DE SUEÑOS QUE CAMBIAN Y PEAJES QUE SE PAGAN
DE SUEÑOS QUE CAMBIAN Y PEAJES QUE SE PAGAN
L a quimera era enorme.
El monstruo se alzaba frente a ella como el humo de una hoguera, con las fauces abiertas y las garras hundidas en la tierra.
Miraba fijamente a Vyx con esos ojos amarillos y ella le devolvía la mirada no porque osara desafiarla, sino porque ni un mísero músculo de su cuerpo encontraba la voluntad para moverse.
Había una voz de timbre barítono en su cabeza que le helaba las entrañas y le susurraba al oído que su hermana estaría mejor sin ella, que no era más que un indeseado lastre que impedía a Rose avanzar hacia su verdadero destino.
Vyx cerró los ojos, soltó todo el aire que tenía en los pulmones y pudo percibir cómo el calor del fuego caldeaba la gélida brisa del bosque.
Por primera vez en toda su triste vida, el corazón no le latía salvajemente en el pecho y tampoco intentaba su alma despedazar la carne con el propósito de huir de sí misma.
Era su final: ni había escapatoria ni ansiaba buscarla.
El miedo se había esfumado y ya no la aprisionaba como si sus propios huesos fueran cadenas de hierro.
Ahora encontraba una inusitada libertad en la certeza de que acababa de expirar el último aliento.
Ni siquiera se preguntó por qué el pánico no le atenazaba las costillas. Estaba en paz.
Pero, de pronto, el silencio explotó en los oídos de Vyx y alguien se la llevó por delante con tanta violencia que ambos cuerpos rodaron por la hojarasca. Aunque la cabeza le daba vueltas, Vyx abrió los ojos. Cuando vio a quién tenía encima, contuvo el aliento.
—¿Qué leches estás haciendo? —le espetó Rose—. ¡Muévete, enana! ¡Ataca!
La quimera agitó la larga cola de serpiente hacia ellas.
Rose, sin embargo, fue mucho más rápida y se impulsó hacia un lado para volver a rodar sobre el suelo, protegiendo a su hermana en el proceso.
El rugido colérico de la criatura reverberó entre los árboles y se elevó hacia la luz de la luna.
Desorientada, Vyx miró a Rose. La mayor de las mellizas se puso en pie, con el fragor de la batalla brillando en las pupilas y la larga melena roja ondeando con el viento.
Era la viva imagen de una amazona que está determinada a enfrentarse a cualquier enemigo, y Vyx pensó que así debería haber sido.
La agilidad y la destreza de Rose no eran equiparables a las suyas.
Si Rose era mejor que ella en todo, ¿por qué había muerto?
Porque había muerto, ¿verdad?
—¿Vas a ayudarme o te apetece más echarte una siesta?
Vyx dejó para otro momento el deseo de que los dioses se hubieran cansado de ella y la hubieran lanzado otra vez al bucle del que nunca debió haber salido.
Se puso en pie, preparó el arco y extrajo tres flechas de la aljaba.
Las puntas de acero cortaron el aire a toda velocidad al mismo tiempo que Rose buscaba la ventaja de la altura en las ramas más gruesas de un árbol.
Las fauces de la criatura se contrajeron de pura rabia y agonía cuando una de las flechas le acertó en un ojo.
Esa cola de reptil suya restallaba en todas direcciones mientras la criatura se afanaba en avanzar a pesar de la parcial ceguera hacia Vyx.
La guerrera extrajo del cinturón lo que a simple vista parecía una sencilla y corta vara, pero un mecanismo oculto se accionó a la presión del dedo corazón de Vyx sobre la empuñadura y creció como una caña de bambú bajo el sol.
Con lanza y arco en manos, Vyx gritó:
—¡Eh, bestia inmunda! ¡Ven a por mí, pedazo de engendro mutante!
La larga cola de serpiente cortó el aire con un azaroso latigazo, aceptando el desafío, y Vyx consiguió esquivarlo por los pelos.
Luego, la arktoi corrió hacia la criatura y se impulsó sobre un peñasco para dar un poderoso salto.
Así, con la fuerza y la ventaja de la altura, atacó hacia abajo con un golpe seco que hizo a la quimera girar la cabeza y soltar un tremebundo rugido.
Vyx fue lo bastante ágil para evitar el primer zarpazo, pero nada pudo hacer para esquivar el segundo.
Las afiladas garras sajaron tela y piel a la altura de su hombro, provocando que soltara un gruñido en respuesta que se debía más a la rabia que al dolor.
Guerrera y bestia se enzarzaron en un combate de furia y destreza, de ímpetu y sangre. Vyx no desaprovechó la oportunidad de hundir la lanza en el ojo de la quimera y esta, encolerizada, lanzó un zarpazo que despidió a la guerrera como si fuera un trapo.
Tras la violenta caída, Vyx sacudió la cabeza.
Puede que pensara que así podría sobreponerse al mareo y a las náuseas.
Luchó por enfocar la mirada. Buscó a su hermana y la vio haciendo equilibrismo sobre una gruesa rama, completamente desarmada.
Vyx se preguntó cómo en el nombre de Hades pensaba acabar con la quimera sin arma alguna.
Sin embargo, la confianza ciega que tenía en sus habilidades inclinó la balanza hacia la esperanza.
