La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE REENCUENTROS Y HELECHOS #2
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DE REENCUENTROS Y HELECHOS #2

Astrid cruzó la cortina hacia el otro lado de la trastienda y Vyx se quedó muy quieta, considerando quizá la posibilidad de asumir la derrota.

Lo habría hecho si no se hubiera dado cuenta dos meses demasiado tarde de que quería a Astrid con todo su inepto, frío y egoísta corazón.

Antes de que a Hipólita se le ocurriera ir detrás de ella y alardear de todo el poder que ostentaba la Orden con algún discurso moralista o, pensó Vyx, otra improvisada e insoportable tortura, la guerrera se plantó frente a la adalid, alzó las manos en son de paz y pidió:

—Déjame hablar con ella. Por favor. Es un poco complicado.

—¿Esperas que la hija de la bruja suprema que fundó el mismo Aquelarre que ha asediado nuestro templo y matado a una larga lista de mis aprendices nos dé lo que necesitamos?

Me temo que la pregunta fue demasiado larga y compleja para Vyx, que solo fue capaz de parpadear como si acabaran de recitarle un poema en griego antiguo.

—Astrid es diferente, ¿vale? Venga, mira este puto santuario. Utiliza la magia para ayudar a la gente. Es como una apostótola…

—Apóstala —corrigió su mentora en voz baja.

—Griega. Además, ¿no eres tú doña segundas oportunidades, joder?

Hipólita la miraba sin un ápice de expresión. Vyx deseó tener la misma facilidad que la adalid de la Orden para interpretar los silencios.

—Retiro lo de puto y lo de joder —susurró la adepta—. Me he pasado.

—Xanthe no tiene mucho tiempo, Vyx. Si el brujo o bruja que la controla consigue despertarla podríamos perderla para siempre. Espero de corazón que toda esta situación no sea una excusa para ganar una batalla que solo estás librando tú.

—No sé qué significa eso. Si fueras un poco menos misteriosa y algo más dire…

—Habla con ella. Tienes cinco minutos.

—¡Sensacional! —celebró Vyx—. Eso es lo que quería, joder. Gracias. Perdón por el joder .

La sacerdotisa no dijo nada más. Abandonó el herbolario con andares grandilocuentes y Vyx se quedó a solas con sus miedos.

Se había propuesto aprovechar las circunstancias para poner en voz alta una disculpa que había pospuesto durante demasiado tiempo, porque quería enmendar las cosas, demostrarle a Astrid que podía ser mejor.

Pero la indiferencia y el desdén que su exnovia demostró nada más verla había minado su de por sí cuestionable valor.

—Menuda mierda de semana —rezongó.

Puede que, a pesar de lo bueno y, sobre todo, a pesar de lo malo, Vyx pensara que esos comentarios suyos que tantas expresiones de hastío solían desencadenar eran todo lo que le quedaba. Inspiró profundamente, se acicaló el pelo como buenamente pudo y cruzó la cortina.

Astrid se hallaba al otro lado de la misma mesa donde Vyx estuvo tendida una vez, luchando por sobrevivir a la profunda herida cortesía de una empusa. Al recordarlo, pensó en cuánto habían cambiado las cosas, sobre todo entre ellas.

Se puso las manos en los bolsillos y se aclaró la garganta antes de decir:

—Le he pedido a Hipólita que nos deje a solas.

Astrid no dio señales de que su presencia la hubiera sorprendido.

—No tenías por qué. Ya os he dicho que no tengo nada que ofreceros.

—Pero tiene razón, Astrid. Nos han atacado.

Hubo un segundo de deliberación por parte de Astrid, pero al final solo dijo:

—Son cosas que pasan cuando estás al servicio de una diosa, ¿no? La Orden Arktoi tiene muchos enemigos, creo recordar.

Vyx encajó que le devolviera sus propias palabras con entereza. Se lo merecía.

—Han entrado en nuestro templo, que ya de por sí es una puta mierda, ¿vale?

Y uno de esos brujos le ha hecho una especie de vudú a Xanthe.

—Supo que tenía su atención, pues Astrid dejó de meter frascos en la bolsa y se quedó muy quieta—.

Un hechizo oscuro que se llama helechos.

La han vuelto en nuestra contra. Fue ella la que nos atacó en el callejón.

Astrid dejó el bolso y se cruzó de brazos.

—El hechizo del que hablas… ¿Te refieres a un élenkos?

—Eso he dicho, sí.

No estaba segura de si solo había imaginado que los labios de Astrid se curvaban en una tímida sonrisa o si había sucedido de verdad. Fuere como fuere, a Vyx le resultó lo suficiente real como para recordar lo mucho que echaba de menos verla sonreír.

