DE DESESPERACIÓN Y ETERNIDAD
DE DESESPERACIÓN Y ETERNIDAD
V yx salió a la calle disfrazada de una falsa entereza y con el segundo adiós de Astrid convertido en una enredadera de espinas cerrándose contra su corazón. Era un dolor nuevo. O diferente. No lo sabía. Una mezcla de rabia, derrota y frustración.
Los edificios de la atestada calle eran monstruos enormes de sinuosas sonrisas bajo la intensa luz del día.
Tenía derecho, se decía Vyx, el mundo entero: a reírse de ella, a que todo pareciera tan perfecto y mundano.
El ruido vacío, los coches mal aparcados o la cola de gente impaciente frente a un cajero automático; la señora y sus bolsas de la compra y la nieta que la acompañaba con los auriculares puestos, absorta en su propio mundo; las gotas de agua que se precipitaban desde un balcón y los vendedores ambulantes de expresiones amargas.
Todo seguía irritantemente igual: el mundo permanecía perfecto en su imperfección, intacto, impasible, ridícula e injustamente monótono.
Pero ella no. Ya no le quedaba saliva en la boca con la que ahogar la angustia y hasta sus ojos se habían cansado de no llorar.
La vida se movía a un ritmo frenético, pero Vyx seguía allí, muy quieta, como si fuera un poste más de la acera, preguntándose cómo se respiraba o cómo se dejaba de respirar.
¿Qué le pasaba? La herida había dejado de dolerle antes incluso de que Xanthe despertara del vínculo.
Entonces, ¿por qué se le clavaba ese dolor justo en el pecho? Lacerante, peligroso, voraz.
«No necesito a alguien que me quiera, Vyx», le había dicho Astrid.
«Necesito a alguien que me quiera mejor».
Lo había intentado. Había pedido perdón.
«Demasiado tarde». Había bajado los muros.
«Demasiado tarde». Ojalá alguien hubiera tenido la decencia de decirle que perdió a Astrid el día que se fue de su apartamento y que todo lo que sucedió después acabaría evaporándose tras el cristal de un reloj de arena que se queda sin tiempo antes de que salga el sol.
Bajó la cabeza, se acercó la mano al flequillo y tiró del pelo, como si quisiera sentir algo que no fuera esa arrolladora desesperanza, esa ira que ya no podía descargar contra el mundo porque el mundo seguía intacto e impasible e injustamente idéntico y toda la culpa era suya.
Quería volver a mirarlo como antes, convertirlo en ese escenario en el que nunca quiso estar, en el tablero de los dioses dispuesto para una partida en la que jamás pidió jugar.
Pero seguía atrapada en un escenario en el que todo el mundo parecía completo porque a nadie más le habían quitado a Rose y en el que alguien más tendría a Astrid porque ya no era suya.
La culpa sí. La culpa era toda suya. ¿Qué pasaría si volviera a tragárselo todo?
Vyx sabía que ya era tarde. Podía sentirlo.
La impotencia había roto la presa y se desbordaba sin más impedimentos.
¿Cómo podía hacer que volviera el ruido?
Las voces, las risas, los pitidos. Que ese mundo intacto e impasible e injustamente idéntico volviese a rugir por encima de su arrepentimiento, que apareciera algo a lo que poder aferrarse.
—¡Vyx!
Una polilla en la oscuridad. Una voz familiar. Vyx abrió los ojos y miró alrededor. Descubrió que los edificios ya no dibujaban sinuosas sonrisas y que algo más allá de un coche mal aparcado, al otro lado de la carretera bidireccional, Lucian alzaba un brazo.
Al verlo, Vyx pensó que él siempre parecía indiferente a todo.
Que le daba igual si el mundo era imperfectamente perfecto o una mezcla de colores y ruidos sordos, porque Lucian nunca cambiaba.
Le gustaba ser una sombra, un árbol oscuro en un bosque verde, un renegado que había aprendido cómo seguir viviendo a pesar de que le faltaba lo único que había amado.
Lucian. Siempre tan sereno, tan empoderado, tan acostumbrado a tener el control.
Lo más sensato hubiera sido esperar al hechicero, pero Vyx nunca había brillado por su sensatez, y me temo que en ese momento no necesitaba la calma que Lucian pudiera brindarle.
Necesitaba explotar. Vyx giró sobre sus pies y enfiló la calle como una autómata desgarbada.
Se movía como un fantasma; actuaba como si no hubiera ni una sola alma más en la ciudad y se ponía más y más roja por momentos.
Se coló con la premura de un ladrón que huye de la escena del crimen en un callejón pintado de sombras, donde los densos vapores que despedían los silenciosos motores podrían confundirse con una niebla otoñal.
Esa falsa niebla otoñal envolvía a Vyx como la solitaria nube de una tormenta cautelosa y vacía, sin otra virtud que la de jugar al escondite con el sol.
La voz del hechicero se convirtió en una serie de ecos distantes que la acechaban desde todos los flancos como una reminiscencia de su conciencia.
La chaqueta negra del uniforme le pesaba a Vyx tanto o más que todas sus extremidades juntas, pero arremetió contra el contenedor de basura con una patada y un grito, de todas formas.
Sí, supongo que quería ver el mundo arder y quemarse con él.
