DE HECHIZOS Y RENCORES #2
Se miraron en silencio y con absoluta desesperanza.
Y Vyx se odió. Se odió como jamás se había odiado, y ya sabemos que se había odiado toda la vida con mucho ímpetu, al darse cuenta de que no conocía a la chica a la que tan desesperadamente deseaba recuperar.
Porque si la conociera sabría reconocer el miedo visceral que le pintaba los ojos o entendería por qué apretaba los puños hasta rabiar.
Vyx tragó el exceso de saliva que le quemaba en la garganta y acarició las muñecas de Astrid.
—Había algo familiar en ese vínculo. —Astrid la miraba sin ver—. Y podía sentir… podía sentir cómo el poder se metía dentro de mí. O puede que saliera de mí.
—Lo que yo creo es que te he pedido demasiado. No debería…
—¿Crees que soy igual que ella?
La pregunta desarmó completamente a la guerrera.
—¿Igual que quién?
—Igual que mi madre.
—Claro que no.
Pero Vyx tuvo la certeza de que nada de lo que dijera en ese momento podría parar la vorágine de emociones que empezaban a manifestarse en el temblor de los labios de Astrid, en el tiritar incontrolable de sus extremidades y la solitaria lágrima que se deslizaba por su mejilla.
Solo pudo observar impotente cómo Astrid se incorporaba en la cama y le pedía:
—Llévame a casa. He hecho lo que me habéis pedido. Llévame a casa, Vyx. Por favor.
Y desolada, Vyx no supo hacer otra cosa que asentir mudamente.
Recorrieron a solas los pasillos al paso lento de la joven Lykaios, que le negó a la guerrera toda ayuda, presumiendo de un orgullo más propio de Vyx que de ella.
Enfilaban ya las escaleras cuando se cruzaron con Hipólita. La adalid volvía a vestir la túnica morada destinada únicamente a la sacerdotisa de la Orden Arktoi.
—Astrid —dijo nada más verlas—. ¿Cómo te encuentras? Me consta que el ritual habrá supuesto un esfuerzo inmenso para ti.
—Maravillosamente —mintió la aludida—. Ya me iba.
—No tengo palabras para agradecerte lo que has hecho por Xanthe y por la Orden…
—No hace falta.
—Pero me temo que voy a tener que pedirte algo más.
La guerrera frunció el ceño y entornó los ojos. Se preguntaba si ahora que conocían a Astrid y sabían de su buena voluntad pensaban aprovecharse de su naturaleza mágica a conveniencia.
—Con el debido respeto, Hipólita —dijo Vyx—. Creo que ya ha hecho suficiente.
—El élenkos es, en esencia, un vínculo. Un hechizo así requiere que el brujo que lo conjura se acerque mucho a su objetivo.
Temo que los recuerdos de mi guerrera estén dormidos.
—Hipólita le lanzó un vistazo a Vyx antes de volver a mirar a Astrid y añadir—: Necesito que los despiertes.
Es primordial revelar la identidad de quién está detrás de todo esto.
—¿Se ha preguntado si Xanthe quiere recordar? —siseó Astrid—. La memoria no es una cesta de fruta. No puede escoger qué manzanas quiere y cuáles no. Si recuerda, lo recordará todo.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
—No es decisión suya —aseveró Astrid.
—Las vidas de las guerreras que siguen aquí dependen de que paremos esta amenaza. Los recuerdos de Xanthe son la única pista que tenemos para ponerle fin.
Vyx cogió a Astrid por el brazo y suspiró frustrada cuando la bruja se soltó de un tirón.
—Danos un minuto, Hipólita.
La única respuesta de la adalid fue una mirada impertérrita. Vyx invitó a Astrid a seguirla en lo que se alejaba unos pasos. Cuando estuvieron relativamente a solas le dijo:
—Hipólita siempre hace eso. Intimidar.
—¿Y qué? —Astrid se cruzó de brazos—. ¿Crees que le tengo miedo?
—No, joder. Ya sé que no. Eso es lo que te estoy diciendo. No tienes por qué seguir metida en este lío. Estoy segura de que podremos encontrar otra manera de…
—Este lío en el que tú me has metido, quieres decir.
