DE DESESPERACIÓN Y ETERNIDAD #2
—Lo soy —convino Lucian con el cigarrillo entre los labios—.
Aunque eso no tiene nada que ver. Fue poco antes de vuestra prueba de ascensión.
He vivido mucho, Vyx, tantos años que he perdido la cuenta.
Seguramente haya una lista infinita de gente que he olvidado, caras que han pasado por mi memoria sin pena ni gloria.
Pero hay ciertas personas, amigos… que no he sabido dejar atrás.
Ser inmortal es como estar en el extremo de un abismo que representa el principio de todas las cosas y no poder cruzar nunca al otro lado, donde espera el final.
Vivir para siempre es que todo se acabe menos tú.
—Se llenó el pecho de aire—. No quería que Rose se escapara igual que todo lo demás.
Y si se escapaba, quería que al menos no me doliera toda la eternidad.
El olvido es lo más parecido a la muerte para alguien como yo.
Vyx había escuchado cada palabra en completo silencio.
—A ella no debió gustarle una mierda si se lo explicaste así.
Lucian se rio.
—No, no le gustó una mierda. Entendía lo difícil que sería para mí verla envejecer, que se convirtiera en polvo delante de mis ojos.
Pero me dijo algo, Vyx, que me ha marcado más que miles de años de existencia.
Me dijo: lo que importa no es lo que el tiempo haga con nosotros, sino lo que nosotros hagamos con el tiempo.
Si lo que sea que dure mi vida es todo lo que tenemos, entonces eso tendremos.
No me he enamorado de un cobarde, Lucian.
El silencio entró en el callejón con un soplido del viento que hizo bailar envoltorios de plástico y diminutas motas de polvo. Al cabo de un rato, Vyx susurró:
—Dudo que mi hermana supiera cuando dijo eso que su tiempo se acabaría tan pronto.
—Esa no es la cuestión. —Lucian lanzó la colilla—. Hizo de cada segundo de su vida algo valioso e irremplazable. Es el único control que tenemos sobre el tiempo.
—Es fácil para ti decirlo. Tu tiempo nunca se acabará.
—Precisamente por eso es mucho más difícil.
La guerrera estaba demasiado cansada para entenderlo, así que no lo intentó y dijo:
—Qué crípticos sois todos, joder. Por cierto, ¿cómo sabías que estaba aquí?
—No soy un carcamal. Sé cómo funciona un teléfono.
Los ojos de Vyx se abrieron un poco más, sembrados de desconfianza.
—¿Me has seguido? Imposible. No tengo esa función activada en el móvil.
—No tenías —corrigió—. Activé el geolocalizador la primera noche que te emborrachaste en el Cerberos. Qué puedo decir: me preocupaba que te ahogaras en tu propio vómito.
—Eres rarito de cojones, eh. Bueno, pues aquí me tienes.
Lucian se puso en pie de un salto y Vyx lo miró detenidamente. Vestía unas botas altas negras, unos pantalones muy ceñidos del mismo color y un despropósito de camisa transparente. Cruzó las manos a la espalda ante la cansada mirada de Vyx y se giró con una sonrisa de suficiencia.
—Tengo una posible ubicación del grimorio de Hécate.
Vyx se lo quedó mirando.
—No me jo…
Unas horas más tarde, el avión privado del infame Cuervo sobrevolaba los cielos, surcando las densas y oscuras nubes que vaticinaban tormenta.
En la lustrosa cabina de pasajeros, un arco curvo de madera descansaba en un asiento junto a un reluciente carcaj a rebosar de flechas inmaculadas, apoyado a su vez en una mochila holgada que daba la impresión de estar prácticamente vacía.
Vyx se había negado en rotundo a volver al templo antes de partir y, en consecuencia, su equipaje solo constaba de una muda de ropa, una bolsa de conguitos empezada y el equipo de arquería conmemorativo de su Pankrátion; un equipo al que le había dado una totalidad de cero usos desde que le fue entregado por la mismísima adalid de la Orden.
Con las piernas en alto sobre la butaca de enfrente y los auriculares puestos, Vyx miraba fijamente la pantalla del teléfono con una expresión tan meditabunda que empezaba a rozar la melancolía.