—¿Te ha hecho Xanthe todo eso?

—Ella está peor, eh. Quiero decir, tampoco me he pasado.

Bueno, la apuñalé. Aunque no sabía que era ella ni que estaba poseída.

Que tampoco hubiese marcado la diferencia, ¿no?

Proteger a la jefa cierva es prioridad máxima y…

—Astrid frunció el ceño y Vyx suspiró—. Por favor.

Solo una hacedora de magia puede romper el helechos.

—Élenkos —corrigió Astrid—. Os ayudaré. Por Xanthe. No merece ser el títere de nadie.

—Gracias.

Vyx jamás imaginó que Astrid y ella se mirarían como dos desconocidas o que lo único que las uniría sería salvar a otra guerrera de la Orden.

Deseó saber decirle que había comprendido, por fin, su frustración.

Que entendía por qué había puesto punto final a su relación aquella noche, que se había dado cuenta de cuánto espacio ocupaba en su vida, en sus recuerdos, en su corazón.

Que veía el daño que le había hecho y que, aunque había tardado mucho tiempo en bajar la guardia, en el fondo siempre fue vulnerable a todo lo que Astrid significaba; a todos los besos y a las sonrisas y a la complicidad y a las pausas y a las prisas.

¿Cómo podía mirarla a los ojos y pedirle perdón por no haber sabido quererla como se merecía?

Cómo decirle que ahora no sabía qué hacer con todo lo que sentía.

Cómo explicarle que poner voz a una disculpa se le antojaba más fácil que verbalizar un te quiero. O, al menos, le daba menos miedo.

Astrid entornó los ojos y Vyx dejó ir un suspiro entrecortado.

Ninguna pronunció palabra en lo que dejaban la tienda ni cuando subieron al Audi negro que las llevaría hasta el templo de Artemisa.

Por mucho que Vyx buscara la mirada de Astrid, daba la impresión de que la joven bruja se había vuelto una experta en rehuirla y, poco a poco, la tensión fue creciendo hasta que pudo haberse cortado fácilmente con un cuchillo.

Hipólita y Edna, la mujer que iba al volante, también guardaban silencio.

Vyx deseó haberse subido a la moto y ahorrarse ese suplicio.

—Pareces cansada —murmuró Vyx después de abrocharse el cinturón de seguridad.

Astrid la miró confundida.

—¿Qué?

—Que pareces cansada —repitió Vyx en voz baja—. Estás un poco pálida y…

Pensó que había cometido un error al ver a Astrid entornar los ojos y negar con la cabeza.

—Es una larga historia.

—Bueno, todavía queda un rato hasta que lleguemos. Si quieres puedes con…

—Esto ha sido idea tuya, ¿verdad? —interrumpió Astrid, desconcertando a Vyx—. Hay muchísimas brujas a las que la Orden podría acudir.

—En realidad, por lo que tengo entendido no quedan muchos aquelarres que estén en contacto con el Círculo o en el radar de la Orden. Yo solo…

—Sabías que te diría que sí, ¿no? Claro, porque a ver cuando te he dicho que no a algo.

—Pensé en ti, joder —dijo Vyx, dolida—. Pienso en ti todos los días. ¿Eso es malo?

Lo que Astrid diría a continuación ostentaba el poder de reducir cualquier esperanza a cenizas.

—No es malo, Vyx. Solo es demasiado tarde.

«Demasiado tarde». ¿Demasiado tarde para qué, exactamente?

¿Para decirle que siempre tuvo razón? ¿O era demasiado tarde para explicarle que el único motivo por el que había desestimado sus emociones era porque nunca había estado preparada para afrontar las suyas?

Que se esforzó en que valieran más las mentiras que se contaba que todas las verdades que sentía.

¿Era demasiado tarde para decirle que la quería más que a todos sus muros, pero nunca supo cómo derribarlos?

Las paredes que habían protegido a Vyx de un mundo que jamás la quiso se habían fortalecido a base de soportar las sacudidas de cientos de tormentas y la metralla de un abandono letal.

¿Era demasiado tarde para qué? ¿Para decirle que no había sabido cuidar de lo único que pudo elegir?

Las decisiones que habían marcado la vida de Vyx no habían sido suyas: el desprecio de unos padres que la abandonaron nada más nacer, crecer en un orfanato, servir a una diosa, caminar a la sombra de Rose.

Lo único que una vez había sido tan suyo como su nombre, tan suyo como la sangre que la unía a una hermana que la muerte le había arrebatado, era Astrid.

Y ahora era demasiado tarde.