La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ICOR Y GRIMORIOS
72%

DE ICOR Y GRIMORIOS

DE ICOR Y GRIMORIOS

P odría haber pasado cualquier cosa y Vyx no habría estado preparada para ninguna. Se hubiese limitado a sacar una flecha de la aljaba, tensar la cuerda del arco hasta que le dolieran los dedos y esperar a descubrir qué fatídica muerte habrían elegido las Moiras para ella.

Se imaginó algunas: las renacidas chasquearían los dedos y le reventarían los sesos, que salpicarían horrorosamente las paredes de piedra.

U otra: conjurarían algún hechizo con una voz de ultratumba y se le caería la piel a tiras.

Se imaginó, en efecto, muchas maneras de morir. Todas muy desagradables para su gusto.

Observó que las brujas tenían las manos hechas una calamidad.

La piel que vestía a los huesos era nueva, pero se veía sucia y agrietada, como si estuviera hecha de barro.

Todas, sin excepción, habían inclinado la cabeza hacia delante y daba la sensación de que intentaban besar el suelo sin curvar la espalda.

Por si fuera poco, el viento que se colaba por las grietas de la piedra alzaba remolinos grises de polvo y mecía las seis túnicas harapientas de las renacidas.

Podría haber pasado cualquier cosa y Vyx no hubiese estado preparada para ninguna.

Y lo que sucedió fue, en efecto, de lo más insospechado: las brujas emitieron un cántico desde lo más profundo de sus mortecinos pechos.

Vyx dio un paso atrás. Luego acercó la mano derecha a la aljaba.

Estaba a punto de rozar el emplumado de las flechas cuando un lamento animal se elevó por encima del tétrico salmo.

—Lucian —susurró Vyx con el corazón en la garganta.

El solo pensamiento de que el hechicero acababa de morir le cortó la respiración.

¿Y si su empeño por recuperar a Rose sentenciaba a la única persona que aún la respetaba lo suficiente como para no poner en duda sus decisiones?

El cántico llegó a su fin y un segundo lamento se elevó en el silencio.

Vyx cogió aire. Retiró decididamente una flecha del carcaj y se preparó para luchar o se preparó para morir o se preparó para morir luchando, pero se preparó.

«Ni siquiera le he preguntado si puede morir», pensó, con los ojos empañados y la mirada clavada en las seis caras agrietadas de las brujas.

Había dado por hecho que Lucian sería tan imperecedero como el tiempo.

Pero si se podía matar a un dios, también se podría matar al bastardo de la hija de un titán.

Se disponía a disparar cuando las voces abisales de las renacidas se fundieron en una sola y dijeron:

— Apothnēskō .

Vyx alzó una ceja y contestó:

—No hablo momia, zorras.

La flecha cortó el aire y se clavó en el pecho de la renacida que estaba más adelantada.

Fue un buen tiro, debo decir, con la fuerza medida y con todas las malas intenciones que Vyx quiso poner en la punta de metal.

Pero no hubo sangre ni tambaleos ni gestos de sorpresa.

Nada de lo que la guerrera esperaba. En cambio, las brujas echaron a correr hacia ella como sabuesos salidos del mismísimo Tártaro.

Vyx disparó una segunda y una tercera vez, en vano, antes de que un golpe telequinético le arrebatara el arco de las manos.

Seguidamente, una fuerza invisible cargada con el poder de un huracán la golpeó en la boca del estómago.

Vyx no pudo doblarse, solo fue capaz de sentir cómo el aire se le escapaba al mismo tiempo que sus pies se alzaban del suelo.

Salió despedida y chocó de espaldas contra las piedras de la pared, que se agrietaron más, si cabe, con una lluvia de polvo gris.

Vyx se precipitó de cara al suelo sin tiempo de frenar la caída con las manos.

Un líquido caliente y pegajoso bajaba como un riachuelo por la sien izquierda de la guerrera, quien intentaba recomponer, no tanto sus costillas rotas, como su orgullo herido.

Era como estar de nuevo en el asedio de los hacedores de magia al Templo Arktoi.

—Sigo esperando.

No sabía si esas palabras eran reales o si solo estaban en su cabeza.

Se lamió la sangre de los labios y alzó la mirada.

Las brujas se mantenían inmóviles, con las manos alzadas hacia ella.

Vyx se incorporó despacio. De rodillas, escupió un coágulo que era una mezcla de sangre y saliva.

Todavía no había conseguido levantarse cuando otro golpe, tan poderoso y vertiginoso como el anterior, la lanzó contra otra de las paredes.

Volvió a caer polvo gris, pero Vyx no. El cuerpo de la guerrera quedó suspendido como un globo demasiado largo, con los pies a un metro del suelo, los brazos extendidos hacia abajo y el torso tan fundido con la piedra que no era capaz de respirar.

Vyx apretó los dientes y el aire se le escapó por la nariz.

Daba igual cuánto intentara moverse, ningún músculo de su desgraciado cuerpo respondía.

