DE MIEDO Y SOBERBIA #2
—Esto es diferente. El élenkos es un hechizo muy complicado. Lo que intento decir es que… No quiero ser vuestra última esperanza. ¿Entiendes? Puede que no funcione.
—Estás aquí y vas a intentarlo. Ya es más de lo que puedo decir de mí.
Astrid la miró fijamente. Temerosa de que le preguntara a qué se refería, Vyx la invitó a que la acompañara y subió dos escalones de una sola zancada, fiel a un silencio que, con el tiempo, como muchos otros silencios antes, se convertiría en arrepentimiento.
Descubrieron que Hipólita y Thalia las esperaban frente al despacho. Tras un leve asentimiento de cabeza, la adalid abrió la puerta y entró, seguida muy de cerca por Thalia. Ya fuera por educación o por miedo, Vyx esperó a que Astrid entrara primero y la siguió después.
—Habéis tardado demasiado —dijo Cora, sentada en el filo del escritorio como estaba. Vyx cerró la puerta—. Empezábamos a pensar que…
—Que Vyx se había inventado lo de la conveniente hacedora de magia —terminó Elara.
Había manchas blancas en todos y cada uno de los cortes de la guerrera, que llevaba, además, un brazo en cabestrillo. Elara se apartó de la mesa sobre la que Xanthe estaba tendida y se ayudó con el báculo de Iris para mantenerse en pie. Vyx alzó una ceja y preguntó:
—¿Por qué iba a inventármelo?
—Porque te inventaste lo de que nos besamos.
—Que tú no te acuerdes no lo hace menos real, guapa. Tienes muy mal beber.
Elara sonrió y se dispuso a acercarse a ella. En un acceso de compasión, Vyx fue en su busca y se encontraron a medio camino. Le dio unas torpes palmadas en el hombro y le dijo:
—Me alegro de que estés viva.
Elara le guiñó el ojo.
—Cora, Elara —llamó Hipólita. Las aludidas enderezaron la espalda de manera automática—. Esta es Astrid, la hacedora de magia que tan amablemente ha accedido a ayudarnos.
Vyx había olvidado que Astrid estaba allí.
Observó cómo Cora se posicionaba a su lado, tan cerca suyo que se tocaban brazo con brazo.
Elara, en cambio, se limitó a mirar a Astrid como si fuera un monstruo que acababa de salir del Tártaro.
Vyx pensó que era muy probable que ninguna de las ascendidas sintiera simpatía alguna por alguien como Astrid, teniendo en cuenta que habían sido masacradas en su propia casa por un grupo de los suyos.
—Hola —saludó Astrid, y Vyx no sabría decir si lo hizo con incomodidad o con indiferencia.
Su exnovia no perdió tiempo esperando a que le dirigieran la palabra, tan pronto vio a Xanthe tendida en la mesa, inconfundiblemente consumida por un poder que se había alimentado de ella como un parásito, se acercó a la mesa a toda prisa y le tomó el pulso a la ascendida dormida.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó a nadie en particular.
—Pues tampoco es tan alta.
El susurro de Cora hizo que Vyx la mirase confundida. ¿Estaba hablando de Astrid?
—Sospechamos que más de tres meses —respondió entretanto la adalid.
—Tres meses. —Astrid acariciaba el pelo de Xanthe con la devoción y el cariño de una madre—. El vínculo debe ser muy fuerte a estas alturas.
—¿Qué quieres decir?
Nadie pasó por alto la amenaza que vibraba en la voz de Thalia.
—Quiero decir que Xanthe ha estado mucho tiempo expuesta al élenkos y que por eso su cuerpo se ha ido consumiendo poco a poco. El hacedor de magia se vincula espiritual y mentalmente a su víctima y… ¿De verdad no os habéis dado cuenta de nada hasta ahora?
—Astrid. —Hipólita no necesitó alzar la voz para profesar esa determinación que inspiraba respeto allá donde fuera—. Comprendo que la situación puede parecer desalentadora, pero mi guerrera es fuerte. ¿Puedes romper el vínculo?
—Necesitaré algunas cosas.
—Nómbralas.
Y Astrid hizo algo mejor que nombrarlas: pidió bolígrafo y papel y redactó una lista con cada ingrediente que necesitaría.
Thalia acató la orden de Hipólita sin rechistar y salió del despacho con la misión de conseguirlos.
Mientras esperaban, Vyx se alejó del incómodo escrutinio de Cora y se sentó en el filo de la mesa en la que descansaba Xanthe.
Hizo un esfuerzo colosal para no dejarse caer en el torbellino de culpabilidad que se le agolpaba en el pecho.
