DE LLANTO Y PENITENCIA
DE LLANTO Y PENITENCIA
A lguien lloraba.
Vyx despertó fatigada y angustiada. Los párpados le pesaban un quintal y sentía que tenía un dolor afilado y despiadado hendido en las costillas. Su conciencia estaba sumida en una vorágine de pensamientos inconexos y de sensaciones desnudas que no le enseñaban nada.
Y alguien seguía llorando.
Cuando Vyx abrió los ojos al fin, descubrió que se encontraba en el dormitorio que había compartido con las adeptas de la Orden durante su infancia.
Las paredes se presentaban completamente lisas y apagadas, carentes de toda decoración, como si las niñas no hubiesen querido guardar ni un solo recuerdo de su paso por el templo.
No había dibujos ni medallas ni flechas representativas de imposibles hazañas, ni esas marcas verticales que habría dejado un cuchillo en la madera de las camas, contando los días de un injusto castigo.
No había nada: ni camas ni armarios ni prendas olvidadas. Consternada, Vyx se levantó del suelo y dio un paso hacia la puerta.
Porque alguien seguía llorando.
Salió del dormitorio desorientada hacia un pasillo de piedra carbonizada, de escombros apilados y de bultos humanos bajo mantas negras; muy quietos, muy muertos. Un cosquilleo en la base de la nuca le susurró un hechizo ahogado, pero cuando Vyx miró atrás, no halló nada.
—¿Hipólita? —llamó en voz baja.
Dio un paso y luego otro. Siguió el hilo etéreo de ese lamento mientras los restos más pequeños de piedra estallaban en polvo gris bajo sus mugrientas botas.
De las escaleras de caliza solo quedaba un mosaico de devastación; boquetes hechos trampas mortales que hicieron pensar a Vyx que el descenso sería imposible. Pero lo intentó.
Porque alguien seguía llorando.
Avanzó sobre manchas de sangre seca por el camino que dibujaban los bultos, intentando ignorar que bajo las mantas se escondían caras, nombres y pasados. Al final de ese pasillo que olía a pérdida vio a una mujer de larga melena rubia trenzada muy quieta, muy viva y cabizbaja.
—¿Hipólita?
La figura se enderezó solo para alejarse inmediatamente después, ahuyentada por su voz.
Desapareció del campo de visión de Vyx que se urgió a seguirla con un grito atorado en la garganta.
Tras lo que quedaba de un umbral derrocado se abrió el gran salón, del que ya no quedaban ni las largas mesas ni los lustrosos candelabros, solo una amalgama de bultos negros muy quietos y muy muertos, y los miles de ojos cánidos, fieros y furiosos de los lobos de tres cabezas plasmados con pintura escarlata en las cuatro decadentes paredes.
Rodeada de fantasmas que no eran suyos y del símbolo de un enemigo antiguo y letal, Vyx centró la mirada en la niña pequeña que, al otro lado del salón y de rodillas en el suelo, seguía llorando: Ifigenia.
—Mírala, Vyx.
La voz de Hipólita, fría y carente de amor, se le hundió en las entrañas. Su mentora se hallaba detrás de ella, pues notaba el aliento gélido que exhalaba y que le erizaba el vello de la nuca. Vyx cerró los ojos, porque Ifigenia seguía llorando.
—Mira mi templo. Míralas a todas.
Vyx miró, y ante tal espeluznante visión cayó de rodillas sobre el polvoriento suelo.
Contó una desgarradora puñalada en el corazón por cada una de las guerreras que, postradas también de rodillas en el suelo a derecha e izquierda de Ifigenia, lloraban: Cora, Elara, Iris, Faidra, Thalia, Rhea, Zoey.
Y muchas otras cuyos nombres, por su egoísta ignorancia, desconocía.
Guerreras que habían muerto a manos del asesino enmascarado.
—No —suplicó Vyx—. Por favor.
«Estoy soñando», se repetía una y otra vez. Ifigenia alzó de pronto la mirada y esos ojos inocentes tan apenados se le clavaron a Vyx en el pecho.
—Te dije que te quería, Vyx. Te dije que te quería y me dejaste sola. Te fuiste.
—No.
Vyx quería negar con la cabeza, pero estaba paralizada.
—Este es el resultado de tu egoísmo —dijo Hipólita desde alguna parte—. Todas mis guerreras están muertas y es culpa tuya.
—No lo sabía. No lo sabía —susurró compungida.
—Pero te lo dije.
Las palabras de Lucian fueron un susurro lleno de recelo en su oído. Las guerreras seguían llorando mientras los fantasmas de los que habían muerto y de los que seguían vivos la rodeaban y enrarecían el ambiente sombrío en el que era sencillamente imposible respirar.
—Te dije que parecía enferma —añadió el hechicero.
—Ya no sabía cómo pedirte ayuda, Vyx.
Y a Vyx se le paró el corazón. Xanthe caminaba detrás de la hilera de guerreras postradas, luciendo la túnica de los brujos y empuñando una daga arktoi manchada de sangre fresca.
—Míralas —exigió la voz de Hipólita—. Podrías haberlo evitado, pero tu dolor era más importante, ¿verdad? Tu dolor siempre es más importante.
