DE ARCAS Y ESQUELETOS
DE ARCAS Y ESQUELETOS
D espertó con un acceso de tos, ampliado por el inquietante eco de un espacio tenebroso e inmenso. Vyx apretó los párpados y dijo sin moverse ni un ápice:
—Creo que me he roto el culo.
Y esas palabras se repitieron cuatro veces en el vacío hasta apagarse del todo.
La situación era preocupante, o al menos a Vyx se lo parecía.
Estaban incómodamente tendidos sobre una cama de escombros y bajo mantas de polvo, despiertos pero entumecidos, después de una caída de la que la guerrera apenas recordaba nada.
Sintió un profundo alivio al oír a Lucian toser.
No lo sabía, pero estaban lo suficientemente cerca el uno del otro como para llegar a tocarse.
—¿Estás bien? —preguntó el inmortal.
—No, joder. Te acabo de decir que me he roto el culo.
—Habrá sido cuestión de suerte si no te has roto nada más.
No era el momento más propicio para dar cabida a dudas existenciales, así que Vyx hizo un mohín y se propuso levantarse.
Le crujieron todos los huesos al hacerlo.
Completamente a ciegas, dieron varios pasos en falso hasta estar hombro con hombro.
O hombro con brazo, si debo considerar la diferencia de altura entre los dos. Vyx intentó aguzar la vista.
—¿Dónde estamos?
Tras un breve silencio, Lucian susurró con tono prudente:
—No lo sé. Pero no me gusta este sitio.
—Te diría que a mí tampoco, pero como no veo nada…
—No me hace falta ver algo para temerlo. Pero, ya que lo dices…
La luz fría de una linterna parpadeó poco después en las tinieblas.
Vyx vio, además de las montañas de escombros, que Lucian se hallaba agazapado junto a su mochila.
Las ropas negras del hechicero estaban bañadas de polvo y tenía una mancha dorada en la frente que no podía ser sangre, a no ser…
Antes de que Vyx pudiera decirle nada, un fogonazo de luz le dio de pleno en la cara y soltó un quejido más agudo de lo que le habría gustado.
—Aparta eso de mi cara, joder.
Descendieron juntos la traicionera montaña de escombros con la luz de la linterna alumbrando a su paso.
No tardaron en descubrir que la sala era, en efecto, inmensa.
Miraron con disimulado asombro las dos hileras opuestas de imponentes columnas que se alzaban más allá de la vista.
Vyx se hizo muchas preguntas sobre física y arquitectura, y también rememoró algunas de sus escenas favoritas de La Búsqueda, de Nicolas Cage.
—Es una sala de culto —observó Lucian.
La guerrera frunció el ceño y le preguntó desconcertada:
—¿Cómo lo sabes?
—Por eso.
La luz de la linterna reveló una estatua de mármol blanco con acabados de oro que se alzaba frente a ellos.
Una magnífica representación de Hécate. Vyx la observó detenidamente.
La titánide, coronada por una media luna de color áureo, portaba una antorcha en cada mano y no estaba sola, pues la acompañaban las figuras talladas en piedra de tres lobos negros con las feroces fauces abiertas.
Si bien la guerrera nunca había reparado en la inferioridad de su existencia ante la presencia de un dios y, desde luego, no demostró creerse mucho más insignificante que yo en aquel bosque, sentía que había algo inquietante en esa estatua.
Se preguntó si los sentidos agudizados de su ascensión estarían intentando advertirla.
Después de todo, a pesar de que se hallaban muy solos a simple vista, notaba que el aire estaba cargado de algo más que del polvo que había levantado el derrumbamiento.
Sus sospechas se confirmaron cuando las antorchas de la estatua se encendieron súbitamente.
Lucian retrocedió un paso, pero Vyx no se movió, estremecida por lo rápido que se le erizó el vello de la nuca.
A las grandes antorchas ardientes las siguieron muchas más.
La sala de culto olvidada se llenó segundo a segundo de una luz azafranada y, como con la llegada del amanecer al morir la noche, quedaron pocos refugios para las sombras.
La guerrera miró alrededor. Se fijó en los símbolos grabados de las paredes, en los sublimes detalles de las columnas y, finalmente, en el pasadizo que se abría más allá de un arco magistral al otro lado de la sala.
Al final del estrecho corredor se vislumbraba una robusta puerta cerrada.
—Estamos seguros de que Hécate no está en casa, ¿no? —preguntó Vyx.
Lucian se mordió el labio como respuesta.
Oyeron entonces un gruñido profundo y escalofriante que venía de todas partes.
Vyx se descolgó el arco y sacó una flecha del carcaj, oculto en su gran parte en la mochila que llevaba a la espalda, y se preparó para disparar.
Es mucha la diferencia entre un gruñido y un rugido, pero la mente de la guerrera decidió jugarle una mala pasada y obligarla a imaginar que desde algún rincón la acechaba una quimera.
—¿Qué ha sido eso?
—Un perro. Y uno muy grande —aventuró Lucian.
—¿Pero cómo va a haber un chucho aquí abajo?
