La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE RAGAZZAS Y HERMANDADES
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DE RAGAZZAS Y HERMANDADES

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G iulia Mantini no podría haber imaginado cuando despertó esa mañana que recibiría la más inesperada de las visitas. Había visto la notificación de que el Uber estaba a punto de llegar, por lo que se agachó en el recibidor del pequeño apartamento y acarició a su gato gris.

— Tornerò prima di mezzogiorno, Misty —susurró—. Te lo prometto.

Misty maulló en respuesta y Giulia se irguió cuán alta era.

Se ajustó la tira del bolso, cogió aire para convencerse de que iba a ser un día maravilloso, abrió la puerta con determinación y chilló.

Fue un grito ridículamente agudo e interrumpido por el brinco que dio en el sitio.

Frente a ella, al otro lado del umbral, una mujer se había quedado con el puño alzado y los nudillos preparados para llamar a la puerta. Por supuesto, ya no hizo falta.

— Merda! Menudo susto.

Por si fuera poco, Giulia oyó un intercambio de susurros de dudosa procedencia.

—Ha sido gracioso.

—Pobre. Casi le da un infarto.

—No la compadezcas. Igual es una asesina.

—Qué cínica eres, joder.

Hipólita, venerada sacerdotisa de la Orden, carraspeó audiblemente. Luego cruzó las manos despacio a la altura del vientre y esbozó la sonrisa más cordial que había en su ser.

—No quería asustarte. ¿Ibas a alguna parte?

Giulia tenía los ojos abiertos como dos platos y parecía haber perdido la capacidad de pestañear. Abrió y cerró la boca sin soltar palabra alguna, hasta que atinó a decir:

—¿Al… centro comercial?

La adalid de la Orden ensanchó la sonrisa.

—Me temo que eso tendrá que esperar. Con permiso. —Entró en el apartamento, en efecto sin permiso y sin dejar margen de reacción alguno a la inquilina, y dijo—: Chicas.

Pegada a la madera de la puerta como si esperara fundirse con ella, Giulia presenció incrédula e impotente cómo entraban cinco personas más, todas ellas mujeres.

A Elara, que iba en cabeza, la siguieron Iris y Cora.

Thalia y Vyx, en cambio, se propusieron cruzar el umbral al mismo tiempo, como si hasta la más irrisoria de las acciones fuera el pretexto ideal para competir entre ellas.

Acabaron entrando de mala manera entre insultos y trompicones.

Estoy segura de que Giulia hubiese salido corriendo si Thalia, la que a simple vista le había parecido más imponente de todas, no se hubiera quedado cerca para moverla de un empujón y cerrar la puerta por ella.

—¿Quiénes sois?

Nadie contestó. Giulia no daba crédito a lo que veía.

Había dos desconocidas sentadas en su sofá, otra se había perdido por el pasillo del pequeño apartamento (y debía de estar haciendo un registro, a juzgar por el eco de los portazos), dos más merodeaban por el salón como si estuvieran en su casa y otra no le quitaba el ojo de encima, plantada a su lado.

Tragó saliva al ver que su gata se animaba a acercarse al sofá.

Reparó por primera vez en que, salvo la más mayor de ellas y que parecía estar al mando, todas vestían el mismo uniforme negro.

—Oh dios mío. Oh dios mío —atinó a decir, hiperventilando—. Sois… sois…

Hipólita, en pie en el centro del salón, confirmó sus sospechas.

—Guerreras arktoi. Solo queremos hacerte unas preguntas. Venimos en son de paz.

Pero a Giulia no le dio la sensación de que estuvieran allí en son de paz cuando Thalia le lanzó la mirada más cínica que había visto nunca justo antes de alejarse de ella.

Cora asomó entonces por el estrecho pasillo y anunció:

—Todo despejado.

—¿A qué huele? —preguntó Iris, que estaba sentada a la izquierda de Elara—. ¿A plátano?

—Anda. Pues sí —confirmó Elara.

Por su parte, Vyx no se había propuesto disimular mientras registraba visualmente cada pequeño detalle del acogedor salón.

No halló nada fuera de lo que podría definirse como normal.

Había leído el informe del Círculo como las demás y, por lo tanto, sabía que Giulia compartía apartamento con dos estudiantes.

Se apoyó en la pared donde colgaba la única ventana, tras el sofá.

Cruzó después los brazos y repasó de pies a cabeza a la que no era la novia de Astrid.

Giulia tragó saliva y dijo, sin saber muy bien por qué:

—He hecho un bizcocho de plátano. —Avanzó unos pasos, se frotó las manos en los pantalones y preguntó, dubitativa—: ¿Queréis un trozo?

La sacerdotisa pasó la mirada por cada una de sus aprendices, como si las interrogara.

—Yo sí —dijo Iris.

—Que sean dos —siguió Cora.

—¿Tienes algo de beber? —consultó Elara—. Tengo la boca como un estropajo.

—Será porque no te callas ni debajo del agua —murmuró Vyx.

Thalia hizo una demostración de innecesaria maestría con la daga que había extraído del cinturón, haciéndola girar con movimientos precisos de muñeca para luego clavarla en la mesa. Todas sus hermanas, sin excepción, pusieron los ojos en blanco.

La situación no podría ser más inconcebible para Giulia Mantini, que unos diez minutos después de la inesperada incursión de seis desconocidas, ofrecía el último plato de bizcocho a una de las guerreras, que resultó ser Vyx.

La estampa no podía ser más variopinta. Estaban cuatro de las más jóvenes sentadas sobre la alfombra barata con las piernas extendidas, mientras que la adalid de la Orden y la que parecía ser su mano derecha ocupaban el sofá.

