DE LLANTO Y PENITENCIA #2
Con el sabor ácido de una pesadilla inmortalizado en los labios, Vyx deseó poder cerrar los ojos y volver al amparo de Morfeo para no tener que afrontar la realidad que la esperaba con los brazos abiertos y un cuchillo en cada mano.
¿Cuántas guerreras habrían caído? El pulso se le aceleraba a medida que contaba cuerpos bajo mantas blancas y guerreras que agonizaban y ninguna de ellas era Xanthe y ninguna de ellas era Cora.
Aunque sí vio a Elara, que yacía dormida y tan cubierta de vendas que parecía una momia.
Por fortuna, también localizó a Iris. Su compañera asentía a las amables palabras de una sanadora que, con paciencia, le vendaba el brazo derecho.
¿Eran aquellas pocas supervivientes todo lo que quedaba de la Orden Arktoi?
—¡Vyx!
Una vocecilla aguda se alzó por encima de los constantes gemidos de dolor y Vyx no tuvo más tiempo que para girar la cabeza antes de que un cuerpo endeble se le echara encima y unos brazos pequeños se cerraran en torno a su cuello.
—¡Estás viva! Orión decía que las probabilidades de que hubieras sobrevivido eran…, bueno, pero yo sabía que sí. ¡Y Thalia también! Se enfadó un montón...
Vyx no sabía qué procesar primero, pero, y aunque le hubiese gustado regocijarse en la idea de que Thalia hubiese profesado tal confianza en ella, los resquicios de la pesadilla seguían demasiado presentes y solo supo devolver el abrazo a Ifigenia con las pocas fuerzas que tenía.
—¿Estás bien? —preguntó a media voz. Suspiró cuando la niña asintió—. ¿Las demás?
—También. Un brujo llegó al sótano, pero Thalia se deshizo de él y nos protegió a todas.
—Ifigenia, querida —dijo la misma voz de antes. Vyx reparó en la anciana que presumía, a su parecer, de una nada convincente sonrisa—. Esta jovencita necesita descansar, y tú tienes órdenes de permanecer en la biblioteca, ¿me equivoco?
—¡Queremos ayudar!
—Lo sé, cielo, pero…
—Está bien. —intervino Vyx antes de cerrar los ojos—. ¿Me traes un vaso de agua, Enia? Tengo la garganta como si me hubiera tragado cinco kilos de arena.
La pequeña asintió y se dirigió con ánimo de complacerla hacia la mesita de metal donde descansaba una jarra de agua junto a un par de vasos de cristal. Mientras tanto, la anciana que velaba a Vyx, sentada en una silla de respaldo circular, cruzó las manos en el regazo y dijo:
—Has tenido mucha suerte. De no haber sido elegida para la ascensión, estarías muerta.
Si bien Vyx no dijo nada, creo que hizo un gran esfuerzo para no poner en voz alta que le gustaría estarlo.
Miró a la mujer con detenimiento. Llevaba la melena larga de un gris canoso recogida en un tenso moño y vestía, como las demás, una holgada túnica blanca.
Era, sin lugar a duda, una sanadora. Rose siempre se había preguntado si ese era el destino que deparaba a toda guerrera que no conseguía superar el Pankrátion.
El funcionamiento del Círculo era parte de un secreto reservado para quienes formaban parte de él, así que los protocolos para determinar en qué departamento acababa cada elegida eran un misterio que, a decir verdad, Vyx nunca tuvo ni probablemente tendría jamás intención de resolver.
—¿Qué ha pasado con los hacedores de magia? —preguntó Vyx.
—No me corresponde a mí darte esa información.
—¿Hipólita está bien?
—Mejor de lo que tú estás, eso seguro.
—Para ser alguien que se dedica a ayudar a los demás eres un poco zo…
—Aquí tienes, Vyx, agua bien fresquita.
Ifigenia llegó a tiempo de evitar que Vyx faltara al respeto a una mujer que podría ser su abuela.
Más o menos risueña, la niña le tendió el vaso, notablemente orgullosa por haber cumplido con su sencilla misión, y se metió las manos en los bolsillos del pantalón del uniforme mientras esperaba.
La guerrera se incorporó entre gemidos e insultos y se bebió el vaso de agua trago a trago.
Miró casi sin darse cuenta el cuello de Ifigenia, terso y limpio de cortes mortales.
Vyx devolvió el vaso y decidió poner fin a esa agonía. Intentó levantarse y lo hizo diciendo:
—Tengo que ver a Hipólita.
Sí, tenía que ver a Hipólita y, aunque no lo dijo, encontrar a Cora también.
—Para un poco, jovencita —advirtió la sanadora—. Solo porque tus heridas se cierren más deprisa por la bendición de la ascensión, no significa que puedas...
Pero Vyx hizo oídos sordos a todo consejo. También desestimó el suspiro de Ifigenia, quien observaba con una resignación nada propia de una niña tan pequeña cómo su amiga se movía con humillante torpeza en un espacio muy reducido.
Ifigenia negó con la cabeza, cruzó los brazos y miró a la sanadora para decirle, indignada:
—Es muy cabezona.
