La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE DESIERTOS Y TRAMPAS MORTALES
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DE DESIERTOS Y TRAMPAS MORTALES

DE DESIERTOS Y TRAMPAS MORTALES

E l viento soplaba con la furia de un titán en esa zona desértica del sudeste de Turquía y despertaba huracanes de polvo afilado, entorpeciendo el avance de Vyx y del hechicero.

La guerrera se había cubierto la cabeza con un pañuelo, con el que, a su vez, dio varias vueltas alrededor de su cuello, asegurándose así de que podía cubrirse boca y nariz y protegerse del temporal de ira y arena, ardiente como el fuego de Prometeo.

El sol empezó a caer en el horizonte poco antes de que, cerca de las coordenadas, lo que Lucian había definido como los vestigios del poder de Hécate se lanzara sobre ellos como una fatal advertencia.

Arbustos secos que nacían y morían a ras de un terreno desnivelado y traicionero salpicaban aquí y allá el paisaje yermo y cálido.

Cada vez les costaba más avanzar y a Vyx le pesaban las piernas una barbaridad.

Las botas se le hundían en lagunas de arena amarilla y piedras pequeñas que bien podrían ser trampas mortales.

Aunque no lo diría en voz alta, Vyx temía que Lucian desapareciera tras un ciclón de lluvia dorada.

La aterraba fracasar cuando estaban tan cerca de encontrar el grimorio.

Porque todavía quería encontrarlo, ¿verdad? Tenía el guardapelo que encerraba la ambrosía y tenía las cenizas de un fénix. Solo faltaba el grimorio. «Sí, claro que quiero», se dijo mientras entrecerraba los ojos y daba otro dificultoso paso. «Esto lo hago por Rose, y un poco por mí».

En algún rincón de su mente, la insidiosa voz de Rose se le clavó como un alfiler:

«¿En serio, Vyx? ¿Por mí?».

«Claro que lo hago por ti».

«Mentira».

El siguiente paso lo dio con más rabia que todos los demás. La tormenta se quedó atrás y Vyx cayó de rodillas sobre la arena. Lo hacía por Rose. ¿No?

—¿Estás bien?

Alzó la mirada. Lucian la observaba desde arriba y se retiraba el pañuelo.

—¿Qué acaba de pasar? —gruñó Vyx, y aceptó la mano que el hechicero le tendía.

—Hemos dejado la tormenta atrás. Estamos muy cerca.

—Ahora llaman maldición a cualquier cosa —rezongó una vez en pie.

Cuando su amigo le dijo que la presencia de Hécate aún pesaba en aquel territorio, Vyx imaginó que tendría que enfrentarse a monstruos de tres cabezas o a cíclopes barbudos, así que una tormenta de viento y arena le parecía poco más que un contratiempo.

¿Es que les deparaba algo mucho peor y Lucian todavía no se lo había dicho?

Se disponía a preguntarle si había compartido con ella todo lo que sabía cuando vio al hechicero retirarse las gafas de sol.

Luego sacó una brújula del bolsillo del pantalón y le echó un vistazo.

No dio la impresión de que hubiera encontrado las respuestas que buscaba, porque miró alrededor mientras la guardaba de nuevo en el mismo bolsillo.

—Esto lo hacemos por Rose —dijo Vyx, con la respiración desacompasada tras la feroz batalla contra el viento—. ¿Verdad?

Él guardó silencio y la ausencia de respuesta alimentó las dudas de la guerrera. ¿De verdad él también creía que lo hacía por puro y mero egoísmo?

«Claro que lo hacemos por Rose».

«Mentira».

—¿Ves esas dos montañas? —Lucian señaló hacia el horizonte, y ella intentó aguzar la vista—. Si miras con atención, verás que las cimas parecen las cabezas de dos lobos.

—No sé lo que veo, pero sí sé lo que no veo: el templo.

Lucian puso los ojos en blanco, gesto que pasó desapercibido para Vyx.

Siguieron caminando bajo un cielo rojo que pronto se tiñó de una amalgama de naranjas y amarillos, hasta que un manto de un azul oscuro invitó a la noche y la noche despertó el frío del desierto.

El silencio que compartían, aunque cómodo, solo conseguía que las voces de la cabeza de Vyx tuvieran más fuerza, recordándole que no había vuelto a ver a Xanthe desde que despertó del élenkos o que le había dado la razón a Astrid cuando se subió en el jet privado de Lucian rumbo a Turquía sin pensarlo dos veces.

Le recordaban que quizá no era el mundo el que se empecinaba en dividir su corazón; ella era incapaz de elegir, demasiado obcecada en tenerlo todo.

Dejó ir un suspiro cuando al fin se detuvieron. Ofuscada, la arktoi dio una vuelta sobre sí misma, pues no veía nada llamativo en un paisaje que había sido monótono y agostado desde que aterrizaron. Dio unos pasos más hasta que estuvo a la altura del hechicero, quien murmuró:

—Creo que es aquí.

