La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE VACÍOS Y PÉRDIDAS
78%

DE VACÍOS Y PÉRDIDAS

DE VACÍOS Y PÉRDIDAS

H ace trece años, en el que sería un día cualquiera para el resto del mundo y el principio del fin para Vyx, el atardecer pintaba de colores cálidos los jardines del Templo Arktoi.

Un coro de risas alborozadas era la única música de un lugar irritantemente idílico para una niña acostumbrada a los tonos grises de un orfanato olvidado del Mediterráneo.

«Acabo de llegar y ya quiero largarme», era el pensamiento más recurrente de Vyx mientras deambulaba por los alrededores del templo.

De vez en cuando, cuando se cansaba de contar las manchas de barro de los tristes y usados zapatos, alzaba la mirada para contemplar las altas columnas, solo para agachar enseguida la cabeza malhumorada por esa impresión de que las figuras inmortalizadas en las metopas la vigilaban.

Vyx resoplaba con demasiado hastío para tener solo diez años, pero tenía sus razones.

¿Qué se suponía que debería haber hecho?

¿Sonreír y complacer a la mujer que las había adoptado?

¿Ponerse esa horrorosa túnica amarilla con el bordado de un ciervo en el pecho sin hacer preguntas?

No, estaba más cómoda en el uniforme del orfanato; en los pantalones grises que le habían dado picores toda la vida y en el polo blanco en el que cabían dos niñas como ella.

«Qué tontería», pensaba mientras hacía equilibrismo en el borde de un escalón.

«¿Querernos a nosotras? ¿A las dos? Mamá no nos quiso, las monjas no nos quisieron y esa señora no va a querernos».

Había ciertas cosas que nunca le decía a Rose.

Se haría daño antes de tener que presenciar cómo su opinión mermaba la ilusión de su hermana, que, por cierto, ya llevaba un buen rato reunida con Hipólita.

¿Qué le estaría diciendo? ¿Y por qué no podía decírselo a las dos?

¿Se lo habría pensado mejor? ¿Iban a deshacerse de ella?

La sola idea de que alguna de las mujeres de brazos fuertes como martillos se la llevaran a rastras y la separaran de Rose le retorcía el estómago.

Escupir al suelo no iba a cambiar nada, pero dejaría una buena prueba de su desprecio, así que lo hizo.

¡Que se atrevieran! Pasaría por encima de todas ellas si hiciera falta.

Atrapada en un remolino de pánico disfrazado de rabia, obvió el repiqueteo de unas sandalias relucientes en el camino de piedra.

—¡Mira, Vyx!

Rose corría hacia ella con la larga melena castaña al viento. La túnica de lino se le enredaba en las delgadas piernas y la luz del atardecer avivaba el verde de sus ojos como nunca. O puede que brillaran por otra razón. Vyx jamás la había visto tan entusiasmada. Tan… feliz.

—¿Por qué has tardado tantísimo? ¿Y qué es eso que llevas en la mano? ¿Un escarabajo pelotero? —bromeó—. He visto uno antes zampándose un montón de ca…

—¡Es un collar de la Orden! —exclamó Rose alegremente.

Y se lo enseñó. Se trataba de una media luna que pendía de una sencilla cadenita de plata—.

¿Me lo pones? Hipólita dice que hay otro para ti.

Es para llevarlo hasta que seamos mayores.

Después podremos hacernos… Espera, espera, que te vas a morir cuando te lo diga. ¡Un tatuaje!

—Anda, mira qué bien. Iremos marcaditas como las ovejitas —dijo Vyx con ironía.

Luego le arrebató el colgante. Rose la reprendió:

—No seas gruñona. —La que estaba preparada para una nueva aventura se dio la vuelta y se recogió la melena—. Es muy bonito. Hipólita dice que simboliza nuestro pacto con Artemisa y…

—Hipólita dice un montón de cosas —señaló en voz baja Vyx, concentrada en abrochar el dichoso collar—. Pero no nos ha dicho por qué nos ha adoptado. Ya está.

Rose volvió a girarse y miró directamente a su hermana a los ojos.

—¿Es que echas de menos el orfanato?

—¡No!

—Porque esto era lo que queríamos, Vyx. ¿No? Las dos juntas para siempre. Tú y yo.

—Que sí, que sí. ¡Si es genial!

—Más te vale. Este sitio es maravilloso, enana. ¿Y sabes qué? ¡Tienen una biblioteca gigantesca con un montón de libros increíbles! Y una sala de entrenamiento y un comedor en el que seguro que nos dan algo más que esas gachas sosísimas del orfanato…

Escuchándola, Vyx consiguió salir del huracán de pavor y empezar a sonreír.

—Y he conocido a una niña que se llama Thalia —continuaba Rose—. Hipólita me ha contado que es de Kenya. Sus padres murieron en un accidente de coche en Atenas y al parecer no le quedaba familia en su país. Qué triste, ¿no? Me ha dicho que estaban a punto de deportarla…

—¿Hipólita la quería deportar? ¿Eso es como robar?

Rose se echó a reír.

—¡Qué tonterías dices! Hipólita no va por ahí robando niñas. Ni que fuera la mujer del saco.

—¡Rose!

Hipólita la llamaba desde la entrada del templo. La pequeña suspiró y resolvió:

—Ahora vuelvo, enana. —Retrocedió unos pasos—. No te metas en problemas, ¡eh!

—Me parece fatal que no confíes en mí.

—Pero así me quieres, ¿no?

—Sí, así te quiero.

