La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ICOR Y GRIMORIOS #2
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DE ICOR Y GRIMORIOS #2

Lucian le arrancó a la bruja el corazón sin miramientos. La guerrera hizo un mohín. Quiso decirle que le gustaba más cuando se transformaba en gato, pero no lo hizo. Miró detenidamente la serie de símbolos trazados en el corazón marchito que Lucian tenía en la mano y dijo:

—Tengo muchas preguntas.

—Pero no es el momento de hacerlas.

No. Vyx sabía lo que tenía que hacer. Estaba temblando y de rodillas sobre las manchas húmedas de su propia sangre.

A ojos de cualquiera parecería un animal rabioso que está a punto de perder el control.

Empezó a notar un calor lívido en la piel de la barbilla, el cuello y la nuca.

Seguramente resultaba muy tentador para ella dejarse caer y hacerse un ovillo hasta que el tiempo le devolviera toda la sangre que había perdido.

Después de todo, había estado a punto de morir.

Tenía derecho. Pero estaba viva y las renacidas también, así que hizo un esfuerzo sobrehumano y acercó las manos al cinto.

Acarició las empuñaduras de anillo de las dagas, que estaban frías como la muerte.

Cuando quiso tirar de ellas se le bloquearon los codos y se quejó.

En ese momento, Lucian estrujó el corazón podrido que tenía en la mano hasta convertirlo en cenizas y las brujas lanzaron un rugido borboteante.

Vyx se impuso a su agotamiento, desenfundó las dagas y las lanzó con una precisión letal, acertando al entrecejo de dos de las renacidas, que se derrumbaron sobre el polvoriento suelo.

La guerrera no podía estar más confundida cuando preguntó:

—¿Qué coño acaba de pasar? Antes no se morían.

—Son renacidas. Hécate las unió a todas marcando sus corazones con un hechizo oscuro. Si anulas a una de ellas, el hechizo se desactiva.

A Vyx le pareció tan buena noticia que se puso en pie de un salto más o menos digno y le cortó el pescuezo a otro par de brujas sin pensárselo dos veces.

—¿Quién es la pusilánime ahora, eh? —espetó a los cadáveres.

Empezó a matarlas una a una bajo la crítica mirada de Lucian. Las renacidas caían a su alrededor como sacos de carne putrefacta, mientras el odio de Vyx crecía con cada grito, con cada muerte; un odio que nacía en lo más profundo de su corazón y se expandía más allá del templo maldito.

No es un secreto que Vyx siempre nos culpó por su pérdida.

«Ojalá pudiera subir al Olimpo y matarlos a todos», solía pensar.

Y no me cabe duda de que, de tener la oportunidad, Vyx cumpliría esa promesa.

Nos mataría a Los Doce. Lo haría sin pestañear.

Convertiría esa mítica hazaña en la única y verdadera heroicidad de su desgraciada vida.

—¡Vyx!

La guerrera se dio la vuelta con las mejillas perladas de sudor y sangre. Su pecho subía y bajaba rápidamente en el momento en que alzaba sus dagas, dispuesta a clavarlas en el corazón de Lucian. Sin embargo, él la detuvo a tiempo y la desarmó con insultante facilidad.

—Para. Ya están muertas.

—Y una mierda.

—Están muertas —repitió, tan sereno que daba pavor—. Y tú estás conmocionada.

Lo estaba. Vyx nunca lo había aceptado, pero lo estaba.

Desde hacía mucho tiempo. Las pesadillas, los susurros, los recuerdos y el odio hacia sí misma eran cadenas que arrastraba cada día.

Eso que Vyx se negaba a ver resultaba evidente para el inmortal, que, en alguna de sus demasiadas vidas, todas de principios esperanzadores y finales agridulces, habría experimentado la misma conmoción.

Vyx miró a Lucian a la cara. Odió el icor que la pintaba y odió esos ojos bicolor, pero no tanto como hubiese querido.

Aborreció mucho más que él también la mirara a la cara con calma manifiesta, que volviera a coronarse como la persona más imperturbable que Vyx había conocido en toda su vida.

La guerrera bajó la cabeza y se hizo presión en las sienes con los dedos.

Tenía la sensación de que la sangre todavía le aullaba en los oídos.

Oyó pasos y una promesa a media voz. Y no pudo más.

Se sentó en el suelo. Agradeció en silencio que Lucian no hubiera intentado sostenerla.

Vyx prefería mil veces caerse que pedir ayuda.

Se concentró en respirar, en acostumbrarse a la debilidad de sus músculos y a la dolorosa quietud de una victoria que no la llenaba.

Lanzó miradas alrededor, a los bultos bajo las túnicas sucias de las renacidas que volvían a ser solo huesos y polvo.

Lucian se acuclilló frente a ella, cruzó las manos entre las rodillas y le dijo:

—No puedo curarte, florecilla. Necesito la energía que me queda para sacarnos de aquí.

—Menudo mago de pacotilla estás hecho —murmuró Vyx. Añadió—: Tengo ganas de volver al Cerberos para contarles a tus fans que casi te mueres transformado en Fuyur.

—Genial. Les gustará tanto como saber que a ti te han convertido en una regadera de sangre seis brujas muertas que no sabrían contar hasta tres.

