DE REENCUENTROS Y HELECHOS
DE REENCUENTROS Y HELECHOS
S e decidió que Hipólita acompañaría personalmente a su aprendiz en busca de la hacedora de magia que podría prestarles la ayuda que necesitaban.
Sin embargo, Vyx se había negado en rotundo a esperar por un transporte seguro y se había marchado del templo por su cuenta, haciendo oídos sordos a las advertencias de su mentora.
La verdad es que, y voy a decir esto citando sus propios pensamientos, Vyx estaba hasta los ovarios.
Si bien no había estado en condiciones de subirse a la moto ni de ponerse debidamente el casco, había hecho ambas cosas de todas formas entre insultos varios y lágrimas que se perderían en el cristal de la visera o entre los árboles del monte Pelión.
Llegó a Volos poco antes del mediodía. Aparcó la moto de cualquier manera en la acera abarrotada de gente y solo se apartó de ella cuando se acercó a un estanco a comprar tabaco.
Como ya imaginarás, lo único que hizo durante una hora y media fue fumar y mirar fijamente el escaparate de Los Secretos de Asclepio.
La ocasión era no solo una valiosa oportunidad para ver a Astrid después de la ruptura, sino también para averiguar si la bonita pelirroja estaría con ella.
Habría sido más fácil desconocer que tenía competencia, pero Vyx tampoco culpaba a su exnovia por rehacer su vida con alguien que seguramente no se escondería detrás de una red de mentiras.
Tampoco había hecho falta que la poca estabilidad que quedaba en su vida se viniera abajo para que se diera cuenta de que echaba de menos a Astrid y las largas conversaciones por el paseo marítimo, el aroma a lluvia de verano de su pelo o dibujar constelaciones en su piel.
Después de todo lo que había vivido esas últimas semanas, empezaba a entender el significado de esa famosa parálisis emocional que puso punto final a su relación.
Se dijo, entre calada y calada, que entenderlo no iba a hacer que fuera más fácil, pues la sola idea de poner sus sentimientos en voz alta le provocaba un frío paralizante en los huesos.
Con cada segundo que pasaba a la espera de Hipólita, más le apretaban a Vyx los nervios en el estómago.
Dejó caer la que fue la sexta colilla al suelo, luego la pisó con la suela de la bota e intercambió miradas con un grupo de jóvenes que daban la impresión de estar poniendo en duda el gusto de Vyx para la moda.
Ella les enseñó el dedo y gesticuló con mucho detalle por dónde podían metérselo.
Cuando se alejaron, volvió a apoyarse en la moto y se cruzó de brazos, pensando que Xanthe le hubiera reído la gracia.
Lo habría hecho si no estuviera postrada en una incómoda mesa con grilletes en las muñecas y más pálida que un difunto.
Sin duda, no podría volver a mirar a su amiga a la cara.
Elara tenía razón cuando dijo que como amiga dejaba mucho que desear.
De hecho, Vyx sospechaba que como ser humano también.
La guerrera soltó varios improperios cuando el móvil vibró en el pantalón. Lo buscó en el bolsillo, desbloqueó la pantalla y vio el nombre de Lucian junto al emoticono de un cuervo.
Sobra decir que Vyx no tenía interés alguno en reunirse con él.
No solo porque la masacre en el templo había entumecido su corazón y mermado las pocas fuerzas que le quedaban, sino porque sería del todo incapaz de mantener una conversación con Lucian sin derrumbarse como un castillo de arena.
El hechicero era capaz de ver a través de su máscara y, aunque eso rara vez le había importado, lo último que necesitaba en esos momentos era la compasión de un hombre.
Antes de que pudiera elucubrar una respuesta convincente, vio que un Audi negro paraba en la zona de carga y descarga, muy cerca del herbolario.
A falta de alternativas más dignas para disimular su pésimo estado anímico, Vyx se puso las gafas de sol con desgana y contempló desde primera fila cómo Hipólita bajaba del lustroso vehículo.
Lo primero que la guerrera pensó fue que no había visto a la adalid sin las túnicas sagradas de la Orden desde que entró en la habitación del destartalado motel la noche que Rose desapareció.
Lo segundo que pensó fue que, vistiera lo que vistiera y estuviera donde estuviera, Hipólita tenía un talento innato para brillar con su sola presencia.
Luciendo ese vestido largo y holgado de un color caqui y un chal blanco semitransparente sobre los hombros, nadie diría que estaba ante una sacerdotisa que tenía el favor de los dioses. O que tenía, al menos, el mío.
Vyx se acercó a ella disimulando la cojera.
—¿El Círculo no tiene Google Maps?
La adalid esbozó una inapetente sonrisa.
—Había asuntos que debía atender. Te complacerá saber que Elara ha despertado y que su recuperación está siendo gratamente rápida.
—Saltaría de alegría, pero te diré que a mí me está costando un poco eso de recuperarme.
Hipólita la miró con gesto inexpresivo. Luego entornó los ojos hacia el cartel del herbolario, cruzó las manos a la altura del vientre y dijo:
—Los Secretos de Asclepio. Gran nombre para un herbolario.