El hechicero dijo, hastiado:
—Eres un pozo infinito de desconocimiento. —Se descolgó la mochila y añadió—: Mira esa estatua. Los sabuesos siempre acompañan a Hécate.
Pero Vyx no le hizo caso. Le resultaba mucho más llamativo que Lucian hubiese empezado a quitarse la camiseta. Se preguntó de qué iba a servirles que se quedara desnudo. La espalda, los brazos y el pecho del inmortal tenían más tinta negra que todos los libros del mundo juntos.
—Lucian, majestuoso heredero de Circe. —Vyx carraspeó—. No sé cómo decirte que tus pectorales me fascinan lo que viene siendo muy po…
—Atrás —exigió él como toda respuesta.
Y ella obedeció. Retrocedieron varios metros y vieron surgir tras la estatua sombras tan densas como una nube de tormenta.
Se manifestaron en la penumbra dos diminutos puntos rojos que se movían despacio y que parecían vibrar al son de un sutil pero amenazante gruñido.
Primero aparecieron las patas de pelo negro como el ébano y zarpas afiladas.
Después asomó una cabeza lobuna comparable en tamaño a la de un león.
Hechicero y guerrera retrocedieron un poco más cuando el lobo, tan o más grande que un corcel, se alzó por completo bajo la luz de las antorchas.
Ojos rojos, pelaje negro y colmillos tan afilados como un cuchillo.
La guerrera contuvo el aliento, pues no era eso lo que veía.
Cabeza de león. Cuerpo de serpiente. Cola de dragón. Ojos en llamas.
«Tenía tantos planes», había dicho Rose.
«Solo tienes que aguantar un poco».
«Estarás bien».
Vyx se concentró en el rojo intenso que bañaba los ojos del lobo.
Era un lobo, no una quimera. Apretó los dedos en torno a las palas del arco y cogió aire.
—Cuando quieras, arktoi.
Las palabras de Lucian fueron el detonante: Vyx soltó la flecha, que salió despedida y acertó al enorme cánido entre los ojos.
El instante de incertidumbre no duró mucho.
Como si el daño de la flecha fuera equiparable al de la picada de un mosquito, el animal se deshizo de ella de un zarpazo.
Enseñó los dientes, gruñó y, furioso, corrió hacia ellos.
Vyx empujó al hechicero hacia la derecha antes de lanzarse ella misma hacia la izquierda.
Se recuperó de una caída controlada con un giro en el suelo, sobre el que hincó una rodilla para tener un apoyo.
Si bien consideró coger otra flecha del carcaj, decidió que no serviría de nada. El lobo la encaró.
—Ve a por el grimorio —dijo Lucian, escondido tras la enormidad del animal.
¿Quería quedarse solo con ese sabueso gigante?
Entonces, un poderoso gruñido atronó en la sala de culto.
No hubiera sido tan sorprendente si Vyx no estuviera segura de que el culpable no había sido el guardián del templo.
El lobo dio la espalda a la guerrera y solo entonces Vyx pudo ver que, donde debería estar Lucian, se alzaba un cánido de pelaje blanco tan imponente como el otro, pero de ojos dorados como el sol.
Habiendo comprendido que el hechicero podía transformarse en algo más que en un oportuno e irritante gato negro, la guerrera se incorporó y se alejó, paso a paso, de lo que prometía ser un enfrentamiento inesperadamente equilibrado.
Le dio la impresión de que el animal blanco le lanzaba una mirada cargada de decisión.
Vyx asintió. Luego echó a correr hacia el otro extremo de la sala, donde se abría el pasadizo, más allá de la montaña de escombros.
Vyx oía los gruñidos, los ladridos coléricos y los contundentes golpes muy por encima de su propia respiración.
«Vyx, tú siempre has sido la más preparada para la ascensión.
Puede que yo sea lista, pero tú eres mucho más fuerte».
En ese momento, deseó que Rose estuviera en lo cierto: que fuera lo bastante fuerte como para salir de aquel templo olvidado con el último elemento del ritual de resurrección.
Y es que, si lo conseguía, podría al fin decir que la ascensión no fue una bendición en vano.
Cuando alcanzó la puerta de piedra se detuvo. Observó los impresionantes relieves y los cuidados grabados. Se obligó a no mirar atrás. Se dijo que, si Lucian había decidido enfrentarse solo al peligro para darle cierta ventaja, no podía malgastar ni un solo segundo.
Apretó los dedos en la empuñadura del arco y apoyó la otra mano en la piedra. Aguantó el aliento, empujó y, aunque no sin esfuerzo, consiguió que la puerta cediera lentamente.
En cuanto puso un pie en la oscura estancia unas antorchas prendieron en tenues llamas.
La luz candente alumbraba a golpes de reloj lo que a simple vista parecía una antecámara circular.
En las paredes, junto a las seis antorchas, Vyx descubrió seis esqueletos bajo sendas túnicas oscuras y sucias con grandes capuchas.
Avanzó prudente hacia el centro de la sala, donde se hallaba un arca de piedra sellada.
—Ahí estás —dijo Vyx, que no pudo evitar sonreír al saberse tan cerca del objetivo.