DE ESPEJOS Y CARPINTEROS
DE ESPEJOS Y CARPINTEROS
D os solitarias guerreras de la Orden Arktoi recorrían una de las tantas avenidas de Volos.
Como otra noche de no hace mucho tiempo en el Cerberos, nadie repararía tampoco en que esas dos chicas habían visto más monstruos de los que habitan en las pesadillas o en que cada una de ellas arrastraba uno consigo.
El de Xanthe se llamaba miedo y el de Vyx tristeza.
Caminaban en completo silencio. Daba la impresión de que habían hecho un mutuo juramento de no intervenir en cual fuera la batalla que estuviera librando la otra.
Pero a medida que el sol caía y las luces de las farolas despertaban, entre chirridos de persianas y escaparates que parpadeaban y se apagaban, Vyx lanzaba más y más miradas a su amiga por el rabillo del ojo.
No se arrepentía de haber decidido acompañarla, aunque la sola idea de volver a ver a Astrid hiciera que le sudaran las manos.
Se repetía cuánto se lo debía, estar a su lado; como si algo de lo que fuera a decir o hacer lo que le quedara de vida pudiera inclinar la balanza un poco más hacia la redención y un poco menos hacia la deslealtad.
—Si yo fuera a ver a mi ex —dijo de pronto Xanthe, mirando a Vyx de reojo, que caminaba a su lado con las manos en los bolsillos—, habría elegido un outfit que sugiriera otra cosa, eh.
Vyx frunció el ceño como respuesta. Se echó un vistazo.
Debía admitir que no le había dado muchas vueltas al tema.
Se había puesto unos pantalones cargo negros y una camiseta básica blanca.
Completaba el atuendo con una camisa abierta de cuadros grises y negros que le iba algo grande. Se encogió de hombros.
—¿Qué dice este outfit exactamente?
—Lo mismo de siempre: me la suda todo muchísimo.
—Que te den. —Soltó una carcajada—. Me encantan estos pantalones. ¿Has visto la cadena? Además, no es que tú vayas mucho mejor con esos tejanos rotos y una camiseta sosa.
—Porque la ropa es tuya. —Xanthe sonrió y le dio un empujón a Vyx, hombro contra hombro, antes de tomarse la libertad de pasar los dedos por el corte de pelo que ella misma había mejorado con mucho esmero—. Es una buena oportunidad para hablar con ella.
Y a eso, como a tantas otras cosas, Vyx no sabía qué decir. Una evasiva con una pizca de sinceridad le pareció una respuesta apropiada.
—No quiero que pienses que voy contigo para aprovecharme de la situación, Xan.
—La única que tiene tan mal concepto de ti eres tú. Sé que no vienes por eso.
Vyx se llenó el pecho de aire.
—Es mi ex, y las dos sabemos que sería capaz hasta de besar a un tío si me lo pidiera, pero como me dé la sensación de que te está torturando porque nos odia, voy a…
—Te arrancarías los dedos con los dientes antes de hacerle daño a Astrid, no seas payasa.
—Era una declaración de intenciones. No te enteras de nada.
—La que no se entera de nada eres tú. Me parece genial que después de diez años me hayas dicho que me quieres…
—Habíamos dicho que no íbamos a volver a mencionarlo.
—Pero no estamos a punto de entrar en un matadero. Admito que no me hace ni una pizca de gracia que alguien hurgue en mis recuerdos y que tengo el corazón en la garganta desde que hemos salido del apartamento, pero sigo siendo tu amiga y me importas.
—Que ya lo sé. —Vyx suspiró—. Ya lo sé.
—¿Has pensado qué vas a decirle?
—No voy a decirle nada —confesó—. Así que déjalo ya.
—Pero la quieres, ¿no?
Ese agujero por el que el dolor de toda una vida se había colado en su pecho empezó a supurar como una herida infectada.
Vyx miró a su amiga a los ojos, y supo al instante que, aunque intentara explicarle que esa era precisamente la razón, no encontraría las palabras.
Así que esbozó una convincente sonrisa y pasó un brazo por los hombros de Xanthe.
—Eso me recuerda que tengo que buscarte un maromo.
Y Xanthe puso los ojos en blanco entre carcajada y carcajada.
—No, gracias.
—¡Va! Nos pegamos una fiesta cuando quieras. ¡Y de las buenas, eh! Te apuesto veinte euros a que antes de las dos de la mañana tienes a cinco machos buenorros a tus pies.
—¿Y qué hago con cinco tíos? —Alzó las cejas—. ¿Que saquen turno y se pongan en fila?
—Pues lo que sea que hagáis los heteros, a mí qué me cuentas. También te digo que si te los tiras a todos a la vez estaría muy desequilibrado.
El abrupto empujón de Xanthe hizo que Vyx se tropezara con el tiesto meramente decorativo de la larga avenida. Pasado el susto, chilló:
—¡Pero porque eres demasiada mujer para cinco hombres, imbécil!
—Nada de maromos —sentenció, señalándola además con el dedo.
La otra se encogió de hombros una vez más y se adecentó la camisa de un tirón.
—Tanto que te niegas, al final voy a pensar que sí que te van las ti…
—Qué rápido te has olvidado de Joseph.
—¡Joseph! —Vyx se llevó las manos a la cabeza. Todavía estaba acostumbrándose al corte de pelo después de tantos meses y, cuando veía su reflejo en los cristales de los escaparates, echaba de menos el color rojo cobrizo. Podría decirse que le costaba encontrarse—. ¡El leñador!
