La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ACEPTACIÓN Y REDENCIÓN
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DE ACEPTACIÓN Y REDENCIÓN

DE ACEPTACIÓN Y REDENCIÓN

S i bien Vyx no había planeado algo al detalle en toda su vida, cabría esperar que hubiera hecho una excepción con el ritual de resurrección.

Sin embargo, tres días después de volver a casa seguía sin tener ni una remota idea de qué hacer.

Me atrevo a decir que se sentía más vacía que nunca.

O, en su defecto, llena de afiladas contradicciones que no la dejaban dormir.

La puerta del baño estaba cerrada a cal y canto, pero el alma de Vyx se había abierto en dos.

En algún momento incierto, el muro que siempre la protegió se había derretido como un bloque de hielo tras un largo día soleado.

Todavía goteaba invulnerabilidad, apatía y distanciamiento emocional, pero pronto no quedaría nada de lo que una vez fue.

Sin lugar a duda, hubiese sido mucho más sencillo para su versión apática llegar a la conclusión de que estaba en un punto muerto.

Habría dolido menos también, eso seguro.

Un juego absurdo, eso había sido todo: la exageración peligrosa y vanidosa de una distracción.

Porque ni el guardapelo de la ambrosía ni las cenizas de un fénix ni el grimorio de Hécate iban a servir de nada si no estaba dispuesta a darle a Hades un alma a cambio de la que yo no debí quitarle jamás.

El cuarto elemento que había encerrado en una tumba: el sacrificio.

Vyx miraba las tijeras a través del vaho con una fijeza casi demencial.

De todas las decisiones que debía tomar, esa era la que podría parecer menos trascendental.

El pelo le había crecido, según Xanthe, una barbaridad desde la última vez que se lo cortó, pocos días antes de que un viejo Volkswagen Corrado rojo se estampara contra el árbol de una carretera bidireccional.

Y no se lo había cortado no porque considerara que el flequillo largo o la ausencia del rapado le quedaran especialmente bien, sino porque siempre fue Rose la que cogió la máquina de afeitar y las tijeras e hizo verdaderas maravillas con ellas.

Supongo que Vyx decidió creer que podía esperar.

Que Rose volvería un día, y después de miles de abrazos, de chistes malos y de una borrachera que le sacaría los colores hasta al dios del vino, su hermana la miraría fijamente y le diría: menudos pelos me llevas .

Vyx había fantaseado mucho con ese momento, a decir verdad.

Pero después de casi seis meses, la esperanza había muerto.

Era algo metafórico en esencia, la resolución de un dilema que podría volver a cambiar su vida para siempre: sacrificar a alguien para recuperar a Rose o aceptar que Rose había muerto y que nada debería darle el derecho de reclamar su alma del Hades.

¿Qué diría su hermana si volviera? ¿Le daría las gracias?

¿Pensaría que era la persona más afortunada del mundo por tener una hermana pequeña capaz de desafiar a los mismísimos dioses solo para devolverle la vida?

—No. Seguro que me odiarías.

No se lo dijo a nadie más que a sí misma, pero no por eso fue menos cierto.

Rose la odiaría, pues en su afán por recuperarla se habría convertido en una asesina y habría traicionado todos sus principios.

Las habría traicionado a ella, a la Orden y al recuerdo de las incontables noches que pasaron despiertas cuando el resto del mundo dormía, entrenándose para destacar, aprendiendo a ser no solamente alguien, sino alguien mejor.

Era un triste consuelo, pensó Vyx: cambiar el propósito de recuperar lo único que había querido desde que tuvo uso de razón por el de ser alguien mejor.

Pero pensó también, mirándose en el espejo, que no tenía elección. Nunca la tuvo.

Le fallaron las rodillas, como si sus rótulas acabaran de recordar el calvario al que las renacidas del templo de Hécate las habían sometido.

Pero no fue esa la razón. Fue por algo más elemental y despiadado.

Fue por un dolor que los dioses no entenderemos jamás, porque nunca sabremos amar de una manera tan visceral y porque la pérdida nunca nos romperá igual.

Fue porque el muro que siempre la protegió se había derretido como un bloque de hielo tras un largo día soleado y ya no goteaba ni invulnerabilidad ni apatía ni distanciamiento emocional.

Fue porque ahora tenía mucho que perder y porque, en realidad, siempre lo tuvo, pero no había sido capaz de verlo.

Rose estaba muerta, Rose seguiría muerta, y no solo no podía hacer nada para cambiarlo; acababa de entender que no debía intentarlo.

Por eso le temblaban las rodillas, por eso apretó los labios y se sentó torpemente en el suelo.

Por eso, Vyx rompió a llorar. Y por primera vez en toda su vida no intentó frenar el llanto.

Lo dejó salir o lo dejó entrar, se permitió sentir cómo el vacío de su pecho se llenaba de agonía y apreció todos y cada uno de los filos de la desesperanza.

No sabría decir cuánto tiempo estuvo así, rompiéndose y recomponiéndose a la vez, así que diré que, al cabo de un buen rato, cuando sus ojos ya se habían secado e irritado, Vyx se puso en pie y cogió las tijeras del lavamanos. Empezó a cortar.

Salió rato después del baño con la ropa sucia en los brazos y el alma en los pies.

—Has tardado un montón. Habrás dejado a Volos sin agua caliente.

Xanthe la miraba desde el umbral de la cocina.

Vestía unos holgados pantalones de chándal grises y un top negro muy generoso para la imaginación.

Lo que menos le apetecía en ese momento a Vyx era hacer un comentario ridículo pero divertido sobre lo mucho que mejoraría la vida de su mejor amiga si le gustaran las mujeres, así que se encogió de hombros sin más y dijo:

—Me he entretenido con el cambio de look .

—Ya lo veo. —Tras una breve pausa, añadió—: Menudo desastre.

La razón de que Xanthe hubiera pasado los dos últimos días en el apartamento de Vyx era muy sencilla: no soportaba estar en el templo.

La culpa la carcomía por dentro. No hace mucho, Vyx ni siquiera hubiese reparado o considerado el suplicio que debía de ser para Xanthe el mero hecho de existir después de todo lo que había pasado, pero ya era demasiado tarde para fingir que era la única persona en el mundo que sufría. De hecho, hasta le preguntó:

—¿Estás nerviosa por lo de hoy?

Su amiga bajó la mirada al bollo con pepitas de chocolate que tenía en la mano.

—¿Crees que lo conseguirá?

—Que me corten las tetas y las trituren si alguna vez infravaloro a Astrid Lykaios.

—Qué específico.

—Esa soy yo. Una persona muy específica.

Dicho eso, Vyx se dirigió al dormitorio solo para meter las prendas que llevaba en el canasto de la ropa sucia.

Al salir vio que Xanthe no se había movido ni un ápice.

Reparó también, como si fuera cosa del destino, en que el grimorio de Hécate estaba abierto sobre la pequeña mesa auxiliar frente al sofá.

Se preguntó por qué habría insistido tanto Lucian en que se lo llevara.

¿A qué había venido el cambiazo? Y, ¿habría estado Xanthe ojeando el grimorio?

Vyx lo hubiese hecho de estar en su lugar.

Hubiese buscado algún ritual para olvidar los últimos meses de su miserable vida.

—¿Ya sabes qué tienes que hacer con él?

Xanthe la miraba con detenimiento. Vyx cogió aire, caminó hacia el sofá y se dejó caer en él.

—No tengo ni puta idea, Xan. Supongo que ya no puedo devolverlo. —Fijó la mirada en la costura de la camiseta negra que llevaba y empezó a jugar con un hilo suelto—. Lo más sensato sería dejarlo en el Archivo ahora que vuelve a ser un lugar seguro.

Se hizo pequeña cuando Xanthe se sentó a su lado, porque Vyx ya no goteaba invulnerabilidad ni apatía ni distanciamiento emocional, pero no había aprendido por arte de magia a poner sus sentimientos encima de la mesa y convertirlos en un tema de conversación.

—¿Qué quieres decir? El ritual de resurrección está en el grimorio, ¿no?

—Sí. —Vyx apretó los labios y añadió—: Pero no voy a hacerlo. Ya lo sé. Menuda gilipollez. Es una gilipollez como la copa de un pino, porque soy gilipollas. Puedes decírmelo. Venga.

Pero Xanthe no se lo dijo, sino que posó una mano en su muslo. Vyx se llenó el pecho de aire y, muchos meses demasiado tarde, la miró a los ojos de verdad.

Su amiga sonrió, pura otra vez, y le susurró con total sinceridad:

—Es lo correcto. Estoy muy orgullosa de ti.

—Y una mierda —dijo Vyx, consternada y ofendida—. Una mierda, Xan, joder. Soy lo puto peor. ¿Cómo vas a estar orgullosa de mí? Te he tratado fatal. Tenías un brujo metido en la cabeza y no me di ni cuenta, así que no digas gilipolleces.

—No te diste cuenta tú y no se dio cuenta nadie.

Vyx se encogió un poco en sí misma, como si le escociera una herida invisible.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

—Porque yo te quiero, joder, por eso.

Decir esas palabras hizo que una supernova naciera y muriera en el pecho de Vyx. Fue precioso y trágico. Fue liberador y espantoso. Fue doloroso y verdadero.

Y se dijo que, si ya se había abierto en canal, qué más daba seguir sangrando.

—Intentaste decírmelo. —Suspiró entrecortadamente—.

Muchas veces, Xan. Me dijiste que no podías dormir tantas veces que me da vergüenza contarlas.

Me dijiste que creías que ibas a volverte loca.

¿Te acuerdas? Cora nos interrumpió, pero podría haberte preguntado.

Debería haberte preguntado después, haber insistido más, porque te quiero.

Pero Astrid tiene razón. No sé querer bien.

—Sorbió por la nariz. No se echó a llorar porque tuvo la franqueza de no fingir que tenía el derecho de ponerse la corona de mártir.

Esa vez no. No podía mirar hacia el Olimpo y culparnos también por esa desgracia—.

Te he fallado. No merezco ni respirar el mismo aire que tú, así que no me digas que estás orgullosa de mí.

Puede que Vyx esperara alguna especie de revelación después de tan sincera diatriba, pero a diferencia de esas dos palabras que le había dicho en voz alta por primera vez en su vida a alguien que no fuera su hermana y que le dejaron una pulsación silenciosa y constante en el pecho, no notó nada.

Ni siquiera la ansiada misericordia del alivio, aunque fuera solo superficial.

Nada. No sintió nada. Había escupido toda la verdad y solo le había faltado ponerse de rodillas, de espaldas a su verdugo, y esperar su ejecución.

Pero supongo que, con o sin ritual de resurrección, Vyx seguía estando demasiado atormentada para vivir y seguía siendo demasiado ingrata para morir.

Xanthe no medió palabra. Su mirada se le clavaba a Vyx cada vez más en la mejilla y pensó que igual había conseguido abrirle los ojos metafóricamente también.

Que su amiga se levantaría, la miraría con el desprecio que se merecía y saldría del apartamento dando un portazo.

Sin embargo, Xanthe la abrazó. Y si bien Vyx al principio parpadeó confundida como un animalillo al que acababan de meter en una jaula, al final se lo devolvió.

Se abrazaron como hacía mucho tiempo que no se abrazaban, o puede que incluso se abrazaran como no se habían abrazado jamás. Xanthe la estrechaba para aliviar su sufrimiento y Vyx para pedir perdón por todo el dolor que le había causado. Su amiga le dijo:

—Yo también te quiero, idiota integral.

—Ahora no vayamos a empezar a decirlo todos los días, eh.

—No. Te daría una aneurisma cerebral.

—Menos mal.

Rompieron el abrazo y se miraron a los ojos, y fue como si se dijeran en silencio que estaban un poco más rotas y, a la vez, un poco más llenas de valor. Xanthe jugó con el flequillo de Vyx.

—Voy a tener que arreglar este desastre.

—Pero si está de puta madre.

—Ni siquiera te has pasado la máquina bien. Parece un nido de topos.

—Admito un par de errores en voz alta y ya se te sube a la cabeza. Quería ponerme el tinte también. Quitarme el rojo, ya sabes.

—Puedo hacerlo yo, si quieres. Bastante destrozo te has hecho ya.

—Te estás pasando. —Y sonrió—. Pero vale.

Xanthe continuó acariciándole el pelo en silencio. A Vyx le pareció ver la sombra de un miedo espantoso en su mirada antes de que dijera:

—Creo que fue en el Eleutherios.

Desconcertada, Vyx intentó hacer memoria.

—Espera. ¿El caso de la ménade?

—Sí. —Xanthe volvió a su sitio. Cruzó las manos entre las piernas y se inclinó ligeramente hacia delante.

Daba la impresión de que miraba fijamente el grimorio—.

Creo que fue esa noche cuando el brujo se hizo conmigo.

Estábamos a punto de despedirnos y empezó a dolerme la cabeza.

Me pareció ver algo. Fue rarísimo, pero supongo que no le di importancia.

Vyx la observó en silencio. Se preguntaba si debería decirle que ella también experimentó lo mismo.

Hipólita les había dicho que el élenkos era un hechizo especialmente afín con las mentes más frágiles.

Podría decirle que se habría librado de todo ese tormento si el hacedor de magia que las acechaba aquella noche la hubiese elegido en lugar de a ella. Pero en cambio, preguntó:

—¿No recuerdas nada de nada?

—¿De lo que hice? No. Lo único que tengo son un montón de horas perdidas, fragmentos de mi vida que simplemente han desaparecido.

Al principio pensé que estaba enferma, después creí que me estaba volviendo loca.

—Vyx tragó saliva al ver que se miraba las manos—.

Siempre quise ser una de las mejores. No por vanidad, solo porque…

¿Qué otra cosa iba a hacer? Y esto es para lo único que ha servido: para que un psicópata me obligara a matar a mis hermanas.

—Para lo único no. —Vyx le revolvió el pelo juguetonamente y sintió un profundo alivio al verla sonreír—. Para humillar a Thalia también.

Xanthe se mordió el labio inferior. Después miró a Vyx a los ojos como si buscara su alma.

—Todo saldrá bien, ¿verdad?

No considero que Vyx estuviera preparada para hacer una promesa cuando los retazos de la única que había hecho seguían bailando en su corazón.

Pero, mirando a su amiga, pensó que al menos una de las dos se merecía una pizca de redención.

Un poco de paz. Que, aunque fuese imposible olvidar el dolor, una de las dos se merecía creer que volvería a salir el sol.

—Sí. Todo saldrá bien.