La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ALTARES Y CREDOS
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DE ALTARES Y CREDOS

DE ALTARES Y CREDOS

L a vida continuaba en Volos como si nada hubiese cambiado.

Las gentes iban y venían esa sofocante mañana post tormenta, con paraguas a mano y cientos de compromisos que atender.

A nadie le sorprendió que los Secretos de Asclepio permaneciera cerrado pasadas las diez, pues, si debo ser sincera, pocas almas habían reparado en el humilde herbolario del número cinco desde el día de su apertura, con su fachada de ladrillo y su barato cartel; ese local que daba la impresión de haber sido encajado a la fuerza entre dos edificios viejos.

De la misma manera que nadie sabía que alguien había muerto allí la pasada noche, nadie sabría tampoco que seis mujeres ataviadas de negro se llevaron el cuerpo y limpiaron la escena del crimen.

Las adeptas sin nombre del Círculo vagarían ese día por la ciudad con una sonrisa para cada coartada, conocedoras de todas las esquinas desde las que podrían salvar al mundo de una amenaza que, muchos años después de la primera vez, volvía a cernirse sobre el delicado equilibrio como la sombra de un lobo.

El herbolario permanecería cerrado, y lo que Vyx perdió aquella noche sería solo un eco agonizante entre unas paredes con nuevas y relucientes capas de pintura que ya lo habían olvidado todo.

Si bien la historia del asesinato de Xanthe se contaría mucho tiempo en el Templo Arktoi, los detalles más macabros se reservarían para el siniestro recuerdo grabado en la memoria de quien, contra todo pronóstico, sobrevivió.

Porque esa parecía ser la eterna maldición de Vyx: seguir viviendo mientras las personas que quería seguían muriendo.

Era la misma sanadora que atendió sus heridas tras el asedio del templo la que velaba a la guerrera en la solitud de la enfermería, un lugar que se antojaba más inmenso que nunca.

La única ventana arrojaba un destello dorado al centro de la estancia, pero los límites estaban sumidos en densas sombras.

Resultaba del todo preocupante para la mujer que, a pesar de la profundidad y gravedad de las lesiones y de lo doloroso que era el proceso de curación, la adepta no hubiese expresado incomodidad, disgusto o queja alguna.

Y es que Vyx parecía una eidolon a la que se le había dado por misericordia de los dioses un envoltorio de huesos y músculos.

Vyx no recordaba nada de su traslado al templo ni sabía en qué momento había desaparecido Lucian.

Tampoco sabría decir cuándo le habían quitado la ropa sucia y le habían puesto el camisón con el emblema del ciervo bordado a la altura del corazón.

Era incapaz de salir del estupor, de lograr que el tiempo y su mente volvieran a estar en la misma página.

Una parte de ella seguía en el herbolario y otra parte en el sueño, si es que era eso lo que había sido.

Estar suspendida entre dos dolorosas despedidas sin duda justificaba cada lágrima.

La sanadora se inclinaba para colocar sobre la herida una gasa limpia cuando dijo:

—Nunca antes he visto una velocidad de cicatrización igual. —Deseó acariciar los bordes de la herida con las yemas de los dedos, pero no lo hizo—. Qué grande e injusto debió de ser tu sacrificio, niña, para que Artemisa te concediera tal bendición.

Como si esas palabras hubiesen supuesto una gran ofensa, Vyx parpadeó por primera vez en quién sabía cuánto. Entornó los ojos hacia la sanadora, muy dispuesta a soltar aunque fuera solo uno de su infinito repertorio de insultos. Y, sin embargo, no dijo nada.

Se apagó tan deprisa como se había encendido.

—No hay nada más que yo pueda hacer —zanjó la mujer, aplicando la gasa con metódica delicadeza—. De ser posible, cumple con el reposo que te corresponde esta vez.

Vyx se preguntó cuánto reposo le correspondería por haber sobrevivido a lo imposible. Entonces, la puerta de la enfermería se abrió sin que ninguna de las dos lo percibiera y una voz profunda retumbó en la estancia con la pregunta:

—¿Cómo se encuentra, Agathe?

La guerrera se hizo pequeña sobre la sábana. Decepcionar a una madre era uno de esos miedos que había guardado tan dentro que, durante mucho tiempo, fue un secreto hasta para ella misma. Agathe se giró para mirar a Hipólita sin levantarse de la silla.

—Diría que demasiado bien. Sus constantes son buenas y las heridas están cicatrizando a una velocidad inquietante, si os vale mi opinión.

—Son grandes noticias. ¿Precisas de más tiempo con ella?

—He hecho todo lo que podía hacer, me temo.

—En ese caso, me gustaría hablar con Vyx a solas.

—Por supuesto.

Agathe se puso en pie sin más dilación. Recogió el bol metálico en el que había dejado las gasas sucias de sangre y el frasco con el ungüento que había aplicado en las heridas después.

No le dijo nada más a Vyx. Enfiló hacia la puerta y solo se detuvo para una escueta pero sincera reverencia.

Por su parte, la adalid cruzó la enfermería, dejó sobre una de las camas las ropas negras que llevaba bajo el brazo y tomó asiento en la silla que antes ocupaba la sanadora.