—No era leñador, era carpintero, tontalaba.
—Pero si es lo mismo. ¿Qué fue de él? Te gustaba muchísimo.
Como si esa conversación les hubiese quitado a ambas un gran peso de encima, continuaron charlando sobre el carpintero que no era leñador y de la mala suerte de que hubiera resultado estar casado con una abogada.
Buscaron pruebas del delito en el teléfono de Xanthe, que fue pasando de las manos de una a las de la otra mientras el sol seguía cayendo.
Los Doce habríamos jurado, si hubiésemos estado allí para presenciarlo, que no eran más que dos chiquillas con muchos sueños y muy pocas oportunidades para cumplirlos.
Poco antes de que el sol desapareciera en el horizonte y a solo un par de calles de los Secretos de Asclepio, el cielo se cubrió de nubes negras y en cuestión de segundos empezó a descargar sobre la ciudad una implacable tormenta.
A pesar de que las guerreras intentaron cobijarse bajo los balcones, para cuando se plantaron delante del único negocio que mantenía las luces encendidas, el agua ya las había calado hasta los huesos.
Vyx sacudió la cabeza como un perro mojado y soltó un joder por lo bajo. Empujó la puerta y esta no cedió. Xanthe preguntó mientras se abrazaba a sí misma para darse calor:
—¿Crees que se acordará de que venía hoy?
—Cierra a las siete y son las nueve pasadas. Lo sabe. Estará en la parte de atrás.
No tardaron en ver que una silueta se recortaba al otro lado del cristal.
A Vyx le dio un vuelco el corazón cuando Astrid abrió la puerta.
Las profundas ojeras de Astrid Lykaios la dejaron más indispuesta que el haber corrido bajo la lluvia.
Se miraron a los ojos, y el brillo de la sorpresa era innegable en los de la propietaria del herbolario.
—Vyx. No sabía que tú también venías.
—Lo siento —dijo Xanthe—. Hipólita ha insistido. No quería que viniera sola.
La otra guerrera tragó, como si acabara de comerse esa mentira piadosa. Fuera lo que fuera que Astrid estuviera pensando al respecto, no lo puso en voz alta y las invitó a entrar.
—Pasad, anda, pasad, que estáis empapadas. Miraré a ver si tengo alguna toalla.
Nada más entrar oyeron cómo la puerta se cerraba a sus espaldas. Xanthe avanzó unos pasos con los hombros encogidos y Vyx con las manos en los bolsillos.
—Está todo patas arriba —comentó Astrid—.
He aprovechado para reorganizar un poco los expositores.
—Astrid se cruzó de brazos. Cuando ambas se volvieron para mirarla, dio un brinco—.
¡Las toallas! Vuelvo enseguida. —Y echó a correr, pasando veloz entre ellas.
Se detuvo antes de cruzar la cortina, se giró y les dijo—: O no. No. Mejor venid conmigo.
Eso hicieron, no sin que Xanthe aprovechara ese segundo que su amiga y ella estuvieron a solas para modular sin mediar palabra un: la vuelves loca. Vyx suspiró con hastío. Concederse un mínimo de esperanza era mucho peor que hacer malabarismos con su maltrecho corazón.
La propietaria del local no tardó en dar con toallas limpias en la trastienda, que, en efecto, estaba patas arriba, salvo la larga y ancha mesa que se hallaba en el centro y que brillaba como si le hubieran pasado demasiadas veces un trapo.
Las dos guerreras se secaron lo mejor que pudieron y en silencio mientras la joven bruja las miraba con un gesto nervioso desde el otro lado de la estancia.
Astrid dijo de pronto, sorprendiéndolas a ambas:
—Vyx, ¿quieres quitarte la camisa?
—Pues… —La guerrera dudó—. Vale. Sí.
—Si está tan mojada te debe molestar.
—Pesa como un muerto, la verdad.
En lo que Vyx se quitaba la camisa y se acercaba a Astrid, Xanthe se paseó a sus anchas por la zona, echando vistazos a las cajas apiladas en los rincones o a las viejas estanterías a rebosar de tomos antiguos y nuevos.
—Te has cortado el pelo —observó Astrid, quien dejaba la prenda en un colgador oxidado del que ya pendían un par de abrigos y chaquetas—. Y te lo has vuelto a teñir. Te queda bien.
—Lo que yo hice fue un puto desastre, sinceramente. Pero Xanthe ha hecho un apaño.
Astrid sonrió con tanta naturalidad que a Vyx se le aceleró el pulso.
—La veo bastante… —Bajó la voz y añadió—: entera.
—No lo está. —Contemplando cómo Astrid se mordía el labio de pura preocupación Vyx descubrió que ser una persona decente iba a ser el propósito más difícil de su relativamente corta existencia—. Pero ya sabes, la han entrenado para fingir que sí.
—Como a ti.
—Sí —admitió con más pesar que orgullo—. Como a mí.
Tras un breve silencio, Astrid cogió aire e hizo la pregunta del millón:
—¿De verdad te ha pedido Hipólita que la acompañaras? Y no me mi…
—No. —Volvió a esconder las manos en los bolsillos—. He venido por Xanthe, para apoyarla. Mira, ya sé lo que estás pensando y te juro que no, ¿vale? Lo he pillado.
Astrid alzó las cejas y Vyx fijó la mirada en sus deportivas blancas.
—¿Has pillado qué?