La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VACÍOS Y PÉRDIDAS #2
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DE VACÍOS Y PÉRDIDAS #2

—El otro día, en clase de Cosmología, Cleta explicó que Deméter se dejó llevar por la tristeza cuando perdió a Perséfone. Yo creo que se puso muy triste porque solo sabía ser su madre. Cuando se la robaron, la Tierra empezó a morir y no crecían las flores.

Si bien Vyx meditó al respecto, la única respuesta que fue capaz de dar fue:

—Ese cuento no se parece en nada a mi hermana y a mí.

Xanthe entrecerró los ojos y respondió con tono suspicaz:

—Es un mito, no un cuento. Los mitos son reales. Pero lo que tú digas. —Se encogió de hombros—. Oye, Vyx. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—Eres un poquito pesada, eh.

—¡Bueno! Es que para conocerte tengo que preguntarte cosas. ¿Cuándo es?

—No lo sé. —Bufó—. En el orfanato no celebramos los cumpleaños.

—¡Pero qué dices! ¿Qué clase de orfanato de la tristeza es ese?

—¿Qué más da? No sé qué día nací. Además, eso de los cumpleaños es una chorrada. A ver, ¿quién quiere celebrar que se hace mayor?

—¿Literalmente todo el mundo? —esclareció Xanthe como si Vyx fuera tonta—. ¿Sabes qué? Da igual, porque vamos a decidir aquí y ahora cuándo es tu cumpleaños.

—¿Qué di...?

Xanthe dio un brinco de pura efusividad y a Vyx por poco no le dio un ataque al corazón.

—¡Ya está! ¡Ya lo tengo! ¡Hoy es tu cumpleaños! ¡Felicidades, Vyx! —Le echó los brazos al cuello y la estrechó con todas sus fuerzas—. Qué mayor te haces, por Artemisa. Podemos robar unos bizcochos de la cocina y... ¡Ay, qué ilusión que sea tu cumple!

Trece fueron las veces que Vyx sopló las velas desde ese día, aunque eran exactamente veintitrés los años que le pesaban.

Era imposible. Tenía que serlo. Tan imposible como que la niña que nunca había venerado a los dioses pudiera considerar volver a ponerse de rodillas y rezar.

Sin embargo, y si bien no se puso de rodillas, Vyx rezó.

Rezó para que los ojos huecos y fríos de Xanthe no la miraran desde el suelo.

Rezó por que todo fuera un sueño. Rezó por recordar cómo respirar y rezó por saber dejar de hacerlo.

Y mientras todas y cada una de sus plegarias eran ignoradas, Astrid Lykaios, con la compostura que a ella le faltaba, apartó la mirada del cuerpo exánime de Xanthe y contempló con lágrimas estancadas en los ojos a su hermano mayor.

—Ky... Kyrian —balbuceó—. Kyrian. Di... dime, por favor, que tú no has…

—¿Que no me he defendido? Ha intentado matarme, Astrid.

Vyx se sentía como una muñeca de trapo mal hecha.

Creía que lo único que la mantenía de una sola pieza eran un puñado de grapas oxidadas.

Puede que fuera eso lo que acababa de oír en su cabeza.

El clac de una grapa al soltarse. Los hombros le temblaron cuando se clavó las uñas en las palmas de las manos, como si ella fuera la única con el derecho de martirizarse a esas alturas; ahora que Xanthe estaba muerta.

¿Qué más podría romperla? ¿Qué podría quedar en el mundo capaz de someterla?

—Mientes —siseó Vyx; sus ojos impregnados en cólera—. Eres un puto mentiroso.

No quedaba sitio en ese pequeño herbolario para la paz. No había recoveco que pudiera escupir compasión. Fuera o no fuera justo, Kyrian Lykaios se había convertido en el peor enemigo de la que acababa de perder a su mejor amiga.

—Es la verdad. —El chico de la camisa blanca y de los ojos del color del sol alzó los brazos despacio como gesto de rendición—. Me ha atacado nada más entrar.

Astrid temblaba junto a Vyx, aunque de una manera muy diferente.

—¿Por qué iba Xanthe a atacarte?

—¿De verdad tengo que decírtelo? Porque son todas iguales.

Otra grapa de la muñeca de trapo que era Vyx saltó cuando mil lágrimas le enturbiaron la mirada.

Astrid se interpuso rauda entre su hermano y la guerrera.

Los ojos más bonitos de toda Grecia le habían prometido a Vyx muchas mañanas; infinitas noches cantaron el prefacio de un amanecer que siempre llegaba.

Pero al mirarla solo vio el fin del mundo.

O, al menos, el fin del suyo.

—Lo siento mucho —susurró Astrid acongojada—. Lo siento mucho. Estoy segura de que esto debe tener una explicación. Puede que… puede que…

La chica a la que jamás supo querer bien desfalleció ante Vyx, que recuperó todas las grapas a la vez.

Como en el Templo Arktoi, los brazos de la guerrera salvaron a Astrid de caer redonda al suelo.

Si Vyx hubiese gritado pidiendo auxilio, nadie la hubiese oído.

