La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE LLANTO Y PENITENCIA #3
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DE LLANTO Y PENITENCIA #3

La intensidad de ese momento espontáneo y abismalmente diferente para las dos se evaporó en un suspiro.

Vyx y Cora se giraron hacia Thalia, y creo estar en lo cierto si digo que Vyx hubiera deseado no hacerlo, pues detrás de ella, sobre una mesa larga que había visto días mejores, se hallaba tendido, en su versión más cadavérica, el cuerpo de Xanthe.

El metal de unos grilletes brillaba bajo la tenue luz del nuevo día.

—Está bien —susurró Cora—. Viva, al menos.

Vyx no podría haber expresado en palabras la magnitud del alivio que sintió al oírla. Incapaz de seguir mirando esa versión irreconocible de su mejor amiga, entornó los ojos hacia el brujo desenmascarado y cabizbajo que parecía un saco de huesos mal colocado en la silla.

—¿Quién es este?

—No lo sabemos.

Hipólita se pronunció por primera vez, aunque permaneció inmóvil frente al ventanal.

Vyx se había preguntado dónde estarían todos los cadáveres, y ahora le dio por imaginar que los habían sacado uno a uno a los jardines y que luego les habían prendido fuego.

Puede que eso fuera lo que la adalid tan ensimismadamente observaba: el testimonio hecho cenizas de una despedida indigna.

Después de todo, ¿habría tiempo para rituales conmemorativos cuando todo lo que la Orden había sido un día se había convertido en un injusto espejismo?

—Lo encontré entre los escombros —explicó Thalia, cruzada de brazos y practicando una mirada esquiva—. El único que quedaba con vida.

—Había veintenas —señaló Vyx ofuscada—. ¿Me estás diciendo que solo hemos podido capturar a uno y que ahora es un puto cadáver?

—Me consta que al menos seis escaparon. Conseguimos matar a muchos de los suyos.

—Y ellos consiguieron matar a muchas de las nuestras, Thalia.

Vyx sabía bien que ninguna de las presentes era culpable de la ira que sentía, pero la rabia era un sentimiento mucho más cómodo que la amargura.

—Empezamos el interrogatorio en cuanto despertó. —Cora, siempre tan prestada a calmar las aguas, miró a Vyx a los ojos—. Al parecer, morir le apetecía mucho más que colaborar. Y antes de que lo insinúes, te juro que ninguna de nosotras le ha hecho… —Miró al brujo—. Eso.

—Se trata de una magia prohibida, temida incluso entre los hacedores de magia.

—Hipólita se dio la vuelta lentamente y cruzó las manos a la espalda antes de continuar—: No es la primera vez que presencio algo así.

Hace varios años, durante la amenaza más oscura a la que la Orden se haya enfrentado, varios brujos se quitaron la vida con la Maldición de las Moiras.

—Lo llaman así porque según el mito —continuó Thalia—, los brujos que se amparan a esa magia tenebrosa para quitarse la vida desafían con ese acto al destino, obligando a las Moiras a cortar su hilo antes de que llegue su hora. Sus almas nunca se presentan ante Caronte y…

—Me la suda. —Vyx alzó la voz—. ¿Cómo han podido colarse en el templo?

—Xanthe —dijo Cora a media voz—. Creemos que ella los dejó entrar.

—¿Sabes lo que no entiendo? —inquirió Thalia—. Qué cojones has estado haciendo todos estos meses, Vyx, para no darte cuenta de que tu compañera asignada estaba poseída.

«¿Poseída?», se repitió la guerrera. Después miró a Thalia a los ojos y le dijo:

—Supongo que lo mismo que tú la noche que Faidra se escapó para echar un polvo.

—¡No podéis llegar a imaginar la tortura a la que vuestra hermana ha sido sometida!

Si no fuese porque era del todo imposible, las guerreras hubiesen jurado que el suelo había temblado con el grito de la adalid.

Vyx guardó silencio porque, a decir verdad, no quería ser capaz de imaginarlo.

Deseaba que todas las piezas que había ignorado hasta que fue demasiado tarde dejaran de bailar en su cabeza, completando el puzle.

También deseó que Cora no se hubiera alejado unos pasos y que no le hubiera dado la espalda, porque de repente se sintió sola a merced de un castigo que nadie más que su conciencia debería tener el derecho de imponer.