—Esto no es real.
La parálisis era tan absoluta y aterradora que no pudo volver a cerrar los ojos.
Xanthe se detuvo tras Cora y puso el filo del cuchillo contra su cuello.
El corte horizontal fue limpio y mortal.
La sangre salió a borbotones y Vyx se rompió un poco más por dentro.
Xanthe degolló a Elara mientras las lágrimas brotaban de los ojos de Vyx, y siguieron brotando cuando fue la sangre de Iris la que manó de otro corte igual de preciso, y siguieron empapando sus mejillas cuando fueron los cuerpos de Thalia y Faidra los que cayeron.
La impotencia se volvió desesperación en el instante en que el filo de la daga sagrada acarició el cuello de Ifigenia.
—No —suplicó Vyx—. Por favor. Por favor, no lo hagas.
—Te dije que te quería —dijo Ifigenia, que la miraba sin ver—. Me dejaste sola.
—No. Ella no. Por favor. Puedo arreglarlo. Por favor.
Xanthe torció una sonrisa, Ifigenia sollozó y Vyx gritó cuando Ifigenia murió.
Todo músculo de su cuerpo despertó dolorosamente y la guerrera se inclinó hacia delante, salvando la caída con las manos sobre un suelo que ahora era un mar de sangre.
Los bultos humanos, muy quietos, muy muertos, flotaban en aguas rojas.
La pintura carmesí de las paredes se deshacía gota a gota y cada sollozo de Vyx se atoraba dentro de su alma.
Un chapoteo inesperado se impuso al silencio de la muerte; una presencia que pesaba más que la ausencia de todos los fantasmas que la habían dejado a su suerte frente al sufrimiento de la culpa.
Cuando Vyx alzó la mirada y vio la aparición de un majestuoso ciervo de ojos dorados, fulgente y perfecto, como si toda esa ruina no tuviera poder de destrucción sobre él, oyó la voz de Rose pronunciar unas palabras que no dejarían de perseguirla jamás.
—O se llevan a las dos o no se llevan a ninguna. Sigo esperando.
Vyx despertó con las primeras luces del día, aunque me atrevo a decir que a esas alturas de su vida no debía ser fácil separar pesadilla y realidad.
La cuestión es que Vyx volvió en sí al son de unos incesantes alaridos de dudosa procedencia que le perforaban los oídos.
Fue un despertar horroroso, a decir verdad, de los que hacen que desees volver a dormirte.
No habría sido consciente de la poca movilidad de su propio cuerpo ni de la anciana que le atendía las heridas con suma delicadeza aunque se hubiera atrevido a abrir los ojos, cosa que no hizo.
Susurros dispares vibraban a su alrededor como una tétrica melodía, y lo primero que pensó fue que ninguna de esas voces era la de su hermana, algo que agradeció con un fatigado suspiro de alivio.
Mientras pensaba que estuviera donde estuviera apestaba a desinfectante y a carne carbonizada, un acceso de dudosa clarividencia dirigió un tímido foco de luz a un recuerdo velado de confusión, como si esas imágenes carecieran de sentido o fueran del todo irreales.
Deseó que lo fueran. Deseó que todo hubiera sido producto de su imaginación, que la serie de catastróficos acontecimientos no hubieran revelado que Xanthe llevaba una de las máscaras macabras o que había atentado contra la vida de Hipólita y matado a muchas para conseguirlo.
Estoy segura de que Vyx querría haberse echado a llorar y que no le faltaban razones; podría haber elegido entre el dolor punzante que se le clavaba en el hombro o casi todo un año de tormento.
Sin embargo, lo que hizo fue abrir los ojos e incorporarse muy deprisa.
—Alto ahí. Despacio.
Ni sabía quién hablaba ni sabía de quién era la mano que la empujaba con fuerza hacia abajo, exigiéndole que volviera a tumbarse. Pero como tampoco importaba, Vyx lanzó un patético manotazo que no le hizo ningún favor a su orgullo y dijo con voz ronca:
—No me toques.
—Conque esas tenemos. La fama que te precede te hace mucha justicia, jovencita.
Vyx miró a la anciana de ojos grandes y marrones como una niña que ve por primera vez a una anciana de ojos grandes y marrones, mientras un sentimiento de culpa le resquebrajaba la piel y una vergüenza sin precedentes le estrujaba el corazón.
Puede que la mirada cálida de la desconocida guardara alguna clase de poder de persuasión, pues Vyx relajó los hombros y volvió a tumbarse.
Desde allí abajo comprobó que llevaba puesto el camisón amarillo de lino de la Orden y observó el movimiento frenético de mujeres de túnicas blancas que iban y venían entre cuatro paredes de madera carcomida.
Miró las camas ocupadas dispuestas a cada lado de la estrecha habitación y los carros metálicos a rebosar de paños sucios o cuencos plateados.
No recordaba la última vez que había estado en la enfermería del templo, pero sí podría jurar por Los Doce que jamás había estado tan acompañada.
Supuso que Hipólita la habría llevado hasta allí y maldijo porque ni siquiera la enfermería había sobrevivido al asedio del Aquelarre del Lobo.