—Eso no es justo.
Astrid bajó la mirada al suelo.
—Este es tu mundo, Vyx, no el mío. No quiero ser la marioneta de nadie.
—Ya lo sé.
—Si Xanthe está dispuesta a recordar, la ayudaré. Solo a ella. ¿Queda claro?
Vyx siempre pensó que sabría reconocer el límite de lo prohibido cuando lo viera.
Había cometido todos los errores que un ser humano podía cometer y sabía que no había tiempo suficiente para una redención como la suya.
Pero iba a intentarlo. Después de todo, cuando la partida ha acabado y has perdido, lo único que te queda es enseñar todas tus cartas, mirarlas y soñar con lo que podría haber sido antes de volver a casa con demasiada pena y ninguna gloria.
Astrid se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras. Al pasar junto a la adalid, dijo:
—Cuando esté preparada, que Xanthe acuda a mi herbolario. Si ella quiere, la ayudaré.
Hipólita inclinó la cabeza en agradecimiento.
No hubo palabras entre ellas mientras cruzaban los jardines, la barrera o el claro, y tampoco las hubo cuando se metieron en el coche que el Círculo dispuso para llevarlas de regreso a Volos.
Vyx intentó ignorar todos los recuerdos que despertaron nada más cruzar juntas la puerta del herbolario.
Que Astrid no se molestase en encender las luces y que se moviera por ese espacio como si ella no estuviera allí era una silenciosa pero directa invitación a que se marchara.
Y Vyx se habría ido, sin lugar a duda, si todavía fuera capaz de reducirlo todo a una cuestión de orgullo.
La guerrera enfundó las manos en los bolsillos del pantalón.
—Astrid. Lo que ha dicho Hipólita…
—Miente tan bien como tú —ladró mientras se deshacía el moño, en pie al otro lado del mostrador—. Supongo que tiene sentido, ¿no? Os ha criado ella. Tu mentora fue la primera en levantar muros y todas aprendisteis de ella como obedientes cervatillos.
—Astrid, venga. Estoy intentando…
—¿Qué? —le espetó—. ¿Qué estás intentando, Vyx?
Por una milésima de segundo, Vyx imaginó que Rose estaba detrás de Astrid, alzando los pulgares para animarla a seguir. Era la hora de poner en voz alta todo lo que gritaba su corazón.
—Pedirte perdón. Lo siento. Siento haber sido una paralítica emocional. Lo he entendido. De verdad. Todo. Y… te mereces a alguien que sea sincera contigo.
—Nunca estaré a la altura de Rose, Vyx. Siempre habrá algo más importante que yo.
—No. No es verdad. Puedo…
—¿Has cambiado de idea? —La sonrisa de Astrid era la más triste que esos labios habían dibujado jamás—. Dime. ¿Has renunciado al ritual?
No hizo falta respuesta. Vyx dio un paso hacia ella, pero Astrid negó con firmeza y extendió un brazo, pidiéndole con ese gesto que no se acercara más.
—Astrid. Por favor. Escúchame. Creo que te qui…
—No lo digas —suplicó Astrid al borde del llanto—. No lo digas, Vyx. Porque, ¿sabes qué? No necesito a alguien que me quiera. Necesito a alguien que me quiera mejor.
—¿Tengo que elegir? ¿Rose o tú? ¿Eso es lo que quieres decir?
—No. —Astrid cerró los ojos—. Lo que estoy diciendo es que ya lo has hecho.
—Has vuelto. —Kyrian acababa de cruzar la cortina con un frasco en la mano y un papel arrugado en la otra—. ¿Qué hace esta aquí? —inquirió, rabioso como un perro salvaje.
Esta vez, Astrid no tuvo que salir en defensa de la guerrera.
—Nada —murmuró Vyx—. Ya me iba.
Y se marchó tal y como había previsto, con demasiada pena y ninguna gloria. Se marchó sabiendo que había algo peor que la muerte: la pérdida de un amor que se ha roto para siempre.