—A mí me parece un poco largo…
—Será mejor que no perdamos más tiempo. ¿Estás segura de que nos ayudará?
—Tú confía en mí, Hipo. —Mi sacerdotisa frunció ligeramente el ceño al oír que se refería a ella como Hipo —. Lo tengo todo controlado. Nos saltamos las presentaciones mejor, eso sí.
Hubo un breve e incómodo silencio, hasta que Hipólita recordó:
—No creo haberte dado las gracias por lo que hiciste.
—¿Qué?
—Es muy posible que si no hubieras intervenido, quien sea que mueve los hilos de Xanthe habría cumplido con su cometido. —Hipólita miró a Vyx a los ojos o, mejor dicho, a los cristales antirreflejantes de las gafas de sol—. Te debo mi vida.
Vyx tragó saliva. Puede que fuera por el exceso de inquietud o puede que se debiera a que después de tantos años empezaba a ver a Hipólita como quien realmente era: alguien que siempre estuvo ahí.
Fuera por la razón que fuera, Vyx tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar las ganas de regalarle lo que seguramente habría sido el abrazo más incómodo de la historia de la humanidad y conformarse con darle una ridícula palmada en el hombro.
—Para eso estamos. Y, a ver, me pillaba de camino…
—¿Entramos?
—Por favor.
La adalid puso la directa y Vyx se dio un par de segundos para hiperventilar sin público. Después, tiró de las costuras del chaleco del uniforme, cogió aire y la siguió.
Oyó la dulce voz de Astrid nada más entrar.
—Kyrian, qué pronto has veni…
La imagen de Astrid tras el mostrador supuso para Vyx un punzante dolor en el corazón.
Estaba tan bella como el día que la conoció, a pesar de que llevaba la larga melena rubia recogida en un desenfadado moño del que escapaban varios mechones que caían como mariposas sobre su pálido rostro.
Porque estaba pálida, notó Vyx, y eso la desconcertó.
No era capaz de recordar un solo momento en el tiempo en que que Astrid no hubiera cuidado su físico hasta en el más ínfimo detalle.
Observó la mancha blanca que se perfilaba en su mejilla y supo que algo no iba bien.
Aunque Astrid nunca pudo curar su vitiligo, sí consiguió en el pasado difuminar las manchas pálidas de la barbilla y las mejillas. ¿Por qué volvían a estar ahí?
Vyx no supo encajar la mirada indolente que Astrid le dedicó nada más verla entrar por la puerta. Aunque no esperaba una gran bienvenida, guardaba la esperanza de que los meses hubieran conseguido bajar los niveles de rencor. Hizo acopio de valentía y dijo:
—Hola, Astrid.
—Vyx.
El vestido azul marino que Astrid llevaba hacía juego con los ojos de Vyx, y la guerrera se preguntó si las Moiras se estarían riendo de ella en ese preciso momento.
—Sentimos irrumpir así en tu negocio —dijo la sacerdotisa, ignorante de la tensión que había entre ellas, y dio un paso hacia delante. Por inercia, Vyx la imitó—. Mi nombre es Hipó…
—Sé muy bien quién es usted. —Astrid se cruzó de brazos—. La adalid de la Orden Arktoi.
En cuanto esos ojos color ámbar volvieron a posarse en ella, Vyx sintió incontables e indomables sensaciones.
Todo había cambiado. Un bloque de piedra invisible se alzaba entre ellas, un muro construido sobre los reproches de Astrid y los errores de la guerrera.
Un muro de disculpas sin pedir y perdones sin entonar.
Tan simple y tan cruel como tener a alguien a quien amas muy cerca y, al mismo tiempo, demasiado lejos.
Más lejos incluso que aquella noche bajo la lluvia, cuando la contempló a escondidas desde las sombras de un portal.
—¿Qué te ha pasado?
Vyx se dio cuenta de que Astrid la miraba de pies a cabeza y, al echarse ella misma un vistazo, comprendió a qué se refería. No todas las heridas habían cicatrizado. Suspiró.
—Es una larga historia.
Supo que su indiferente respuesta no había sido bien recibida cuando Astrid hizo un mohín y sacó unas llaves de debajo del mostrador, que abandonó airada.
—Voy a cerrar—anunció la rubia—. Así que, si no os importa…
—Necesitamos tu ayuda. La situación de la Orden no podría ser más preocupante —dijo Hipólita, quien permaneció impasible cuando el rostro de la bruja se crispó de pura rabia.
—No le debo nada a la Orden que nos convirtió a mi hermano y a mí en huérfanos.
Vyx miró a su mentora de reojo. La adalid, más curiosa que ofendida, preguntó:
—¿Quién era tu madre?
—Andrómeda, sacerdotisa suprema del Aquelarre del Lobo.
Hubo otro breve silencio. Hipólita miró a su aprendiz con inmensurable recelo antes de decir:
—Ya veo. Lamento tu pérdida. Tu madre…
—No tengo nada que ofreceros. Marchaos. Las dos.