DE HECHIZOS Y RENCORES
DE HECHIZOS Y RENCORES
A strid dibujó un misterioso símbolo en la frente de Xanthe con la mezcla pastosa y oscura del cuenco, bajo la atenta mirada de su indeseado público.
El signo consistía en una línea diagonal ligeramente curva que otras dos rectas equidistantes atravesaban en dirección horizontal.
Si bien ninguna de las guerreras lo sabía, el símbolo era un atributo de la vinculación espiritual.
La adalid se acercó a la mesa en silencio mientras sus aprendices mantenían respetuosamente la distancia, muy quietas frente a la inmensa estantería.
Daba la impresión de que Hipólita no quería perderse detalle de los movimientos de la bruja y, de hecho, sospecho que pretendía aprender un poco más sobre esa magia que se había convertido en el mayor de los desafíos para unas mujeres que se dedicaban en cuerpo y alma al combate.
Vyx no pudo evitar pensar que, aunque Astrid consiguiera salvar a Xanthe y rompiera el vínculo, jamás sería una heroína a ojos de la Orden.
A nadie le importaría en lo más mínimo que se hubiera pasado noches enteras en vela leyendo manuscritos antiguos para perfeccionar la disciplina de la herbología.
Y si bien Vyx pensaba que era sumamente injusto, también comprendía el temor que latía por los hacedores de magia en el corazón de sus hermanas.
Cora, que se encontraba a la derecha de Vyx con los hombros tensos, susurró:
—Espero que sepa lo que hace.
Y Vyx le dijo:
—Yo también.
Ajena a toda duda y todo rencor, Astrid cerró los ojos, cogió aire y recitó:
— Ákousé me, triplí theá. Hekátē, theá tou fotós kai, ton monopatión kai, ton stavrodrómi.
Una ráfaga de viento de dudoso origen apagó el fuego que ardía en los candelabros, sumiendo el despacho de la adalid en una inquietante oscuridad. Astrid continuó:
— Aftón ton anepithýmito desmó pou kaíei sta spláchna tis kóris, thélo na spáso.
La bruja empuñó la daga. Levantó con suma delicadeza la muñeca derecha de Xanthe con la otra y realizó un corte horizontal en la palma de la mano de la guerrera dormida.
— Aftó eínai to aíma tou foréa tis syneídisis, treis stagónes zoís . —Acercó la punta de la daga a la frente de Xanthe. Una primera gota roja cayó en el símbolo de vinculación—. Éna gia to myaló . —Cayó una segunda—. Éna gia tin kardiá kai . —Otra más—. Éna teleftaío gia tin psychí .
Vyx parpadeó, sorprendida y fascinada a partes iguales por ese intenso color violáceo que refulgía en los ojos de la bruja.
El símbolo de la frente de Xanthe desprendía también un tenue resplandor dorado.
Tal era la abnegación de Astrid al hechizo y la conexión que había establecido con el proceso mágico que el suelo de madera empezó a temblar.
Sumida en una especie de trance psíquico, la joven bruja limpió el filo de la daga con un paño blanco y, seguidamente, hizo otro corte, esta vez en la palma de su propia mano.
Una solitaria gota de sangre cayó sobre el radiante símbolo.
— Ki aftó eínai to aíma mou, stagóna ypiréti, tis kóris sou, foréas tis gnósis kai tis mageías sou .
Astrid dejó la daga en la mesa, impasible a las violentas sacudidas que ponían a prueba la fe de las guerreras arktoi. Luego posó la mano limpia de sangre sobre la frente de Xanthe y clamó:
—¡Afíste tin!
Fue espeluznante, repentina e inesperada la manera en que la guerrera dormida se encorvó, como si las veintiséis vértebras de su espalda se hubieran evaporado y todo su cuerpo se contorsionara con la flexibilidad de un gusano.
Cora cerró la mano alrededor de la de Vyx para contener el miedo y Vyx tuvo más miedo si cabe cuando lo hizo.
Era difícil de explicar, y desde luego ninguna se atrevería a intentarlo, pero daba la sensación de que Xanthe estaba atrapada en una jaula rectangular y pequeña hecha de la misma energía que oscilaba en el ambiente enrarecido, en los tablones de madera y en la piel de la joven bruja.
A pesar del hilo de sangre que le brotaba despacio de la nariz, Astrid gritó una vez más y con mayor vehemencia:
—¡Afíste tin!
El fuego volvió a arder en los candelabros, y así como todo empezó, todo acabó. Aunque seguramente Hipólita y sus preciadas guerreras pensaran que bien podrían haberse ahorrado el horror que estaban a punto de presenciar.
Xanthe despertó de la pesadilla con un grito prolongado y estremecedor.
Eran gritos verdaderamente espantosos que nacían en sus entrañas y que sin duda le desgarraban la garganta.
Tenía una expresión compungida y deformada mientras se retorcía de puro sufrimiento, y eso a Vyx le dolió más que cualquier tortura física a la que la hubieran sometido.
Mientras Cora y las demás intentaban contener a una Xanthe que estaba fuera de sí, Vyx vio que Astrid se movía como si sus piernas perdieran fuerza por segundos.
