DE ALTARES Y CREDOS #2
—No son nuestros errores los que nos definen, sino lo que aprendemos de ellos. Has luchado contra mí, la muerte y los dioses todos estos años. Ya es hora de que luches a mi lado.
—¿Luchar por quién? —sollozó Vyx—. No me queda nada.
—Si no hallas a nadie por quien luchar entre los vivos, lucha entonces por los muertos. Ellos ya no pueden honrar su memoria. Esa responsabilidad recae sobre nosotras.
Hipólita abandonó la enfermería y Vyx se quedó allí, con los ojos rojos, las extremidades entumecidas y la sensación de que su alma seguía vagando en los confines de un bosque.
Supongo que lo más sencillo hubiese sido lamentar cual fuera el fatal destino de Astrid y convencerse de que tenía demasiados muertos por los que llorar y muy pocos vivos por los que fingir que podía dejar de hacerlo.
Hubiese sido más fácil aferrarse a todas las promesas que había roto.
En el hipotético caso de que la guerrera hubiese escogido quedarse en la cama y darle la espalda a su deber, nadie se hubiese atrevido a reprochárselo.
Pero no debemos olvidar que, si bien algunas guerreras se forjan a base de victorias, las mejores nacen de las derrotas.
Y qué otra cosa podía hacer Vyx después de la peor de las derrotas que elegir vestir el negro un día más.
Así pues, la arktoi que había sobrevivido a lo imposible se secó las lágrimas, hizo acopio de todo su frágil valor para soportar el calvario de las heridas y se dispuso a cambiarse el camisón por el traje de combate reglamentario.
Mientras se vestía, rememoró la sonrisa retorcida de Kyrian Lykaios, las palabras que le susurró al oído y el frío del acero que la atravesó dos veces. Pensó también en los ojos vacíos de Xanthe y en el pánico de Astrid antes de que desfalleciera en sus brazos.
Recorrió a solas los pasillos del templo como muchas otras veces hasta el despacho de la adalid.
Se preguntaba qué pensarían las demás de sus actos y, por supuesto, buscaba en su fuero interno palabras con las que poder hacerle un corte de mangas a Thalia, de proponerse su desabrida hermana hacer su existencia todavía más miserable.
Cuando se anunció y abrió la puerta, la recibieron un silencio sepulcral y una amalgama de expresiones de desconcierto, pesar y cólera.
Vyx pasó la mirada por cada una de sus hermanas ascendidas.
Cora, Iris, Elara y Thalia se hallaban desperdigadas en esa estancia que Vyx siempre había odiado con toda su alma, pero solo la primera escogió tener la decencia de devolvérsela.
Hipólita la invitó a unirse a ellas con un escueto asentimiento.
—¿Cómo estás? —preguntó Iris.
—Apestas a regeneración forzada —comentó Elara.
Como Vyx no supo qué decir, cayó de nuevo un pesado silencio.
Hipólita cerró ese tomo gigante que había estado ojeando, cuyo contenido era un secreto para todo el mundo menos para ella, y se puso en pie.
Las guerreras, cinco de las mejores de la Orden, parecían corderos asustados a la espera de que su pastor les indicara el camino a seguir.
Y Vyx, que probablemente era de los cinco corderos el que más asustado estaba, puso distancia con sus hermanas y se refugió a la sombra de los libros, cabizbaja y de brazos cruzados.
El escrutinio de Cora nunca le había quemado tanto. ¿Cuánto sabría? ¿Cuánto sabrían todas de lo que había hecho? ¿Habría revelado Lucian los detalles de su traición?
—El Cuervo —dijo Hipólita—, a quien todas vosotras ya conocéis, le dio al Círculo la información necesaria para que pueda deciros ahora sin miedo a equivocarme que quien está detrás de las muertes de vuestras hermanas es Kyrian Lykaios.
—¿Lykaios? —preguntó Thalia—. ¿No es ese el apellido de…?
—En efecto. Se trata del hermano de la bruja que nos ayudó a despertar a Xanthe.
—¿Tú lo sabías?
Vyx alzó la mirada con cierta reticencia para devolvérsela a Elara. No sabría decir qué vio en sus ojos, pero estaba segura de que no era odio. El odio hubiera sido más fácil de digerir.
—No. Sabía que nos guardaba rencor, pero no que él estaba detrás de todo.
—Y debemos suponer que su hermana tampoco —continuó Hipólita—.
Hasta que se demuestre lo contrario, Astrid, que se encuentra en paradero desconocido, será considerada una víctima más.
El Círculo está peinando la ciudad y recopilando información sobre los hijos de Andrómeda, pero depende de nosotras encontrar al brujo y poner fin a sus planes.
—Hablas de planes —interrumpió Elara—. Pero ¿sabemos cuáles son?
—Quiere el poder absoluto —dijo Hipólita—.
De acuerdo con la información que tenemos, pretende realizar un ritual que figura en el antiguo grimorio de Hécate para conseguirlo.
Por eso utilizó a Xanthe. Necesitaba a una ascendida para poder acceder al Archivo.
Esperaba encontrar la ubicación del grimorio y…
Vyx tragó en seco. Nadie salvo ella sabía lo del grimorio de Hécate. ¿Cómo sabía Kyrian lo del grimorio? ¿Y cuándo se había hecho con él?