Aunque debo decir que resultó más llevadero cuando Astrid se acercó y le rozó el muslo con la yema de los dedos.
—Este sitio era diferente antes —comentó Vyx antes de que tuviera oportunidad de decirle algo reconfortante—. No te quedes con esta imagen de que somos unas guarras que no limpian.
La sonrisa de Astrid le hizo cosquillas en el corazón.
—Tú no le has pasado un trapo a un mueble en tu vida.
—¡Ja! —Vyx sonrió también—. Es una pena que te pierdas las fiestas de los sábados. Niñas disfrazadas de osa, cócteles de colores y competiciones de tiro con arco. Son un pasote.
—Xanthe se pondrá bien, Vyx. —Astrid, como siempre, fue capaz de ver más allá de esa fachada de invulnerabilidad—. Saldrá de esta. Ya lo verás.
—No parecías muy convencida antes de entrar aquí. ¿Crees que lo recuerda?
—¿El qué?
—¿Crees que estaba despierta cuando las mataba?
Astrid se tomó unos segundos de más para responder, y Vyx se preguntó si se debatía entre darle una tranquilizadora mentira o una apabullante verdad.
—No creo, no.
Vyx dejó caer los hombros, como si hubiera olvidado que nunca daba señales de abatimiento delante de nadie que no fuera el espejo.
Después, arrepentida, desvió la mirada hacia Cora.
La guerrera estaba junto a la ventana de brazos cruzados y las miraba fijamente.
Un hecho que sin duda inquietó considerablemente a Vyx, y por eso entornó los ojos, rehuyéndola, y se fijó en Hipólita.
La adalid charlaba en voz baja con Elara.
—Se despertará y sabrá lo que ha hecho —susurró Vyx.
Y Astrid intentó darle esperanza, aunque ninguna de las dos supiera por qué.
—No ha sido culpa suya.
—La culpabilidad no funciona así —negó Vyx, terrible e indudablemente cansada—. No se disuelve como una pastilla efervescente en el agua cuando alguien te dice: oye, no ha sido culpa tuya. Xanthe adora a toda esta gente, Astrid, y saber lo que ha hecho la destrozará.
Decidieron mirarse a los ojos a pesar de todo lo que implicaba, y la compasión que brillaba en los de Astrid fue para Vyx equivalente a una puñalada despiadada.
La miraba como si ella fuera muy lista por haber sobrevivido y Xanthe fuera muy estúpida por haber dejado que un hacedor de magia la controlara.
Afortunadamente, Thalia llegó justo a tiempo con los ingredientes y Vyx aprovechó la oportunidad para huir.
Si bien todas las presentes observaban a Astrid detenidamente, Vyx la contemplaba con genuina fascinación, anonadada por esa manera metódica y elegante suya de combinar los ingredientes.
Siempre supo que Astrid era tan habilidosa con la magia como injustamente hermosa, pero no recordaba haberla visto desenvolverse así antes.
Aunque no estaba en su herbolario, en un ambiente familiar en el que poder dar rienda suelta a su destreza e imaginación, se movía alrededor de la mesa de Xanthe con suma soltura.
Astrid era toda concentración y determinación, y Vyx era todo nervio.
—Vyx, necesito espacio. ¿Puedes dejar de respirarme en la nuca, por favor?
No se había dado cuenta de que la seguía de un lado a otro, entre curiosa y fascinada, por cada uno de sus movimientos: desde la elección de hierbas hasta los golpes que daba en el mortero.
—Perdón.
Vyx dio un paso hacia atrás y, sin saber muy bien dónde ponerse para no estorbar, acabó cruzando miradas con Cora.
La pilló por sorpresa, una vez más, que esos ojos rasgados estuvieran mirándola con una fijeza del todo inquietante.
Seguía junto a la ventana cruzada de brazos, con una mueca impertérrita y un gesto indescifrable.
Vyx entornó los ojos hacia Astrid y, de repente, no supo qué hacer con las manos.
¿Por qué eran tan grandes? Sobra decir que las manos de Vyx eran de un tamaño de lo más normal, aunque en ese momento sintiera que, si intentaba esconderlas en los bolsillos, no cabrían.
Optó por entrelazarlas a la espalda en lo que se acercaba a paso casual a Cora.
—Se ha quedado buen día para hacer un poco de hocus pocus, ¿eh?
Lo que más le gustaba de Cora era que nunca parecía aturdida ni descolocada por sus comentarios. De hecho, los recibía con una dulzura melancólica.
