DE MIEDO Y SOBERBIA
DE MIEDO Y SOBERBIA
E l perfil de Astrid Lykaios se dibujaba bajo la luz del atardecer, reduciendo el paisaje a poco más que una serie de viñetas mal dibujadas al otro lado del cristal.
Vyx se fijó en los pendientes de Astrid, del mismo dorado que su melena, y pensó que le recordaban a las alas de Ícaro.
Sin lugar a duda, si su exnovia tuviera alas echaría a volar muy lejos de allí o, por lo menos, muy lejos de ella.
Sabía que lo último que deseaba era estar sentada en un coche que la llevara a marchas forzadas al templo de Artemisa, al hogar sagrado de la Orden que puso su vida patas arriba hacía ya tantos años, con tan desafortunada compañía.
Y no menos importante: Astrid parecía cansada a niveles insospechados.
Vyx se aventuró a conjeturar si esas ojeras oscuras bajo los ojos ambarinos más bonitos de Grecia se deberían a la falta de sueño.
¿Estaría Morfeo concibiendo pesadillas con el pretexto de su ruptura?
Negó con la cabeza y un mechón del flequillo le dibujó sombras en la cara.
Se dijo que achacar la palidez de Astrid a su ausencia era demasiado egocéntrico, incluso viniendo de ella.
Astrid dejó caer la mano despacio junto al vestido.
Vyx miró esos dedos largos y delicados suyos con la sensación de que todas las caricias que le había dado desde que la conoció vibraban en su piel, como un recuerdo que despertaba tras haber estado injustamente dormido.
Quería tocarla. Quería que supiera cuánto echaba de menos tocarla.
Vyx contuvo el aliento y deslizó una mano lentamente para romper centímetro a centímetro la distancia que las separaba.
A solo un suspiro de rozarla, un desafortunado bache puso a Astrid en alerta y volvió a recoger las manos en el regazo.
Los insultos de Vyx se perdieron en su propia conciencia.
Media hora de incómodo silencio más tarde, el vehículo se detuvo.
La guerrera se quitó el cinturón, abrió la puerta y bajó del coche al mismo tiempo que Hipólita.
Nada del credo arktoi les impedía concederle a su invitada unos segundos a solas para reconsiderar su decisión, así que adalid y aprendiz esperaron pacientemente a que Astrid saliera del coche.
Para Vyx estaba claro que, por muy estremecedor que fuera el conflicto de principios e intereses, Astrid jamás le negaría su ayuda a nadie. Eso era más propio de ella.
—Abrí el herbolario para ayudar a todo el que lo necesitara —le había dicho una vez, sentadas en el paseo marítimo y contando las estrellas.
Siempre había admirado la inexpugnable entereza de Astrid, su fe ciega en una magia a la que temía y necesitaba a partes iguales, la devoción con la que ayudaba a quienes habían perdido la esperanza en la medicina moderna y buscaban una fórmula alternativa para paliar el sufrimiento.
Cuando Astrid bajó del coche, los botines negros se le hundieron en un charco de barro.
Miró alrededor, seguramente confundida por no ver templo alguno.
Guardaron un silencio que la fauna del bosque no respetó los segundos que tardó el vehículo en alejarse camino abajo.
Entonces, Hipólita se acercó a la joven hacedora de magia y le dijo, gentilmente:
—En nombre de la Orden, me gustaría agradecerte tu gesto de buena voluntad. Comprendo que no debe ser fácil para ti prestar ayuda a quienes…
—¿Mataron salvajemente a mi madre?
Vyx alzó la mirada sorprendida. Jamás pensó que Astrid pudiera dirigirse a alguien con semejante recelo.
Aunque resultaba del todo innegable que la situación la abrumaba.
La guerrera se preguntó si estaría pensando en qué diría su hermano de saber que estaba por voluntad propia junto a la mujer que urdió el ataque al Aquelarre del Lobo.
Si la respuesta dependiera de Vyx, diría que a Kyrian Lykaios no le haría ni una pizca de gracia.
—Tu madre suponía una gran amenaza.
Si bien la respuesta de Hipólita fue firme, Vyx, cabizbaja, no pasó por alto lo huecas que habían sonado las palabras, como si fueran un mantra en el que ya nadie era capaz de creer.
—El asesinato no debería ser la solución, ¿no crees? —contraatacó Astrid.
—Andrómeda hizo oídos sordos a las advertencias y decidió su destino.
—Supongo que por eso os hacéis llamar las guerreras de Artemisa. —Astrid se cruzó de brazos—. Las pacíficas adeptas de Artemisa no lanzaría el mismo mensaje.
Al notar que las dos guardaban silencio, Vyx no desaprovechó la oportunidad e intervino con:
—Tenemos que seguir a pie desde aquí.
Astrid asintió escuetamente sin apartar la mirada de la adalid.
Nadie dijo palabra alguna mientras recorrían la zona boscosa.
Vyx conocía a Astrid lo suficiente para saber que, si bien siempre fue muy consciente de las atrocidades que Andrómeda cometió en nombre de su aquelarre, la echaba de menos todos los días.
Al fin y al cabo, fue su madre antes de convertirse en una megalómana obsesionada con el poder.
