DE LEALTAD Y SORORIDAD
DE LEALTAD Y SORORIDAD
A quien fuera que se le había asignado la ardua tarea de eliminar los escombros del gran salón, había hecho un trabajo extraordinario.
Si no fuera por los boquetes en las paredes de piedra o por el rastro imborrable de las quemaduras, nadie hubiese dicho que hubo una masacre allí.
De todas formas, las quemaduras y los boquetes pasarían desapercibidos para cualquier invitado, pues esa tarde el gran salón estaba más atestado que nunca.
En lugar de platos a rebosar de comida, eran arcos, dagas y más armas de toda índole las que ocupaban las nuevas mesas.
Las guerreras iban y venían, meditaban y susurraban; las que siempre habían estado allí y las que habían llegado desde las remotas islas.
El negro era el color que predominaba en ese escenario del todo inesperado, pues la Orden se preparaba para una gran batalla.
Esta, como la que se libró en los bosques del Monte Licabeto hace muchos años, tendría unas páginas de honor en los libros de historia…
Si es que quedaba alguien para contarla.
Entre el tumulto de mujeres, Vyx parecía ridículamente pequeña, si bien su uniforme relucía tanto como el de las demás en ese rincón en el que se había aislado para calibrar el arco y afilar las dagas.
No era fácil, imagino, cambiar el ser un fantasma receloso por formar parte de algo tan grande.
Al menos podía despreocuparse de que las heridas la ralentizaran durante la lucha, pues de las puñaladas ya no quedaban ni las cicatrices.
No resultaría del todo descabellado pensar que, como el fénix de la venerada sacerdotisa, las adeptas renacían también de sus cenizas y se alzaban de nuevo flamantes, fuertes e igual de esclavas del adoctrinamiento como antes de arder.
Considero que era demasiado pronto para declarar que Vyx había aceptado su lugar en la Orden.
Las malas costumbres y las evasivas emocionales no podían desaparecer de la noche a la mañana o, en su caso, poco después de despedirse para siempre de Rose y Xanthe.
Pero, aunque llevaría tiempo, me atrevería a decirte que Vyx estaba genuinamente dispuesta a intentarlo.
Allí sentada, con las dagas en las manos y una sombra en los ojos, intentaba ponerles nombre a las guerreras que no recordaba haber visto antes.
Las había de todas las edades y de todas las etnias y Vyx se preguntaba qué las hacía especiales.
¿Qué vio Hipólita en ellas? ¿Les sería ese secreto revelado antes de morir entre sábanas blancas tras una larga vida de servicio a Artemisa?
Entonces, y por muy improbable que fuera en ese bamboleo constante de espectros, la mirada de Vyx encontró la de Cora, que se hallaba a unos diez metros de ella con el arco en la espalda, el uniforme inmaculado y las botas bien atadas.
Cora sonrió, Vyx se ruborizó y luego se pasó la mano por el pelo y fingió que todavía podía sacarle más brillo a las dagas.
—Una pena que haga falta que un pirado quiera convertirse en dios para ver el gran salón así.
Al oír la voz, Vyx alzó la ceja y después la mirada. Thalia estaba a su lado, con el porte pedante de siempre. Como no supo qué decir, su archienemiga cogió aire y soltó:
—Te vi.
—¿Qué?
—La noche que tiraste el colgante de la Orden al pozo. Te vi.
La guerrera pestañeó. Como si creyera que sería más fácil mantener esa conversación estando ambas a la misma altura, se puso en pie y guardó las dagas en sus respectivas fundas.
—Pues me alegro por ti. ¿Qué quieres? ¿Un pin?
—No lo entiendes. Nunca me has caído bien, pero te odié desde ese momento.
—Joder. Me dejas muerta, eh.
Thalia la miró directamente a los ojos, rabiosa.
—Eres egoísta, infantil, ignorante, cargante y una pesadilla con patas.
La única respuesta de Vyx fue cruzarse de brazos, apoyarse de lado en la pared y continuar observándola con una mueca de indiferencia. Thalia inspiró profundamente y añadió:
—Pero es muy posible que esta noche tengamos que luchar codo con codo, así que, muy a mi pesar, te propongo una tregua. Temporal, claro.
—Bésame el culo.
—¡¿Puedes…!? —Thalia suspiró, llamando a la calma—. Lo digo en serio. Por mucho que te odie, y Artemisa sabe que te odio más que a nadie, esto no es un juego. Ninguna de nosotras se ha enfrentado antes a algo así y me gustaría luchar sabiendo que nadie va a apuñalarme por la espalda.
Vyx entrecerró los ojos. Luego se miró las uñas, meditabunda, y a los segundos dijo:
—Vale. Tregua por una noche. Con una condición.
—Es que no te soporto —susurró Thalia. Pero, al final, cedió —. ¿Qué condición?
—Que admitas que hiciste trampa.
—¿Trampa? ¿Cuándo?
—Sabes perfectamente cuando, arpía patilarga con complejo de Beyoncé.
Thalia apretó los labios. Solo ellas dos sabían el golpe que suponía a su orgullo admitir que la primera vez que se midieron en los jardines, no fue un enfrentamiento justo.
—Vale. Tregua por una noche, Vyx.