Sin duda, la guerrera deseó poder volver a sumirse en ese estado catatónico en el que el tiempo y su mente no estaban en la misma página. Cerró los dedos en la costura del camisón y evitó a toda costa devolverle la mirada a la sacerdotisa.

—Es mentira, ¿verdad?

La voz de Vyx era la de una niña asustada. Hipólita preguntó con gesto ceñudo:

—¿Qué es mentira?

—Esa tontería de que si traicionamos a la Orden nos convertiremos en una osa gigante.

—¿Y por qué no iba a ser cierto?

—Porque sigo siendo yo.

La sacerdotisa bajó la mirada para la inmensa rabia de Vyx, que misericordia era lo último que esperaba recibir. Era lo último que merecía recibir. La guerrera apretó los dientes.

—¿Cuántas veces tendremos que pasar por lo mismo, eh, Hipo? Que se nos caiga encima toda la mierda del mundo y la única que acabe asomando la cabeza sea yo.

—Eres una de mis mejores guerreras. Siempre lo serás.

—¡Soy una putísima mierda y quiero que dejes de mirarme así!

Llorar tampoco era algo que Vyx pensó que llegaría a hacer jamás delante de lo más parecido a una madre que tenía, pero allí estaban. Guerrera y adalid. Desolación y compasión.

Vyx se retorció contra sus ataduras imaginarias.

Exhausta, fijó la mirada en el techo. Se sentía como si no fuera a poder hacerse grande nunca más; como si no hubiese sido grande jamás.

Pensó que quizá eran muchas las piedras con las que cargaba, así que, sin nada más que perder, sin nada más que ganar, se arrancó una del pecho y la lanzó al abismo con una confesión:

—Encontré un ritual de resurrección en el Archivo hace meses.

Hipólita alzó la mirada sorprendida. Decidió guardar silencio y Vyx continuó.

—Era un diario. Estaba en un pasadizo oscuro que daba un miedo que te cagas, pero cuando lo vi, pensé…

¿Qué cojones? Voy a recuperar a Rose. Así que eso es lo que he estado haciendo, venerada sacerdotisa de Artemisa.

—Apretó los labios y cerró con más fuerza los dedos, si cabe, en el camisón—.

Me he codeado con el Cuervo, he robado a ninfas podridas y he desenterrado templos olvidados.

Joder, te he robado hasta a ti. Metí en una bolsa un puñadito de cenizas de tu fénix y se las di a un inmortal para que las guardara.

¿Y sabes qué? Nunca dejé que Xanthe cuidara de mí y yo no cuidé de ella ni una puta vez, y por eso está muerta.

¿Por qué no me escuchaste cuando llegué a este templo de mierda, joder?

No pasaron muchos segundos hasta que Hipólita dijo, en apariencia impasible al llanto de su aprendiz e indiferente a la verdad que acababa de descubrir:

—Debo suponer que te refieres al diario de Dilon el nigromante. Lleva siglos en el Archivo.

Vyx cerró los ojos, demasiado cansada para enfurecer.

¿Eso era todo lo que iba a decirle? ¿Un dato curioso y del todo irrelevante sobre sus actos era su respuesta a la traición más vil de la historia de la Orden?

Hubiese preferido cualquier cosa antes que la sutileza de un inmerecido perdón.

Cualquier cosa antes que ese amor incondicional que Hipólita profesaba.

Hubiese preferido mil y una veces que hiciera llamar a las ascendidas, que la sacaran a rastras de la cama, que la expusieran como la traidora que era en los jardines y que la degollaran por sus pecados.

—Te dije que un día te arrepentirías de haberme elegido —dijo Vyx—. Ese día es hoy.

Qué alto era el precio del silencio cuando había tanto que decir.

Hipólita y su ingrata aprendiz se habían acostumbrado a pagarlo, y debo decir que no pensaban dejar de hacerlo.

La adalid, experta en obviar el pasado, contempló en silencio a la más indomable de sus guerreras.

Tras un suspiro, se puso en pie y, sin apartar esa mirada impertérrita suya de Vyx, le dijo:

—Es curioso que después de tu ascensión, después de haber salido de un bucle que podría haber consumido tu alma, decidieras entrar en otro por propia voluntad.

Y no había nada que Vyx pudiera decir para refutar esa verdad. Así había sido su luto: un bucle de negación, de ira, de negociación, de depresión y de dolorosa y tardía aceptación.

—Xanthe ha muerto y el culpable ha estado muy cerca de matarte a ti.

Esos son los hechos. Tus hermanas han sido convocadas en mi despacho para afrontar la situación.

—Su aprendiz negó con la cabeza, sin fuerzas y con demasiadas ganas de seguir llorando—.

Nos vendría bien tu ayuda. Puedes quedarte en esta cama y ver pasar las horas.

Puedes reírte del credo, apartar la mirada y darle la espalda a tu deber una vez más.

O puedes vestir el negro y acompañarnos hasta el final.

La adalid se dispuso a marcharse. Se había alejado ya unos pasos cuando por un impulso de valentía emocional, o puede que fuera por una mera cuestión de empatía, añadió: