La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ICOR Y GRIMORIOS #3
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DE ICOR Y GRIMORIOS #3

Podría haber seguido torturando al hechicero, pero una voz en su cabeza le recordó el gesto bondadoso que había tenido con ella cuando había estado a punto de romperse como un vaso de cristal y decidió apiadarse.

Lo dejó sobre la cubierta de piedra con cuidado en señal de buena voluntad.

Luego se limpió las manos en la ropa. Lucian se aproximó al libro, si es que se le podía llamar así, y lo acarició como si hubiera nacido para adorarlo.

—Te diré que no te queda nada bien ponerte en plan fanático, cuervito.

Lucian rezongó y se dispuso a recoger dos túnicas al azar del suelo. Se echó una por encima y utilizó la otra para envolver el delicado grimorio. Vyx aprobó con un escueto asentimiento no tener que ver al hechicero desnudo ni un solo segundo más y se afanó en recuperar sus cosas.

Maldijo de nuevo a las brujas con un furibundo «asquerosas cadáveres putrefactas del Tártaro» cuando descubrió que su aljaba se había roto y que estaba a punto de perder un par de flechas.

Las recuperó todas y las guardó en la mochila.

Luego envainó las dos dagas en sus respectivas fundas, se echó la mochila a la espalda y se marchó de la cámara sin mirar atrás.

Se dirigieron juntos hacia la salida, o hacia donde Vyx consideraba que se encontraría la salida.

No iba en cabeza porque conociera el camino, sino porque prefería darle la espalda a Lucian que tener que soportar que la examinara de aquella manera tan sutil suya.

Arrastraba la pierna derecha al caminar y cada cuatro pasos sentía una dolorosa pulsión entre las costillas y el esternón.

No se quejó ni una sola vez, pero sí le hizo un enérgico corte de mangas a la estatua de la titánide.

Lucian abrió su propia mochila y sacó esa segunda famosa muda.

—¿Tienes algo en el armario que no sea de color negro?

—Un disfraz de payaso que te compré para el día que asumas tu naturaleza —respondió él.

Salir del templo fue un suplicio, y volver a recorrer el desierto otro más grande si cabe.

Por fortuna para ambos no hubo más tormentas de advertencia.

Caminaron bajo el manto de la noche, uno con más ligereza que la otra, y en completo silencio.

A Vyx le dolían hasta las pestañas cuando finalmente divisaron el jet privado.

Fue tal su alivio al verlo que consideró seriamente tumbarse en el suelo y echarse a llorar de felicidad.

Vyx se abrazó a la barandilla metálica de las escaleras de acceso como si acabara de encontrar un paraíso en la vasta nada del desierto. Aunque nunca lo admitiría, también le dio un beso. Subió los cinco escalones mucho después que el inmortal y con muy poca dignidad.

Si hubiera prestado atención a la conversación que Lucian mantenía con el piloto, se habría dado cuenta de que habían intercambiado menos palabras que de costumbre.

Pero a Vyx no le quedaban fuerzas ni para recordar su nombre.

Se retiró la pesada mochila que después soltó en el suelo y luego se dejó caer en uno de los asientos con todo su peso.

Suspiró, cansada y aliviada a partes iguales.

Si no conociera ya la retorcida maldad de su mente, hubiese cerrado los ojos y dormido hasta aterrizar en Atenas, pero Vyx sabía que aquella aventura le habría dado a sus pesadillas más pretextos con los que jugar a hacerla sentir miserable por las noches.

Estaba preguntándose qué hora sería cuando Lucian pasó por su lado. La capacidad de regeneración del inmortal era envidiable. Vyx lo miraba ahora y, si le preguntaran si habían estado juntos en el templo de Hécate, dudaría.

Lo llamó por su nombre y el hechicero se dio la vuelta.

—No me contestaste —observó Vyx—. Antes de entrar en el templo.

El ojo gris de Lucian brillaba con un tono rubicundo. Guardó silencio y ella insistió:

—Esto lo hacemos por Rose, ¿verdad? Ya tenemos los tres elementos.

«Cuatro. Son cuatro elementos», susurró una voz desde la profundidad de sus entrañas. Le pareció que Lucian esbozaba la sonrisa más apenada que había visto nunca en esos finos labios.

—Descansa. Te despertaré cuando lleguemos —respondió él.

El hijo de Circe siguió su camino y desapareció tras la puerta del baño. Ella tragó saliva. Aceptó el frío que sentía y que había ignorado desde que derrotaron a las renacidas, y volvió la vista hacia la ventana. Oyó decir a Alistair por los altavoces que iniciaba el despegue.

Durante las horas de vuelo, vencida por el agotamiento, Vyx soñó con Astrid, y también soñó con Rose.

En el sueño bailaba con su hermana una canción.

La melodía de Una vez en diciembre llenaba el aula del orfanato, donde las mesas y sillas estaban apiladas contra la pared y las ventanas, y la luz del sol de media tarde bañaba las baldosas verdes.

Vyx sabía que estaban bailando en el lugar correcto y en el momento equivocado, pero siguió bailando.

En un segundo que cabía entre una sonrisa y un giro de pies, Vyx pasó a bailar con Astrid en el comedor vacío de un restaurante de Volos al ritmo de la misma canción.

Dos momentos intocables del tiempo.

Dos veces demasiado tarde.

Cuando Lucian la despertó al aterrizar en Atenas, Vyx no se lo contó. Tampoco le contó que ella sí se había contestado a la pregunta que le había hecho con un «esto lo hago por Rose» y que, esa vez, no se lo creyó.

Estaba recogiendo su mochila, asqueada de las pintas que llevaba, cuando Lucian se acercó y le tendió la suya. Vyx lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué quieres que haga con esto? ¿Que te lave yo la ropa?

—Te doy tu mochila.

—Esa no es mi mochila.

—Sí —atajó él. La severidad de su mirada le puso a Vyx los pelos de punta—. Sí que lo es.

Vyx ni siquiera consideró rechistar. Se echó la mochila que el inmortal le había tendido al hombro y observó, confundida, cómo él cargaba con la suya. Lucian echó un rápido vistazo por encima del hombro de la guerrera hacia la cabina de mandos y luego dijo:

—No son los mismos.

—¿No son los mismos qué? No entiendo nada.

—No son los mismos —repitió, y añadió—: Mis motivos y los tuyos. Esa es mi respuesta.

Lucian le prometió que hablarían pronto y Vyx le enseñó el dedo antes de salir. La guerrera bajó los escalones del jet con menos dignidad, incluso, que cuando los subió.