La despiadada tormenta seguía descargando agua en las calles y truenos en el cielo.

En el número cinco de una estrecha calle, en el único local que no había apagado aún las luces, las bombillas titilaron cuando Kyrian dijo:

—Debería haberme deshecho de ti cuando tuve la oportunidad. No cometeré el mismo error dos veces. Deja a mi hermana, arktoi, y enfréntate a mí.

Cientos de pensamientos azotaban la mente de Vyx, que se mordió la lengua hasta que su saliva fue una desagradable mezcla de rabia y sangre. Posó con cuidado en las baldosas el cuerpo de Astrid y, de rodillas en el suelo, lanzó una mirada colérica a Kyrian Lykaios.

—¿Qué le has hecho?

—Nada comparado con lo que pienso hacerte a ti.

—La impasibilidad del hacedor de magia me hubiese inquietado a mí—.

Cuando mi hermana despierte, asesina, solo sabrá que el mismo brujo que controlaba a la estúpida de tu amiga intentó poseerte a ti, pero tu cerebro de rana no fue capaz de soportarlo.

Y si no funciona… —Sonrió—, siempre puedo improvisar.

Como si ese fuera el pistoletazo de salida, un brillo violeta encendió los ojos del brujo y Vyx sintió un dolor lacerante en las sienes.

Cerró los ojos. Era insoportable, tan insufrible como para retorcerse y gritar.

Vyx no hizo ninguna de las dos cosas. Se llevó las manos a la cabeza e imaginó que la masa que era su cerebro se convulsionaba por una despiadada descarga eléctrica.

Si no hallaba aunque fuese un insignificante segmento de lucidez, moriría.

Abrir los ojos fue un suplicio y mantenerlos abiertos otro mayor, si cabe.

Luchó contra la voluntad de su cuerpo de encogerse, bajó lentamente una mano y tanteó el cinturón de los pantalones por la espalda.

Cuando acarició la empuñadura de la daga sagrada apretó más los dientes, recordando la sonrisa de Xanthe al decirle, justo antes de abandonar el apartamento, que hablaría muy mal de ellas si salían desarmadas.

De haber tenido la entereza para pensar, Vyx hubiese pensado que Xanthe velaría por ella incluso tras ser reducida a un mero recuerdo.

Kyrian era un borrón blanco, rubio y violeta, pero Vyx se dejó en las manos de los dones de la ascensión una vez más: cogió aire, blandió la daga y la lanzó con un grito de rabia.

Aunque el brujo la detuvo, dejándola suspendida en el aire a pocos centímetros de su clavícula, fue suficiente distracción, pues la guerrera dejó de sentir el dolor en toda su intensidad.

Se puso en pie de un salto y no se lo pensó: fue a por él.

Nadie de la Orden podría negar jamás que Vyx era una guerrera de los pies a la cabeza.

Intrépida, obstinada e incontrolable. Pero nadie podría negar tampoco que esa lucha, como todas las que había librado desde que Rose murió, le quedaba demasiado grande.

A Kyrian le bastó mirarla para someterla: el cuerpo de Vyx salió despedido con violencia e impactó de espaldas contra uno de los expositores de madera.

Las estanterías se partieron y decenas de frascos explotaron en el suelo, desatando una lluvia de cristales.

Tendida sobre una amalgama líquida de colores, Vyx ahogó el quejido y se apoyó en las manos, muy dispuesta a levantarse.

Quizá fuera tarde para admitir que las lecciones de las instructoras sí hicieron mella en ella.

Regla número uno: la guerrera arktoi siempre se levanta.

Se levanta, incluso, con el último aliento.

Pero Vyx no llegó a levantarse para honrar el credo.

El brujo que permanecía en pie junto al cadáver de su mejor amiga extendió y abrió la mano. Cerró los dedos lentamente mientras subía el brazo, y el cuerpo de la guerrera se elevó en el acto. Suspendida en el aire, Vyx recordó la impotencia que sintió en el templo enterrado de Hécate.

No era capaz de mover un mísero músculo.

—¿Sabes? —Kyrian miró el filo de la daga—.

El día que crees que nos conocimos ya sabía quién eras.

Resulta que la noche que me vinculé con tu amiga intenté conjurar el élenkos contigo primero.

Todavía no entiendo por qué, pero conseguiste rechazar la unión espiritual.

—Entornó los ojos y ladeó la sonrisa más repugnante que Vyx había visto jamás—.

¿Quién sabe? De haber funcionado, probablemente este saco de huesos sería tu cadáver.

Vyx convulsionó de rabia cuando vio el desprecio con el que Kyrian giraba el cuerpo de su amiga con la punta de la bota.

—¡No la toques! —amenazó la guerrera, rabiando de ira y derramando lágrimas de puro odio—. ¡Que te jodan! ¡Que te jodan, hijo de la gran puta!

—Cuando supe que mi hermana estaba enamorada de ti… —Vyx hubiese jurado que una sombra tiñó fugazmente de negro esos ojos perversos—. Mataros nunca ha sido tan personal. Esto lo hago por mi madre. Y lo hago por todas las veces que le has roto a Astrid el corazón.