Era la tercera vez que ojeaba las más de trescientas fotos de la galería.
Le resultaba del todo ilusorio que esos momentos que había vivido con Astrid fueran reales, pero si el dolor lo era, entonces la convincente felicidad que veía en sus propios ojos también debía serlo.
«Hace mucho tiempo lo tenías todo y ni siquiera lo sabías, gilipollas», pensó mientras ella y una chica maravillosa que nunca mereció sonreían a la cámara con un fondo primaveral.
Un beso en una mejilla congelado en el cristal, como si todavía estuviera pasando, como si nunca dejara de pasar.
Hace mucho tiempo no era tanto tiempo en realidad, solo tenía que remontarse a cualquier día antes de que empezara la pesadilla de la que todavía no había conseguido despertar.
Pero estaba cerca. Muy cerca.
Se aferraba al consuelo de que, cuando Rose volviera, todo iría bien.
Vyx vio de casualidad a Lucian salir de la cabina de mandos con esa típica expresión taciturna suya. Seguramente estuviera dándole vueltas a algo. Se quitó los auriculares cuando el hechicero hizo que bajara las piernas del asiento de un manotazo y ocupó esa misma butaca diciendo:
—Alastair dice que llegaremos en media hora.
—Genial —dijo Vyx—. Menos mal que has dejado esos ridículos pantalones de cuero en casa. Imagino que tener más años que la orilla del río te ha dejado estéril, pero...
—¿Estás juzgando mi manera de vestir? ¿Tú?
—Tengo más estilo que toda tu estirpe junta, versión desnatada de Drácula.
—Oh, sí. Es verdad. El corte de pelo emo y los pantalones de mendigo extragrandes te dan un aire muy de vagabunda rebelde que no se ha comido una lata de garbanzos en semanas.
La guerrera torció el gesto.
—No me gustan los garbanzos. —Carraspeó y cabeceó para apartarse el largo flequillo que le caía hacia los ojos. «Puede que sí necesite un corte de pelo», pensó—. Bueno. ¿Vas a contarme cómo has descubierto la ubicación del grimorio? Hace dos días no tenías ni una sola pista.
Él no respondió. Parecía muy ocupado despegándose la camiseta oscura de manga corta que se le adhería al torso. Vyx continuó mirándolo entre resignada y horrorizada y dijo:
—No me digas que te has prostituido…
Lucian entornó los ojos hacia la ventanilla.
—He acudido a mi madre.
Que a Vyx se le erizase el vello de la piel al pensar en el nombre de Circe estaba seguramente tan justificado como el tormento que brillaba como diminutas estrellas blancas en los ojos grises del inmortal.
El instinto de Vyx le dictaba que soltara alguna broma para relajar el ambiente.
Podría decirle que era un niño de mamá que había tenido que pedir ayuda porque era incapaz de resolver el problema él solito.
Sin embargo, lo que Vyx dijo con voz muy baja fue:
—Gracias. Imagino que no ha sido fácil para ti.
—De nada, florecilla.
Tras un breve e incómodo silencio, Vyx preguntó:
—¿Y dónde está exactamente la isla de Eea, por curiosidad?
Lucian la miró y esbozó una amplia sonrisa, presumiendo de una perfecta y blanca hilera de dientes. Vyx supo al instante que no pensaba decírselo.
—No deberías estar tan relajada. No sabemos lo que vamos a encontrar. El primer templo de Hécate desapareció hace muchísimo tiempo, y las probabilidades de que el grimorio siga allí…
—No creo que Circe sea de la clase de persona que se equivoca.
—Tampoco es de la clase de persona que da su brazo a torcer si no considera que hacerlo será beneficioso para ella.
Una fuerte turbulencia zarandeó el avión y Vyx soltó una sarta de insultos mientras se aferraba a los reposabrazos como si le fuera la vida en ello.
Miró furiosa hacia la cabina de mandos.
—Me cago en mi vida —susurró, y después gritó—: ¡Aprende a pilotar, pedazo de gilipollas!
Lucian alcanzó la mochila sin mediar palabra. Abrió la cremallera, extrajo un pergamino enrollado e ignoró deliberadamente el qué obsesión con los pergaminos que susurró Vyx. Lo extendió con cuidado en su regazo. Era un mapa cartográfico del desierto de la austera Turquía Oriental.
