencia, hasta que las puntas se tocaron entre tejidos descompuestos.

El cuerpo cayó y Vyx se afanó en rematar al que braceaba en el suelo como un náufrago.