La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ESPEJOS Y CARPINTEROS #2
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DE ESPEJOS Y CARPINTEROS #2

—Pues eso, que no quiero ser una ex tóxica de esas. Decirle a Hipólita que tú podrías ayudarnos estuvo mal. Porque podías, sí, pero tenías razón: no te lo pedí solo por eso.

Se hizo entre ellas un silencio sepulcral. Me atrevo a decir que la presencia de esa inaudita sinceridad de Vyx acababa de dejar a Astrid perpleja. La joven, que a ojos de la guerrera seguiría siendo la mujer más bonita de toda Grecia, se llevó las manos a la cara y ahogó un suspiro.

—Habéis venido muy tarde. Habíamos quedado a las ocho.

Vyx buscó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón.

—Estoy segura de que en el mensaje ponía a las nueve, pero…

—Gracias —soltó Astrid de repente—. Por decirme la verdad. —Bajó las manos y la miró a los ojos—. Y no pasa nada. Es solo que…

—¿Qué? ¿Has quedado?

—Vyx…

—No, joder, que no lo digo en plan celosa ni nada eh. A ver, la tía es guapísima.

Astrid se rio, incrédula.

—¿De qué estás hablando?

—Ya lo sabes, va. De la pelirroja. Tiene un aire a Natasha Romanoff que no se aguanta.

—¿Te refieres a Giulia? No… —Los ojos de Astrid se abrieron como dos platos—.

¡No me digas que…! ¿Nos has visto y has pensado…

? ¡No! Vyx, no. Solo somos amigas. Madre mía.

No. A ver cómo te lo explico. —Echó un vistazo por encima del hombro de Vyx y, efectivamente, Xanthe no les quitaba el ojo de encima—.

Después de dejarlo contigo, sentí que necesitaba un cambio.

Ya sabes lo que he pensado siempre sobre los aquelarres y mis antepasados, pero…

En fin. Me sentía sola. Giulia es una bruja, Vyx.

—Sonrió—. Mi hermano la conoció en Italia.

Estaba muy perdida con el tema de sus poderes, así que Kyrian le ofreció unirse a su aquelarre.

Debo decir que fue demasiada información para el pobre y cansado cerebro de Vyx, que bastante tenía con ordenarle a su cuerpo que no adoptara posturas ridículas en un momento así, por lo que sus seis o siete parpadeos estaban justificados.

—¿Italiana? —Se le ocurrió preguntar—. ¿Y me estás diciendo que no os amasáis mutua…?

—¡Por Los Doce, Vyx, no! ¡Cómo se te ocurre…!

—Era broma, era broma. —Sonrió al oír la risa comedida de Astrid—. Mira, me da igual si es tu amiga o es algo más. No es que no me importe, no es eso lo que quiero decir.

—Vyx, está bien. No tienes que decir nada.

—No, pero sí tengo que, porque joder, me revienta que tengas que recordarme así.

Hubiera resultado de una obviedad apabullante para Xanthe, si todavía siguiera allí, que Vyx no tenía ni idea de por dónde empezar.

Parecía una cachorra desorientada y empapada que rehuía la mirada de Astrid porque estaba convencida de que así le temblarían menos las manos, o las piernas, o la voz.

Se apoyó de lado en la pared y clavó la vista en la pata de la mesa.

—Siempre he sabido que eres demasiado buena para mí. —El recuerdo de la primera vez que se besaron pasó zumbando por su mente y la melancolía la obligó a sonreír—. Cualquier persona es mejor que yo, pero joder, Astrid, es que tú eres perfecta.

—No soy…

—Déjame acabar. Por favor. —Cogió aire—.

Lo eres. Eres perfecta para mí. Y me acojonaba lo mucho que me gustaba todo de ti.

La verdad es que tengo un montón de mierda dentro.

Y rabia y… Yo qué sé. A lo que voy es que, no, Astrid, no he sabido quererte bien.

Ni de lejos, vamos. Lo peor de todo es que lo sabía.

—Sorbió por la nariz, forzando una pausa porque, aunque las palabras eran todas suyas, sentía que con cada cosa que decía, más profunda era la fosa que cavaba—.

Me comportaba como una gilipollas y tú seguías ahí, y joder, tenerte me gustaba.

Era como si me hubiera tocado la lotería sin haber jugado, ¿sabes?

Y no vamos a volver, ya lo sé, pero quiero que sepas que eres el mejor espejo del mundo.

No he conseguido verme en ninguno de la manera que me ves tú.

O me veías. Que supongo que los espejos se rompen o no sé, se me dan mal las metáforas.

Pero, Astrid, si hay algo que tengo claro es que no mereces pasarte la vida mejorando el reflejo de alguien como yo.