—Aquí no hay nada, zopenco —observó Vyx.

—Nada que podamos ver.

Vyx se mordió el labio, se cruzó de brazos. Lucian, en cambio, se acuclilló y posó una mano sobre el terreno. Tensó poco a poco la espalda y cuadró ligeramente los hombros. Vyx se preguntó si estaría percibiendo algo que era indetectable para ella, como siempre.

—Será mejor que retrocedas —dijo él.

—Me da que hay un ligero problemilla de comunicación entre nosotros.

El hechicero escondió una sonrisa y Vyx retrocedió, como se le había pedido, y notó que ya no soplaba viento alguno en el desierto. Había un absoluto silencio y una paz insospechada. Pero si algo había aprendido Vyx era que a toda tormenta la precede siempre una engañosa calma.

No se equivocó.

Primero oyó a Lucian susurrar palabras con nulo significado para ella.

¿Estaría conjurando algo? Después, el suelo tembló sutilmente, como una tímida advertencia.

Vyx bajó la mirada a sus pies al tiempo que una grieta amenazaba con dividir el desierto y partirlo en dos.

La tierra se abrió y las dos mitades se alejaron cada vez más mientras una cascada de arenilla se precipitaba hacia un abismo negro.

Para inmenso asombro de la guerrera, cuando la luz de la luna se filtró en la inquietante abertura, dibujó unos peldaños de piedra ambarina que descendían e invitaban al que se aventurara a los brazos de la oscuridad: el templo olvidado de Hécate.

Cuando los temblores cesaron, Vyx se atrevió a dar un paso al frente. Lucian se incorporó, miró a la guerrera con los tímidos indicios de un brillo dorado en los ojos y le dijo:

—Espero que no seas claustrofóbica.

Vyx alzó las cejas como respuesta y se adelantó para bajar el primer escalón. Miró con recelo el descenso desde arriba, preguntándose cuánto se adentrarían en las profundidades del desierto.

—Los arqueólogos te fusilarían —susurró Vyx—. Seguramente llevan buscando este templo siglos, y llegas tú con tus trucos de mago y a tomar por culo. Qué rabia das.

—Trucos de mago —repitió Lucian indignado al pasar por su lado—. Vamos. Cuanto antes bajemos y encontremos el libro, antes podremos volver a Atenas.

—¿No te lo estás pasando bien? Dos colegas de aventura por Turquía…

—No hagas ruido mientras bajas —advirtió el inmortal.

Vyx, que le seguía de cerca e iba haciendo aspavientos para apartar las telarañas, preguntó:

—¿Por qué?

—He oído que si dices tres tonterías en menos de un minuto, la salida se bloquea, y tú dices más tonterías que cualquier persona que haya conocido en mil años.

—Estás muy tenso, eh. ¿Quieres un abrazo?

El suspiro de hastío de Lucian se apagó bajo el eco de las risotadas de Vyx en lo que descendían hacia las catacumbas.

No creo equivocarme si digo que Vyx solo intentaba distraer su mente del susurro que se repetía en bucle en su conciencia; el eco de una pregunta para cuya respuesta no estaba preparada: «Hago esto por Rose, ¿verdad? ».

Los pasadizos subterráneos le parecían a Vyx un laberinto de oscuridad y roña que no tenían fin.

No había antorchas en las paredes ni arcos de piedra sobre puertas tras las que pudiera adivinarse alguna luz de esperanza.

De hecho, la complejidad de la construcción llevaba a la arktoi a pensar que ningún mortal podría haber construído ese templo en los tiempos a los que se remontaba su origen.

Un misterio que, cuando puso en voz alta, Lucian no dudó en esclarecer.

—Hay muy pocas leyendas sobre este lugar —decía, encabezando la marcha—. Mi madre cree que fue la mismísima Hécate quien alzó su primer templo.

—Un poco presuntuoso, ¿no? Alzar un templo para ti misma —opinó Vyx.

—Los titanes son presuntuosos. De todas formas, si las leyendas son ciertas, este templo no estaba destinado a la consagración a Hécate, sino a la enseñanza de la magia.

Vyx torció los labios en desaprobación. Se imaginaba cómo continuaba la historia: Hécate escogió de entre todas sus fieles a seis, y a ellas les otorgó el conocimiento de la magia. ¿Y todo para qué? Pensaba. ¿Para que abusaran de ese poder?

Frenó el paso al percatarse de que en las grandes paredes de piedra, tanto a su derecha como a su izquierda, una serie de símbolos irreconocibles para ella refulgían a su paso solo para apagarse poco después.

Le daba la impresión de que ese residuo de la magia de Hécate que Lucian había mencionado impregnaba las paredes.

