La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE ASEDIOS Y TRAICIONES
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DE ASEDIOS Y TRAICIONES

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E n el templo sagrado se libraba una batalla despiadada entre las fieles guerreras de Artemisa y los brujos de túnicas negras y máscaras de porcelana.

Cuando Vyx se aventuró hacia el peligro no podría haber imaginado cuántas manchas rojas salpicarían las paredes o que el caos sería tan desesperanzador.

A decir verdad, llegar hasta el gran salón le resultó relativamente fácil.

El único obstáculo a destacar fue el encontronazo con un brujo de hombros enjutos al que vio por casualidad dando tumbos por el estrecho pasadizo y que daba la impresión de haber perdido el norte.

De hecho, en el mismo instante en que Vyx lo había arrinconado por sorpresa y le había puesto la daga contra el cuello, se estremeció.

Sus incontrolables temblores fueron señal inequívoca de que estaba muerto de miedo.

Desconcertada e irritada a partes iguales, la guerrera le había quitado la máscara de un manotazo y se había quedado pasmada al entender que tenía delante a un crío que estaba gravemente herido.

—Ayúdame —le había suplicado, llorando del miedo más puro que Vyx había visto nunca.

Ella no había sabido qué hacer más allá de acompañarlo en la caída o analizar la herida que sangraba copiosamente bajo la túnica.

Era un tajo vertical y profundo, una boca deforme hecha de carne cercenada que se preparaba para vomitar los intestinos.

Vyx había mirado al chico a los ojos y algo desolador debió ver él en los suyos, porque malgastó las pocas fuerzas que le quedaban en sujetarla por los hombros y decirle entre estertores y sollozos:

—Me ha utilizado.

Después, el chico sin nombre había muerto, y ella lo había dejado atrás sin poder hacer nada más y sin estar segura de qué habría hecho de haber podido. Crío o no, había entrado en el templo para masacrar a sus hermanas, y eso era lo que estaban haciendo todos los que no habían muerto primero.

Vyx analizó la situación. Un rápido vistazo fue suficiente para que se le revolviera el estómago.

Las mesas del salón eran tumbas improvisadas para guerreras desmembradas o calcinadas, y las vitrinas habían sido reducidas a montones de cristales esparcidos sobre suelos irreconocibles.

Veía los cuerpos de algunas adeptas que salían despedidos con violencia mientras que otros flotaban con suma soberbia; veía a guerreras desarmadas arrastrar a compañeras heridas fuera del flujo de magia y a otras trabajar en equipo como si fueran una sola.

Veía flechas cortar el aire y máscaras y máscaras y máscaras. También la vio a ella.

Cora estaba detrás de un encapuchado dos veces más grande que ella, rodeada de hermanas moribundas y manchada de abundante sangre que nadie sabría decir si era suya.

Decidida, Vyx echó una mano al carcaj y la otra al arco y se preparó para disparar al brujo que amenazaba a Cora por la espalda.

Ambas acciones, letales e impías, sucedieron al mismo tiempo: Cora degolló a un hacedor de magia y el tiro de Vyx hundió la flecha en el segundo.

Los cuerpos cayeron simultáneamente, uno con más violencia que el otro.

Luego, las ascendidas se miraron desde lo que parecía una injusta distancia y reconocieron el brillo del alivio en los ojos de la otra.

No hubo tiempo para más tregua. Las figuras oscuras congregadas en el salón continuaban haciendo un alarde de habilidades mágicas contra las que, a todas luces, las arktoi no tenían nada que hacer.

Con el arco en alto Vyx y con las dagas preparadas Cora, recorrieron a la par y paralelamente los pasillos entre las mesas, obligándose a ignorar los cuerpos que se agolpaban a sus pies.

Mientras que Vyx apuntaba y ejecutaba a los hacedores de magia más lejanos, convirtiéndose en una especie de ninfa de la guarda para las guerreras que estaban rodeadas y sentenciadas, Cora cercenaba extremidades o hundía las dagas de acero en los cuerpos de cada brujo que se cruzaba, moviéndose como si acabara de convertirse en el peor de los augurios para un aquelarre que debería estar muerto.

El intrépido avance de Vyx fue interrumpido por una patada que le hizo añicos la barbilla y la obligó a girar sobre los pies.

El culpable había sido un enmascarado que bajaba de la mesa de un salto con más determinación que elegancia, aunque las ropas negras que vestía le dieron cierto aire dramático cuando ondearon como brumas.

Vyx podría haberse deshecho de él con un tiro rápido, pero la altura y la endeble corpulencia de su adversario le recordaba al chico que había visto morir antes de llegar al ojo del huracán.

Siempre había matado sin hacer preguntas y seguramente no era el mejor momento para empezar a hacérselas, pero ni todo el odio que había en su ser, y era mucho, podía acallar el eco de la incomprensible confesión: me ha utilizado.

El brujo dio un paso entre risas que no hubieran intimidado ni al más cobarde de los sátiros.

—Voy a disfrutar matándote.

La macabra máscara de porcelana no fue capaz de otorgar ni una pizca de gravedad a una voz naturalmente infantil e irrisoria.

La guerrera no supo qué pensar cuando el chico alzó la mano hacia ella y no pasó absolutamente nada.

Vyx enarcó una ceja mientras él, confundido, cambiaba el pie de apoyo y alzaba la mano contraria.

