La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE SUEÑOS QUE CAMBIAN Y PEAJES QUE SE PAGAN #2
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DE SUEÑOS QUE CAMBIAN Y PEAJES QUE SE PAGAN #2

—¿Cómo que no? —Rose sonrió—. Pasaste la primera parte de tu vida conmigo, Vyx.

Crecimos juntas en el orfanato y fuimos inseparables cuando Hipólita nos adoptó.

Estabas conmigo cuando descubrimos todas las cosas maravillosas que podíamos hacer en la Orden.

¿Y qué me dices de todas las misiones que cumplimos, eh?

Las completamos juntas, codo con codo, y nos pegamos unas merecidas vacaciones en Tromsø. ¿Te acuerdas?

—Qué frío hacía en esa ciudad, joder.

—Eso es porque no llevabas las capas de ropa adecuadas.

—Le apartó suavemente el flequillo, como si quisiera verla mejor—.

Has vivido la mitad de tu vida pensando siempre que lo hacías por mí, Vyx.

Tienes que empezar a vivir por ti. Sé que nunca te lo has creído, pero eres maravillosa, y te juro que mi vida hubiese sido, como dirías tú, una puta mierda sin ti.

La sonrisa de Rose era como una estrella fugaz a la espera de un deseo. Vyx pidió por un reencuentro lejos de quimeras, de ciervos, de bosques infinitos y de universos de bolsillo.

Amaneció por primera vez en el bosque donde siempre fue de noche.

Puesto que sabía que no volvería a ver a su hermana, Vyx la contempló con la fijeza de quien intenta memorizar hasta el más ínfimo detalle de un cuadro: los vivarachos ojos verdes rebosantes de cariño, la punta de la nariz, el arco de cupido de sus labios, los pómulos marcados, el tatuaje del ciervo bajo el cuello de la camiseta rota y el colgante de la media luna que todavía era suyo.

De pronto, Vyx sintió un tirón de algo invisible que, de no haber aferrado Rose sus manos con esa fuerza y de no haber hundido ella más las rodillas en el suelo, se la habría llevado.

—No me sueltes, por favor. No sé cómo hacerlo sin ti, Rose. No sé quién soy.

—Solo tienes veintitrés años, enana. Te sobra tiempo para descubrirlo.

Dividida, Vyx pensó en Astrid, en Lucian, en Ifigenia, en Cora, en Hipólita y en todas sus hermanas de credo. Pensó en Kyrian empuñando su daga y pensó en el filo atravesándole el abdomen.

Se llenó el pecho con un aire falso. En alguna parte, lejos de allí, estaba muriendo. Pero aún no había llegado su hora. Vyx le dijo con la voz rota y lágrimas en las pestañas:

—Te quiero más que a nada en el mundo. Lo sabes, ¿no? Formas parte de mí.

—Y tú formas parte de mí. No te preocupes: te seguiré esperando.

Vyx no quería cerrar los ojos ni soltarla. No quería perderse ese amanecer. Pero había perdido a su hermana y debía dejarla marchar.

Por segunda vez, Vyx soltó a Rose.

Cuando abrió los ojos, la intensidad de una luz blanca e inesperada le provocó un dolor agónico en las sienes y en las pupilas, así que volvió a cerrarlos.

Resultó del todo violento para su alma volver a su cuerpo de esa manera, si es que llegó a dejarlo en algún momento.

Vyx se sentía como si acabaran de arrojarla a un montón de brasas o a las gélidas aguas del Ártico.

Cada uno de sus huesos rotos se quejaba y sus músculos gritaban.

Aunque ella no lo sabía, se retorcía sobre el charco de su propia sangre como si se le hubiera metido una Furia dentro.

Y por si el dolor insufrible no fuera suficiente, también estaban las voces que iban y venían.

Sin el hilo de un propósito del que tirar, Vyx deseaba estar muerta.

—Mierda… Está san…

—No puedo hacer… ¿regeneráis deprisa?

—No es tan… Velocidad de un mu…

—Lo sien… Está muer… Lo… bado.

Vyx abrió los ojos una vez más, solo para ver movimientos borrosos y sombras fugaces.

La guerrera llegó a creer que se precipitaba hacia un abismo salpicado de obstáculos deformes. La cabeza le daba vueltas y el estómago se agitaba bajo su abdomen como una peonza.

—Va a vomi… Ponla de la...

—Vyx.

Preguntarse si reconocía o no esas voces resultaba de lo más insustancial dadas las pésimas circunstancias.

Así que, sin control alguno, Vyx se dejó hacer.

Dedos y manos la movían contra su voluntad y las pocas fuerzas que le quedaban se volcaron en la purga de una mezcla desagradable de sangre y bilis.

Al borde de la muerte o de una nueva vida para nada alentadora, su conciencia daba vueltas alrededor de un recuerdo impreciso forjado con imágenes inconexas, olores, sensaciones y sonidos de lo más dispares: una risa irremplazable, el eco de la lluvia, el calor de unos labios, un crack , un suspiro ahogado y un dolor inimaginable que no conseguía paliar por mucha presión que ejercía con las manos en unas heridas que seguían escupiendo rojo.

—No sé cómo sigue viva. ¿Qué le has dado?

—Tardaría en explicártelo.

—¿Por qué me has llamado a mí?

—¿Y a quién iba a llamar? ¿A tu reverenda maestra?

Vyx dijo el nombre antes de que su cerebro pudiera procesarlo. De hecho, no lo procesó.

— Lucian.

—Soy yo. Sí. Eh, te pondrás bien, florecilla. Te pondrás bien.

La otra voz no parecía tenerlo tan claro, pues dijo:

—Pinta muy mal. ¿Se puede saber qué…?

—Urgencias primero, explicaciones después. Pásame ese frasco.

¿Cómo podían dos voces llegarle desde tantos flancos al mismo tiempo?

La boca le sabía a hiel y plasma y tenía sueño.

Vyx se preguntó a cuántas personas habría llorado un inmortal como él y a cuántas personas había tenido que llorar ella antes de darse cuenta de que, mientras buscaba lo que había perdido, acabó perdiendo mucho más.

—Tengo que llamar al Círculo. Hay que trasladarla antes de… ¿Estás seguro?

—Tiene el grimorio… Alistair…

—¿De qué estás…?

Vyx quería gritar, mas no encontraba su voz. Quería moverse, pero sus músculos se negaban a responder. Lo último que escuchó antes de perder por completo el conocimiento fue la voz de Lucian prometiéndole que todo saldría bien. Y pensó: mentiroso .