La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VACÍOS Y PÉRDIDAS #3
80%

DE VACÍOS Y PÉRDIDAS #3

Esa noche, Kyrian Lykaios humillaría a Vyx como nunca nadie la había humillado.

Sin otro previo aviso que una retorcida sonrisa por su parte, el cuerpo de la guerrera volvió a ser el de una muñeca de trapo que el brujo zarandeó con sus poderes a placer.

La aventó contra las paredes repetidas veces, y muchas de ellas desataron un sonido tan sobrecogedor como el de los truenos que partían el cielo en dos.

Los impactos sucedían uno tras otro, tan deprisa que lo único que Vyx era capaz de procesar o entender era el dolor de los huesos que se rompían y de los órganos que rebotaban contra ellos y se rasgaban.

Con un último y fatal choque contra el techo, el cuerpo inútil y reventado de la guerrera cayó sobre las baldosas por la gracia de la gravedad.

Después, se hizo el silencio. Abrir los ojos fue tan difícil para Vyx como despertar de cualquier sueño en el que estuviera Rose.

Un silbido agudo, como el de un globo cuando se desinfla, era lo único que oía.

Vyx debería estar muerta, pero el aire seguía entrando en sus maltrechos pulmones sin su permiso y los dioses le habían impuesto el castigo de que fuera la mirada vacía de Xanthe lo último que viera.

Pestañeó y separó los labios al mismo tiempo, o puede que se separaran a voluntad para escupir sin fuerza una mancha roja.

Sí, a todas luces, Vyx debería estar muerta.

Pero estaba viva. Llovía y llovía al otro lado de la puerta y la idea de que nadie fuera a echarla de menos le dolió más que los huesos rotos o la brecha de la cabeza que sangraba muy despacio.

Xanthe la echaría de menos, pensó, si todavía pudiera devolverle la mirada o si aún tuviera la oportunidad de seguir perdonándola.

Nadie de la Orden se atrevería a negar que Vyx era una guerrera de los pies a la cabeza: intrépida, obstinada e incontrolable.

Y siempre era todas esas cosas por las razones equivocadas.

Sin duda, que empezara a levantarse sorprendió al hacedor de magia, que era sencillamente incapaz de comprender que alguien que tenía tan poco pudiera encontrar razones para seguir viviendo.

Estoy convencida de que Vyx no se levantó por una cuestión de honor; tampoco porque ese brujo fuera la última semilla del eterno enemigo de las arktoi.

Lo hizo porque su mejor amiga estaba muerta.

Lo hizo porque quería escupir en el cadáver de Kyrian Lykaios antes de morir ella también.

En pie, con un trozo de cristal en la mano como único arma, Vyx clavó los ojos en los de él, sin ases bajo la manga ni poderes ancestrales.

Y si bien no las tenía todas de que su cuerpo pudiera estar a la altura de las exigencias, corrió hacia el enemigo como si ese chico fuera la personificación de todo lo que odiaba.

Me gustaría decir que la versión de Vyx que había renunciado a lo único que quería pudo saborear la victoria por primera vez.

Que le hundió al brujo el cristal afilado en el cuello y se quedó para verlo agonizar.

Que vengó a su mejor amiga y saldó una deuda por cada uno de sus errores. Pero no fue eso lo que sucedió.

Kyrian la vio venir como la muñeca de trapo inofensiva que era y dio un paso a un lado, la envolvió con un brazo y la sentenció con su propia daga. Empujó el acero en el abdomen hasta la empuñadura y se regocijó en la convulsión que estremeció a la guerrera.

Con la indiferencia y la frialdad de quien ya había asesinado a muchas arktoi, acercó los labios a la mejilla mancillada de sangre de Vyx y le susurró:

—Esto es por mi madre.

Recuperó la daga de un tirón solo para apuñalarla una segunda vez.

—Y esto es por mi hermana.

Kyrian recuperó la daga antes de retroceder un paso y Vyx, incapaz de sostener ni su cuerpo ni su alma, se precipitó al suelo de rodillas.

No creo que se llevara las manos a las heridas de manera consciente.

Sospecho que fue meramente instintivo; como sonreír cuando veía a Astrid o correr cuando el compromiso llamaba a la puerta.

La mancha roja de la camiseta era cada vez más grande.

La sangre manaba y manaba y empapaba las manos de la guerrera y goteaba en las baldosas.

Vyx había imaginado muchas veces cómo iba a morir.

Demasiadas, quizá. Solía pensar en la muerte cuando las noches eran muy largas y especialmente en las que en el cielo refulgía la luna menguante, como esa que brillaba en el bosque en el que perdió lo que más quiso en el mundo.

La perdió una y otra vez, más veces de las que ni siquiera yo me atreví a contar.

Mientras Kyrian la contemplaba como si haber ganado fuera su mayor logro, Vyx moría despacio.

Era cada vez menos el aire que entraba en sus maltrechos pulmones.

El brujo avanzó los pasos que había retrocedido y puso la suela de la bota contra el pecho de la guerrera.

Una mínima presión fue suficiente para que Vyx cayera de espaldas.

Tosió y escupió sangre y ya no halló fuerza en sus manos, así que no pudo parar la hemorragia ni por mero instinto ni por inflexible voluntad.

La única ancla a la vida que parecía quedarle pendía de un techo anodino y roto, que era, a fin de cuentas, mucho más puro y esperanzador que ese charco granate que se propagaba con cada inútil exhalación.

A pesar de todas las noches que Vyx deseó morir, esa noche quiso seguir viviendo.

Solo un suspiro más, pensó. Solo un poco más.

Vyx se dio la vuelta en el suelo. Apretó los dientes sin apenas fuerzas al ver que Kyrian alzaba en brazos el cuerpo de Astrid.

Intentó exigirle que la soltara. Intentó arrastrarse sobre la sangre y el polvo.

No consiguió hacer ninguna de las dos cosas, y el hacedor de magia no se molestó en lanzarle una última mirada antes de marcharse.

La guerrera cerró los ojos, quizá para siempre, y la luz se apagó al mismo tiempo, como si hubiesen hecho un pacto para abrazar juntas la oscuridad.