—Te conozco —susurró Giulia—. Eres la ex de Astrid, ¿verdad?

Sin saber cómo encajar esa observación, Vyx le dio un mordisco al bizcocho y empezó a masticar exageradamente. Giulia se aclaró la garganta, se frotó las manos en los leggings y retrocedió, algo intimidada.

— Ega giguigigo —intentó decir Elara.

—Que está riquísimo, dice —tradujo Iris.

—Gracias.

La sacerdotisa, sin probar bocado, llamó a la joven bruja y le dijo cuando tuvo su atención:

—Agradecemos tu hospitalidad. Como he dicho, solo venimos a hacerte unas preguntas.

Giulia inspiró profundamente.

—¿Preguntas sobre qué? No he hecho nada malo.

—Eso decís todas —musitó Thalia.

—Estamos aquí por Kyrian Lykaios. Formas parte de su aquelarre. ¿Me equivoco?

—Depende. La verdad es que no me siento muy cómoda contestando a eso. Ya me han contado las historias sobre lo que…

—Kyrian ha matado a muchas de nuestras hermanas —soltó Iris, y si bien su tono fue notablemente belicoso, su expresión era inconmovible.

—¿Que ha hecho qué? —preguntó Giulia casi sin voz—. Yo no sé nada de eso. Lo juro. Soy nueva, ¿vale? Soy de Venecia y conocí a Kyrian allí. Tuve un par de percances con… En fin, él sabía que tenía ciertas habilidades .

—Lo que quieres decir es que sabía que eras una hacedora de magia —simplificó Cora.

—¿Así nos llamáis? —Giulia parecía genuinamente sorprendida, pero a falta de alguna reacción por parte de sus indeseadas invitadas, suspiró y continuó—: El tema es que me venía bien el cambio de aires y decidí mudarme a Grecia siguiendo su consejo.

Mi familia paterna es de Atenas. Lo de unirme a su aquelarre no me hacía mucha gracia, pero acepté.

Si os digo la verdad, le doy cero estrellas como experiencia en general.

Siempre acababa agotada después de los rituales, como si me hubieran absorbido toda la energía.

Pero luego conocí a Astrid y, como me caía bien, pensé: oye, Giulia, igual si alguien te enseña a controlar tus poderes dejas de hacer que las cosas exploten.

—¿Astrid se unió al aquelarre después que tú? —preguntó Vyx, confundida.

—Sí. Creo que… unos dos meses después, más o menos.

—Has hablado de un ritual —intercedió Hipólita—. ¿De qué se trataba?

—Nada complicado, en realidad. —Giulia encogió los hombros—. Es lo que se conoce como ritual de sintonía. A través de un símbolo que dibujábamos con nuestra sangre en las muñecas, nuestra energía fluía de unos a otros.

—O toda vuestra energía pasaba a un solo contenedor —aventuró Cora.

Con los carrillos llenos de bizcocho y nada en el plato, Vyx procesaba la información a cuentagotas.

La única conclusión a la que había llegado era que, si Astrid también participaba en esos rituales de sintonía, podría explicar que últimamente pareciera tan cansada y que su vitíligo hubiera empeorado.

De hecho, era más que probable que Giulia escondiera también unas cansadas ojeras debajo del, en opinión de Vyx, excesivo maquillaje.

Puede que Kyrian no fuera tan poderoso por sí mismo; puede que se hubiera aprovechado de la inocencia de jóvenes hacedores de magia, como Giulia, para serlo.

—La verdad es que las cosas se pusieron mucho más tensas después de que Loukas, Neo y Anna se marcharan. No es que yo sea una experta en aquelarres, pero todos nos leímos el código. Si un brujo reniega de su supremo…, se empieza a poner en duda su posición como sacerdote.

—Los brujos sin poderes del templo —soltó Vyx de pronto, hablando quizá demasiado alto—. El chico al que vi morir dijo que lo habían utilizado. ¿Está claro, no? Kyrian recluta a brujos que no tienen ni puta idea de la vida…

—Oye —se quejó Giulia en un susurro.

—Y los convierte en baterías reutilizables —continuó la guerrera—. Son su Happy Meal personal. No se los zampa literalmente, pero como si lo hiciera.

Se hizo el silencio en el salón tras esas palabras. A los segundos, Thalia dijo:

—No me puedo creer que por fin hayas dicho algo que tiene sentido.

—Estoy muy infravalorada —dijo Vyx que, además, decidió invertir esos segundos de fama en intentar robarle el pequeño trozo de bizcocho que le quedaba a Elara. Pero no lo consiguió.

—Giulia, ¿podrías dibujar el símbolo? —pidió Hipólita.

—Creo que sí.

—Necesitaremos saber también dónde se encuentra vuestro santuario.

Ninguna de las guerreras se sorprendió por la reticencia de Giulia a contestar.

—Me gusta Grecia —dijo Giulia—. He hecho amigos y, sinceramente, si ese psicópata me ha robado los poderes, mi vida será ahora mucho mejor. Y me gustaría, me encantaría, que no me reventaran como a un globo de agua por haber delatado a mi supremo.

Vyx se puso en pie y andó los pasos que la separaban de la joven. La miró a los ojos y susurró:

—Kyrian ha matado a mi mejor amiga y a muchas de mis hermanas.

Tiene a Astrid como rehén, la persona más pura y buena del mundo.

—Cogió aire cuando Giulia tragó saliva—.

Pero puedes imaginarte cómo reaccionará cuando sepa que su hermano casi me mata.

Si no quieres hacerlo por ti y mucho menos por mí, hazlo por ella. Dinos dónde está vuestro santuario.

Y, acorralada o simplemente intimidada, Giulia accedió.

—No estarán en el santuario.