Cuando la bruja desfalleció, solo los brazos de Vyx la salvaron de caer redonda al suelo. No podría decir que se miraron a los ojos, pero lo intentaron.
—Te tengo —murmuró Vyx—. Te tengo.
La sonrisa de Astrid no habría convencido a nadie más que a ella misma.
—Lo he conseguido.
—Pues claro que sí. Eres la mejor. —Vyx sonrió—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
No quería pensar que Astrid solo la miraba con esa inesperada ensoñación porque estaba sencillamente desorientada.
Vyx prefería imaginar que su plan, por absurdo que hubiera sido desde el principio, había funcionado.
Que al fin volvía a tener a Astrid entre sus brazos, liviana y perfecta, como todas esas veces que la llevó desde el sofá hasta la cama porque se había quedado dormida en el salón.
Mirándola, tan cerca de esos ojos ámbar que bien podría presumir de haberse bañado en un mar de oro, Vyx quiso prometerle que no volvería a soltarla nunca más.
Y pensó que sería lo más romántico y ridículo que habría dicho en sus tormentosos veintitrés años.
—Ha sido como estar en casa —dijo Astrid en voz baja. La sonrisa se apagó, y con ella las esperanzas de Vyx—. Y ha sido horrible.
—¿Qué? No digas eso. —Astrid cerró los ojos—. Oye, no te duermas. ¿Astrid? Astrid.
Vyx acercó el cuerpo debilitado de la bruja hacia su pecho en un abrazo que no fue correspondido. Azorada por el caos que las envolvía y castigada con los gritos espantosos de su mejor amiga, cargó con Astrid y salió del despacho como si estuviera salvándola de las llamas.
Un silencio absoluto se hizo con el largo y estrecho dormitorio. Eran doce las camas dispuestas en hileras de seis unidades idénticas hasta el más ínfimo detalle, pero solo una de ellas estaba ocupada, y era esa en la que Astrid dormía.
Más allá de una palidez nada tranquilizadora, Vyx sabía bien que Astrid no corría peligro, pues le había tomado el pulso tantas veces como había recorrido el dormitorio de punta a punta, incapaz de controlar los nervios que alimentaban sus miedos.
¿Y si el ritual le dejaba secuelas? ¿Y si resultaba que le había pedido que hiciera más de lo que nadie debería hacer?
En un momento dado, Vyx había permanecido muy cerca de la puerta sin hacer ruido alguno para escuchar a hurtadillas una acalorada conversación entre dos de mis fieles adeptas.
—La bruja nos ha ayudado, ¿no? —había dicho Cora.
—Y puede que antes de ayudarnos les haya dado una palmadita en la espalda a los brujos que nos pisotearon como si fuéramos hormigas.
¿O es que te has olvidado ya? A ver si te enteras, Cora.
Lo único que a Vyx le ha importado desde que nació es su hermana, y lo único que le importa desde que Rose murió es ella misma y, al parecer, esa rubita con poderes tan mona.
Así que si aceptas un consejo de una amiga…
—No somos amigas. Ni de lejos —había repuesto Cora.
—Hazte un favor y deja de ponerle ojitos, porque le das absolutamente igual.
—Cree el ladrón que todos son de su condición. ¿Sabes, Thalia? Empiezo a pensar que la única razón por la que la odias es porque sabes que es mejor que tú.
Y no habían dicho nada más. Vyx había oído que trasladaban a Xanthe a la enfermería con premura y después había caído ese silencio que nada ni nadie se había atrevido a romper.
Pasados los minutos y puede que incluso las horas, Vyx acabó sentada en el suelo junto a la cama que ocupaba Astrid, con las piernas recogidas contra el pecho, la mirada perdida y sin tener ni remota idea de qué pensar de Cora.
No sabía qué la desconcertaba más: su manera de acercarse a ella algunas veces o esa frialdad con la que la apartaba muchas otras.
Vyx percibió que Astrid se agitaba en el colchón como si hubiera estado a oscuras y acabara de salir el sol.
La guerrera se incorporó sobre las rodillas y, aunque se había prometido no atosigarla, no pudo evitar inclinarse sobre ella como si pretendiera descubrir si sobreviviría solo por su manera de respirar.
La única conclusión a la que llegó fue que a Astrid le costaba una barbaridad mantener los ojos abiertos.
—¿Qué ha pasado? —fue lo primero que preguntó Astrid con un hilo de voz.
—Te has desmayado, pero ya estás bien.
Debo decir que Astrid no daba la impresión de estar nada bien. De hecho, parecía que iba a empezar a llorar de un momento a otro. Vyx presenció en silencio cómo Astrid se llevaba las manos a la cara para esconder las lágrimas, ahogaba un sollozo y decía, asustada:
—No debería haberlo hecho.
—Venga, no digas eso. Ha funcionado. Xanthe está bien.
—No, no, no, no… No quería esto. Nunca he querido esto.
—¿De qué estás hablando?
Astrid bajó las manos despacio y se mordió el labio con una fuerza que Vyx dudaba que fuera a tener en mucho tiempo. La miró a los ojos, más compungida que nunca.
—El poder —le dijo—. Oír la llamada.
—¿La llamada de qué?
—De la oscuridad.