La voz de Artemisa (La profecía oculta 1) DE CORDEROS Y LOBOS #3
56%

DE CORDEROS Y LOBOS #3

Vyx sabía que todas sus habilidades como guerrera serían puestas a prueba ese atardecer.

Y para su profundo disgusto, también sabía que no podría hacerlo sola.

Se llenó el pecho de paciencia sin apartar la mirada del brujo cuando su compañera se posicionó a su derecha.

Trabajar con Thalia era su peor pesadilla, y su peor pesadilla le dijo:

—Van a por Hipólita.

—¿Cómo lo sabes?

—Sentido común.

A Vyx no le gustó nada el tono petulante de la adepta.

—¿Cuántos han entrado?

—No sabría decirte. Me dirigía al Archivo cuando me he cruzado con ese cabrón. He intentado alejarme del acceso para no comprometer el plan.

—¿Al Archivo?

Pasó desapercibido para las guerreras la manera en que el hacedor de magia intercalaba la mirada de la una a la otra, seguramente incrédulo por el descaro de que se pusieran a discutir como si su presencia no implicase amenaza alguna para ellas.

—Tengo órdenes de Hipólita de trasladar a las más pequeñas allí.

—Thalia se crujió el cuello. Después comprobó el estado de su arco.

Al darse cuenta de que la madera se había partido por la zona de la pala inferior, soltó un quejido lastimero y añadió—: Es el único espacio en el que estarán a salvo.

Cansado de la situación, el brujo enmascarado avanzó a zancadas y bramó:

—¡Os voy a reventar por dentro!

—Ya empezamos —susurró Vyx.

—Te adelantan lo que piensan hacer. —Thalia desenvainó las dos dagas arktoi y el acero brilló como una estrella antes del amanecer—. Es ridículo a nivel estratégico.

—Creo que es la primera vez que vamos a estar de acuerdo en…

Una llamarada controlada surgió de la mano extendida del brujo y se dirigió hacia ellas, moviéndose como la cola en llamas de un reptil.

Vyx aferró a su compañera por el brazo y dio un tirón antes de moverse a un lado con un juego de pies preciso.

Después, con un brazo todavía alrededor de Thalia, giró de nuevo y lanzó la daga con acierto al cuello del enmascarado, que cayó de espaldas justo bajo el umbral.

Cuando Thalia comprendió que estaba atrapada entre el brazo tenso de su némesis y la fría piedra de la pared, parpadeó.

Y por mucho que hubiese en juego en ese momento, Vyx fue sencillamente incapaz de anteponer la gravedad de la situación a su ego descomunal y esbozó la sonrisa más socarrona de su vida.

Thalia puso los ojos en blanco, resopló y, apartando a Vyx de un empujón, le soltó:

—No te lo creas tanto, imbécil.

Vyx hundió los hombros, resignada, y enfundó la daga que conservaba.

—¿Qué vamos a hacer?

Las dos miraron a Ifigenia. La niña presentaba la palidez de quien ha visto a alguien morir por primera vez y a Vyx se le rompió el corazón en mil pedazos. Se acercó a ella, se inclinó y buscó su mirada con insistencia.

—Enia. Eh, mírame. Todo saldrá bien, ¿vale?

Maldijo en voz baja a la luz de los estrépitos que presagiaban cosas horribles. Consciente de que estaban perdiendo un tiempo muy valioso, dejó un beso en la frente de Ifigenia y ordenó:

—Llévate a Ifigenia al Archivo.

La niña y su compañera ascendida soltaron al unísono:

—¿Qué?

—Ya me has oído. Ponla a salvo junto a las demás. Yo me abriré camino para llegar hasta nuestra adalid.

Thalia compuso una mueca de rabia. Vyx sabía por qué.

La conocía, porque para odiar a alguien tienes que conocerlo, y estaba convencida de que en ese momento se sentía humillada por haber sido relegada a poco más que una niñera mientras todas las demás ponían a prueba su valía desafiando al enemigo de cara y sin miedo.

Los aires de grandeza siempre le habían quedado mejor a Thalia que a Vyx, quizá porque su compañera no había construido su personalidad en base a una mentira.

Fuere como fuere, las dos continuaron desafiándose con la mirada, como si de verdad fueran a encontrar un motivo para llevarse la contraria.

No lo hallaron. Por eso Thalia suspiró, Vyx casi sonrió e Ifigenia preguntó:

—¿Y qué va a pasar? No puedes enfrentarte a todo eso tú sola, Vyx.

—Claro que no puede —rezongó Thalia.

Vyx ignoró la pulla de su compañera y puso una mano sobre la coronilla de Ifigenia. Le revolvió cariñosamente el pelo y le sonrió.

—Todo irá bien. Te lo prometo.

La guerrera decidió no volver a mirar ni a la niña ni a la adepta que se la llevaba lo que tardaron en adentrarse en el templo y desaparecer tras las densas sombras de un pasadizo, lejos de la espiral de agonía que guardaban las paredes del gran salón.

Vyx cogió aire y no se permitió perder más tiempo.

Sabía bien que los segundos que preceden a una batalla siempre se colman de pensamientos agridulces, y no quería pensar en cuántas de sus hermanas habían caído ya.

Se puso en marcha, pero antes de seguir hacia la lucha se acuclilló junto al cadáver del brujo y lo observó con detenimiento.

No le cabía duda de que ese no era el encapuchado al que se había enfrentado en el callejón una de las peores noches de su vida, pero tampoco veía motivos para no quitarle la máscara.

Así que eso hizo. Bajo la porcelana barnizada no halló nada que fuera especialmente monstruoso o revelador, salvo unas pupilas dilatadas de un color violáceo del todo sobrenatural.

Estaba ante la tez pálida de un hombre entrado en la vejez, de piel arrugada y patillas canosas.

Inmisericorde, Vyx recuperó de un tirón la daga sagrada y expuso el corte vertical del que todavía manaba sangre.

Se disponía a enfundar la daga cuando un detalle llamó su atención.

La manga de la túnica negra del cadáver había quedado recogida con la caída y dejaba expuesto el principio de un tatuaje.

La guerrera tiró un poco más de la tela y descubrió el símbolo al completo: un lobo de tres cabezas.

A Vyx se le heló la sangre en las venas.

Los hacedores de magia que habían sorteado las barreras del templo y que en esos momentos estaban abriéndose camino hacia la adalid, eran fieles adeptos del aquelarre del lobo.