La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE LEALTAD Y SORORIDAD #2
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DE LEALTAD Y SORORIDAD #2

—La quieres, ¿no? —Cora la miró a los ojos—. Todavía la quieres.

Vyx calló. Y bien es sabido que, a veces, el silencio dice más que mil palabras.

—Nunca desobedeceré a la Orden —declaró Cora, solemne—.

Soy fiel a mis votos. Me convertí en la adepta que conoces la primera vez que vestí el negro.

El credo, el arco y la misión forman parte de mí.

Pero si lo que me pides es que defienda tu causa, entonces también lucharé por ti.

Si me dices que soy la única persona en la que confías, tendrás mi arco y mi lealtad.

Vyx no sabía qué hacer con el nudo de angustia o con los dedos de las manos. Bajó la mirada, pues Cora acariciaba las cuentas de color esmeralda de la pulsera que le regaló.

—La Orden es mi templo y mi templo es la Orden, pero mis amigas son mi hogar.

—¿Eso es lo que somos? —Vyx se perdió en los ojos marrones de la ascendida—. ¿Amigas?

—¿Qué otra cosa podríamos ser?

La guerrera suspiró, azorada. Afortunadamente, bastó un siseo de dudosa procedencia y que notara un tirón de la tela del pantalón para escapar de ese incómodo momento. Confundida, Vyx se removió en la mesa hasta que oyó:

— Psss . Vyx. ¡Vyx!

Nadie miraba a Cora cuando sonrió, pues Vyx estaba asomando la cabeza entre las piernas para echar un vistazo debajo de la mesa. Ifigenia la saludó con la mano, de rodillas como estaba.

—¿Qué estás haciendo aquí? Deberías estar en la biblioteca o en los dormitorios.

—¡Ya! —admitió la niña—. Pero es que…

A Vyx le subieron los colores a una velocidad imposible al preguntarse cuánto llevaba allí.

—Espera. ¿Lo has oído todo? —preguntó en voz baja.

—Te gusta un montón Cora, ¿a que sí?

—Cierra el pico —instó—. Vete ahora mismo o te voy a…

—Oh. Hola, Cora.

Y más roja se puso Vyx cuando vio que la ascendida se había bajado de la mesa y se había acuclillado para descubrir a la pequeña espía. Vyx se enderezó e imitó a su compañera.

—¿Cómo te has colado? —preguntó Cora, indudablemente fascinada.

—Soy muy escurridiza.

—Y desobediente —señaló la otra—. Si te pillan, te caerá una buena.

—Quiero ir contigo, Vyx. —Ifigenia apretó los labios—. ¿Y si no vuelves? ¿Y si…?

—Cuidaré de ella —le prometió Cora—. ¿Vale? Te la devolveré de una pieza.

No tardaron en darse cuenta de que un silencio abrumador reinaba en el gran salón.

Ambas se incorporaron para apreciar los gestos serios de sus hermanas que, armadas o desarmadas, miraban en la misma dirección.

Y es que frente a la puerta principal se hallaba Hipólita.

Algo más rezagadas, formaban tres de las ascendidas que servían a los propósitos de la Orden en las islas.

Vyx le pidió a Ifigenia que no se moviera y después, junto a Cora, formaron como las demás.

No era el semblante honorable de la sacerdotisa la razón de que a Vyx le diera un vuelco el estómago, sino el descubrimiento de que Hipólita vestía el mismo negro que las adeptas y llevaba el pelo recogido en dos trenzas.

Era como si la versión guerrera de la adalid acabara de despertar después de incontables años de profundo sueño.

—Todas sabéis por qué estáis aquí. Muchas de nuestras hermanas han muerto y muchas más morirán si no ponemos fin a esta amenaza.

El Aquelarre del lobo ya le dio la espalda a la ética y a la moral hace muchos años.

Hoy desafían a los dioses. No os engañaré: nada de lo que os hemos enseñado o de lo que os podremos enseñar jamás os preparará para el desafío que supone el legado de Hécate.

Ellos tienen el fuego, el agua, el aire y la magia para usarlos a voluntad.

Nosotras tenemos los arcos, las espadas, las dagas y nuestra fe.

Todas y cada una de las guerreras tomaron sus respectivos arcos y se los acercaron al pecho.

—Los obstáculos de ayer son los obstáculos de hoy —continuó Hipólita—.

Si ganamos en el pasado es porque mientras que ellos tenían la magia, nosotras teníamos el número.

Solas somos los dedos de la diosa y somos su arco para la caza sagrada, pero juntas somos su determinación, su orgullo y el descanso de su eterna bendición.

Esta noche, arktois, llevaremos el negro a las puertas del enemigo y no descansaremos hasta diezmarlos uno a uno.

—Cuánta palabrería, joder —susurró Vyx, y luego carraspeó audiblemente.

Muy a pesar de la inicial reticencia, fue inevitable que varias miradas se posaran en ella, incluida la de la venerada sacerdotisa.

Estoy convencida de que Vyx hubiese hecho lo mismo de no haber tenido la atención de todas las presentes.

Se subió a la mesa de un salto medido, miró en derredor y la rabia refulgió en sus ojos, los más azules del gran salón.

—Os lo resumo: que les rompamos los huesos a esos hijos de puta.

Cora e Iris fueron las únicas que se atrevieron a sonreír, a pesar de que el salón continuó sumido en el más incómodo y absoluto de los silencios.

Vyx miró a su mentora, quien la contemplaba con su habitual impasibilidad.

Por inesperado que fuera, Hipólita sonrió y le regaló un escueto asentimiento, y ese fue gesto de aprobación suficiente para que el gran salón bramara al unísono y las guerreras alzaran los arcos en pos de la victoria.

Desde allí arriba, mientras oía los bramidos de las guerreras y contemplaba los arcos que apuntaban hacia el Olimpo, Vyx sintió que formaba parte de algo que seguía vivo.

Puede que nunca llegara a convertirse en una guerrera de leyenda, pero después de tantos años renegando de sí misma, de la lealtad hacia mí y del credo, se propuso estar a la altura y luchar esa noche como una verdadera arktoi… o lo más parecido.