¿Sería alguna clase de mecanismo de defensa? ¿Una advertencia tal vez?

El hechicero se detuvo sin previo aviso por esa costumbre suya de hacer y deshacer sin compartir ninguna de sus intenciones con ella. Vyx se apartó el flequillo y dijo:

—Tengo curiosidad. En la avioneta me dijiste que Hécate castigó a sus discípulas por pasarse las normas del uso de la magia por la tela de las túnicas.

Si enterró el templo y… —Lucian volvió a ponerse en marcha y ella lo siguió de cerca—.

Si las primeras hacedoras de magia acabaron enterradas también, ¿cómo es posible que haya brujas hoy día?

Porque, oye, he estado teorizando y creo que una de ellas se escapó, ¿sabes?

Se casó, tuvo muchos retoños, luego se separó al darse cuenta de que tiraban más dos tetas que dos carretas y…

—Ninguna discípula escapó.

—Siempre escapa una. Eso es así —resolvió—. Por cierto, no has dicho nada sobre los símbolos que brillan a medida que avanzamos y, no lo sé, llámame loca… ¿No te parece raro?

—Lo que me parece raro, Vyx, es que siendo como eres incapaz de discurrir por ti misma algo tan evidente hayas conseguido apañártelas para sobrevivir todo este tiempo —opinó.

Vyx le dio un empujón y Lucian suspiró—.

En este templo, en alguna cámara, está el libro que guarda los secretos más oscuros de la magia.

Por supuesto que estará protegido. Pero de momento estamos a salvo.

No he detectado ninguna actividad mágica que pueda suponer una amenaza.

—¿La hueles? La magia, digo.

—Es más bien un cosquilleo.

—Como el sentido arácnido de Spiderman.

Se imaginó que su amigo ponía los ojos en blanco y sonrió.

—Puestos a hablar de leyendas —dijo Lucian—, Circe me contó una vez que en el grimorio de Hécate hay un ritual que podría otorgarle a una bruja el poder absoluto.

—¿El poder absoluto? —Vyx alzó las cejas, escéptica—. Menuda movida, ¿no? Eso significa que si alguien consiguiera un poder así, se convertiría en…

—¿Un dios? Supongo. Puede que no consiguieran la inmortalidad, pero una cantidad de poder así… La cuestión es que, como sabrás, pedirle algo a los dioses siempre conlleva un precio.

—Un sacrificio.

—Exacto. Ha habido muchos brujos a lo largo de la historia que han aspirado a algo así.

—Mis colegas del Aquelarre del Lobo, por ejemplo —recordó Vyx.

—Pero nunca pudieron encontrar el grimorio de Hécate, así que lo intentaron por otros medios. Sacrificaron y succionaron a otros hacedores de magia y a toda criatura mágica con una esencia lo suficientemente poderosa como para alimentar su propio poder.

—Sí, ya me han contado ese cuento. —Vyx tenía la irritante sensación de que el hechicero intentaba decirle algo. Pero ¿qué?—. ¿Esta lección sobre la historia de la magia tiene algo que ver con lo que estamos haciendo? Porque si tienes remordimientos sobre lo del ritual…

De pronto, la luz que despedían los símbolos se intensificó hasta irradiar una luminosidad cegadora.

Hechicero y guerrera se cubrieron los ojos con un brazo y buscaron apoyo a ciegas en las paredes con el otro, cuando el suelo bajo sus pies empezó a temblar.

A Vyx le pareció oír que su compañero decía algo, pero no estaba segura, pues los temblores eran tan intensos y ensordecedores que solo cabría pensar que el desierto se les caería encima.

Y así como todo había empezado, todo acabó en un abrir y cerrar de ojos.

La guerrera contuvo el aliento.

—Vale. —Lucian se giró hacia ella muy despacio—. Ahora sí he detectado algo.

—Lo has detectado tú y Turquía entera, Houdiri de pacotilla.

—Es Houdini, no Houdiri. Y no hace falta que te pongas así. Estamos enteros, ¿no?

Algo se rompió. Oyeron un inconfundible crack .

«Sí», pensó Vyx, «eso ha sido un crack ».

La guerrera se palpó las extremidades meticulosamente.

Uno podría pensar que Vyx sabía cuántos huesos tenía y el nombre de cada uno, pero nada más lejos de la verdad.

Suspiró aliviada de todas formas, pero al mirar a Lucian no le gustó ni una pizca la expresión que tenía.

Era de esas expresiones que sin duda decían: he cometido un error.

Se miraron a los ojos. Vyx negó con la cabeza y le dijo con el mismo tono que hubiera elegido para dirigirse a mí, es decir, con todo el rencor del cosmos:

—Quiero que sepas que te odio muchísimo.

El suelo se deshizo como un castillo de arena y ambos cayeron hacia un profundo abismo.