Atacó a las bolsas de basura y arrancó de cuajo un póster de la pared.
No fue suficiente. Vyx dio vueltas y vueltas sobre sí misma a la caza de otro objetivo.
Resultaba insufrible y abrumador lo cansada que estaba de que le dieran lecciones sobre el amor y sobre la pérdida, y lo furiosa que estaba porque nadie le había dicho que seguiría queriendo a alguien que ya había perdido o que sería un amor diferente y que le dolería todos los días.
Su rabia y su pesar se retroalimentaban, y por eso, Vyx no dejó de destrozar todo lo que veía hasta que no quedaron nada más que los ladrillos rojos de las paredes.
Entonces se ensañó con ellos. Dio un puñetazo, y otro, y otro, deseando que los nudillos en carne viva le dolieran más que la culpabilidad.
Porque Rose murió salvándola a ella.
Porque había entendido cuánto quería a Astrid demasiado tarde.
Porque no había sabido cuidar de Xanthe.
—¡Para! ¡Vyx! ¡Vyx!
Los brazos de Lucian la atraparon como una prisión.
Ella siguió gritando; gritó tanto que no se dio cuenta de que también estaba llorando.
Debo suponer que no fue por llorar ni por gritar que Vyx pudo recordar cómo se respiraba.
No. Yo creo que fue por el abrazo. Fue esa manera tan pura y sincera de Lucian de decirle que no estaba sola.
El benevolente hechicero y la guerrera humillada parecían indemnes al tiempo, como si los minutos pasaran de largo dejándoles en un bucle espantoso de compasión y desconsuelo.
Momentos después, y es difícil decir cuántos momentos fueron exactamente, el cuerpo de Vyx se relajó entre los misericordiosos brazos de Lucian y él la soltó muy despacio.
El fuego de la rabia y la aflicción se había apagado.
Vyx dio unos ineptos pasos. A ojos de su amigo debía de parecer poco más que un esqueleto que está aprendiendo a moverse y al que no se le da muy bien.
Cuando la guerrera se sentó en el suelo, se sintió aterradoramente vacía.
Tenía los nudillos en carne viva, las mejillas rojas y la mirada perdida.
El caos siempre es así. Atronador y destructivo al principio, silente y desolador al final.
Lucian se sentó junto a la guerrera. Como no era de la clase de personas que pierden el tiempo o, en su defecto, era de la clase de personas que se han cansado de perderlo, preguntó:
—¿Un mal día?
Todo lo que Vyx pudo o supo hacer fue tragar saliva y parpadear despacio.
—Tenías razón sobre Xanthe.
Él entornó los ojos e hizo lo más inesperado que podría haber hecho: sacó una pequeña caja metálica del bolsillo del pantalón, la abrió con parsimonia y cogió un cigarrillo al azar.
—No me gusta tener razón.
—Debería haberme dado cuenta —continuó Vyx, derrotada.
Recogió las piernas contra el pecho, se abrazó a ellas y apoyó la barbilla en las rodillas—.
Xan gritó como un alma torturada al despertar.
Fue como si le estuvieran clavando cien cuchillos.
No, no; miles de cuchillos. Se retorcía como si la estuvieran quemando viva. ¿Alguna vez has visto algo así?
Lucian acercó el cigarrillo a la llama del mechero, lo encendió y dio una calada. Sopló el humo con desgana y asintió con la cabeza.
—Alguna vez.
Vyx tenía las pestañas mojadas cuando lo miró. Daba la impresión de que la fiera guerrera se había escondido en una burbuja y dejado a merced de todas las consecuencias de sus actos a una muñeca demasiado rota para darse cuenta de que le sangraban las manos.
—Es culpa mía —declaró Vyx.
Él sonrió. Fue una sonrisa sincera y sin segundas intenciones.
—Te prometo, florecilla, que aunque podría escribir una larga lista de todas las desgracias que llevan tu nombre, esa desgracia no es una de ellas.
—Estaba poseída. O algo así. —Tragó saliva—. Un brujo la convirtió en una marioneta, joder. El Círculo se ha pasado meses buscando al asesino. Qué puta ironía de mierda.
—¿Vas a contarme qué ha pasado? Esto no es solo por Xanthe, ¿verdad?
No fue nada fácil encogerse de hombros en esa acrobática postura, pero Vyx lo consiguió.
—He intentado arreglarlo con Astrid. Ha ido regular.
—Lo siento.
—Le he dado mi corazón y ella lo ha cogido, se lo ha comido, lo ha escupido y luego lo ha tirado por la ventana y se ha quedado mirando cómo los coches lo hacían papilla.
—Qué gráfico y específico —susurró Lucian—. ¿Llegó a contarte Rose que quise dejarla?
A Vyx le brillaron los ojos como si acabara de recuperar su alma. Giró un poco la cabeza para descansar la mejilla en la rodilla y poder mirarlo mejor. Sonrió con escepticismo y le dijo:
—Hace cosa de un año me hubiese alegrado que te cagas de oír eso, pero no me lo creo. Ni de coña, va. Eres de esos románticos empalagosos que van por la vida dedicando canciones o dando paseos a la luz de la luna porque su amor es especial y eterno y bla, bla, bla.