La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ALTARES Y CREDOS #3
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DE ALTARES Y CREDOS #3

Vyx permanecía inmóvil como una estatua, tan quieta como la que estaba muerta.

En un acceso de miedo irracional, durante un segundo de profunda soledad, extendió la mano para rozar los dedos de Xanthe y suspiró entrecortadamente al notarlos fríos como el hielo, pero no se arrepintió solo por eso.

La puerta de la sala se abrió con un estrepitoso chillido y la guerrera cuadró los hombros.

Cuando se atrevió a mirar y vio que se trataba de Cora, sintió una mezcla de alivio y pavor que no era capaz de explicarse a sí misma.

—Imaginaba que estarías aquí —dijo Cora.

Y ella inspiró profundamente. Recordaba a la perfección la última vez que hablaron a solas y se le antojaba que había pasado una eternidad desde entonces.

Se acercó una mano de manera inconsciente a la zona herida del abdomen cuando la sombra de Cora se dibujó a la luz de las velas, a su lado, como si una horrible idea acabara de sacudirla por dentro.

Lo ocurrido después de que Kyrian intentara asesinarla no era más que un recuerdo difuso y, sin embargo, a Vyx no le cabía duda de que Lucian no fue el único que le había salvado la vida.

—Eras tú, ¿no? En el herbolario —preguntó Vyx, empecinada en mantener la compostura.

Cora la miró de soslayo.

—Acudí en cuanto nuestro amigo en común me llamó.

—¿Qué te ha contado?

Jamás un silencio había hecho temblar tanto a Vyx. Cora dijo al fin:

—Todo.

Vyx cerró los ojos. Todo implicaba más de lo que estaba preparada para digerir. Todo era muchísimo más de lo que jamás quiso que Cora supiera.

—El Cuervo te pide perdón por no haberse dado cuenta antes y dice que intentó advertirte. Al parecer, Alistair era un topo. Bueno, es —enfatizó— un topo. Creo. Eso no me quedó claro.

El corazón de Vyx latía como un redoble de tambores.

—¿Qué?

—Supongo que se referiría a que lo ha convertido en un topo. Eso es lo que hace, ¿no? Es su especialidad.

Mientras Vyx procesaba la información, Cora daba un paso hacia el altar y encendía una de las velas valiéndose de la llama de otra.

Observándola con detenimiento, Vyx pensó en lo diferente que era la fe de Cora a la de cualquier otra de las adeptas.

De hecho, estaba convencida de que era la única que le rezaba a los dioses todas las noches.

La entrega de Cora al credo iba más allá de sus envidiables aptitudes como guerrera. Era una verdadera devota.

—Cuando se dio cuenta de para quién trabajaba Alistair, ya era demasiado tarde.

Vyx se palpó los bolsillos hasta dar con el teléfono. No le había prestado atención desde que recuperó el conocimiento. Los mensajes sin leer de Lucian seguían ahí, detrás de la pantalla rota.

La guerrera que había decidido vestir el negro como si todavía mereciese llevarlo podría haber reaccionado de muchas maneras en cuanto ató los cabos.

Podría haber tragado saliva y fingido que había sido la víctima de un engaño.

Podría haberse lamentado por las malditas coincidencias e incluso podría haber llorado como una cría a la que todo le había salido mal.

Pero en ese momento de escasas fuerzas y excesiva pena, lo único que Vyx supo hacer fue lanzar el teléfono contra una de las paredes y contener un grito de absoluta frustración.

Cora se volvió hacia ella y le dijo como si hablara en nombre de la sensatez:

—Una práctica nigromántica. ¿Qué esperabas que pasara? ¿Tan desesperada estabas por recuperar a Rose que habrías sido capaz de conformarte con una carcasa vacía?

No hubo dilación por parte de Vyx, que le daba la espalda a Cora por una cuestión de orgullo:

—Sí.

—Mírame.

Cuando Vyx se rehusó, Cora alzó la voz.

—¡He mentido a mis hermanas y a los dioses por ti! ¡Mírame!

Acceder como una buena penitente le costó a Vyx menos esfuerzo que contener las lágrimas.

Pensaba que todo era una mierda, que Cora debería tener a esas alturas mil razones para odiarla y que ella ya no tenía ni el derecho de pedirle que no la odiara justo ahí, donde descansaba y descansaría el cuerpo de Xanthe hasta el ritual de despedida.

Se preguntaba si volverían a cerrarse algún día las brechas de su alma, si sería capaz de mirar a los ojos de las personas que sabían la verdad sin derrumbarse como un castillo de arena.

—¿Qué quieres que te diga, Cora? ¿Que la he cagado?

¿Eso es lo que quieres oír? Estoy aquí, ¿no?

Llevo el negro como tú y degollaré hasta al último brujo que vea, como tú.

Pero esto es lo que soy. Ni tengo tu fe ni soy leal ni profeso el credo ni tengo la mitad de tu decencia.

Tú decidiste acogerte a los dioses y yo me acogí a mi hermana desde el puto segundo en que nací.

Vyx se enjugó las lágrimas deprisa. Después, y como no era capaz de descifrar la mirada imperturbable de Cora, añadió mucho más apesadumbrada:

—Nunca quise que esto pasara. Lo siento por Rose y lo siento por Xanthe, pero no lo siento por la Orden. Qué nos han dado, ¿eh? Dime, Cora. ¿Qué te ha dado la diosa a la que veneras?

La fiel adepta tragó saliva. Cerró los ojos unos instantes y al volver a abrirlos, susurró:

—La Orden me lo ha dado todo.

—¿Qué?

—Me ha dado a Gaia, a Elara, a Iris, a Faidra, a Thalia, a Rose…

a ti. ¿Crees que mi único motivo para luchar es el juramento de servicio eterno que hice frente al altar?

Llevo meses intentando decírtelo. Hazle un corte de mangas al credo, si quieres.

—Vyx sabía cuánto le había costado poner esas palabras en voz alta—.

Pero sé leal a algo o a alguien. Elige a alguien que siga aquí y con quién no tengas que fingir que eres indestructible de una maldita vez.

Vyx apretó los labios. De pronto, parecía y se sentía como una niña con un berrinche.

—¿Quién querría algo así? ¿Quién aguantaría algo así en vez de echar a correr?

La benevolencia es una cualidad que, lejos de lo que seguramente creas, no les es innata a las guerreras de Artemisa.

La piedad no es indispensable para salvar el mundo.

Pero Cora elegía la piedad y la compasión cada día de su vida por encima del odio y la alevosía propia de cualquier venganza, porque más allá de lo que no les permitieron elegir, ser benévola sí era decisión suya.

Se acercó a Vyx sin un ápice de esa rabia que la dominaba antes. Le puso la mano en la mejilla y la miró a los ojos como si le pidiera perdón por saben los dioses qué.

—Pregúntalo. Pídelo. Igual te sorprendes.

Resultaba imposible saber si Vyx comprendió la magnitud de lo que Cora le había sugerido, pues todo lo que hizo fue sollozar y pedir perdón.

—Lo siento. Lo siento mucho, Cora. Lo siento.

Y Cora la abrazó antes de que se rompiera. A pesar de que Vyx no creía merecer la suerte de un gesto así, pensó que ese acto de egoísmo no podría hacerle daño a nadie.