—Las coordenadas son aproximadas. —Puso el dedo en un punto del sur—. Según cuenta la leyenda, el templo quedó enterrado bajo montañas de arena y piedra como consecuencia del castigo de Hécate, que enfureció contra sus primeras discípulas.
—Qué oportuno.
El comentario desconcertó al inmortal.
—¿Crees que es oportuno que las enterrara en el desierto?
—No, imbécil. Creo que es oportuno que ninguna excavación arqueológica lo haya desenterrado todavía. —Vyx se humedeció el labio inferior, pensativa—. ¿Por qué las castigó? ¿Se dedicaron a convertir a la gente en cerdos o algo así?
Lucian puso los ojos en blanco.
—Si se supone que eso ha sido un ataque directo a mi madre, esperaba algo más elaborado por tu parte. Y no. Fueron castigadas porque osaron desafiarla. En resumen: anhelaban más poder del que Hécate estaba dispuesta a darles.
—Como el Aquelarre del Lobo.
—Exactamente. Solo que, a diferencia de Hécate, Hipólita mató a esos brujos y brujas a golpe de espada y flechas.
—El dedo de Lucian avanzó por el mapa—. El avión nos dejará por aquí.
Es demasiado peligroso adentrarse en esa zona del desierto por aire.
Dicen que hay una maldición en esas tierras, pero probablemente solo sean los vestigios del poder de Hécate.
—¿Después de tanto tiempo? No me lo trago.
Los ojos de Lucian se clavaron en los suyos. A esa distancia, Vyx apreció cómo alrededor de la pupila de su ojo gris parecían arremolinarse unas nubes de tormenta.
—Hécate no es una diosa menor. Un poder como el suyo deja una huella tan grande que ni siquiera el tiempo podría ser capaz de borrarla.
—Qué intenso —susurró—. Rose me dijo que desapareció. ¿Tu madre sabe por qué?
—Si lo sabe, no lo dice. —Enrolló cuidadosamente el pergamino—. Pero hay rumores.
—Bienvenidos y bienvenidas a otra clase de salseo griego. Pónganse cómodos y…
—Has preguntado. Ahora escucha, florecilla: Hécate es una titánide.
Nadie sabe por qué Zeus decidió hacer una excepción con ella durante la titanomaquia, pero mi madre cree que quería ganarse su confianza para robarle su poder.
Así que, ya que preguntas… No creo que haya desaparecido.
Mi opinión es que se esconde entre los mortales, paciente, y que algún día volverá.
—Anda, mira, como Lord Voldemort.
—Lo que está claro es que nadie debería infravalorar su influencia cuando hasta su mero recuerdo es tan poderoso.
—Cerró la mochila—. Imagina lo que podría hacer si fuera un poco más que eso.
Conseguir el guardapelo y las cenizas del fénix ha sido un paseo por el parque, Vyx.
¿Esta huella? Podría matarte. Y solo es eso. Un residuo. Espero que estés preparada.
Vyx miró a través de la ventana. Contempló los barcos hechos de nubes en el cielo infinito.
Ella tenía muchas de esas, pensó: residuos, huellas imborrables, cicatrices invisibles, ausencias irremplazables.
Pensó, también, en los motivos por los que no sentía miedo alguno.
Debería sentirlo, ¿no? Ante ella se abriría pronto la última escena de la aventura y, a juzgar por el tono de Lucian, no debería subestimar el peligro de las adversidades a las que posiblemente se enfrentaría.
Sin embargo, no sentía nada más que una urgencia por llegar a la meta.
Puede que estuviera reduciéndolo todo a ganar o perder, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Había luchado contra sí misma y había perdido.
Le había tendido a Astrid una bandera blanca y había salido de los Secretos de Asclepio con la tela descosida y el corazón más roto.
Puede que el amor siempre hubiese sido una guerra perdida. Pero había otra guerra que todavía podía ganar: la que se había propuesto librar contra el designio de los dioses y la mismísima muerte. El devenir de esa guerra todavía estaba por decidir.
Si recuperaba a Rose, se dijo, todo habría valido la pena.
Tal vez.
Solo tal vez.