La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ARCAS Y ESQUELETOS #2
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DE ARCAS Y ESQUELETOS #2

Se echó el arco a la espalda. El grimorio estaría dentro del arca.

Vyx dejó la mochila en el suelo y acercó las manos al arcón de piedra, pero no llegó a tocarlo.

De pronto sopló una ventisca a ras de suelo, levantando una capa de polvo que se adhirió a sus ya sucias botas para luego subir como una explosión de aire.

El fuego de las antorchas amenazó con apagarse.

Con un mal presentimiento y el pelo revuelto, Vyx se quedó muy quieta y susurró:

—Esto no me gusta.

El silencio que siguió al golpe de aire se rompió con un agudo estrépito. Al mirar Vyx hacia la izquierda, comprobó que uno de los grilletes de las cortas cadenas que apresaban a los esqueletos se había soltado y caído. Oyó el mismo repiqueteo, esta vez a su derecha.

Otro grillete había caído.

—No me jodas.

Los demás grilletes cayeron después y al mismo tiempo, como si de un baile coreografiado de acero se tratara.

La inquietud pesó sobre la guerrera durante esos indeterminados segundos de vacilación entre la advertencia y la verdadera amenaza.

Cuando el primer esqueleto se movió, Vyx miró a las cuencas vacías de la que era, sin lugar a duda, una de las brujas primigenias.

La lógica le dictaba que, sin ojos, la bruja no podría verla.

Pero entonces tampoco debería haber sonrisa en una boca sin labios, y Vyx juraría que aquel montón de huesos acababa de sonreír.

—Joder. Hoy no es mi día.

Como si oírla acabara de despertarla de una profunda enajenación, la bruja extendió los brazos, que eran todo huesos y articulaciones bajo una túnica harapienta, y se lanzó a por ella.

La adepta reaccionó deprisa: se subió al arca de un ágil salto y dio una patada certera al esqueleto en la cabeza.

El cráneo salió despedido y repiqueteó en el suelo.

Sin embargo, Vyx no pudo celebrar la victoria, pues cinco esqueletos más despertaron.

Se armó con el arco en una mano y con una daga de acero que desenfundó del cinturón en la otra.

Como guerrera se había enfrentado a toda clase de criaturas a lo largo de los años, pero nunca pensó que se vería saltando por encima de un esqueleto animado para luego, al aterrizar en el suelo, desmontar a otro, asestándole un golpe con la pala interior del arco.

La sucesión de movimientos de la guerrera, diestros y medidos, eran una exhibición del resultado de muchas noches de entrenamiento a la intemperie y de un sobreesfuerzo auto exigido por el inexplicable afán de estar a la altura de la única persona a la que había deseado impresionar.

Las discípulas de Hécate, movidas por una maldición que Vyx no entendía, acabaron reducidas a montañas de huesos.

La guerrera se hallaba en pie junto al arca, con una sonrisa victoriosa.

—No ha sido tan difícil.

Dispuesta a acabar lo que había empezado y apartar, al fin, la cubierta de piedra para revelar el grimorio que el arca escondía, hizo el ademán de echarse el arco a la espalda.

Sin embargo, y por imposible que pudiera parecer, los montones de huesos comenzaron a agitarse como movidos por corrientes magnéticas.

Atónita, Vyx retrocedió un paso. Hueso a hueso, extremidad a extremidad, los esqueletos volvieron a alzarse, incólumes e indiferentes a la muerte.

—Esto es una puta broma.

Las brujas se lanzaron a por ella y, esta vez, todas al mismo tiempo.

Si bien Vyx fue lo bastante rápida como para repeler a dos de los esqueletos que tenía delante con la madera del arco, no pudo defenderse a tiempo del que la acechaba por la espalda.

Con más fuerza de la que cabría esperar de un montón de huesos, la bruja la cazó desde detrás por el cuello.

La presión de un cúbito y un radio contra su tráquea hizo que le faltara el aire y que creciera su rabia.