—Enfrentarnos a un séquito de brujos, sobrevivir a un asedio y ahora presenciar un ritual espiritual… —enumeró su compañera con indiferencia—. Si no fuera porque ya es un poquito tarde, te diría que es otra práctica para la ascensión.
—A lo mejor hay otra prueba después. —Vyx se apoyó de lado contra el marco de la ventana—. Una de la que Hipólita no nos ha hablado porque la mandaríamos a la mierda.
—¿Esta se ha diseñado para poner a prueba nuestra hacedofobia?
Vyx sonrió involuntariamente. No estaba acostumbrada a que sus compañeras la citaran a menos que fuera para reírse de ella. A excepción de Rose, por supuesto. Rose habría dicho la palabra hacedofobia una infinidad de veces solo para hacerla sonreír.
—Es un pecado gravísimo ser hacedofóbico, te cuento.
Cora le sostuvo la mirada durante un segundo que bien pudo ser una eternidad y dijo:
—De la clase de pecado que haría llorar a Artemisa.
—Y a Apolo. Con eso de que son gemelos, seguro que también lloran a la vez.
—Siempre me lo he imaginado bastante soberbio.
—Todos los dioses son soberbios —evidenció Vyx, como si fuera una verdad universal.
—Algunos más que otros. Hades, por ejemplo. Me da que todo ese rollo del Inframundo influye en la percepción que tenemos de él. Seguro que es un rollito de canela. Tiene un perro guardián. Dime el nombre de otro dios que se moleste en tener mascota.
Vyx la miraba sin parpadear.
—Lo siento, Cora, pero no presté mucha atención en clase de Animales Mitológicos II.
—Estabas demasiado ocupada admirando a Rose, ¿no?
Todos y cada uno de los muros de Vyx temblaron. ¿Acaso Cora creía que estaba obsesionada con su hermana? Una voz en su cabeza que se parecía a la de Lucian le susurró un rotundo sí.
—¿A qué coño viene eso?
—A nada.
Cora miró a Astrid, cuadró los hombros y apretó más los brazos contra el pecho.
—¿Crees que tu novia habrá acabado ya?
—No es mi novia.
Vyx se apartó el largo flequillo de un manotazo y se giró con intención de darle la espalda.
No entendía muy bien qué acababa de pasar, pero, además de los suyos propios, daba la impresión de que había otro muro entre ellas, y Vyx no tenía ni remota idea de qué hacer al respecto.
Decidió dejarlo pasar, aunque una parte de ella, profunda y reservada, deseara poder volver atrás y seguir hablando sobre dioses y mascotas.
Miró alrededor. Hipólita continuaba sentada en su cómodo sillón, con los codos apoyados en el reposabrazos y un rictus preocupantemente serio.
A su lado, Elara se rascaba con fijación una de las manchas blancas, que no eran otra cosa que los restos secos de un ungüento para acelerar la cicatrización.
Thalia, en cambio, fingía estar leyendo Guerra y Paz junto a una estantería.
Vyx puso los ojos en blanco y se acercó con cautela a Astrid.
La bruja machacaba a conciencia una mezcla de hierbas en el mortero con un ímpetu que a Vyx le resultaba algo preocupante.
—Astrid.
La aludida dio un brinco en el sitio. Vyx pudo ver a través de esa falsa serenidad un miedo visceral que no casaba con las circunstancias, así que tragó saliva y le preguntó:
—¿Estás bien?
—S-sí. —Astrid asintió varias veces—. Ya casi está.
—Oye. —Vyx le puso una mano en el brazo con delicadeza, como si temiera que fuera a romperse de un momento a otro—. Si no te encuentras bien o si todo esto es más de lo que puedes soportar, puedo hablar con Hipólita y…
—No —atajó Astrid—. No. Puedo hacerlo. —Apartó el brazo y Vyx sintió un frío súbito en los dedos—. Además, ¿desde cuándo te importa?
Pasmada, Vyx dio un paso atrás cuando Astrid recogió la daga de plata que había requerido y se acercó a Xanthe decidida.
La sospecha de que su relación estaba herida de muerte comenzaba a ahogarla.
Supo en ese momento y de manera irrevocable que nunca sería una buena persona.
Aunque lo intentara. Aunque pidiera perdón a Astrid por absolutamente todo, aunque le asegurara a Cora que su obsesión por su hermana nacía de un amor profundo y desesperado.
Nada sería suficiente. Siempre sería la misma niña asustada y vulnerable que busca la mano de su hermana en la penumbra de una habitación.
—Está todo preparado —anunció Astrid con la daga en una mano y un cuenco que rezumaba un olor desagradable en la otra.
Hipólita se puso en pie sin dilación y anunció:
—Empecemos.