—El antiguo grimorio de Hécate es un mito —repuso Iris, tan escéptica como siempre—. Todas hemos oído hablar de él alguna vez. Si de verdad existe, es imposible de encontrar.
Vyx se rascó la frente y se llenó el pecho de aire antes de corregirla:
— Era imposible de encontrar, pero lo encontré yo, hace apenas unos días. Estaba…
—¿Y por qué cojones estabas tú buscando ese grimorio?
La pregunta de Thalia fue lo bastante agresiva para que otro pesado silencio cayera sobre ellas.
—No creo que saber eso vaya a ayudarnos en nada —apuntó Cora segundos más tarde.
La mirada asesina que Thalia le lanzó como respuesta no pareció intimidar a Cora en lo más mínimo, y Vyx sintió unas inexplicables ganas de volver a besarla—.
Repasemos lo que sí sabemos. Si el tal Kyrian es el brujo que poseyó a nuestra hermana y es el hijo de Andrómeda Lykaios, asumo que contará con un aquelarre.
¿Los hacedores de magia que nos atacaron, quizá?
Si solo contaba con ellos, entonces ahora estaría prácticamente solo, ¿no?
Hipólita asintió. Sin embargo, Vyx apuntó:
—No creo que nos atacara con todas sus fuerzas. Lucian me dijo que había un nuevo aquelarre en Volos de brujos y brujas jóvenes. Ese tío es un hijo de puta, ¿vale? Si lo encontramos no será fácil acabar con él. Es como el malo del Señor de los Anillos.
—¿Como Sauron? —preguntó Iris.
—No, el otro.
—Pero ese es el malo del Señor de los Anillos —señaló Elara.
—Que no. El feo.
—Gollum no es el malo —susurró Cora.
—¡El del bastón y el pelo gris, joder!
Iris torció los labios y dio la impresión de que miraba a Hipólita al decir:
—Encontrarlos podría llevarnos días. Han sido difíciles de rastrear desde lo que pasó con el Aquelarre del Lobo. Si ese ritual existe, no disponemos de tanto tiempo.
Vyx se miró las relucientes botas. Iris tenía razón: encontrar un aquelarre que acababa de asentarse en la ciudad iba a ser difícil, y si tenían en cuenta que se moverían por los bajos fondos y que se comunicarían a través de canales que estarían fuera de los límites del Círculo, para cuando consiguieran dar con ellos Kyrian podría haberse hecho ya con el poder absoluto. A no ser…
—Astrid me habló de una bruja —soltó Vyx de pronto, captando la atención de la adalid—. Una tal Giulia con la que se ve bastante a menudo. No en plan novias, solo son amigas.
—Gracias por la importantísima aclaración —murmuró Thalia.
—¿Qué sabes de ella? —preguntó la venerada sacerdotisa.
—No mucho, la verdad. —Vyx encogió los hombros—. Solo que es italiana y pelirroja. Iba a decir que tiene un aire a Natasha Romanoff, pero me vine un poco arriba comparándola con…
—Debería bastar —dijo Hipólita, añadiendo enseguida—: Thalia, asegúrate de que el Círculo tenga esta información y de que le den máxima prioridad. Es la pista más sólida que tenemos.
Thalia asintió, complaciente, y salió del despacho para cumplir las órdenes.
—Me temo que ahora no podemos hacer más que esperar —zanjó la adalid.
Sin nada que decir, sus discípulas se pusieron de acuerdo para guardar ese silencio propio del luto, y en ese mismo silencio abandonaron el despacho a la espera de nuevas órdenes, deseando que hacer justicia fuera suficiente para que la ausencia de Xanthe pesara menos algún día.
Cuando Vyx estaba a punto de salir, Hipólita la llamó por su nombre y la guerrera se volvió.
—El día no ha llegado —dijo la adalid—. No me arrepiento de haberte elegido.
Abrumada, Vyx asintió y se marchó, pues una vez más: ¿qué otra cosa podría haber hecho?
A la luz de las velas, Xanthe parecía la más bella de las ninfas.
El cuerpo descansaba en el altar de la transición, como tantos otros antes que ella.
Vestía la túnica negra, por supuesto; pues era la que se reservada para las guerreras que habían vestido el negro hasta el último de sus días.
Y, como a muchas antes que a ella, el último día de Xanthe había llegado demasiado pronto.
Vyx velaba a su difunta amiga a solas y en completo silencio en la pequeña sala de culto.
Por alguna razón que seguramente tenía mucho que ver con la vergüenza y el arrepentimiento, no había tenido estómago para esperar las buenas nuevas del Círculo como sus hermanas en lo poco que quedaba del gran salón.
Miraba fijamente las monedas de plata que descansaban sobre los ojos de su mejor amiga, preguntándose si habría subido ya en la barca de Caronte y si todas las grandes hazañas que acumuló en vida la habrían llevado a los jardines de los Campos Elíseos.
Rose le dijo una vez que si un alma bebía del río Lete olvidaría el dolor de su pasado y solo rememoraría los momentos de mayor felicidad. A Vyx le gustaría saber en cuántos de los mejores momentos de Xanthe estaría ella. ¿En pocos? ¿En muchos? ¿En ninguno?