—Al menos yo no soy una exhibicionista. ¿Te vas a quedar desnudo?

—La ropa se ha hecho jirones con la transformación. Tengo otra muda en la mochila.

Vyx apretó los labios. Se negaba en rotundo a llorar.

Cogió aire por la nariz y se arrepintió porque le dolió una barbaridad.

Luego extendió el brazo derecho, tan flácido como cabría esperar, y cogió uno de los huesos de las brujas malditas al azar.

Hizo una mueca de hastío antes de lanzarlo más allá de la puerta.

—Venga. Ve a por el hueso.

—Vyx.

La guerrera no lo miró a los ojos al principio, pero Lucian demostró paciencia.

Cuando la tensión entre los dos dio paso a lo inevitable, Vyx le devolvió la mirada y se vio reflejada en los ojos del inmortal.

Brillaban de una manera perturbadora, incluso cuando no los pintaba ese dorado indiscutiblemente divino.

Vyx se vio la cara, pálida y sucia, en las pupilas de Lucian.

Vio la sangre y los mechones de pelo apelmazados, y todas las fibras de su ser se esforzaron por evitar que se echara a llorar.

«Estoy bien», se dijo. Pero no lo estaba, y Lucian lo sabía.

Los músculos de Vyx se tensaron en cuanto vio que el inmortal subía las manos y las acercaba a sus mejillas.

La ligera presión de esos dedos largos sobre su piel la invitó a relajar los hombros.

Era un gesto de consuelo y de compasión que la guerrera solo pudo interpretar como el más cruel de los actos, porque en cuanto Lucian la tocó, Vyx rompió a llorar.

Y llorar era horrible, pensó; llorar suponía abrir esas puertas a las que les había puesto mil candados.

Las lágrimas le turbaron la vista. Fueron unos segundos agónicos llenos de un hipo contenido y un llanto salado hasta que llegó la calma.

Para Vyx era inexplicable que un sentimiento así, una agonía tan retorcida, pudiera desaparecer con una mirada serena o las delicadas caricias de dos tersos pulgares.

«Lucian es mucho más de lo que ves», le dijo Rose una vez.

«Cuando estoy nerviosa y él me toca, cuando me acaricia, es como.

.. como si se llevara toda la angustia que yo no puedo o no sé soltar».

Vyx cerró los ojos. Se sintió indefensa, además de desnuda y con el alma en los pies, frente a un pensamiento terrible, espeluznante y aterrador.

Había sobrevivido y tenía los tres (cuatro) elementos que requería el ritual. «¿Y ahora qué?».

Abrió los ojos. Respiró. Envolvió las muñecas de Lucian y él bajó las manos despacio.

Se miraron a la cara una vez más y Vyx dijo con determinación:

—Cojamos el puto grimorio y salgamos de aquí.

Lucian sonrió y ella se ruborizó hasta que las orejas le ardieron de pura vergüenza. Mientras aceptaba la mano que le tendía, suplicó por que nunca volvieran a hablar de ese momento. Jamás.

Ya en pie, la guerrera se acercó al arca, esquivando los montículos de huesos y túnicas ajadas, tambaleándose como si le doliera hasta el alma.

Esperó a que Lucian se hubo posicionado en el otro extremo del arca.

Asintieron y empujaron al mismo tiempo a la izquierda la gruesa cubierta de piedra, retirándola lo suficiente para poder ver el secreto que el templo de Hécate guardaba.

Lo primero que Vyx sintió fue decepción.

Después ganas de vomitar. Las entrañas le susurraban que iba a tener que vivir con esas náuseas un par de semanas.

«Malditas brujas esqueléticas». Se puso la mano a la altura del estómago y miró a su compañero con expresión de pocos amigos.

Él se encogió de hombros en un gesto de inocencia.

—Increíble. —Vyx volvía a ser un animal rabioso—. ¿Me estás diciendo que me he convertido en un puto colador por un montón de papel higiénico prehistórico?

—¡Papel higiénico! —repitió Lucian exaltado. Los ojos se le iban a salir de las órbitas—. ¡Lo que ves ahí dentro, pedazo de ignorante, es el primer grimorio que ha existido en el mundo! Cógelo con cuidado, ¿me oyes? Es de un valor incalculable y…

Pero Vyx había dejado de escucharle y había metido la mano en el arca para sacar, sin ninguna clase de cuidado, lo que resultaron ser poco más que unas gruesas láminas de pergamino cosidas en un lateral con un material sedoso y fino.

Lo hubiera alzado a la altura de los ojos, pero era bastante pesado.

Que tratase el objeto con tan poca estima hizo que Lucian se llevara las manos a la cabeza, horrorizado, y ver al hechicero tan fuera de sí le devolvió a Vyx una pizca de humor.

—¿Tú qué crees? ¿Estará dedicado? —preguntó Vyx con una sonrisilla—. A mis traicioneras y esqueléticas discípulas.

Lucian cogió aire, extendió la mano y exigió:

—Dámelo.

—Siento haber sido tan zorra con vosotras. Para compensaros el mal pronto que tuve os dejo esta lectura ligerita sobre rituales, el beneficio cutáneo de las patas de conejo y…

—Vyx, por favor.