Rose se dio impulso sobre la rama y se precipitó con las manos abiertas y el cuerpo inclinado hacia delante.
Aterrizó sentada sobre el corpulento cuello del animal y no perdió el tiempo: aferró con ambas manos la lanza que aún sobresalía del ojo izquierdo de la criatura y tiró, llevándose el globo ocular de la quimera en el proceso.
Como era de esperar, la criatura bramó de pura agonía.
Vyx se arrastraba por la hojarasca, y estaba a punto de rozar el arco con las yemas de los dedos cuando la criatura echó a galopar con Rose firmemente sentada sobre su lomo hacia uno de los árboles.
La quimera hundió las patas delanteras en la tierra, frenando de golpe, y echó el lomo hacia delante.
Rose saltó en ese momento de manera controlada al vacío lanza en mano y dio dos volteretas en el suelo.
Hincó una rodilla para apoyarse y el monstruo, con las fauces abiertas como un pez que boquea fuera del agua, intentó formar una última llamarada.
Pero la guerrera sujetó bien la lanza, midió la distancia, y ejecutó el lanzamiento con la certeza de que no fallaría.
El filo cortó el aire condensado por la humedad de la noche y la lanza se perdió en el fuego.
Como si la historia se repitiera, el plomo fundido se precipitó por la garganta de la quimera, destruyéndola y calcinándola por dentro con la furia de la lava.
Vyx vio cómo, cuando la criatura se desplomó, su hermana se permitió al fin cerrar los ojos.
—¿Estás bien, enana? —preguntó Rose.
—Tan guapa como siempre.
—Conque sí, ¿eh? Tienes mucho morro.
A pesar de estar manchada de sangre y barro, Rose sonrió. Esa era la sonrisa que Vyx tanto echaba de menos. Así debería haber sido, pensó. Así debería haber ocurrido.
Rose se puso en pie y caminó hacia ella notablemente airada. Vyx frunció los labios una vez se agachó y aceptó la mano que le tendía para ayudarla a ponerse de rodillas.
—¡Me has dado un susto de muerte! —Rose se rompió un trozo de camiseta y ató la tela alrededor del hombro herido de Vyx como un improvisado vendaje—. No vuelvas a quedarte como un pasmarote, ¿me oyes? Porque si mueres, bajaré al Hades y te patearé el trasero.
Pero todo lo que Vyx hizo fue abrazarla con todas sus fuerzas.
—Estás viva.
—Pues claro —afirmó Rose, confundida—. Las dos sabemos que hace falta algo más que enterrarme viva y ponerme delante una quimera para acabar conmigo.
Cuando se separaron y el azul y el verde se encontraron, Vyx rompió a llorar.
La sensación de alivio había dejado paso muy deprisa al recuerdo de una inefable y fría soledad.
Por fin, se dijo; al fin podía dejar a un lado las sonrisas fingidas y la ironía ensayada.
Al fin podía quitarse la máscara y mostrarse tal como era: una niña asustada e irremediablemente rota.
—Vyx, ¿qué pasa? —Rose le dejó las manos en las húmedas mejillas con delicadeza—. Eh, enana, no pasa nada. Todo ha salido bien. Estamos vivas.
Qué injustamente tentador era ese escenario.
Qué auténticos y crueles eran los árboles y qué despiadada y bonita era la luna que brillaba sobre el claro.
Qué valor hacía falta para mirar a los ojos del más anhelado de los sueños y despertar.
Pero la única e irrefutable verdad palpitaba en un corazón que se había hecho grande a base de contener deseos imposibles.
Y todo lo demás era mentira.
—No —susurró Vyx, absolutamente desolada—. Tú no lo estás.
—¿Qué?
—No estás viva, Ro. Estás muerta. No fue así cómo pasó. No fue así cómo nos enfrentamos a la quimera. Estás muerta y yo soy una puta mierda de persona.
Y cuando la verdad fue puesta en voz alta, el bosque vibró, como si reaccionara. Rose la miró con la única pena en el mundo que Vyx no detestaba y dijo:
—No eres una persona horrible.
—Claro que sí. —Bajó la mirada y sorbió por la nariz—. Le hago daño a la gente que quiero. La gente que quiero muere por mi culpa. Aparté a Astrid y a Xanthe. Aparto a todo el mundo.
—¿Es porque no pillan la acidez de tus comentarios? Está claro que tu sentido del humor es demasiado bueno para sus cerebros de chorlito.
—Soy como Deméter, joder. Xanthe tenía razón. Soy igual. Deméter puso todo su amor en una sola persona y, cuando se la quitaron, llovió sangre y…
—No recuerdo ninguna lluvia de sangre en ese mito.
—Pues seguro que la hubo, Ro. Llovió sangre porque ella es la diosa de la tierra…
—En realidad, es la diosa de la agricultura, no de la tierra.
—Y cuando Hades le quitó a Perséfone, lloró y lloró hasta quedarse seca.
Vyx entrelazó los dedos con los de su hermana y Rose preguntó:
—¿Recuerdas el resto del mito?
—¿Qué más hay que recordar?
—La parte en la que Deméter pasa seis meses al año con Perséfone. Puede que ese no fuera el trato que esperaba, pero tuvo que aceptarlo y pasar página.
—Menudo consuelo de mierda. Yo no tengo la opción de pasar la mitad del año contigo.