—Todo tiene sentido. —Vyx miró a Hipólita por el rabillo del ojo—. Por mucho que Thalia se haya empeñado estos meses en colgarme el muerto, fue Xanthe quien se coló en el Archivo y la atacó. Eso significa que hace mucho tiempo que…

Fue bajando la voz, pues le costaba respirar.

La angustia que le provocaba el solo pensamiento de que el asesino enmascarado había estado delante de sus narices todo ese tiempo o de que su mejor amiga había intentado decirle por activa y por pasiva que no estaba bien solo para que ella la ignorara una y otra vez la estaba matando por dentro.

Con una vulnerabilidad que llegaba muchos años tarde, Vyx se cubrió la cara con las manos, convencida de que de esa manera nadie podría llegar a atisbar su dolor.

—Es imposible saber cuánto tiempo lleva Xanthe bajo los efectos del élenkos —dijo Hipólita tras un abrumador silencio—, pero esa es la teoría que el Círculo está barajando, sí. También explicaría cómo sabía dónde estarían sus víctimas en todo momento.

—¿Élenkos? —preguntó Cora.

A lo que la adalid respondió:

—Un hechizo tan oscuro como la Maldición de las Moiras y que exige una demostración de gran poder. De hecho, solo he conocido a una hacedora de magia capaz de conjurarlo.

Vyx se echó el pelo hacia atrás con suma lentitud y, más cansada que furiosa, preguntó:

—¿Xanthe estaba despierta cuando el hechizo estaba activo?

No le gustó la compasión en la mirada de la sacerdotisa, pero no se lo reprochó.

—Es difícil saberlo.

—Habrá alguna manera de ayudarla, ¿no? —preguntó Cora, que paseaba la mirada por las presentes como si no acabara de comprender a qué venía tanta actitud de derrotismo—. Todavía está viva. Lo que no entiendo es cómo pudieron hacerle esto y por qué a ella.

Hipólita sabía la respuesta.

—El élenkos solo funciona en mentes emocionalmente frágiles.

—Entonces hubiera tenido más sentido que eligieran a Vyx —murmuró Thalia.

Debo decir que fue del todo inesperada la ausencia de respuesta por parte de Vyx a un comentario que, en otras circunstancias, hubiera desencadenado un conflicto armado.

Pero cabe suponer que se había cansado de defender sus buenas intenciones porque empezaba a pensar que nunca tuvo realmente ninguna.

Allí, con su traje impoluto y las cicatrices difuminadas de una batalla en la que absolutamente todas habían perdido, lo que Vyx intentaba hacer era mantenerse a flote, a pesar de que el agua le llegaba hasta el cuello.

No podía nadar y luchar al mismo tiempo.

Así que, en lugar de devolverle la pulla a Thalia, prefirió decir:

—Los brujos eran del Aquelarre del Lobo. Creía que la Orden los erradicó hace años.

—Supongo que algunos escaparon —aventuró Cora.

—Y se han hecho mucho más poderosos —convino Thalia.

—No todos. —Vyx no alzó la mirada ni cuando todas las demás se posaron en ella—. Los abueletes sabían lo que hacían, pero me enfrenté a algunos que no podían conjurar ni unas chispitas. Uno dijo antes de morir que lo habían utilizado.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Cora.

La adalid no apartaba la mirada de Vyx cuando respondió:

—No lo sé. Pero tal vez mañana signifique algo. Bien hecho, Vyx.

Un cuchillazo en el páncreas le hubiese dolido menos a Vyx que esa felicitación.

—¿Cómo vamos a ayudar a Xanthe? —cuestionó Thalia.

—No podemos —lamentó Hipólita—. Al menos, todavía no. Solo un hacedor de magia con un gran conocimiento sobre la práctica espiritual puede romper un hechizo como el élenkos, y como ya sabréis, la Orden no conserva muchas amistades en los círculos de…

—¿Una bruja? —interrumpió Vyx—. ¿Eso es lo que hace falta? ¿Una bruja?

Su mentora asintió y la guerrera esbozó su primera sonrisa desde que hubo salido el sol.

—Da la casualidad de que yo conozco a una.