—Sí, algo he oído —murmuró la mujer en respuesta.
Vyx se miró de arriba abajo y acercó la mano a la zona de la herida que todavía palpitaba.
Al verla, la anciana sonrió, convencida de que iba a presenciar cómo su paciente recuperaba una pizca de sensatez y volvía a la cama.
Sin embargo, todo lo que la guerrera hizo fue resoplar, alzar las cejas y decir de mala gana:
—Que alguien me traiga un uniforme. No pienso salir con estas pintas.
Y no tuvieron más remedio que dárselo.
Las nefastas consecuencias del ataque estaban presentes allá donde Vyx mirara: en los muros destrozados, en la sangre que bañaba no solo el suelo, sino también las paredes y las pilas de escombros y, sobre todo, en el silencio. El silencio era sencillamente desgarrador.
Vyx recorría los pasadizos atestados de muerte con la cabeza bien alta, los hombros erguidos y una mirada indiferente, porque si se permitía pensar que podría haber evitado lo que había pasado esa fatídica noche se derrumbaría, y a esas alturas del camino venirse abajo era un lujo que no creía merecerse.
Se había enfundado en un traje inmaculado y se había atado las botas con unos nudos que rozaban la perfección, como si intentara decirle al mundo que seguía siendo la erudita de la luz o la guerrera imperecedera.
Para Vyx, las apariencias lo eran todo, y no concebía otra manera de presentarse ante la adalid que con la mejor versión de esa máscara que rara vez se quitaba.
La cobardía se manifestó con un sudor nervioso cuando se detuvo frente al despacho.
Puso atención, pero no fue capaz de oír absolutamente nada.
Al final, con más miedo que valor, se anunció con dos golpes en la puerta.
Que fuese su archienemiga quien la recibió con un porte más impoluto que el suyo, si cabe, hizo que toda la vergüenza se transformara en rabia por razones que ni siquiera ella comprendía. Thalia le dijo con su habitual desdén:
—Ah. Eres tú.
—No hace falta que finjas que no te alegras de verme —dijo Vyx con sorna—. He oído que les confesaste tu amor por mí a las más pequeñas.
Thalia la miró detenidamente en silencio. Después se hizo a un lado y susurró:
—Hipólita quería verte. Así que, ya que estás aquí...
Vyx pasó junto a ella y la guerra de miradas entre ambas pasó también sin pena ni gloria.
La adalid les daba la espalda frente a uno de los ventanales, justo detrás del cadáver de ropas negras que se hallaba maniatado en una triste silla.
El cuerpo presentaba debajo de la piel más arrugada y traslúcida que Vyx había visto nunca una telaraña de venas hinchadas y negras.
La guerrera alzó una ceja en lo que Thalia cerraba la puerta tras ella. Tenía muchas preguntas.
—¿Qué cojones significa es…?
—Por fin has despertado.
Vyx se vio de pronto envuelta en un cálido abrazo con aroma a margaritas y metal.
Cora la estrechaba con tanto sentimiento como fuerza contra ella, y Vyx se sorprendió a sí misma devolviéndole el gesto con el mismo ímpetu.
Había temido que el destino de Cora la hubiera llevado a las aguas de Caronte, y saber que estaba viva hizo que su máscara de invulnerabilidad fuera un poco más cierta y un poco más falsa al mismo tiempo.
Se separaron y se miraron a los ojos. A diferencia de las demás, Cora parecía francamente entera más allá de unos pocos hematomas en el cuello y la venda manchada de sangre del brazo. Aunque en ese momento le hubiese gustado contárselo absolutamente todo y dejar de fingir, Vyx eligió decir:
—Se me han pegado las sábanas.
Cora esbozó una de esas enigmáticas sonrisas suyas que valían oro dadas las circunstancias. Después le apartó el flequillo a un lado con delicadeza y las yemas de los dedos le hicieron cosquillas a Vyx en la sien.
—Deberías cortarte el pelo —le dijo Cora.
Y Vyx le hubiera dicho que haría cualquier cosa que le pidiera, y si Cora le hubiese preguntado por qué le hubiese dicho: ¿ por qué no ?
Mirando a Cora a los ojos, Vyx entendió que siempre había estado vacía y que en lugar de llenarse de algo que pudiera ser suyo, se había llenado de muchos otros algo que no lo eran: instantes, emociones y recuerdos tan livianos que desaparecían con el gentil soplido del viento, pues estuvieron sentenciados a morir en el mismo segundo que nacieron.
Puede que quisiera recuperar a Rose porque la echaba de menos o puede que fuera un deseo muchísimo más complejo.
En cualquier caso, empezaba a entender que la raíz de su dolor era la completa ausencia de identidad; un vacío que no conocía fin.
Cualquier corazón, fuera cual fuera, sería mejor hogar que el suyo.
Se había convertido en una especie de parásito que se abría camino a mordiscos a través del pecho de cualquiera que estuviera dispuesto a dejarla vivir dentro.
Se había convertido en alguien que no sabía querer y en alguien que no dejaba que la quisieran.
—¿Os dejamos a solas?