Rose se marchó a la carrera y Vyx se quedó en el mismo sitio, como si no te metas en problemas y me parece fatal que no confíes en mí hubiera significado mucho más que un casual intercambio de palabras.

La niña delimitó el espacio mentalmente con un círculo y jugó a darle patadas a unas cuantas piedras con las manos en los bolsillos, como si fuera un gesto aprendido de cara a la presunción de inocencia.

«¡Los dioses olímpicos! ¡Un pacto con Artemisa!

». No le gustaba. No le gustaba nada todo eso.

Habían pasado años acudiendo en fila todas las mañanas a la pequeña capilla del orfanato, hincado las rodillas en la mugrienta madera de los bancos y rezado a un dios en el que no creían y que no creía en ellas para evitar castigos y moratones.

Había vestido el mismo uniforme desde que tenía uso de memoria y no era perfecto; nunca lo fue.

Pero era seguro. El mundo entero cupo en una isla durante diez años.

El mundo entero cupo en una habitación. ¡Y ahora tenía que ponerse una túnica y venerar a los ciervos!

¿Cuántos dioses había en el mundo y cuántos existían de verdad?

—¡Hola!

A Vyx casi le dio un vuelco el corazón. Se giró hacia la niña de cara redonda y mejillas sonrosadas que le enseñaba una sonrisa marcada por un corrector dental.

Tenía unos ojos grandes que en ese momento brillaban de una inocencia y ternura que hicieron a Vyx cuestionarse si la vería como a un ser humano o como a un cachorro perdido.

—Hola.

—Me llamo Xanthe, ¿y tú?

Vyx miró alrededor, inquieta. ¿Por qué había elegido la niña ese momento para acercarse a ella? Si hubiera llegado tres segundos antes, Rose habría acaparado toda la atención con una de sus sonrisas encantadoras. Bien, decidió; podía fingir que era tan sociable como su hermana.

—Vyx —dijo una octava más alta de lo normal y forzando lo que consideraba que era una sonrisa encantadora.

Xanthe la miró con viva preocupación y le preguntó:

—¿Sonríes siempre así? Porque parece que tienes gases.

La sonrisa de Vyx desapareció de un plumazo. La niña que acababa de presentarse se echó a reír a carcajadas, lo cual alivió un poco la tensión en los hombros de Vyx, que se fijó en la chapa de Bulbasaur que brillaba en la túnica de color miel de Xanthe.

—¡Eres muy graciosa! —exclamó, moviendo la cabeza de manera que la coleta bailaba de un lado a otro—. Eso me gusta. Aquí hay pocas niñas graciosas. Están toooodas super ocupadas intentando demostrar que son mejores que las demás.

—Ya.

Como si así pretendiera zanjar la conversación, Vyx se dio la vuelta más que dispuesta a marcharse. Sin embargo, Xanthe la rodeó, se plantó de nuevo frente a ella y le preguntó:

—¿Cuál es tu color favorito?

—¿Qué?

—Que cuál es tu color favorito, digo.

—¿Y a ti qué más te da?

—Porque nos acabamos de conocer. He leído que el color favorito dice mucho de la gente y tal. Empiezo yo. A mí me gusta el color plata.

—Eso no es un color.

—Ah, ¿no? ¿Y de qué color son tus pendientes?

Vyx se quedó petrificada en el sitio. Xanthe volvió a reírse, aunque enseguida se disculpó.

—Perdona, te estoy poniendo nerviosa. Debería hacerle caso a Hipólita.

—¿Hacerle caso?

—Me pidió que recordara mis primeros días aquí y que entendiera que no es igual de fácil para todas las que llegan al templo. No te gusta nada este sitio, ¿eh? Se te nota. —Xanthe se alejó unos pasos sin perderla de vista y preguntó—: Venga. ¿Quieres ver algo guay?

—¿Dónde os escondéis?

—¿Q-qué?

—¿Sabes si hay algún escondite por aquí?

—Pues… no, que yo sepa. ¿Pero para qué ibas a querer esconderte?

La niña que se aferraba al uniforme del orfanato bufó.

Pensó que alguien que no necesitaba escondites se habría criado en un ambiente seguro y familiar.

Al final, Vyx accedió a acompañarla a regañadientes y Xanthe lo celebró con un alegre saltito.

Pronto abandonaron la zona empedrada y se adentraron en los jardines, donde la flora era más abundante.

—Mi color favorito es el verde —soltó Vyx, y creo que ni ella misma sabía por qué.

—Pues entonces te encantará el sitio al que vamos. Es donde se hace la Iniciación.

—¿Y eso qué es?

—Una prueba con la que demostramos nuestra lealtad a Artemisa.

Vyx la miró confundida y preguntó:

—¿Y qué pasa si no eres leal?

—¡No digas eso! Está prohibido. Mira, si vamos a ser amigas tienes que evitar decir esas cosas cerca de mí, ¿vale? Pasé mi Iniciación hace poco y no es que se me estén dando muy bien los entrenamientos que digamos...

La pequeña Vyx se ruborizó. «¿Ha dicho amigas ? Nunca he tenido amigas».

—Pero es una pregunta normal. Para demostrar lealtad tienes que ser leal, ¿no?

Xanthe dudó.

—¿Supongo?

—Yo solo soy leal a mi hermana. Hago lo que ella me dice. Lo demás me da igual.

—Pero eso no puede ser. Los mitos nos enseñan que tu mundo no puede ser una persona.

La mirada azul de Vyx oscureció.

—¿Por qué no?

Xanthe se movía como en una danza y con las manos entrelazadas a la espalda.