Ni el de nadie, qué cojones. La he cagado, y…

Fuera lo que fuera a decir perdió fuerza cuando las manos de Astrid encontraron las mejillas de la cachorra desorientada y empapada. Fuera lo que fuera a decir murió en un beso. El beso más salado que Vyx había probado jamás y para el que no hubo testigos.

La camiseta de la guerrera se pegó como la hoja de un libro mojado al vestido violeta de Astrid, liso e inmaculado.

No se habían besado nunca igual, pensó Vyx, con una pasión tan diferente y desgarradora.

La pasión de la despedida. Y es que sabía que las lágrimas de Astrid no se debían ni al perdón ni a la felicidad.

Si bien el beso las embriagó deprisa, se separaron muy despacio. Se miraron a los ojos. Astrid apoyó la frente en la de Vyx y dijo con un sollozo:

—Nunca fuiste para mí, ¿verdad? Y, aun así, no me arrepiento de nada.

—No me mientas, va. —Vyx sonrió—. Te arrepientes de todo.

—Ojalá pudiera decirte que sí. Lo siento mucho, Vyx.

Mentiría si te dijera que la guerrera no consideró suplicarle, aferrarse a ese hilo de esperanza y tirar y tirar.

Decirle que, si tanto lo sentía, le diese otra oportunidad.

Sería tan sencillo y justo como usar la misma carta de egoísmo de Astrid, que se había propuesto hacer ese adiós más difícil que todos los demás.

Pero no podía usar esa carta. No podía usar ninguna, porque había entendido que la única manera de quererla bien, de quererla mejor, era dejándola marchar.

—Dios. —Astrid retrocedió, avergonzada. Dio la impresión de que intentaba esconderse entre los abrigos del perchero, arrepentida—. Lo siento. No debería haberte besado.

Vyx se llenó el pecho de aire y se pasó la mano por el pelo. Cada vez que lo hacía sentía que le faltaba algo y que acababa de encontrar lo que le faltaba, todo a la vez.

—Bueno —empezó a decir, risueña—. Yo te di el primer beso, ¿no? Tú me has dado el último. Es… ¿Cómo lo llaman? ¿Poético? Mira que te gusta cerrar bien las cosas, ¿eh?

Podría haber sido un comentario de lo más inapropiado, pero a Astrid solamente la hizo sonreír. La joven bruja se cubrió la cara, disimulando así las risas que se le escapaban. Luego bajó los brazos y puso esa expresión que Vyx conocía tan bien: estaba intentando recuperar el control.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Astrid a media voz.

La otra le dio un puntapié a la pata de la mesa.

—Ni idea.

—Casi que prefería estar enfadada contigo —dijo divertida—. Era más fácil.

—Cinco minutos más a solas y volverás a estarlo.

El tintineo agudo de una campana se superpuso al beep de una notificación.

Vyx frunció el ceño en cuanto Astrid empezó a despotricar en voz baja, pero a falta de saber qué decirle, sacó el teléfono del bolsillo.

Descubrió que tenía dos llamadas perdidas de Lucian, y leyó en la pantalla bloqueada el mensaje interrumpido del hechicero:

Un golpe seco fue el culpable de que Vyx cerrase las manos en el teléfono, como si acabara de convertirlo en el mismísimo eje de la tierra.

Parpadeó y jadeó. Se desató una avalancha de ideas en su mente, todas horribles, todas nefastas, como si fueran burbujas en la superficie de un lago oscuro y corrompido.

Encajó lo mejor que pudo el golpe de ese mal presentimiento que se había colado zigzagueando entre sus costillas, pero la única defensa que halló su cuerpo, tenso e inexplicablemente ingrávido, fue erizarle el vello de la nuca.

A pesar de todo, los ávidos ojos de Vyx no perdieron de vista a Astrid, quien la dejó atrás con andares apresurados para correr la cortina de la trastienda.

Astrid ahogó un grito y a Vyx le picaron los ojos.

Se guardó el teléfono en el bolsillo, a pesar del notable temblor en las manos y que no era otra cosa que la respuesta al mal presagio de una realidad que se negaba a aceptar, como cuando despertaba de esas vívidas y terribles pesadillas con la fe ciega de que encontraría la mano de Rose al otro lado del colchón.

Pero el colchón siempre estaba frío. Frío y hueco.

Vyx salió de la trastienda apartando a Astrid de un empujón. Vio primero a Kyrian Lykaios, y después el cuerpo de Xanthe tendido sobre las baldosas del color del hueso.

La mirada vacía.

El cuello roto.

Los brazos lánguidos.

Y las manos abiertas hacia el Olimpo.