Puede que fuera un pensamiento absurdo si tenemos en cuenta que no era el momento más oportuno para tenerlo, pero se preguntó si fue así cómo Xanthe se sintió cada vez que el élenkos se activaba: despierta e impotente, atrapada en unos huesos que habían dejado de ser suyos.

La guerrera notaba una comezón en los ojos.

A pesar de todo, no se rindió. Puede que estuviera posponiendo el momento en que la aplastara la certeza de que no podía ganar.

Los dones de la ascensión no estaban a la altura de una bruja, como descubrió en la batalla del templo.

Al fin y al cabo, lo había intentado todo: primero contra los huesos y después contra la carne.

Sus habilidades eran un cero a la izquierda para ese desafío.

Las renacidas la habían clavado a la pared como si de un cuadro se tratara, y no parecía haberles costado esfuerzo alguno.

De hecho, ni siquiera se movían. Se limitaban a estar allí, cabizbajas y sombrías.

En definitiva, Vyx le estaba robando segundos al inevitable final.

Eso se le daba bien. Se le había dado bien toda la vida, casi tan bien como fingir que no tenía corazón.

Pero no se podía engañar a la muerte cuando te miraba directamente a los ojos.

Sabía que estaba sentenciada. Tan sentenciada como Rose cuando la quimera le destrozó las entrañas.

«Rose». Estaba allí por ella. Todo lo que había hecho los últimos meses había sido por ella.

Miró el arca. Estaba tan cerca. Estaba tan lejos. ¿Cuánto tiempo llevaba Rose esperando? En el bosque, en sus pesadillas, en sus recuerdos.

Vyx no se dio cuenta de que los ojos se le habían empañado antes, incluso, de que una de las renacidas la mirara con insondable malicia y llegara el dolor, que se metió como una lombriz podrida en cada fibra de su ser.

Al principio fue sutil. Un cosquilleo, una sensación insólita.

Pero después, el sufrimiento se volvió simplemente atroz, tan descomunal que por mucho empeño que Vyx puso en no separar los labios, gritó. Gritó de dolor y gritó de rabia.

La sangre, húmeda y espesa, empezó a brotar de los oídos y de la nariz de la guerrera.

Le empapaba los carrillos y le mojaba los labios.

Desconocía que los órganos se le estaban encogiendo y que los capilares se le secaban y rompían como si fueran ramitas de un árbol que no saben sobrevivir a la crudeza del invierno.

Estoy segura de que, de haber estado Vyx tendida en el suelo, se habría convulsionado como un pez fuera del agua.

El dolor que sentía era uno digno de la peor de las pesadillas, con la diferencia de que no estaba dormida: estaba horrorosamente despierta.

Al final dejó de gritar, pero no de luchar.

Cuando menos fuerza tenía, más voluntad demostraba, y así consiguió inclinar la cabeza hacia delante, bajar la mirada enturbiada al suelo y ver las gotas espesas de color carmesí que caían despacio al principio, deprisa después. Como una canción.

Cloc. Cloc. Cloc. Cloc-cloc-cloc. Vyx no se estremeció.

Eso no iba con ella. Se desangraba y seguía luchando contra una fuerza que no entendía porque morir era una absolución que no se merecía.

Hasta esos límites iba la complejidad de lo que sentía: demasiado atormentada para seguir viviendo y demasiado ingrata para morir.

Cada minuto de su vida desde que Rose cerró los ojos para siempre había sido un regalo que aborrecía; sacos de minutos y horas y días y meses envueltos de repugnante odio y cruel melancolía.

Todo apuntaba a que iba a morir. Hubiese muerto. Pero no murió.

La puerta de piedra de la sala circular y maldita se abrió despacio, como si anunciara peor augurio que la estampa de seis brujas renacidas a partir de huesos con magia erudita.

El polvo que se coló dentro formó una nube gris, fría y lánguida, y se extendió hasta convertirse en una niebla densa y oscura.

La presencia que entró con ella, una sombra que tenía forma humana y unos ojos del color del sol, estaba bañada en icor .

Los hilos de la sangre inmortal parecían filigranas áureas sobre la tinta negra de incontables tatuajes; un mosaico de recuerdos en un musculoso torso desnudo.

Las renacidas se olvidaron de la guerrera, se volvieron hacia la nueva amenaza y Vyx dejó de sentir dolor.

Aun así, tardó varios segundos en conseguir alzar la mirada.

Cuando lo logró, la niebla ya se había disipado y pudo vislumbrar, a pesar de las lágrimas rojas que le empañaban los ojos, el pelo bruno y desordenado de Lucian.

Antes de que ninguna de las brujas pudiera hacer nada para impedírselo, el hijo de Circe enterró con violencia la mano en el pecho de una de ellas y las demás sisearon de la más pura de las agonías.

Vyx cayó de lado al suelo. Lo primero que hizo fue respirar. Después toser. Luego creyó que iba a vomitar, pero se tragó las ganas, y hacerlo fue muy desagradable.

Maldijo a Los Doce e intentó levantarse.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó con una voz tan ahogada que no parecía la suya.

—Estaba liado.