Una vez más, no sucedió nada. Vyx se hubiera quedado a desentrañar el misterio del hacedor de magia que no albergaba magia alguna, pero un alarido espantoso de dolor le recordó que el tiempo era oro.

Avanzó hacia él, que solo supo retroceder atemorizado, y le asestó un golpe seco en la cabeza con la pala inferior del arco.

Dedicó un segundo a mirar al brujo caído y continuó su camino, que no tardó en presentarle otro obstáculo.

Al ver la llamarada que se dirigía hacia ella, Vyx se impulsó hacia la izquierda y se deslizó por encima de la mesa.

Al aterrizar cargó una flecha mientras giraba el torso y disparó al brujo de las manos llameantes, matándolo en el acto.

Vyx no podría haber visto venir el siguiente ataque de ninguna manera.

Una magia concentrada la golpeó con la fuerza de una tormenta que arranca un árbol de la tierra y la lanzó como a un trapo al otro extremo del salón.

La caída dejó a la guerrera tendida e inmóvil.

Furiosa, apoyó las manos en el suelo, pero se quedó paralizada nada más hacerlo.

Vyx miró horrorizada el charco espeso y rojo en el que había hundido los dedos sin querer.

A su lado yacía el cuerpo de una compañera.

La conocía, o tanto como Vyx podía conocer a la mayoría de guerreras arktoi.

Sabía que tenía dieciséis años y que, si ese boquete que exponía su tórax como una horripilante obra de museo no hubiese puesto fin a su vida, se habría enfrentado al Pankrátion en pocos días y, con los años, quizá, se hubiese convertido en una honorable ascendida.

Mucho más honorable que ella, en cualquier caso.

El hedor metálico de la sangre le revolvía las tripas mientras veloces flechas cortaban el aire y un fuego salvaje ardía en una de las mesas, dibujando más sombras de las que ya había.

Vyx cogió aire y maldijo a Los Doce. Respirar le dolía y una rabia iracunda se estaba apoderando de ella.

Entornó los ojos y miró al brujo enmascarado que se hallaba impasible al caos y al fuego que lamía su túnica.

Mirarlo fue todo lo que Vyx tuvo tiempo de hacer antes de que otra clase de magia, oscura e inevitable, la alzara contra su voluntad y contra todas las leyes de la gravedad.

Vyx no podía mover ni una sola extremidad.

Sus dedos eran huesos y nada más, como si todas las terminaciones nerviosas hubieran desaparecido.

Desde las alturas, las vistas eran horrorosamente privilegiadas.

Lo veía todo. Las llamas, los cuerpos desmembrados, la caída de una Orden que nunca había significado nada para ella y que de repente lo significaba todo.

Desde allí, la certeza de que estaban perdiendo gritaba con un matiz desgarrador.

Sobra decir que morir de esa manera y en ese momento a Vyx le resultaba del todo injusto.

Tan injusto como el despotismo exagerado de esos hacedores de magia que no solo mataban por venganza; también mataban por placer.

Puede que no fuese el mejor momento para que Vyx pensara en la incoherencia de que algunos de ellos tuvieran poderes equiparables a los de un dios y otros no fueran capaces ni de invocar unas tristes chispitas , pero tampoco era el mejor momento para morir y le daba la impresión de que eso era lo que iba a hacer.

Como la esperanza nunca había sido su fuerte, ver a Cora abriéndose camino sobre los cadáveres de sus hermanas y con las dagas en alza a la altura del pecho la pilló por sorpresa.

Al hacedor de magia también. El brujo no pudo hacer nada: una hoja de acero le atravesó la nuca desde abajo hacia arriba, rozando el paladar y resquebrajando la sonrisa de porcelana.

A Vyx le hubiera gustado verlo caer, pero tuvo que concentrarse en poner las manos por delante y salvar su propia caída.

Se recompuso sacudiendo la cabeza mientras Cora se acercaba a ella.

Aceptó la mano que la adepta le tendía y se puso en pie con su ayuda.

—Gracias.

—Yo por ti y tú por mí. Hicimos un juramento, ¿no?

Vyx se la quedó mirando, preguntándose si la habría ayudado solo por eso.

—Tengo que llegar hasta Hipólita.

Cora la detuvo cuando se disponía a marcharse.

—Iris y Elara han ido tras los que han superado las defensas del gran salón. Si muere…

Si Hipólita muriera, pensó Vyx, sería como perder a una madre.

Una madre a la que había decidido odiar prácticamente toda la vida y quererla justo cuando estaba a punto de perderla.

Ambas se estremecieron de maneras muy diferentes al grito desgarrador que se elevó muy por encima del caos que ellas ignoraban con inexplicable soberbia; como si pensaran que estando una delante de la otra serían sencillamente intocables.

—Ven conmigo —pidió Vyx en un arrebato de temor.

Le pareció ver un desesperado sí en los ojos marrones de Cora.

Después, la única vitrina que quedaba en pie en el gran salón estalló en esquirlas de cristal y las guerreras se vieron obligadas a agazaparse.

Vyx aisló de la vorágine de movimientos y de la masa de bultos negros a la amenaza, se hizo con el arco y una flecha y disparó por encima del hombro de Cora sin miramientos.

Ambas se miraron como dos amigas que se han hecho y devuelto un favor.

—Alguien tiene que contenerlos —fue todo lo que Cora dijo.