Vyx apretó los dientes, lanzó una patada a otra de las brujas, alejándola, y se impulsó hacia atrás, obligando así al esqueleto que la apresaba a retroceder.

Bastó otro impulso para que oyera el impacto de los huesos en la pared.

Libre, Vyx corrió hacia el arca y saltó sobre ella, ganando así distancia y tiempo para valorar sus posibilidades.

Se preguntó de dónde sacaban las fuerzas y en qué clase de guerrera la convertiría que perdiera un combate contra seis brujas muertas sin poderes ni carne. Miró esa forma perversa que tenían de acecharla, de moverse como marionetas sin hilos y una sola voluntad: matarla.

—¿Sabéis que sería divertidísimo veros bailando una conga?

No esperaba respuesta, así que atacó. Lanzó un golpe con el arco a dos de los esqueletos. Seguían acercándose y Vyx solo podía pensar que, por mucho que les arrancara esas cabezas huecas, por muchas veces que las derrotara, volverían a alzarse.

¿Cómo se vencía a la mismísima muerte?

Sin un plan sólido, la guerrera se dijo que solo había una cosa que pudiera hacer: sobrevivir.

Y eso hizo.

Desmontó esqueletos, esquivó acometidas, hundió la daga en cuencas vacías, puso distancia, y volvió a empezar.

Hundió la daga en cuencas vacías, desmontó esqueletos, esquivó acometidas y volvió a empezar.

Si no fuera porque lo consideraba imposible, durante un momento, sin aliento y frustrada por estar librando un combate que no sabía cómo ganar y harta de esquivar y acometer y apuñalar, Vyx hubiera creído que los esqueletos estaban aprendiendo; que los esqueletos se estaban organizando.

No se habría equivocado, porque eso era exactamente lo que estaban haciendo.

La guerrera hundió la daga en una cuenca vacía y desmontó un esqueleto a golpe de arco. Ganó distancia, de espaldas a la entrada, y se preparó para volver a empezar. Pero no lo hizo. Apretó los dientes y también los dedos en la empuñadura del arco y en el mango de la daga.

Las brujas malditas se habían quedado muy quietas.

¿Qué estaban haciendo?

Esas calaveras con telarañas como pelo miraban al suelo sin ver.

¿Había ganado? «No, demasiado fácil», se contestó.

Temerosa de que un solo movimiento por su parte las despertara y se iniciara otra coreografía de golpes que no servirían de nada, Vyx también se quedó muy quieta.

Puso atención a un débil susurro, una voz de ultratumba que parecía surgir de las grietas de las paredes.

Esas mismas paredes empezaron a temblar y el suelo osciló bajo las botas de la guerrera.

La ascensión había preparado a Vyx para enfrentar cientos de adversidades, pero estaba convencida de que ningún entrenamiento la había preparado para ese momento en el que otra ráfaga de viento levantaba las túnicas del suelo y estas flotaban sobre las discípulas de Hécate como mantos de la noche.

Contempló cómo surgieron de los raquíticos dedos hilos rojos que empezaron a tejer músculo tras músculo hasta que, poco a poco, cubrieron cada hueso de los esqueletos, ahora muy rojos además de muy quietos.

Esos músculos se vistieron después con pieles pálidas y tersas y, ante la atónita mirada de Vyx, nacieron de las calaveras melenas rubias y morenas.

Frente a Vyx, donde antes hubo seis esqueletos, ahora se hallaban seis mujeres desnudas sobre las que caían, con grácil lentitud, las túnicas y sendas capuchas.

Vyx se limitó a observar, como si aguardara el momento en que alguna de las brujas renacidas decidiera abalanzarse sobre ella.

Miró fijamente a la que se encontraba más adelantada y tragó saliva al ver a la discípula alzar muy despacio la cabeza.

Primero vio los ojos, blancos como la leche, y después la sonrisa cínica que se perfilaba en unos labios secos y agrietados.

—No me jodas.