Llegado el momento, habiéndose adentrado en el místico claro en el que ni los búhos ululaban ni la más leve de las brisas mecía las hojas de los árboles, Vyx instó a Astrid a detenerse.
Hipólita, en cambio, avanzó hacia el árbol más longevo del monte y posó la mano en el grueso tronco sin más dilación.
Como no podía ser de otra manera, vientos del norte y del este soplaron con el silencio de un susurro y la fuerza de un titán.
La barrera invisible vibró entre dos altos árboles y se manifestó, ante los ojos incrédulos de Astrid, la entrada a los jardines sagrados.
Algo más allá, una figura amparada por la sombra de un ciprés las aguardaba.
—Bienvenida al templo de la orden Arktoi —dijo la adalid.
—O lo que queda —susurró después Vyx.
Astrid no daba crédito a lo que veían sus ojos. Enfiló junto a Vyx y la sacerdotisa el jardín de flores silvestres y madreselvas de vibrantes colores.
—¿Cómo…?
—Lo llamamos escudo de la bendición. La barrera solo se abre para las guerreras de la Orden que han superado la iniciación —le explicó Vyx—. Nadie más está autorizado a cruzar.
Thalia, al otro lado de la barrera, miró a la bruja de pies a cabeza sin reparo y observó:
—Debes de ser Astrid.
—Y tú debes de ser Thalia. Encantada. He oído hablar mucho de ti.
La aludida lanzó una fugaz mirada a Vyx, quien se mantuvo impertérrita. No le apetecía soltar uno de sus ácidos comentarios. Por fortuna, Thalia tampoco debía de sentir especial interés en desatar otra de sus famosas discusiones y mantuvo la boca cerrada.
En cuanto reanudaron la marcha, Hipólita habló con esa premura propia de la preocupación.
—¿Cómo está Xanthe?
—Sigue dormida —respondió Thalia a su lado—. La he dejado con Cora y Elara.
—¿Elara ya puede tenerse en pie? —preguntó Vyx.
—Algo así. Iris le ha dejado su báculo. Muy emotivo. Como si no hubiera más bastones…
—¿Habéis llamado ya a los albañiles? —Al ver las miradas de confusión de Hipólita y Thalia, Vyx añadió—: Alguien tendrá que restaurar el templo, ¿no?
¿Hay albañiles en el Círculo? Nunca lo he pensado.
O arquitectos. También os digo que hará falta algo más que un par de albañiles para restaurar este desastre.
—Señaló la estatua de Artemisa, a la que le faltaba parte del arco y el brazo derecho—.
Por no hablar de las manchas de quemaduras en los caminos de piedra y de esos boquetes enormes que nos recuerdan a los bostezos de Thalia…
—Yo creo que se parecen más a tu agujero del culo —dijo Thalia entre dientes.
—Anda que no te gustaría verlo, ¿eh?
—¿Qué ha pasado?
La pregunta fue un susurro a sus espaldas. Vyx fue la única que se dio la vuelta. Astrid tragaba saliva como si no pudiera hacer otra cosa para digerir el horror que estaba presenciando.
—Alguien utilizó a Xanthe para bajar la barrera. Los brujos entraron y nos masacraron.
Continuaron con la marcha. Astrid se abrazó a sí misma y volvió a preguntar a media voz:
—¿Cuántos eran?
—El número es irrelevante —contestó Thalia sin dirigirle siquiera la mirada.
Recorrer los senderos con la cabeza gacha ayudaba a Vyx de una inefable manera, la única que funcionaba a falta de alguien que tuviera la decencia o la misericordia de mirarla a los ojos y decirle que ninguna de esas muertes que pesaban en su conciencia había sido fruto de su cobardía.
Se sintió sucia y aliviada a partes iguales al pensar que por lo menos Astrid no lo sabía.
No lo sabría jamás. Las paredes del gran recibidor y del irreconocible salón seguían expectorando terror y cada una de las adeptas recorría las estancias a su particular manera.
Hipólita lo hacía como si fuera indemne a los perjuicios, Thalia como si tuviera el don de imaginar que nada había cambiado y Vyx con la premura de quien intenta dejar una sombra densa y oscura atrás.
—Vyx.
Astrid se detuvo a los pies de lo que quedaba de la escalera. Aunque la adalid y la que aspiraba a serlo algún día se volvieron, decidieron continuar con el ascenso.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
La guerrera bajó el escalón que había subido.
—Claro. ¿Estás bien?
Astrid negó con la cabeza y confesó:
—No estoy segura de que pueda hacerlo.
—¿Qué quieres decir?
—Mis poderes son un poco… imprecisos estos días. Los rituales del aquelarre…
—¿Aquelarre? ¿Tienes un aquelarre?
—No es mi aquelarre. —Astrid suspiró—. Mira, quiero ayudar a Xanthe, pero…
—¿Pero te va a dar un jamacuco si utilizas tus poderes? —Vyx chasqueó la lengua—. A ver, no sé mucho sobre magia y rituales y todo eso. Lo único que sé es que no te he visto fracasar ni una vez en algo que te hayas propuesto hacer desde que te conozco.
La sonrisa de Astrid fue tan tímida como la estrella que solo se atreve a brillar cuando nadie está mirando, pero tuvo suficiente poder para que a Vyx le diera un vuelco el corazón.