—No, no. —La señaló—. Quiero oírte decirlo.
—¡Por los dioses! Hice trampas. ¿Contenta?
—Bua. —A Vyx no le cabía la sonrisa en la cara—. Extasiada.
Si de mí dependiera definir la enemistad de Vyx y Thalia, escribiría que se trataba simplemente de la catastrófica evolución de unos celos que empezaron siendo inofensivos, poco más que la respuesta involuntaria a un hambre voraz de amor y adoración.
Puede que esa adoración y ese reconocimiento fueran todo lo que Thalia tenía en el mundo; el mayor tesoro de una niña que se había quedado sin padres demasiado pronto.
Ninguna de las dos dijo otra palabra. Thalia se alejó a pasos agigantados y Vyx se quedó en el mismo sitio.
Contempló desde la posición de los marginados la amalgama de expresiones de las incontables adeptas, pensando en la extraña sensación que irradiaban.
La mayoría ni siquiera hablaban, se movían en silencio, como si pudieran fingir que cada una tenía su propia manera de prepararse y que no eran espejos las unas de las otras.
Las similitudes estaban en las técnicas, en las líneas rectas de los hombros, en los semblantes nobles y en la flagrante determinación.
Vyx no se había mirado en un espejo desde que renunció al ritual de resurrección y desde que pocas horas después Kyrian la hubiera apuñalado dos veces, pero estaba segura de que esas similitudes también formaban parte de ella, de que en sus músculos se había grabado el título de guerrera y en su corazón palpitaba el honor por ser una de ellas, sin importar cuánto hubiese renegado de ambos durante más de trece años.
De repente, Vyx se impacientó. ¿A qué estaban esperando para partir?
Cada segundo que perdían era un segundo que el Aquelarre del lobo ganaba.
No se había atrevido a pensar en los obstáculos a los que se enfrentarían ni había compartido con su sacerdotisa el presentimiento de que, fuera cual fuera el brillante plan que pusieran en la mesa, no habría factor sorpresa.
Se enfrentaban a un brujo insaciable de poder que ahora tenía en sus manos el grimorio con los secretos más oscuros de la magia.
Le dolió inmensamente el corazón al pensar en Astrid. Subiría al edificio más alto del mundo y se lanzaría al vacío si eso significaba no tener que ver su cuerpo en una cuneta o en un altar; antes que tener que añadirla en la lista de todas las cosas que había querido y había perdido.
Inquieta, y como si en todo ese enjambre de guerreras solo hubiera una a la que pudiera acudir, Vyx abandonó el rincón, no sin recoger antes el arco, y se acercó a Cora.
Su hermana de credo hablaba en voz baja con Iris y Elara, que parecían tan preparadas para largarse como ella.
Aunque abrió la boca para inmiscuirse en la conversación, se acobardó en el último momento y fingió desinterés, sentándose en el filo de la mesa.
Luego las miró de reojo a las tres. Elara marcaba el fruncido de ceño, Iris hablaba en voz baja y Cora sonreía con una naturalidad desbordante.
Iris decidió susurrar unas palabras al oído de Elara y, un momento después, ambas se alejaron hacia el tumulto de guerreras que se aglomeraban en la zona sur del gran salón.
Cora se sentó a su lado y guardaron silencio durante largos segundos, hasta que Vyx murmuró:
—En fin. Sé que muchas de nosotras no volveremos…
Aunque apesadumbrada, Cora ladeó una convincente sonrisa.
—Eres todo valentía y positivismo, ¿eh?
—Pero es verdad. Los hacedores de magia casi nos destruyen en nuestro propio templo, y ninguno de esos era tan poderoso como Kyrian. Así que, aunque seguramente los superaremos en número, cabe la posibilidad de que…
—Espero que no mueras tú —dijo Cora de pronto, con la mirada perdida más allá del ventanal. Y si bien su gesto auguraba una confesión de lo más profunda, cuando miró a Vyx todo lo que añadió fue—: Sería una pena que estiraras la pata ahora que eres alguien decente.
A Vyx se le llenó el pecho de algo incomprensible y lo disimuló con una sonrisa.
—¿Solo soy decente ahora?
—Eso es lo que he dicho.
—¿Antes no?
—Antes eras pasable, sin más.
—Se me dan fatal estas cosas, Cora. Y las despedidas de los por si acaso se me dan todavía peor.
A Vyx le vibró hasta la piel cuando la mano de Cora envolvió la suya.
—Entonces no lo hagamos —resolvió la fiel adepta—.
No nos despidamos. Yo no quiero que mueras, tú no quieres que muera, y al final no dependerá de ninguna de las dos.
Sería estúpido, vaya. Tú eres impulsiva, desconfiada y egocéntrica.
Yo soy obstinada, reservada y caprichosa.
Como ves, somos muchas cosas, pero ninguna de las dos es estúpida.
—No quiero que mueras.
—Por todos los dioses y todas sus veneradas sacerdotisas. ¿Qué acabo de decirte?
—No quiero que mueras —repitió vehemente—. Pero tengo que pedirte algo. Esta noche, Hipólita solo mirará por los intereses de la Orden. Si Astrid muriera en el fuego cruzado sería un daño colateral, nada más. Salvarla no forma parte de la misión, pero es una prioridad para mí.